lunes, 29 de diciembre de 2008

EL QUE FUE de Rafael Barrett

ImagenWikipedia Statue at Santuario di Oropa, Italy

La Iglesia pone en escena el misterio de la muerte de Dios. Año tras año, Dios muere más hondamente, y resucita al tercer día con menos gana. La ficción es dos veces trágica, porque es también realidad. Dios se muere y se muere de veras.

Ha vivido veinte siglos en plena gloria. Injertado en el vetusto tronco bíblico, brotó al aliento de la poesía asiática, y esparció un inesperado aroma de ternura por el Walhalla demasiado imperioso de las antiguas divinidades. Los mitos más adorables del Oriente acariciaron el rostro dolorido del Apolo en la cruz. La madre de Buda sonrió a las madres humanas, y subió al Olimpo con su niño en brazos. Las mujeres pudieron rezar. La sangre de los mártires era sangre alegre. Una cortesía nueva se extendió por la tierra en flor. Los hombres no aparentaron odiarse tanto, ni los infelices estuvieron tan solos. Un simulacro de piedad refrescó el mundo. La desesperación fue un pecado; la compasión devota visitó todas las catástrofes y todas las inmundicias; se insinuó en todos los crímenes; y el signo de la redención brillaba en los mangos de los puñales. El amor de Cristo no soportaba infieles: ajustició a los críticos y violó a las tribus salvajes; encantó a las vírgenes y consoló a las abandonadas. Los misántropos descubrieron tesoros en sus almas ardientes y sombrías; los pensadores aprendieron a tallar en silencio el diamante de la conciencia; los artistas pintaron la aurora, y levantaron bosques de piedra para solaz de los santos, y desencadenaron huracanes de melodías para cantar el triunfo místico; los libertinos inventaron la respetuosa galantería, y los soldados el honor. El cielo se mezcló con el suelo. Una comunión terrible, familiar y sabrosa nació entre lo finito y lo infinito. Hubo una ciencia del milagro, un lenguaje universal y litúrgico, una categoría intelectual y moral. La sociedad crecía bajo una sombra sagrada, y la soledad se poblaba de demonios y de ángeles. Los dogmas se fijaron en el esplendor del trono más augusto de los tiempos, y la fisonomía y la historia del Hijo llegaron a su definitiva figura. Dios existió.

Por haber existido plenamente tuvo que morir. El microbio germánico, cultivado por los Renán, enfermó a Jesús. Asistimos a los funerales de la divina persona. La muerte de los dioses es parecida a la nuestra; es la utilización total de su ser. Los dioses no tienen el defecto de la inmortalidad. Inmortal es la nada, y eterna; lo inmortal es lo inmóvil. Pero vivir es darse poco a poco a lo desconocido, y morir, darse de un golpe. Se perece como unidad; se subsiste como acción. Quizá sea la individualidad una ilusión innecesaria; los hombres y los dioses son quizá depósitos provisorios de energía, puntos ficticios en que se concentra el poder para gastarse con mayor eficacia. ¡Quién sabe si lo importante no es nacer, sino morir! ¡Quién sabe si a partir de la muerte verdaderamente vivimos, es decir, verdaderamente colaboramos en la obra inmensa! El genio es póstumo. La leyenda cristiana es de una significación sublime. El Salvador debía morir. El error fue resucitarle. Y ahora que muere sin resurrección posible, vivirá para siempre en las entrañas de la humanidad.

Desapareció la simiente; es que se enterró en el surco. El sol cayó detrás del horizonte y, sin embargo, la noche está tibia y contemplamos sin miedo las tinieblas; el sol palpita aún en la juventud de nuestros músculos, y en el ritmo sereno de las aguas y de las savias; un suspiro luminoso vaga por el firmamento. Las formas idolatradas se desvanecieron; no importa: la vital sustancia ha bajado al fondo de las cosas; todo lo asimilable empapa nuestra carne y nuestro espíritu; ha quedado en la razón y en el ensueño cuanto era de quedar. Si olvidamos, es que no es preciso que recordemos. Ya no hay inquietud en nosotros; hemos cesado de buscar; poseemos a Dios con la tranquila y formidable posesión del sepulcro. Dios se ha hecho invisible, porque por fin está dentro. «Tomad y comed», nos dijo, y le hemos devorado. Nos sentimos dioses. Nutridos de Dios, nos atrevemos a mirar cara a cara la Naturaleza, y proyectamos dominar el Universo.

Publicado en "Rojo y Azul", N.º 26, 31 de marzo de 1907.

martes, 23 de diciembre de 2008

EL PROJIMO de Rafael Barrett

Sin el prójimo, no nos daríamos cuenta de todo lo profunda que es nuestra soledad.

La naturaleza nos concede más íntima compañía que nuestros hermanos; es más piadosa con nuestras ilusiones. Nos deja hablar a solas y, a veces, nos devuelve el deseado eco de nuestros gemidos. Quizá por estar tan lejos de nosotros en la muchedumbre de sus formas extrañas, quizá por haber entre nosotros y ella una inmensidad vacía, consiguen nuestros sueños frágiles sostenerse en paz sobre el abismo sereno y puede nuestra sombra alargarse sin obstáculo. Así acompañaba Dios a los padres del yermo, y a Robinson en su isla, y se posaba el genio sobre el aeda de Guernesey. Pero los hombres se tapan unos a otros. Son demasiado semejantes, notas contiguas que disuenan. La sociedad anonada las armonías en germen. Cada cual se siente enterrado vivo por su prójimo.

La teoría de Pitágoras, para las almas geométricas, es un lazo social. Imaginan comunicar con Marte una noche, encendiendo sobre alguna planicie sahárica las líneas de la clásica figura. No es lo difícil comunicar con Marte, sino con el prójimo. Queda la palabra, las pobres palabras manoseadas por todos los siglos, prostituidas a todos los usos, las palabras apagadas y marchitas, las que cualquiera comprende y no son de nadie. Sirven para las almas parches, que porque retumban se figuran que existen. Existir es un secreto. Pensar es amordazarse. ¿Cómo hemos de comunicar lo nuestro, lo que nos distingue? No se comunica sino lo que es común.

Tragedia incomparable la de millones de seres sedientos de imposible, condenados entre sí a estrecharse y desgarrarse sin poseerse nunca. Frutos prisioneros de una cáscara dura como el diamante y opaca como el plomo, sólo por su muerte abierta y rota. No es, el puñal, ganzúa suficiente para la misteriosa puerta. No hay audacia que despegue la máscara del rostro desconocido: juntos los arranca el negro zarpazo final que nos espera. Si no hubiera más que miedo, ira y odio en la comunidad, aún habría esperanza de unirnos al prójimo: inventaríamos el amor y la misericordia. Y no hay esperanza: la piedad insulta; después del delirio que aprieta contra nuestro seno carne tibia y adorada, comprendemos que la barrera está en pie, que nos ha acariciado la esfinge sin cesar de ser esfinge, y que los gestos de la pasión son gestos de rabia. El rayo del amor ilumina la hondura del hueco jamás cruzado. Tristeza de los gritos inútiles, de los aldabonazos sin respuesta, de las ofrendas ajadas en los umbrales del cerrado templo.

En las partes de nuestra estrecha cárcel están pintados el movimiento y la vida; sendas que huyen al horizonte sin fin, y el azul de los mares y de los cielos. En las paredes de nuestro calabozo está pintada la libertad.

EL PORNO-CINEMATOGRAFO de Rafael Barrett

Imagen: WikimediaCinematographo Aparelho.jpg
Había un predicador que consagraba todos sus sermones a condenar la lujuria. «Ya se ve, le dijo una penitenta, que no piensa usted más que en eso». Por mi parte no insistiré mucho; sobre todo, no lo haré con tono de predicador. No me halaga la idea de convertimos en un catálogo de virtudes. «Los hombres, dice Anatole France, honran la virtud como a una vieja; le dirigen un saludo respetuoso, y se alejan rápidamente». Es que no pueden divorciarse largo tiempo de sus apetitos. La moral no consiste en cegar los instintos, esos manantiales de la vida, sino en utilizarlos, en canalizarlos. No nos hagamos ilusiones; la salacidad de nuestra especie es grande. La de los monos también; son nuestros parientes -¿qué remedio? Se trata de rasgos definitivos, y felizmente no está en nuestro poder el que sean otros. Una epidemia de castidad comprometería la conservación de la raza. El elefante se extingue; es virtuoso con exceso. No se acerca a la elefanta más que una vez al año.

Y, sin embargo, protesto contra el porno-cinematógrafo, cuyas vistas obscenas, toleradas por la policía, van invadiendo las ciudades latinas, Buenos Aires, Madrid, París, Barcelona. Entendámonos: protesto contra la publicidad. Los fenómenos del amor no deben hacerse públicos. El desnudo mismo, si no es bello, es indecente, fuera de las mesas de disección. La belleza, como la ciencia, atañe a la colectividad. Las carnes que se muestran al pueblo tienen la obligación de parecerse al mármol. El arte salva el resto: las escenas de algunos libros de Zola, contadas por un burgués, serían de un odioso cinismo. El estilo las limpia. Hay en Nápoles el famoso grupo de Leda y el Cisne, de un atrevimiento absoluto; pero el vicio se consume en el resplandor de aquella hermosura. Si los modelos del cinematógrafo pornográfico fueran Apolos y Venus, vacilaría en condenarlo. Por desgracia, sospecharéis qué tipos lamentables se prestan a semejantes funciones...

La belleza es de carácter social: un estimulante cuya eficacia se multiplica con la presencia de la multitud. El amor es individual y secreto: es lo único inadaptable a lo múltiple; es un vértice que avanza solo. La belleza no tiene nada que ver con el amor. Las estatuas no se aman. No lo necesitan. Admíralas y punto concluido. En cambio una mujer fea tiene doble derecho al amor; el ideal se ha fatigado en transfigurarla. La fealdad se disuelve entre los brazos del amante: en amor, como dice Nietzsche, el alma cubre el cuerpo. El público desaparece; las dos personas indispensables a los misterios amorosos son todavía muchas: de ahí el afán que sienten de confundirse en un ser. Y aun es demasiado; llega el instante de inconsciencia en que todo lo humano se ha desvanecido; en que solamente lo divino obra.

Imponer espectadores al amor es desnaturalizarlo. La verdadera voluptuosidad es púdica. Los gérmenes se ocultan bajo tierra. Levantad los velos; exponed el santuario a la curiosidad imbécil, y las generaciones futuras lo expiarán. Son los salvajes los que andan desnudos. El vestido es el primer culto a la augusta delicadeza del amor. Está en nuestro interés dejar libres a las fuerzas desconocidas y creadoras, ahorrarlas testigos. No sabemos lo que llevamos con nosotros, qué hijos saldrán de nuestra sangre. Todo cálculo es ilusorio: no se hereda el genio, el talento, la belleza ni el crimen. Somos un pretexto, un vehículo, y sólo nos toca abandonarnos ingenuamente y en una discreta soledad.

Apaga tu foco, cinematógrafo atrevido. Ante tus vergonzosos espectros los hombres se ríen. No los invites a tal profanación. Si se ríen del amor, la muerte se reirá de ellos, y no los perdonará

Publicado en "La Razón", 18 de diciembre de 1908.

viernes, 19 de diciembre de 2008

EL POMBERO de Rafael Barrett

 El Pombero Mito Paraguayo Wikimedia
Pombero, es decir, espía. Es el hijo de la noche, el merodeador incansable, devorado por una curiosidad terrible. ¿Qué busca? ¿Qué reclama? ¿Algún tesoro por sus abuelos perdidos? ¿Alguna visión de ensueño, desvanecida en su entendimiento brumoso?

Espíritus timoratos se figuran que tiene payé para hacerse invisible, para pasar por el ojo de la llave y acariciar impunemente a las vírgenes dormidas. Pero esto es un error; el poder del pombero no llega a tanto. Huye entre las zarzas con la velocidad de una liebre; los perros no consiguen alcanzarle y cuando gana la espesura del bosque no hay quien lo rastree. Las sombras nocturnas y el vigor de sus piernas le permiten vivir oculto. No es invisible; varias personas le han visto.

Es pequeño, robusto, cobrizo. Marcha en dos pies y corre en cuatro. Los tiene velludos y camina silenciosamente. Su áspera y desgreñada melena le cae sobre los ojos brillantes, llenos de timidez y de malicia. Va desnudo. Si no fuera por su mirada inteligente, se le creería un animal, el animal más parecido al hombre.

Cuando el sol desaparece, abandona él los escondrijos del monte y se arrastra, soñador y horrible, amigo de los sapos y de las estrellas, hacia las luces de los blancos, hacia las ventanas peligrosas junto a las cuales se empina lentamente, para mirar el espectáculo maravilloso y hostil de nuestra civilización y de pronto allí escondido, le asalta la diabólica idea de asustar, de inquietar a los poderosos invasores que le obsesionan y entre los cuales, protegido por los árboles hermanos, se sostiene a fuerza caen, suelta un vago silbido, susurro, gemido, gorjeo. Imita a las aves, los insectos y los reptiles con inaudita perfección. Si no le oyen, repite su rumor, cada vez más alto, hasta que nota que a través de los cristales, las mujeres se callan y escuchan temerosas y balbucean su nombre. Entonces, estremecido de miedo y de alegría, abre la bocaza en una larga carcajada muda...

Si le molestáis, y hacéis de él un enemigo, devastará vuestro jardín y vuestra huerta, robará vuestras gallinas, destrancará vuestro corral para que se disperse vuestra hacienda y desatará vuestros caballos para que se extravíen. Pero lograréis atraer la benevolencia del pombero si dejáis olvidado en su camino ese tabaco brasilero, trenzado, que hace sus delicias. También le gustan los huevos. Guardaos de faltarle. Él os corresponderá obsequiándoos con frutos, extrañas flores y pieles de bestias lindas. Si viajáis de noche y echáis pie a tierra, no os preocupéis de vuestra montura. El pombero la cuidará fielmente.

Su pensamiento fijo, el motivo verdadero de sus misteriosas expediciones, es pisar los pasos a las mujeres encintas, acechar los partos... La ilusión sempiterna, el proyecto magno del pombero es robar un niño blanco recién nacido y hacer de él, para su tribu, un rey invencible que recobre las fecundas llanuras y los magníficos ríos que cayeron en manos de la pálida raza irresistible. El niño blanco criado entre la salvaje maleza, crecerá, salvará a los humildes expoliados; hará justicia, mesías de los negros. Mas lo que el pombero ignora, pequeño monstruo errante, fantasma de sus propias ruinas, es que también los blancos, desposeídos de su trozo de naturaleza, sufren como él y como él esperan el mesías prometido.

Publicado en "Rojo y Azul", diciembre de 1907.

jueves, 11 de diciembre de 2008

EL ODIO A LOS ARBOLES de Rafael Barrett

Imagen Wikimedia:Árbol de mango.jpg


Que un advenedizo construya una casa, con el dinero rápidamente ganado en honradas y secretas operaciones comerciales, está bien. Que construya una de esas lúgubres y sangrientas y vulgares masas de ladrillo; con agujeros enrejados y techo de teja, está menos bien. Pero lo que hace estremecer es que os declare: «Ahora voy a arrancar todos los árboles en torno para que la propiedad quede linda».

Sí, es necesario que se vea limpia, desnuda, con sus insolentes colores que profanan la suavidad de los matices campestres, la fachada reluciente y tonta. Es necesario que se diga: «Esta es la casa nueva de Fulano, de ese que ahora está tan rico». Es necesario que pueda contemplarse sin obstáculos el monumento a la actividad de Fulano. Los árboles sobran; «quitan la vista». Y hay algo más que en vanidad en el afán de pelar el suelo; hay odio, odio a los árboles.

¿Es posible? ¿Odio a los seres que, inmóviles, con los nobles brazos siempre abiertos, nos ofrecen sin cansarse jamás la caricia de su sombra, la fecundidad silenciosa de sus frutos, la poesía múltiple y exquisita que elevan al cielo? Se asegura que existen plantas dañosas. Tal vez, mas no por eso las debemos odiar. Nuestro odio las condena. Nuestro amor quizás las transformaría y las redimiría. Oíd a un personaje de Víctor Hugo: «vio gentes del país muy ocupadas en arrancar ortigas; miró el montón de plantas desarraigadas y ya secas, y dijo: -Esto está muerto. Esto hubiera sido sin embargo algo bueno si de ello hubieran sabido servirse. Cuando la ortiga es joven, su hoja es una excelente legumbre; cuando envejece, tiene filamentos y fibras como el cáñamo y el lino. La tela de ortiga vale tanto como latela de cáñamo. Es por lo demás la ortiga un excelente pasto que se puede segar dos veces. ¿Y qué necesita la ortiga? Poca tierra, ningún cuidado, ningún cultivo... Con un poco de trabajo que se tomara, la ortiga sería útil; se la descuida y se vuelve dañosa. Entonces se la mata». «¡Cuántos hombres se asemejan a la ortiga!» -Y añadió después de una pausa-: «Mis amigos, tened esto: no hay malas hierbas ni hombres malos. Sólo hay malos cultivadores».

¡Ay! No se trata de cultivar, sino de perdonar a los árboles. ¿Cómo aplacar a los asesinos? No hay sitio de la república, de los que he recorrido, en que no haya visto funcionar el hacha estúpida del propietario. Hasta los que nada tienen destruyen las plantas. Alrededor de los ranchos se extiende un árido yermo cada año mayor, que da miedo y tristeza. Según el adagio árabe, una de las tres misiones de cada hombre en este mundo es plantar un árbol. Aquí el hijo arranca lo que el padre plantó. Y no es por ganar dinero; no aludo a los que explotan las maderas.

Sería una explicación, un mérito; hemos llegado a considerar la codicia como una virtud. Aludo a los que gastan dinero en arrasar el país. Obedecen a un odio desinteresado. Y la inquietud aumenta cuando se nota que las únicas mejoras que se hacen en las plazas de la capital consisten en arrancar, arrancar y arrancar árboles.

Odio doblemente feroz en una comarca donde el verano dura ocho meses. Se prefiere el sol abrasador a la dulce presencia del árbol. Se diría que los hombres no son ya capaces de sentir, de imaginar la vida en los troncos venerables, que tiemblan bajo el hierro y se desploman con lastimero fragor. Se diría que no comprenden que también la savia es sangre y que sus víctimas se engendraron en el amor y en la luz. Parece que las gentes viven esclavizadas por un vago terror y que temen que el bosque proteja facinerosos y anime fantasmas. Detrás del árbol adivinan la muerte. O bien, obsesionados por un dolor sin forma, quieren copiar en torno suyo el desolado desierto de sus almas.

Y entonces, en la nuestra la irritación se cambia en piedad. Muy desesperado, muy hondo ha de ser el mal de los que, en resignado mutismo, perdieron el cariño primero, el cariño fundamental que hasta las bestias sienten, el santo cariño a la tierra y a los árboles.

Publicado en "Rojo y Azul", 27 de setiembre de 1907.

martes, 9 de diciembre de 2008

EL ODIO de Rafael Barrett

Imagen Wikimedia:Porrón 1.jpg

Hay odios que no son más que amor. Cuando Zola, en el primer arranque de su talento titánico, escribió el famoso artículo Mes haines, que es una fulmínea imprecación a los imbéciles y a los hipócritas, demostró heroico amor a la ciencia y a la sinceridad. Benvenuto Cellini discutía escultura a puñaladas en las calles de Florencia. Su puñal estaba tan enamorado al defenderla belleza, como su cincel al retratarla. Delante de Napoleón no había enemigos que aniquilar, ni aborrecimientos que estrangular, sino problemas que resolver. «Para un espíritu superior, decía el sublime combinador de batallas, no existen más que hechos». Napoleón amaba la guerra sin odiar a nadie. Los grandes ambiciosos, nacidos del pueblo para apoderarse del pueblo, fueron grandes amantes de sí mismos. Su vitalidad desbocada engendró el sueño insolente de la gloria, y con fanatismo profético transfiguraron su destino en leyendas deslumbradoras. ¿Quién cuenta las víctimas anónimas del tirano que funda naciones? Su mano ensangrentada es venerable. Su espada y su látigo son reliquias. Sólo el amor arraiga y procrea.

Los fuertes no pueden odiar. Se odia de abajo a arriba. La salud no odia, y el odio absoluto, la obsesión del mal por el mal, el designio de la destrucción inútil es cosa de enfermos. La lucha por la vida, con todas sus ferocidades, no es más que el santo amor a la vida. De las decepciones que exageró sin soportarlas nuestro cerebro anémico, de las humillaciones merecidas que nuestra cobardía y nuestra debilidad hizo fáciles y no dejó castigadas, se amasa nuestro odio. Los que apenas tienen fuerzas para no ser aplastados las emplean únicamente en odiar, y destilan la última defensa de los organismos inferiores: veneno.

El odio y la corrupción juntos. «Compadezco al demonio, exclamaba Santa Teresa, porque le está prohibido amar». El amor se queda a la puerta donde Dante leyó la inscripción terrible. El Infierno es el lugar del odio eterno. Si en los instantes de dolor y de angustia, cuando nos rodean las tinieblas y la maldad humana, somos aún capaces de amar, de combatir sin odio, estamos salvados. Si odiamos, estamos perdidos. Cuando los romanos empezaron a odiarse y a delatarse bajamente, comenzó la agonía de Roma. No eran los emperadores crueles, sino viles los ciudadanos. Llegó un día en que los cristianos odiaron también, y se hicieron católicos. Los instrumentos de tortura que el odio inquisidor imaginó en España asesinaron por segunda vez a Cristo, y Cristo no resucitó. La religión española, deshonrada desde entonces, se ha convertido en un materialismo grosero. Así mueren los cultos, alma de las razas, y así mueren las almas de los hombres. Odiar es obedecer a la muerte.

No es al amor a quien hay que pintar ciego. Es el odio el que no ve ni comprende. Las ideas se aman, y sólo se odian las personas. El odio es mezquino como su objeto. Toda la ilusión del que odia consiste en herir la miserable envoltura ya condenada por leyes fatales a desvanecerse. ¿Cuál será tu triunfo, odio que caminas con los ojos bajos, buscando un arma que se clave, un alfiler que pinche, un pedazo de lodo que manche? Desgarrar unas entrañas: ahí concluye tu obra. El amor las fecunda, y su obra no tiene fin.

Odiamos demasiado. Al despojarse del prestigio que le daban los tradicionales factores históricos, semi anulados hoy por la democracia, el odio social se ha desnudado de cuanto lo volvía interesante y casi poético. Ha sido, como tantas otras cosas, reducido a su verdadero tamaño por el positivismo del siglo XIX. Se ha revelado individual, vulgar y monótono. Ha descubierto netamente su repugnante raíz, la envidia, y su procedimiento habitual, la calumnia. De gigante que dislocaba fronteras se mudó en microbio que infecciona el hogar y hace irrespirable la política.

Pero la trágica cuestión económica tornará a organizarlo vastamente. La humanidad se ha dividido en Caín y Abel; el rico y el pobre. Los desniveles de dinero, en vez de producir energía matriz, como todos los desniveles mecánicos, producen odio mortal. La estúpida y salvaje dinamita había de ser el verbo de ese odio. El trabajo es un tormento, el afán de libertad, sed de venganza, y el progreso, crimen. Emponzoñada en sus fuentes vivas, la civilización se siente más en peligro que cuando el Asia volcó sobre Europa el mar furioso de sus hordas innumerables.

Hasta a la Naturaleza odiamos. Nuestras horrendas construcciones profanan los suaves y profundos paisajes que hubiéramos cantado en otro tiempo. Esclavos del oro, cotizamos los encantos del planeta, explotándolo sin compasión. Nuestra admiración es industrial. Hemos olvidado el virgiliano amor a la tierra madre. No es ya el secular arado quien abre con ternura su vientre para preparar la venida de la simiente misteriosa. Encontramos mayor placer en hendirlo a golpes de explosivo para saquearlo. Y también nos odiará la tierra. Vagaremos hambrientos sobre su seno destrozado y estéril. Temblará de ira formidable, y hará desplomarse nuestras fútiles torres de Babel.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 9 de mayo de 1906.

sábado, 6 de diciembre de 2008

EL MITO NATURISTA de Rafael Barrett

Imagen Wikimedia:Naturaleza Casas del Conce.jpg

El asunto exige reconsideración. ¡Es tan interesante ver retoñar, en donde menos uno se lo espera, la antigua sentimentalidad religiosa! He blasfemado contra Nuestra Señora Natura infinitamente buena, razonable y feliz; he dicho que todo lo que existe es natural, la enfermedad como la salud; he desconocido el dogma naturista que hace de la enfermedad castigo de los pecados. Se me ha llamado ignorante, supremo anatema de nuestro siglo; en otro tiempo me habrían llamado infiel. Y, sin embargo, ¿con qué fundamento supondríamos que lo frecuente y lo raro, lo normal y lo monstruoso, la enfermedad y la salud no obedecen a las mismas leyes naturales? La naturaleza, para un cerebro sin religión, se reduce a un conjunto de leyes uniformes, que estamos empezando a descifrar, y si admitiéramos fenómenos antinaturales, renunciaríamos al conocimiento. La historia de la fisiología, y hasta la de la psicología, muestra de qué inmensa utilidad ha sido el estudio de lo patológico para comprender la salud.

Por otra parte, la salud aparece como un término medio, casi nunca realizado; aparece como un equilibrio fugaz, pronto deshecho en el torrente vertiginoso del mundo. No me refiero al hombre, al pecador, sino a la entera escala zoológica y botánica. Para convencerse, no es preciso abrir un manual de patología comparada; interrogada a un horticultor, a un ganadero, a un criador de aves de corral. Los animales, ya salvajes, ya domésticos; las plantas, ya cultivadas, ya silvestres, se enferman y se pudren igual que nosotros. Y aun lo que no vive parece desfallecer: los metalúrgicos hablan de la «fatiga» de las aleaciones; los joyeros, de las dolencias de las piedras. Donde se dibuja un organismo, se instala, tarde o temprano, lo morboso, con su lúgubre desenlace. He aquí -y evito detalles técnicos inoportunos- lo que los hechos nos dan. Pero, ¿de qué sirve invocar los hechos, cuando se nos opone la fe? La fe consiste en creer lo contrario de lo que sucede. Si la fe aceptara los hechos, no sería la fe, sino la ciencia.

¡Dios es misericordioso! ¡Nuestros sufrimientos vienen de habernos apartado de Dios! ¡La naturaleza es misericordiosa, es salud y alegría! Si nos enfermamos, es por habernos salido de la naturaleza. Una de dos: o las enfermedades de la bestia y del árbol son pura broma, o el árbol y la bestia pecaron también. No me sorprende que me propongan animales modelos, animales «virtuosos».

¿Recordáis la devoción del asno y del buey, que calentaron con su aliento al niño Jesús? ¿Por qué entonces el elefante se extingue, la honesta vaca padece de tuberculosis y el noble caballo mal de cadera y muermo? ¿Por qué la naturaleza los trata así? Confesemos que es más brillante el aspecto del águila y del tigre. El gato, ese pequeño Satanás, ese impenitente carnívoro, tiene, según el vulgo, ¡siete vidas! ¡Oh!, que el régimen vegetariano nos convenga, que el agua y el aire y el sol nos estimulen, es posible, probable, plausible. Lo curioso es que se atribuyan al problema proporciones desmesuradas, al punto de remover el cosmos y adoptar una religión para justificar las compresas húmedas. Y es doblemente curioso que el resultado sea una mayor eficacia terapéutica. En todo naturista hay un ingenuo taumaturgo.

¡La naturaleza es salud y alegría!... grito místico. La naturaleza no es saludable ni nociva, alegre ni triste, buena ni mala. La naturaleza es y nada más. ¡Bendito optimismo, evocador de no sé qué naturaleza de clima templado, de jardinillo y auras y arroyuelos y abejitas laboriosas. En cuanto a la naturaleza de los desiertos de arenas calcinadas o de hielo, de volcanes de la Martinica y terremotos de Messina, y de pelícanos que ofrecen sus entrañas y aves que de contrabando hacen empollar sus huevos por el prójimo, y hembras que devoran la mitad de sus crías, y tórtolas y búhos y hienas y cisnes; la naturaleza del canibalismo y de la bulimia y de las plantas insectívoras y de los largos ayunos invernales, de mantis y arañas que se comen a sus machos enamorados y de efímeras que no hacen sino amar y no se nutren y ni siquiera tienen boca; la naturaleza de la hormiga, del ruiseñor y del vampiro; de los seres que viven suspendidos en rayo de luz, hundidos en el fétido fango, flotantes en el mar, confundidos con la podredumbre de los cadáveres o con la borra de sí mismos, seres con demasiados sexos o sin sexo, solitarios o en masas, invisibles o enormes, a veces sin forma, a veces momificados, a veces engendrando de pronto especies imprevistas, seres de locura, que palpitan horas, minutos, segundos parásitos innumerables que habitan la carne ajena, que hacen su nido en un glóbulo de sangre o que para reproducirse emplean hasta los órganos sexuales de su huésped... en cuanto a esa naturaleza donde descubrimos, si queremos, la caricatura de todas nuestras imaginaciones, de todas nuestras virtudes y de todos nuestros crímenes, y tantas cosas para las que no hay nombre en nuestra pobre lengua; en cuanto a esa realidad que nos abruma, con su desbordamiento sombrío, ¡fe se necesita para ajustarla a los patrones morales de nuestras cabecitas de 1910!

¡La naturaleza es salud y alegría! Y todo muere. Mueren los individuos y las razas, los astros y los átomos, la corteza terrestre es un vasto Gólgota de fósiles; cerca de nosotros, lívida faz en que se han petrificado los espasmos de la agonía, gira la luna difunta. No sabemos si nace cuanto merece nacer, pero sabemos que todo muere aunque no merezca morir. Con igual indiferencia, el destino apaga las estrellas y los ojos de los hombres. Acaso perecemos a fuerza de salud y alegría; acaso la muerte es un bondadoso simulacro y resucitaremos, ya en alas del eterno retorno, ya mediante sucesivas reencarnaciones. Acaso las señoras Blavatsky y Annie Besant posean la clave definitiva del Universo. ¿Por qué no? Pintemos, pues, sobre los tenebrosos muros de nuestra cárcel las deliciosas avenidas de la libertad. Para ser dichosos basta un poquito de fe.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 16 de febrero de 1910.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

EL MATERIALISMO CATOLICO de Rafael Barrett


El catolicismo — el Vaticano, para emplear la palabra exacta — muere porque ha dejado de ser una religión.

Su alma, que era el misticismo y la caridad, ha ido desvaneciéndose a medida que aumentaba su poder político y se consolidaba su estructura burguesa. Convertido fatalmente, por el proceso de la decrepitud universal, es una vasta industria explotadora de las más groseras supersticiones; el vaticanismo se fosiliza a nuestros ojos y pronto será un inmenso sepulcro blanqueado.

Si hoy es imposible ser sabio — o siquiera inteligente — y ser católico en el sentido en que lo es por ejemplo Pio X, ese fenómeno de sandez augusta, también es imposible ser católico y ser religioso. No es la ciencia lo que sobre todo nos separa de Roma; es nuestro instinto de la belleza y de la majestad de lo invisible; es nuestra honradez. ¿Qué persona decente admitirá el Dios que aplasta niños en Messina? Para eliminar a semejantes dioses de nuestras costumbres entran ganas de apelar a la policía antes que a la lógica.

¿Qué queda del espíritu de Jesús en el clero? ¿Qué queda del sublime manantial? Ya San Pablo, que no conoció al maestro, es un poco áspero. Los papas volvieron la espalda al comunismo desde el siglo III. Los católicos se hicieron capitalistas y militares, usureros y verdugos, y los verdaderos cristianos huyeron a la soledad. La Reforma salvó de la corrupción definitiva una parte del culto pero dentro del vaticanismo el efecto reaccionario trajo a los jesuitas, término con que ahora se designa en todos los países a una cierta categoría de hombres despreciables.

El catolicismo parece por fin reducido a las solas funciones digestivas. Es un paralítico que digiere y defeca en enormes proporciones, y fuera de cuyo vientre ningún órgano trabaja. ¿Dónde encontrar el rastro, no ya del ideal, sino de la idea? El catolicismo, materialista como un banquero hidrópico, trafica y hace política; compra, vende y manda representantes de su partido a los parlamentos; la empresa marcha, los dividendos no son malos. Y, no obstante, ¡cuánto más débil es en medio de su oro, que cuando Jesús no tenía donde reposar la cabeza! ¡0h, católicos!, ¿qué hicisteis de la cabeza de Jesús? Sois incapaces, con todos vuestros millones, de levantar un templo digno de vuestro pasado, incapaces de añadir un capítulo al Libro, incapaces de producir un santo que no nos haga reír. De la más alta figura de la historia hemos venido a parar a las Marías Alacoque, fletadoras de corazones sanguinolentos a tanto el cromo. Es triste, después de haber bebido en el purísimo manantial bajar a la fétida charca en que se abrevan los fariseos y los temibles asnos de nuestra época.

¡Tristeza de las religiones moribundas! ¿Qué diría Jesús, Él, que llamó al clero de su tiempo raza de víboras, qué diría, si viera el champaña de los obispos y los cheques del Papa; qué diría si viera las imágenes de palo cubiertas de joyas, qué diría si buscando en vano un destello de su prodigioso espíritu en las iglesias, que profanan su nombre, hallase en la de San Juan de Letrán, en Roma, adorados por la tribu fetichista, su cordón umbilical y... etc.

Publicado en "El Alba", Asunción, 23 de febrero de 1910.

domingo, 30 de noviembre de 2008

EL MANICOMIO de Rafael Barrett

Commons-Wikimedia Image:Goya - La casa de los locos.jpg

Rodea al Asilo de Mendigos una magnífica propiedad de cuarenta y dos cuadras. Allí hay de todo: legumbres, frutas, flores. El hermoso edificio del Asilo es un vasto taller donde la gente trabaja; se guisa, se cose, se teje, se borda ñandutí. Allí se gana dinero ¡vive Dios!, y todo marcha como en un cuartel. Añadid los 12.000 pesitos mensuales del Gobierno, y comprenderéis la respuesta que otra sociedad de beneficencia, la del Hospital de Caridad, dio al Estado que deseaba adquirirlo: «se lo vendo». Un negocio no se traspasa gratis.

Pero cerca del Asilo se levanta el sombrío presidio de los locos. ¡Ay!, los locos no trabajan bien; no sirven para nada. Figuraos una inmunda cárcel, en que la miseria hubiera hecho perder el juicio a los infelices abandonados allí dentro. Sobre el fango de un patio lúgubre, acurrucados contra los muros, gimen, cantan, aúllan, veinte o treinta espectros, envueltos en sórdidos harapos. Una serie de calabozos negros, con rejas y enormes cerrojos, agobia la vista. A los barrotes asoma de pronto un rostro de condenado. Celdas oscuras, desnudas, húmedas. El techo se agrieta. Las camas son sacos de sucia arpillera. Un hediondo olor a orines, a cubil de bestias feroces nos hace retroceder.

Sin asistencia, los locos vagan. Un montón de trapos se agita en el suelo. Es una epiléptica, que se romperá quizá el cráneo contra la pared. Descalzas, con los pies hinchados, las idiotas, incapaces de espantarse las moscas, se cubren de llagas. Rascan la tierra en que se revuelcan todo el día, y se quedan sin uñas. Del lado de los hombres el espectáculo es parecido. Feliz, de cara al sol, un lívido adolescente se masturba.

Los enfermos arrojados allí no tienen salvación. Podrían curarse en otro sitio muchos de ellos. Allí, en aquel infierno sin nombre, su razón naufraga para siempre.

Para el Asilo de Huérfanos y viejas laboriosas, todo; para el Manicomio, nada; los dementes son inexplotables. El manicomio es el pozo tenebroso a donde se tira la basura, volviendo los ojos a otra parte. Allí los parientes se desembarazan de quien les estorba. Allí se vuelca el ciego, el canceroso, la carne maldita. No es preciso estar loco para caer en el antro. Basta sobrar. Un inglés, William Owen, a quien habían encerrado cuerdo, se ahorcó en su mazmorra. Durante nuestra visita, descubrimos una pobre mujer, en su sano juicio, que está entre los locos hace cinco meses. La hermanita no sabía quién era.

-Me llamo Úrsula Céspedes. Mi hija me trajo acá. No quiere tenerme. Dice que soy leprosa.

Y nos enseña sus pies blanquecinos, las pústulas de sus piernas...

¡Ah, el libro de entradas sin fechas, sin nombres! N. N., N. N.,...! ¿quiénes son?, ¿quién los lanzó al pozo? La policía, un desconocido, cualquiera. ¿Para qué asesinar? Llevad vuestras víctimas al manicomio.

Y cuando el pozo rebosa, cuando hay demasiados monstruos, se los echa afuera. Así la loca Francisca Martínez de Loizaga, asistida ahora en su rancho, fue despedida del manicomio tres veces en año y medio.

No concebimos ni en la Edad Media cosa igual. ¿A qué protestar? ¿A qué pedir justicia al Estado, a ese Estado que en medio de tantos horrores y de tantas infamias, no se ocupa sino de cambiar los uniformes a sus soldaditos? Hay 50.000 pesos oro para alojar un batallón. Para aliviar la suerte de los desheredados, locos o no, jamás habrá nada.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

EL MAESTRO Y EL CURA de Rafael Barrett


Al llegar al pueblo, pregunté por el maestro de la escuela y después por el cura; nada más natural: representan el eterno dualismo de la filosofía, los dos polos de la espiritualidad humana, lo relativo y lo absoluto, los sentidos y la intuición, lo visible y lo invisible, la ciencia y la fe. El representante de lo relativo y de lo efímero, en aquella sociedad de dos o tres mil almas, estaba peor alimentado que el representante de lo absoluto y de lo perdurable. Quizá demuestre esto que hasta para los labradores el cielo es más importante que la tierra y que ante todo les conviene asegurar las cosechas del otro mundo. El maestro es pálido, vacilante, melancólico; el cura regordete, sano, jovial. Basta contemplarlos para comprender la diferencia que va de las engañosas tentaciones del valle de lágrimas a la realidad resplandeciente que más allá del sepulcro encontrarán los buenos católicos.

El maestro gana ciento cincuenta pesos mensuales. Verdad es que no trabaja sino ocho o nueve horas al día y que no tiene sino un centenar de alumnos. Además, en la clase, que es un galpón arruinado, no hay bancos, ni mesa, ni utensilio alguno de enseñanza. Allí se aprende aritmética sin pizarrón, geometría sin figuras ni sólidos, botánica sin plantas, zoología sin animales, geografía sin mapas. Todo es etéreo, fantástico. También se debe observar que los ciento cincuenta pesos no son precisamente ciento cincuenta pesos. En primer lugar, son recibidos con un mes de retraso. Los gobiernos, sin duda por razones de alta política, han dispuesto que se pague a los maestros de escuela los últimos, es decir, después de los mayordomos, porteros y lacayos; después de los espías. Por otra parte, a los maestros de escuela de la campaña se les paga en la Asunción. Los infelices necesitan un intermediario que les cobre el sueldo en la capital y lo envíe, en cuya operación se evaporan siempre algunos pesos, cuando no todos. ¡Hay tan poca gente en quien se puede fiar! En fin, el maestro vive. ¿Qué más quiere?

Al cura, y con justo motivo, no le basta vivir. Es preciso que la gloria del todopoderoso triunfe en él. La sencilla gente de la aldea llama al sacerdote hijo de Dios. Como tal, se hace hombre y a veces exageradamente. El cura de mi cuento tiene diez hijos. ¡Cosas del clima! Ninguno de los diez quedará en la miseria; el doblemente padre es casi rico. Notemos que ni siquiera vive en su parroquia. Cada mes aparece por ella, canta una misa acá, unos responsos allá; bautiza a un par de nenes, casa a unos cuantos escandalosos y se marcha. Total, quinientos, setecientos pesos. He examinado el arancel eclesiástico; he descubierto con asombro que «un matrimonio en hora competente, con misa nupcial sin aplicación», vale 5 pesos, «con aplicación» 8 pesos; «un entierro de adulto, sin posa, siendo cantado y dando vuelta a la iglesia», 4 pesos, «si hubiere posas se percibirá además 0.40 por cada posa cantada»; «por un entierro de adulto o párvulo desde el domicilio hasta la iglesia o cementerio, no se percibirá más de 4 por la primera cuadra y 2 por cada una de las demás».

Los chirimbolos del culto, cruces parroquiales, ciriales, arañas, candelabros, dalmáticas, paños, no se alquilan por más de tres pesos pieza; pero son derechos de fábrica que aprovecha la mayordomía y no el cura. En ellos se incluye lo referente a la campana. Sepa el público que un toque de agonía cuesta treinta centavos, y cincuenta el anuncio de muerte.

Entonces ¿qué significan los centenares y miles de pesos que se embolsa el cura en cuestión?

¡Ah! Es que al maestro lo mantienen los hombres, mientras que al cura lo mantienen las mujeres. A uno se le cumple a regañadientes su miserable tarifa; para el otro no hay tarifas, y los esfuerzos del señor obispo se estrellarán contra la inagotable piedad femenina. Esas heroicas esclavas han puesto en la misericordia celestial todas sus esperanzas -¿dónde las iban a poner?- y ningún sacrificio les parecerá grande si se trata de conservar las amistades con la Virgen, los santos, y el hijo de Dios. El hombre hasta cuando ama, es práctico y luchador; prevé y mide; mal convencido, en lo que acierta, de las ventajas de la instrucción, no se enternece demasiado ante la palidez y la melancolía del maestro. En cambio la mujer, apenas ama, ama como madre, y todo está dicho. Cierra los ojos a las calaveradas del cura; los abre llenos de confianza, cuando el sacerdote recobra su carácter sagrado, y repite en nombre de Cristo las inmortales, las únicas palabras de consuelo. Y la mujer se complace maternalmente -¡Oh Dolorosa!- en los carrillos redondos del cura, en su jovialidad y ríe con él, risa cándida, leve, pronto retenida, de niña seria. Y para el cura será la gallina más gorda, el más rico vaso de leche, y el montoncito de pesos reunido en largos meses de frío y de sol, a fuerza de caminar con los pies descalzos por los senderos que no acaban nunca.

Publicado en "Rojo y Azul", 20 de setiembre de 1907.

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martes, 25 de noviembre de 2008

EL LOCO de Rafael Barrett

Se escapó un loco del manicomio. No se lo censuremos; un cuerdo en su lugar hubiera hecho lo mismo. La policía se alarmó; un loco suelto por una ciudad de trescientos mil cuerdos es caso grave. Se ha visto a un solo energúmeno levantar países enteros, derribar tronos y fundar religiones. El Mullah loco inquieta a Inglaterra justamente. Es un loco rebelde, que quizá no se satisface con romper las cadenas de la lógica, mientras que el rasgo característico de la cordura es someterse a la autoridad. Así el loco puede alegrarse y nuestra cordura nos entristece y nos pesa y a veces la perderíamos con gusto. La policía, pues, buscó al loco.

Los comisarios sabían de él tres cosas: que usaba lentes, que llevaba pantalón blanco y que estaba loco. Recorrieron los teatros, juzgando que era natural encontrarlo allí, y al cabo vieron entre el público del Casino a un sujeto de pantalón blanco y de lentes. Era «él». Se le hizo salir de la platea y lo arrastraron a la comisaría, donde se puso en claro que no era «él», es decir, que se llamaba de otro modo. Se le pidió disculpa y se le dejó libre.

Estos hechos son instructivos. Encaminan a la meditación. Pronto se advierte cuán precipitadas son las recriminaciones de que se ha hecho víctima al comisario engañado; ¿de qué se le acusa? No será de no haber utilizado correctamente los tres datos que tenía. Dos de ellos eran verificables, el tercero, no. Nada más fácil que reconocer si un individuo lleva lentes y pantalón blanco; nada más difícil que reconocer a simple vista si está loco. El comisario aplazó con acierto el último problema, problema arduo porque los manicomios están llenos de personas que no se sabe a punto fijo si están cuerdas o no lo están. El señor detenido, que era profesor agrónomo, debe considerar que de no detener a él, tampoco detendrían nunca al demente verdadero, y nos confesará que si le soltaron no fue por cuerdo, sino por tener distinto nombre. Comprendemos su ira; él está seguro de gozar de su sano juicio, pero esto tampoco hubiera sido un dato útil al comisario, porque la mayor parte de los locos ignoran que lo son.

Sospecho que el comisario se inclinaba a dar por locos a cuantos llevaran pantalón blanco y lentes, ya sorprenderse de que no los llevaran los locos reconocidos, pero tal es el papel de nuestra inteligencia, unir con toda energía los elementos de que dispone. En el cerebro del comisario había tres vértices luminosos que formaban un triángulo indestructible. Ese cerebro funcionaba bien. La relación era extraña; si retrocediéramos, sin embargo, ante lo inverosímil, nuestros conocimientos serían muy pobres. Darwin observó que los gatos blancos, de ojos azules, son siempre sordos, y jamás ha fallado la regla. Pantalón blanco, lentes, loco; blanco, ojos azules, sordo. He aquí la imagen de nuestra ciencia. Explicar es hacer corresponderse dos figuras inexplicables. Estamos ensayando nuevas parejas; las antiguas han envejecido, como envejecerán las de hoy, y la realidad, eternamente ágil, joven, inesperada, se escapa riendo. Entretanto, ¡cuidado con las combinaciones actuales! Lejos de mí la idea de asustar al señor profesor, mas si yo estuviera en su pellejo no llevaría más pantalones blancos.
Publicado en "La Razón", Montevideo, 18 de enero de 1909.

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domingo, 23 de noviembre de 2008

EL ESFUERZO de Rafael Barrett


La vida es un arma. ¿Dónde herir, sobre qué obstáculo crispar nuestros músculos, de qué cumbre colgar nuestros deseos? ¿Será mejor gastarnos de un golpe y morir la muerte ardiente de la bala aplastada contra el muro o envejecer en el camino sin término y sobrevivir a la esperanza? Las fuerzas que el destino olvidó un instante en nuestras manos son fuerzas de tempestad. Para el que tiene los ojos abiertos y el oído en guardia, para el que se ha incorporado una vez sobre la carne, la realidad es angustia. Gemidos de agonía y clamores de triunfo nos llaman en la noche. Nuestras pasiones, como una jauría impaciente, olfatean el peligro y la gloria. Nos adivinamos dueños de lo imposible y nuestro espíritu ávido se desgarra.

Poner pie en la playa virgen, agitar lo maravilloso que duerme, sentir el soplo de lo desconocido, el estremecimiento de una forma nueva: he aquí lo necesario. Más vale lo horrible que lo viejo. Más vale deformar que repetir. Antes destruir que copiar. Vengan los monstruos si son jóvenes. El mal es lo que vamos dejando a nuestras espaldas. La belleza es el misterio que nace. Y ese hecho sublime, el advenimiento de lo que jamás existió, debe verificarse en las profundidades de nuestro ser. Dioses de un minuto, qué nos importan los martirios de la jornada, qué importa el desenlace negro si podemos contestar a la naturaleza: -¡No me creaste en vano!

Es preciso que el hombre se mire y se diga: -Soy una herramienta. Traigamos a nuestra alma el sentimiento familiar del trabajo silencioso, y admiremos en ella la hermosura del mundo. Somos un medio, sí, pero el fin es grande. Somos chispas fugitivas de una prodigiosa hoguera. La majestad del Universo brilla sobre nosotros, y vuelve sagrado nuestro esfuerzo humilde. Por poco que seamos, lo seremos todo si nos entregamos por entero. Hemos salido de las sombras para abrasarnos en la llama; hemos aparecido para distribuir nuestra sustancia y ennoblecer las cosas. Nuestra misión es sembrar los pedazos de nuestro cuerpo y de nuestra inteligencia; abrir nuestras entrañas para que nuestro genio y nuestra sangre circulen por la tierra. Existimos en cuanto nos damos; negarnos es desvanecernos ignominiosamente. Somos una promesa; el vehículo de intenciones insondables. Vivimos por nuestros frutos; el único crimen es la esterilidad.

Nuestro esfuerzo se enlaza a los innumerables esfuerzos del espacio y del tiempo, y se identifica con el esfuerzo universal. Nuestro grito resuena por los ámbitos sin límite. Al movemos hacemos temblar a los astros. Ni un átomo, ni una idea se pierde en la eternidad. Somos hermanos de las piedras de nuestra choza, de los árboles sensibles y de los insectos veloces. Somos hermanos hasta de los imbéciles y de los criminales, ensayos sin éxito, hijos fracasados de la madre común. Somos hermanos hasta de la fatalidad que nos aplasta. Al luchar y al vencer colaboramos en la obra enorme, y también colaboramos al ser vencidos. El dolor y el aniquilamiento son también útiles. Bajo la guerra interminable y feroz canta una inmensa armonía. Lentamente se prolongan nuestros nervios, uniéndonos a lo ignoto. Lentamente nuestra razón extiende sus leyes a regiones remotas. Lentamente la ciencia integra los fenómenos en una unidad superior, cuya intuición es esencialmente religiosa, porque no es la religión la que la ciencia destruye, sino las religiones. Extraños pensamientos cruzan las mentes. Sobre la humanidad se cierne un sueño confuso y grandioso. El horizonte está cargado de tinieblas, y en nuestro corazón sonríe la aurora.

No comprendemos todavía. Solamente nos es concedido amar. Empujados por voluntades supremas que en nosotros se levantan, caemos hacia el enigma sin fondo. Escuchamos la voz sin palabras que sube en nuestra conciencia, y a tientas trabajamos y combatimos. Nuestro heroísmo está hecho de nuestra ignorancia. Estamos en marcha, no sabemos adónde, y no queremos detenemos. El trágico aliento de lo irreparable acaricia nuestras sienes sudorosas.

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sábado, 22 de noviembre de 2008

EL DIA DE DIFUNTOS de Rafael Barrett


Coyuntura es ésta para hablar de muertos y de muerte. Hablar digo, y no pensar, porque dudo que exista hombre ni mujer de tan mutilado entendimiento que sólo piense una vez al año en el misterio y en la necesidad de morir. Pensemos siempre, pues, y hablemos hoy.

Nuestros muertos, ¡cómo viven dentro de nosotros! Esos dos o tres muertos queridos que llevamos muchos en el alma, ¡con qué grave peso nos ayudan a bajar la pendiente de la vida! Si nos separaron de ellos demasiado pronto, y los creímos, en nuestra joven ignorancia, devorados por la segunda muerte del olvido, ¡qué dulce emoción, ahondada en el espíritu con el pasar del tiempo, al sentir que de nuevo se mezclan con nosotros, y nos hablan, y se apoyan cariñosamente en nuestro brazo, y clavan en los nuestros sus ojos resucitados! Muertos que caídos al mar os sumergisteis y después subís en las aguas lentamente y ahora flotáis, volviendo al sol vuestros blancos rostros, ¿será cierto que nosotros también os visitamos, aunque sea en sueños, allá donde estáis y que en la sombra os persiguen nuestras pálidas figuras ausentes?

¿Anudáis y soltáis largos coloquios de silencio con nuestros fantasmas, y engañáis como nosotros la tristeza? Tristeza que nos viene de las cosas que no hicimos cuando era lugar, de las palabras que no dijimos, de todo lo que faltó para despedirse en paz. Tristeza y remordimiento de lo injustos, de lo ciegos que fuimos para los que tanto adorábamos. Descubrimos la profundidad del amor cuando no hay remedio, y nos prendemos a un espectro, y le gritamos lo imposible, y le ofrecemos inútiles tesoros de ternura. Esperamos el supremo día en que, por fin, se nos revelará el destino cara a cara, y entonces...


«El que se muere no da
Lo suyo, sino lo ajeno».


Nuestros muertos, ¿serán entonces verdaderamente nuestros? ¿Nos aguardarán a la otra orilla?

Ya que ellos, al irse, nos dejaron la ilusión de algo de su ser, confiemos en llevarles la realidad de algo nuestro, de algo que recuerden. Confiemos en ser reconocidos.

Alejemos de nosotros el temor, no sólo de desaparecer, sino de que la muerte nos desfigure. Al contrario, ella nos devolverá nuestra efigie auténtica, escondida bajo las miserias y el desorden del mundo visible. No conocemos nuestra propia conciencia. Raros son, de la cuna al sepulcro, los instantes en que vislumbramos nuestras entrañas y medimos al fulgor del relámpago los abismos que en nosotros se abren. Vivimos con la atención fija en lo exterior, que es la mentira, e ignoramos la única realidad de nuestra condición misma. Cometemos el error de preferir la ciencia, la ciencia lamentable, cuyos más firmes cimientos no duran medio siglo, la ciencia falsa, la ciencia bárbara que, incapaz, por definición, de sospechar siquiera lo invisible, se reduce a estudiar con ridícula ceremonia la máscara fría del universo. Y por eso, defraudados, padecemos la sed de la sabiduría, la sed de la muerte. Ella será la maestra. Morir es comprender.

Es manifestarnos. Es nacer. Es el símbolo de la vida plena. Ella nos hace entender que lo físico es provisional. Ella nos muestra su fecundidad al elevarnos y fortificarnos mediante su idea. Aquellos a quienes la muerte es familiar son los más nobles.

Ella nos enseña que ni el dinero, los honores, ni el placer, ni la carne son nuestros. La muerte es una criba que guarda lo esencial. Y si a la criba llegamos con carne satisfecha y un montón de títulos y de oro por todo equipaje, de nosotros nada quedará. Moriremos de veras y completamente, puesto que no supimos de veras vivir.

He aquí por qué nuestra vida debe ser una imitación de la muerte, y por qué los héroes de la vida interior se ocuparon con tanto ahínco de mortificarse, es decir, de hacer la muerte. Es que la muerte no es un aniquilamiento, ni una transfiguración, sino un balance. Define y depura; pone de un lado lo que es nuestro, y de otro lo que no lo es. Y si empleamos la vida en obrar esta separación de lo propio y lo ajeno, del metal y la escoria; si luchamos, por el hierro y el fuego, aunque nos desgarremos y ardamos en cavarnos y encontrarnos y arrancarnos a lo de afuera, la muerte nos hallará dispuestos, y apenas sentiremos su mano glacial e irresistible. Cuando más muertos seamos a lo que no nos importa, cuanto más vivos en nuestra esencia, tanto más nos emanciparemos de la muerte y nos acercaremos a la inmortalidad.

No es lo importante trabajar, sino trabajarnos. La verdad está oculta. Hay que extraerla del fondo de nuestra naturaleza. Hay que ensangrentarnos, hay que desfallecer en busca de la verdad, de lo que no muere, y a ello nos empuja el amor. El amor es divino; él, y sólo él, sabe dónde está la verdad. Por eso los que nos amaron saben cuál es nuestra verdadera cara; ellos nos vieron tales como seremos después de la muerte; ellos, los muertos queridos, nos reconocerán cuando muramos y nos juntemos todos en la otra orilla, y nos darán la bienvenida eterna. Sólo amar no engaña.

Publicado en "El Diario", Asunción, 4 de noviembre de 1907.

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miércoles, 19 de noviembre de 2008

EL DUELO de Rafael Barrett


Reparación por las armas... Es opinión antigua que los aparatos de destrucción son útiles, que la muerte sirve. El honor, como los dioses, necesita sangre. Vivimos de la opinión ajena, y el público es cruel; exige espectáculos de circo: gladiadores. Nuestra virtud, por otra parte, resulta de la corrupción de los demás. Si el último de los granujas asegura que he asesinado a mi madre, todos los creerán, porque les conviene y porque me odian. ¿Cómo desagraviar al monstruo omnipotente? ¿Cuál será el sacrificio expiatorio? Un cincuenta por ciento de suicidio: el duelo.

Degeneramos, no obstante. A esa fiesta, obligatoria en algunos ejércitos, acuden los íntimos. En París, las claras toilettes de las señoras la amenizan. Un gesto a lo Artagnan, una picadura en el antebrazo, saludos cordiales, y hasta otra. Pero hay quien toma la cosa en serio. Nada más divertido entonces que la desbandada general de adversarios y padrinos. Un hombre resuelto a batirse de veras no lo consigue nunca. El siglo es práctico.

¿Quién confía, ni por un instante, su fortuna al prójimo? En cambio confiamos la honra. Al principio los desafíos eran solitarios. El moro Tarfe no menciona testigos en su célebre cartel, da la hora y el sitio. «Ven y verás cómo habla el que, delante del rey, por su respeto callaba». Después los cortesanos franceses llevaban un apoderado a dirimir los lances versallescos. Ahora urgen cuatro representantes, director de combate, médicos, etc., y se dibuja la tendencia al jury, al expedienteo, a la prudente burocracia. Ahogamos en tinta nuestro noble prurito de pincharnos.

Todo se afea rápidamente. La humanidad atraviesa una edad ingrata. Conservábamos la bella costumbre del duelo, mezcla elegante de barbarie y de cortesía, de valor individual y de llamamientos al destino. Nos queda una parodia lamentable. Y lo terrible es que la injuria no ha perdido un adarme de su poder.

No digáis que la injuria es la palabra; no hay palabra donde no hay pensamiento. La injuria a secas es un aullido, un grito de bestia. Y demasiado débiles para oponer a la injuria el espasmo fulmíneo del coraje, no hemos aprendido aún a domesticarla bajo el influjo divino de la idea.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 7 de diciembre de 1906.

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sábado, 15 de noviembre de 2008

EL DERECHO A LA HUELGA de Rafael Barrett



Parece que algunos gobiernos marchan hacia una concepción nueva: la de que no sea permitido al obrero abandonar su labor, salvo que le despidan. Se ha presentado al parlamento español un proyecto de ley negando el derecho a la huelga. En la Argentina y en la India inglesa se lanza del territorio, sin formalidad ninguna, a los «agitadores» como suele llamarse a los que se cansan de sufrir. Durante la magnífica parálisis de los servicios postales y telegráficos franceses, se dijo que el Estado no podía tolerar, por capricho de los trabajadores, el aislamiento de Francia.

Se dio entonces a los modestísimos empleados el pomposo nombre de «funcionarios públicos» y se declaró que un funcionario público está en la obligación de no interrumpir un minuto su trabajo. Sería una grave falta de disciplina. Se ve la habilidad con que el gobierno -que al fin cedió ante la fuerza huelguista- trataba de introducir ideas sublimes y palabras altisonantes en el conflicto. Había que asimilar el cartero y el telegrafista al soldado. El único deber del funcionario, es funcionar. No hay huelgas; no hay más que deserciones. Mañana se aplicaría el mismo razonamiento a los operarios de las industrias nacionales; pasado mañana, a los peones agricultores, al bajo personal del comercio. Suspender la faena productora es una indisciplina, un delito, una traición. Se debilitan las energías del país; ¡se disminuye la riqueza de la patria!

Así rehabilitaríamos la esclavitud -y conste que en ella se ha fundado la civilización más ilustre de la historia. ¿Por qué no hemos de ser consecuentes? En resumen, el Estado no es sino el mecanismo con que se defiende la propiedad. Si se castiga al que atenta contra ella mediante el robo, y al que la mueve antes de tiempo mediante el asesinato, ¿no es lógico castigar también al que la suprime en germen? La propiedad se gasta; su valor se consume, y es necesario reponerlo sin descanso. El ladrón la mata; pero el huelguista la aborta. Para un fabricante, una huelga prolongada de sus talleres equivale a la fuga de su cajero; el patrono volverá los ojos al Estado, exigiendo auxilio. Un trabajador es una rueda de máquina; mas una rueda libre, capaz de salirse de su eje voluntad, es algo absurdo y peligroso. No se concibe una propiedad estable sin la práctica de la esclavitud.

Todavía la practicamos, sin duda, aunque cada vez menos. Estamos desde hace siglos en presencia de un hecho formidable: la masa anónima, el inmenso rebaño de los que nada tienen sube poco a poco acercándose al poder. He aquí al viejo Estado enfrente del número. Mejor dicho, ahora es cuando el número adquiere, gracias a la cohesión, todo su terrible peso. El pueblo comienza a dejar de ser arena; se cuaja en roca. No es extraño que el sufragio universal haya sido tan inocuo; encontró una multitud incoherente incapaz hasta de conocer sus males, y vagamente de acuerdo con el Estado. Detener al pobre trabajador, sucio y jadeante, de regreso al negro hogar, donde como de costumbre hallará dormidos a sus hijos, y proponerle que gobierne su nación, es en verdad pueril. Preferirá comer mejor y disponer de dos horas para jugar con sus niños. Y lo ha logrado en muchas regiones. Lo instructivo es que los obreros se van agrupando y organizando por el trabajo mismo; sus herramientas se convierten imperceptiblemente en armas; los aparatos con que la humanidad circula y trasmite el pensamiento están en sus manos; el alambre que lleva la orden de un Rockefeller no se niega a llevar la del siervo rebelde, y nuestra cultura, que día por día necesita instalaciones fabriles y de tráfico más y más enormes, pone en contacto y en pie de guerra mayor cantidad de proletarios; las huelgas -esas mortíferas declaraciones de «paz»- aumentan en extensión y en rapidez, y a medida que la propiedad se acumula en moles crecientes, su estabilidad se hace siempre menor.

El Estado se batirá; opondrá al número el número. Opondrá el ejército compuesto de hombres educados para esperar la muerte, al proletariado, compuesto de hombres que tienen la irritante pretensión de vivir. Ya que de derechos hablamos, ¿qué es un derecho, sino una concesión, un permiso de las bayonetas? Recordemos, no obstante, que los soldados no son ricos ni felices, y que los fusiles, los cañones y los acorazados no se construyen solos. ¿Vendrá el momento en que los astilleros huelguen? ¿Vendrá una huelga militar? Lo ignoramos. Es evidente que los trabajadores atraviesan una época de prosperidad, de juventud. A regañadientes, como a lobos que le persiguieran, el Estado les arroja jornadas breves, salarios más altos, pensiones, indemnizaciones, y los lobos tragan esos pedazos de carne fresca, y corren con doble vigor, y avanzan y se echan encima. ¿Dominará el Estado? ¿Aprovechará la obediencia aún bastante segura del Ejército? ¿Será vencido? Nadie lo sabe. Los vastos movimientos sociales nos son tan misteriosos como nos lo serían las mareas, si un cielo nublado eternamente nos ocultara la luna y el sol. Aguardemos los episodios de la lucha entre el trust del oro y el trust de la miseria.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 10 de abril de 1909.

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viernes, 14 de noviembre de 2008

EL CINEMATOGRAFO de Rafael Barrett





De repente la oscuridad, y con ella el silencio precursor de milagros. Un haz de pálida luz brota de la negra hendidura proyectante, y se abre hacia el blanco lienzo que espera. No es el inocente rayo de sol entre el follaje espeso, sino un mágico surtidor, preñado de gestos y de ideas, es un mundo agitado, una oleada de vida que surge otra vez del abismo. La delgada claridad que cruza el espacio lleva consigo una chispa de nuestro espíritu inquieto; es nuestra mirada misma atravesando las tinieblas.

El hombre había obligado a la placa fotográfica a estremecerse y a conservar la huella de un instante; había obligado a la materia bruta a tener memoria. Pero esa memoria no era más que un espasmo, un resplandor en la noche. La materia se acordaba, pero de un momento solo; palpitaba un segundo, y se petrificaba en el único ademán inteligente de su existencia. Una fotografía es una sombra inmóvil, un cadáver. Un retrato hace pensar en las cosas pasadas de igual modo que un pétalo seco, hallado dentro de un libro, hace pensar en la primavera ausente.

Y eso no nos bastaba. Hemos querido galvanizar los espectros y hacer retroceder a la muerte. No contentos con engendrar innumerables formas nuevas, hemos querido robar las que estaban condenadas a desaparecer. Ángeles anunciadores de lo que vendrá, somos también buzos de lo desvanecido, y remontamos a la superficie cargados de tesoros que dormían en el fondo del mar. Nuestro genio tuerce las corrientes del destino, y una resaca maravillosa, después del naufragio, esparce sobre la tela tirante del cinematógrafo las mil figuras alegres de la tripulación resucitada.

Vemos lo olvidado; vemos lo que nunca hemos visto. Viajamos por tierras desconocidas. Bajo árboles acariciados de brisas disueltas para siempre, nos reclinamos a descansar de un camino que no hemos hecho... Pisamos la trepidante cubierta de un buque ignorado, y aguardamos el redondo empuje de las olas que más tarde, no sabemos cuándo, habrán desfallecido en playas remotas... Ahora es una ciudad inmensa, donde jamás habitaremos. ¿Qué pensamientos arrastra el transeúnte que pasa rozándonos, durante ese minuto perdido en el caos...? Y así desfilan ante nuestra retina absorta, escenas, paisajes, fantasmas vivos que acuden a nosotros desde las profundidades del tiempo, y que se mezclarán a nuestros sueños y a nuestras nostalgias. La realidad delira como un moribundo, y nos arroja al rostro ráfagas de su enorme historia.

Titubea de pronto el cuadro. A intervalos una mancha o una quebradura nos trae a la mente nuestra debilidad. Estamos aún lejos de la perfección absoluta. Nos sacuden los choques de nuestra penosa marcha hacia el futuro. El aparato sublime vacila. Pero esa misma flaqueza vuelve la lucha más trágica. Estamos combatiendo cuerpo a cuerpo, y el temblor del cinematógrafo es el temblor de la divina presa entre nuestras manos crispadas.

En la penumbra la multitud entrega sus cándidos ojos de niño. Nos baña un ambiente religioso. Las almas ceden al encanto confuso y penetrante de lo incomprensible. La fe, como en otros siglos, baja al valle de lágrimas. Pero baja libre de terrores. Ya no teme, la muchedumbre, la cólera ni la venganza de los dioses ciegos. Por eso, familiarizada con el prodigio, confía serenamente en sí misma. Por eso delante del cinematógrafo, como delante de otras recientes conquistas de la razón sobre el Universo, se mueve en nuestra conciencia la inmortal esperanza.

Publicado en "El Cívico", 21 de agosto de 1905.

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martes, 11 de noviembre de 2008

EL CARNAVAL de Rafael Barrett


«Una máscara sobre otra», dice Shakespeare. Hace falta una doble protección para arriesgarse a ser sincero. El Carnaval es, ante todo, la fiesta de la sinceridad. Durante algunos días somos todo lo francos que se puede, a costa de caer en la desvergüenza; hablamos casi lo que pensamos; nos atrevemos a parecer locos, es decir, a parecer lo que somos; nos desahogamos de doce meses de hipocresía. ¡Admirable privilegio! Nos es permitido correr, cantar, gritar y reír a gusto, y uno se viste como quiere. Se suprime la rutina, la correcta convención, la mitad de las farsas sociales; se nos cura del terror más ruin, el terror al ridículo, se nos felicita de lo grotesco, se descorre el cerrojo a la fantasía, se nos vuelve espontáneos, se nos improvisa una especie de segunda inocencia. Es una hora de libertad, un ensayo de una vida mejor y futura; un relámpago. Pronto se toma al fondo gris de la vieja costumbre. La alegría no es de este mundo. Somos fieras astutas; somos otra vez hipócritas: ¡defendámonos! Rechacemos el júbilo; guardémonos de llevar a la práctica las soluciones de nuestra razón. ¡Orden, orden! No hay nada tan anarquista como el sentido común.

«Todo el año es Carnaval»; un Carnaval triste y sórdido. Ante el amo, el jefe, el árbitro o el instrumento de nuestra ambición, hacemos la comedia de la servidumbre y de la intriga. Los más fuertes la hicieron: Bonaparte, el venidero soberano de una corte cuyo esplendor asombró a Europa, hizo la corte a la querida de Barras. Formemos la gran comparsa de los «arrivistas». Y los que llegaron, siempre en carácter, cambian de mueca. «Perdonadme mi talento», nos imploran. Es el sainete de la modestia, el miedo a la envidia. Y el orgullo, o sea el valor de los que se niegan a fingir, es el que sucumbe, no a los ruidosos golpes del destino, sino al sordo roer de lo mediocre, a la infección de los hombres microbios. Examinad, delante del espejo, los pliegues de nuestra careta de carne. No es la vejez la que abre las arrugas del rostro; es el gesto variado y continuo de la mentira humana. Ni la edad ni el dolor son capaces ya de hacer respetable la efigie de los que viven del odio y del engaño. El carnaval celebra las vacaciones de la fisonomía. Detrás de la máscara, la faz es devuelta al verismo de la soledad o del sueño.

Máscara: escudo. Enmascarados: descarados. El repugnante y el tímido toman su desquite: se convierten en el enigma que quizás atrae, en «el muro tras el cual está pasando alguna cosa». El leproso, si tiene imaginación, seducirá a la virgen. Es el momento de ocultar el cuerpo para mostrar el espíritu. Es el instante de la venganza, en que se murmura al oído del prójimo la broma más terrible: la verdad. Es la época en que se triunfa y en que se tiembla, en que los maridos descubren su desgracia y las feas confiesan su amor. El cartón no se ruboriza. Mujeres silenciosas y desdeñadas, que no tenéis otra belleza que la de vuestros ojos magníficos, otro tesoro que dos diamantes desengarzados, sed efímeras huríes bajo el antifaz. Sed solamente vuestros ojos; solamente los agujeros sombríos por donde asoma el alma desnuda... solamente el misterio.


Así el Carnaval, en su fugaz y frenética agitación, hace subir a la superficie del mundo la realidad y el misterio, que no se desunen nunca. Símbolo es del carnaval de la naturaleza, carnaval trágico, en que el fondo inaccesible se cubre cada siglo con un disfraz diferente. Ayer fue la idea, fue la llama, fue el átomo, fue el capricho de los dioses irritados. Hoy es la sed infinita del número. Nuestras manos trémulas se cansan de buscar. La Isis se esconde bajo un velo que renace sin tregua, y nos estremecemos a la idea de que tocamos los despojos de un Carnaval difunto, los restos de un festín olvidado, las cenizas de una fiesta apagada. El Universo se nos aparece como una inmensa máscara por cuyos agujeros negros mira la muerte, y no encierra más que el vacío.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 24 de febrero de 1909.

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lunes, 10 de noviembre de 2008

EL BANDIDO GENEROSO de Rafael Barrett


Donde las gentes honradas se mueren de hambre y queda todavía en la casa un resto de vitalidad, se declara el bandolerismo. Esto ha pasado y pasa en muchas regiones europeas. La Calabria nos dejó ejemplos ilustres; ahora Andalucía renueva los pintorescos laureles de José María, Diego Corrientes y los siete Niños de Ecija. Casi olvidado Musolino, tenemos al Vivillo y a su famoso lugarteniente Pernales, entregado, según rezan los telegramas, por un quijotesco denunciador que no acepta recompensa alguna del gobierno. El gobierno insiste, y en verdad que fue grande el servicio prestado a las autoridades exasperadas, puestas cien veces en ridículo gracias a la temeridad de doce o quince revoltosos.

La partida del Vivillo, durante años dueña de la campiña andaluza y hasta de ciudades, hallaba abrigo en los innumerables escondrijos de las sierras, pero fundó siempre su oculta seguridad en la complicidad de las poblaciones. Baste decir que se paseaban los bravos en plazas y ferias, y que hacían política. Los miserables simpatizan con los bandidos generosos. Vivillo lo es: nada sanguinario, excelente padre de familia, desempeña gravemente sus funciones providenciales. Desvalija al rico, socorre al necesitado; le adoran, y con razón. Por medio de él se cumple, aunque no del todo bien, la justicia. Restituye a medias, mas al fin restituye. Robar, en tal caso, redime. No es extraño que otro facineroso andaluz, tiempo atrás, recibiera el apodo de Cristo. Y ¿acaso el mismo Cristo no entró en el paraíso acompañado del buen ladrón?

Pernales, más bruto que su jefe, tiene varias muertes de que arrepentirse, la mayor parte, es cierto, hechas en defensa propia. Es también bandido generoso. He aquí una anécdota entre mil: "El 22 de marzo de 1907 se metió, buscando refugio, en un cuarto habitado por una vieja; ésta, ignorando de quien se trataba, se puso a contarle sus penas: la iba a expulsar su propietario, a quien debía la suma de 300 pesetas. Sin decir una palabra Pernales salió, montó en su caballo, y se fue derecho a donde vivía el dueño, a quien, por la violencia, obligó a entregar 300 pesetas. Después volvió a casa de la pobre mujer, y le dio el dinero, diciendo simplemente: tome para pagar su deuda. Enseguida se alejó, dejando que su favorecida se deshiciera en agradecimientos". Este es el hombre no sé si preso o muerto por la guardia civil. Es de esperar que el Vivillo viva aún, siquiera por la fuerza del mote, y que continúe gobernando unas cuantas provincias.

Parece, en efecto, conveniente el bandolerismo, por lo menos en España. Ciertos excesos de miseria pública y de corrupción parlamentarias provocan y exigen una compensación extralegal. El bandido generoso corrige la defectuosa administración de los bandidos oficiales. Introduce una distribución más equitativa de la riqueza. Cierto que para ello establece la coacción y el robo, pero lo mismo hace el Estado. Todos los Estados, empezando por Roma, nacieron del robo. Todos ellos subsisten del robo. ¿Qué es el robo? ¿Quitar lo ajeno contra la voluntad del poseedor? No veo que se cobren los impuestos con el beneplácito del contribuyente. Si se cobran, es merced al terror de las bayonetas. El pretexto será respetable, no lo dudo; se necesitan fondos para defender la patria, etcétera; confesemos que tampoco es detestable robar al ahíto mercader con el fin de dar un pedazo de pan al hambriento.

El bandido generoso gobierna de un modo irregular. Su tribunal, ambulante y perentorio, recuerda a don Quijote, poco amigo de mercaderes. No deja de ser algo significativo aquel encuentro del inmortal Hidalgo con el bandolero Roque Guinart. Se admiraron mutuamente. Es que ambos tipos habían sido engendrados en la infeliz y ensangrentada tierra, feudo de los Austrias. Ambos representaban la protesta del espíritu libre contra la explotación metódica de los cortesanos y de los obispos. Don Quijote profesa un ideal demasiado alto, futuro; el ridículo rompe las alas de su genio a cada paso. Guinart, como su digno descendiente Vivillo, es más real, más visible. No cabalgan en escuálidos Rocinantes, sino en potros magníficos; sus armas son modernas y temibles. Signo definitivo: las mujeres se enamoran perdidamente de ellos. Son la vida, la alegría, la belleza sana. Encarnan este fenómeno único: su acción social, puramente económica, está profundamente impregnada de poesía.

Si el bandolerismo español se extendiera y organizara, el país gozaría de un equilibrio bienhechor. De un lado el gobierno; de otro, en los montes, un ejército intangible de salteadores altruistas, encargados de crear una contracorriente monetaria del rico hacia el pobre: en medio la multitud, obediente al Estado, y encubridora fiel del bandido generoso. Todo sin asesinatos ni ejecuciones. De arriba, impuesto al proletario; de abajo, por intermedio del buen ladrón, impuesto al capitalista sorprendido. ¡Programa tentador! Pero me temo que esos andaluces sean poco prácticos.

Publicado en "El Diario" (Asunción), 3 de octubre de 1907


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domingo, 9 de noviembre de 2008

EL AZAR de Rafael Barrett

El azar llenaba el espacio infinito y la eternidad del pasado cuando el hombre apareció: un punto, punto de fuego que no se apagó nunca, ojo que nunca pudo ser cegado. Allí concluía la libertad sin forma del caos, y empezaba la extraña libertad del hombre. Y el hombre construyó su nido; sobre el ojo, la frente; el punto fue una llama minúscula que ardía en medio de lo inmenso; imperceptiblemente retrocedió el azar. Y el nido se ensanchó, y el azar siguió retrocediendo.

La llama vacilante y central iluminaba débilmente masas oscuras, que galopaban en el vacío, siempre enormes y diferentes, monstruos, que caían al precipicio inacabable. La llama persistía. El hombre prolongaba a lo desconocido la constancia de su genio y la identidad de su especie. Semejante a sí mismo, crecía. Lo inerte temblaba a su voz, y se alzaba hacia él. Los delirios desbocados y negros se inclinaban y torcían y deseaban girar en torno de él. En verdad, era el centro. Las rocas se juntaron para abrigarle; las simientes por su mano lanzadas, fructificaron, sus ideas buscaron lo invisible, y los moles sin medida se estremecían en su carrera al cortar los hilos de luz tendidos por el hombre.

Y los pies del hombre hicieron redonda a la tierra, y su mente organizó el firmamento. Los astros obedecieron a la geometría. Los siglos innumerables agitaron sus limpios, y ordenaron sus osamentas en los archivos del globo. El deseo del hombre engendró por fin cosas futuras, y el azar huyó detrás de las estrellas.

Y al huir dejó rastros entre nosotros, brumas, pozos, filamentos siniestros, estelas amenazadoras, errantes vientos, tempestades, catástrofes inesperadas, rápidas traiciones como zarpazos de tigre, la vida, donde hay tanta incertidumbre, y la muerte, donde hay más incertidumbre aún. Pero la muerte misma, que detiene a cada hombre sin detener a la humanidad, no es completamente inaccesible; la hacemos esperar, impacientarse; se la llama; se la violenta, se la mira de frente. El azar que resta no es puro azar; está amasado con nuestro espíritu triunfante. Y siempre queda, para toda conciencia y dentro de sí propia, el refugio supremo, la cima donde nada alcanza, y donde el hombre se siente invulnerable.

Y así como el hombre tiene la virtud vital de perseguir y pulverizar y disolver y aniquilar, el azar que todavía subsiste, y que por numeroso y formidable que parezca no es más que un residuo, tiene también el poder suicida de hacerlo tomar entero y de un golpe, de condensarlo dos veces tenebroso, entre los dedos trémulos del jugador. Basta un gesto para cavar un microscópico Maelstrom capaz de tragarse familias y pueblos. Basta un instante de locura o de cobardía para abrir a nuestro lado un estrecho abismo sin fondo, y para que el universo agujereado pierda su sangre luminosa, y se hunda en la absoluta noche. Baraja, ruleta, trivialidades que encierran el enigma devorador, y ante las cuales el hombre se anula más eficazmente que muriendo, porque la muerte no es azar sino a medias. El que logró señalar su rumbo fantástico a los cometas, se convierte en un espectro inútil, en un testigo idiota y mudo, en la nada. Sobre él, cae el infortunio y el desamparo fundamentales. Así los jugadores se entregan al fatal Océano cuyas orillas han suprimido, y no tienen otro recurso que sortearse para comerse entre sí. En cuanto nuestra razón se retira, el azar avanza, empujado por la presión de los lejanos y colosales depósitos.

Pero entra el tahúr, y se sienta a la mesa de juego, entre los fantasmas esclavos. Valido de la trampa sutil, corrige y guía a la estúpida casualidad. Es el piloto. Ante él huye de nuevo el azar detrás de las estrellas. Ante él la luz renace. En él la humanidad soberana reaparece.

Publicado en "Germinal", N.º 10, 4 de octubre de 1908.

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viernes, 7 de noviembre de 2008

EL ARREO de Rafael Barrett


De 15 a 20 mil esclavos de todo sexo y edad se extinguen actualmente en los yerbales del Paraguay, de la Argentina y del Brasil. Las tres repúblicas están bajo idéntica ignominia. Son madres negreras de sus hijos.

Pero el esclavo se convierte pronto en un cadáver o en un espectro. Hay que renovar constantemente la pulpa fresca en el lugar, para que no falte el jugo. El Paraguay fue siempre gran proveedor de la carne que suda oro. Es que aquí los pobres son ya esclavos a medias. Carne estremecida por los últimos latigazos del jefe político y las últimas patadas del cuartel, carne oscura y triste ¿qué hay en ti? ¿La sombra de la tiranía y de la guerra? ¿La fatalidad de la raza? Niños enfermos, que el vicio, hembra o alcohol, consuela un instante en la noche siniestra en que habéis naufragado, ¿quién se apiadará de vosotros? ¡Dios mío! ¡Tan desdichados que ni siquiera se espantan de su propia agonía! No: esa carne es sagrada; es la que más ha sufrido sobre la tierra. La salvaremos también.

Mientras tanto, está sobre el mostrador, ofrecida al zarpazo del agente yerbatero. En el Paraguay no es necesario aguardar, como en la India, a que el hambre o la peste abarate la acemita humana. El racoteur de la Industrial examina la presa, la mide y la ata, calculando el vigor de sus músculos y el tiempo que resistirá. La engaña -cosa fácil-, la seduce. Pinta el infierno con colores de El Dorado. Ajusta el anticipo, pagadero a veces en mercadería acaparada por la empresa, estafándose así al peón antes de contratarle. Por fin el trato se cierra. El enterrador ha conquistado a su cliente.

Y todo con las formalidades de un ingreso en presidio, el juez asesora la esclavitud. Véanse los formularios impresos de la Industrial y de la Matte Larengeira. En Posadas y Villa Encarnación, importantes mercados de blancos, hay instaladas oficinas antropométricas al servicio de los empresarios, como si la selva no fuera suficiente para aniquilar toda esperanza de fuga.

¡Pero, durante algunas horas todavía, la víctima es rica y libre! Mañana el trabajo forzado, la infinita fatiga, la fiebre, el tormento, la desesperación que no acaba sino con la muerte. Hoy la fortuna, los placeres, la libertad. ¡Hoy vivir, vivir por primera y última vez! Y el niño enfermo sobre el cual va a cerrarse la verde inmensidad del bosque, donde será para siempre la más hostigada de las bestias, reparte su tesoro entre las chinas que pasan, compra por docenas frascos de perfume que tira sin vaciar, adquiere una tienda entera para dispersar a los cuatro vientos, grita, ríe, baila -¡ay, frenesí funerario!-, se abraza con rameras tan infelices como él, se embriaga en un supremo afán de olvido, se enloquece. Alcohol asqueroso a 10 pesos el litro, hembra roída por la sífilis, he aquí la postrera sonrisa del mundo a los condenados a los yerbales.

¡Esa sonrisa, como la explotáis, bandidos! El anticipo, pagado con diez, doce, quince años de horror, después de los cuales los sobrevivientes no son más que mendigos decrépitos, ¡qué invención admirable! El anticipo es la gloria de los alcahuetes de la avaricia millonaria. Así se arrean los mártires de los gomales bolivianos y brasileños, de los ingenios del Perú. Así se arrean las muchachas del centro de Europa prostituidas en Buenos Aires. El anticipo, la deuda, es la cadena que arrastra de lupanar en lupanar, como la arrastra el peón de un habilitado a otro. ¡El anticipo! Un mozo de Cracupé es contratado por la Matte a razón de 150 pesos mensuales. Le brindan el anticipo; lo rechaza. Llevan al desgraciado a 80 leguas de Concepción, allí le dicen que del salario hay que deducir la comida a no ser que el anticipo se acepte. El mozo verifica que su labor no alcanza a saldar su miserable bodrio y por milagro consigue escapar y regresar a su pueblo. ¡El anticipo! La Industrial alegará que sus peones la deben sobre el Paraná un millón de pesos. Deducid lo que la empresa ha robado a su gente desde que la encerró, y obtendréis el precio bruto de los esclavos. Un buen esclavo cuesta hoy aproximadamente lo que antes, de trescientos a quinientos pesos.

El anticipo se cobró y se disipó. ¡Lasciate ogni speranza! Ahora, el arreo. El río: a puntapiés y rebencazos los encajan a bordo. Es el ganado de la Industrial. Centenares de seres humanos en cincuenta metros. ¡Bazofia inmunda, escorbuto, diarrea negra y a trabajar por el camino! Escuálidos adolescentes descargan el buque; suben en cuatro patas las barrancas con 80 kilos a cuestas. Hay que irse acostumbrando.

El monte: la tropa, el rebaño de peones, con sus mujeres y sus pequeños, si se permite la familia. A pie, y el yerbal está a cincuenta, a cien leguas. Los capataces van a caballo, revólver al cinto. Se les llama troperos o repuntadores. Los habilitados que se traspasan el negocio escriben: «con tantas cabezas». Es el ganado de la Industrial.

Y el ganado escasea. Es forzoso perseguir a los jóvenes paraguayos en Villa Concepción y Villarrica. Los departamentos de yerbales, Igatimí, San Estanislao, se han convertido en cementerios. Treinta años de explotación han exterminado la virilidad paraguaya entre el Tebicuary sur y el Paraná. Tucurú-pucú ha sido despoblado ocho veces por la Industrial. Casi todos los peones que han trabajado en el Alto paraná de 1890 a 1900 han muerto. De 300 hombres sacados de Villarrica en 1900 para los yerbales de Tormenta, en el Brasil, no volvieron más que 20. Ahora se rafla por las Misiones Argentinas, Corrientes y Entre Ríos.

En el Paraguay quedan los menores de edad, y se los lleva también. Un setenta por ciento de los arreados al Alto Paraná son menores. De 1903 a la fecha (1908) han sido unos dos mil, de Villa Encarnación y de Posadas; 1.700 eran paraguayos. Restan unos 700, de los cuales apenas unos 50 sanos. Naturalmente, ninguno, pues, se opone a semejantes infamias. Ésta es la feroz verdad: tenemos que defender a nuestros niños de las garras usureras que están descuartizando al país.

Publicado en "El Diario", Asunción, 17 de junio de 1908.

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