domingo, 30 de noviembre de 2008

EL MANICOMIO de Rafael Barrett

Commons-Wikimedia Image:Goya - La casa de los locos.jpg

Rodea al Asilo de Mendigos una magnífica propiedad de cuarenta y dos cuadras. Allí hay de todo: legumbres, frutas, flores. El hermoso edificio del Asilo es un vasto taller donde la gente trabaja; se guisa, se cose, se teje, se borda ñandutí. Allí se gana dinero ¡vive Dios!, y todo marcha como en un cuartel. Añadid los 12.000 pesitos mensuales del Gobierno, y comprenderéis la respuesta que otra sociedad de beneficencia, la del Hospital de Caridad, dio al Estado que deseaba adquirirlo: «se lo vendo». Un negocio no se traspasa gratis.

Pero cerca del Asilo se levanta el sombrío presidio de los locos. ¡Ay!, los locos no trabajan bien; no sirven para nada. Figuraos una inmunda cárcel, en que la miseria hubiera hecho perder el juicio a los infelices abandonados allí dentro. Sobre el fango de un patio lúgubre, acurrucados contra los muros, gimen, cantan, aúllan, veinte o treinta espectros, envueltos en sórdidos harapos. Una serie de calabozos negros, con rejas y enormes cerrojos, agobia la vista. A los barrotes asoma de pronto un rostro de condenado. Celdas oscuras, desnudas, húmedas. El techo se agrieta. Las camas son sacos de sucia arpillera. Un hediondo olor a orines, a cubil de bestias feroces nos hace retroceder.

Sin asistencia, los locos vagan. Un montón de trapos se agita en el suelo. Es una epiléptica, que se romperá quizá el cráneo contra la pared. Descalzas, con los pies hinchados, las idiotas, incapaces de espantarse las moscas, se cubren de llagas. Rascan la tierra en que se revuelcan todo el día, y se quedan sin uñas. Del lado de los hombres el espectáculo es parecido. Feliz, de cara al sol, un lívido adolescente se masturba.

Los enfermos arrojados allí no tienen salvación. Podrían curarse en otro sitio muchos de ellos. Allí, en aquel infierno sin nombre, su razón naufraga para siempre.

Para el Asilo de Huérfanos y viejas laboriosas, todo; para el Manicomio, nada; los dementes son inexplotables. El manicomio es el pozo tenebroso a donde se tira la basura, volviendo los ojos a otra parte. Allí los parientes se desembarazan de quien les estorba. Allí se vuelca el ciego, el canceroso, la carne maldita. No es preciso estar loco para caer en el antro. Basta sobrar. Un inglés, William Owen, a quien habían encerrado cuerdo, se ahorcó en su mazmorra. Durante nuestra visita, descubrimos una pobre mujer, en su sano juicio, que está entre los locos hace cinco meses. La hermanita no sabía quién era.

-Me llamo Úrsula Céspedes. Mi hija me trajo acá. No quiere tenerme. Dice que soy leprosa.

Y nos enseña sus pies blanquecinos, las pústulas de sus piernas...

¡Ah, el libro de entradas sin fechas, sin nombres! N. N., N. N.,...! ¿quiénes son?, ¿quién los lanzó al pozo? La policía, un desconocido, cualquiera. ¿Para qué asesinar? Llevad vuestras víctimas al manicomio.

Y cuando el pozo rebosa, cuando hay demasiados monstruos, se los echa afuera. Así la loca Francisca Martínez de Loizaga, asistida ahora en su rancho, fue despedida del manicomio tres veces en año y medio.

No concebimos ni en la Edad Media cosa igual. ¿A qué protestar? ¿A qué pedir justicia al Estado, a ese Estado que en medio de tantos horrores y de tantas infamias, no se ocupa sino de cambiar los uniformes a sus soldaditos? Hay 50.000 pesos oro para alojar un batallón. Para aliviar la suerte de los desheredados, locos o no, jamás habrá nada.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

EL MAESTRO Y EL CURA de Rafael Barrett


Al llegar al pueblo, pregunté por el maestro de la escuela y después por el cura; nada más natural: representan el eterno dualismo de la filosofía, los dos polos de la espiritualidad humana, lo relativo y lo absoluto, los sentidos y la intuición, lo visible y lo invisible, la ciencia y la fe. El representante de lo relativo y de lo efímero, en aquella sociedad de dos o tres mil almas, estaba peor alimentado que el representante de lo absoluto y de lo perdurable. Quizá demuestre esto que hasta para los labradores el cielo es más importante que la tierra y que ante todo les conviene asegurar las cosechas del otro mundo. El maestro es pálido, vacilante, melancólico; el cura regordete, sano, jovial. Basta contemplarlos para comprender la diferencia que va de las engañosas tentaciones del valle de lágrimas a la realidad resplandeciente que más allá del sepulcro encontrarán los buenos católicos.

El maestro gana ciento cincuenta pesos mensuales. Verdad es que no trabaja sino ocho o nueve horas al día y que no tiene sino un centenar de alumnos. Además, en la clase, que es un galpón arruinado, no hay bancos, ni mesa, ni utensilio alguno de enseñanza. Allí se aprende aritmética sin pizarrón, geometría sin figuras ni sólidos, botánica sin plantas, zoología sin animales, geografía sin mapas. Todo es etéreo, fantástico. También se debe observar que los ciento cincuenta pesos no son precisamente ciento cincuenta pesos. En primer lugar, son recibidos con un mes de retraso. Los gobiernos, sin duda por razones de alta política, han dispuesto que se pague a los maestros de escuela los últimos, es decir, después de los mayordomos, porteros y lacayos; después de los espías. Por otra parte, a los maestros de escuela de la campaña se les paga en la Asunción. Los infelices necesitan un intermediario que les cobre el sueldo en la capital y lo envíe, en cuya operación se evaporan siempre algunos pesos, cuando no todos. ¡Hay tan poca gente en quien se puede fiar! En fin, el maestro vive. ¿Qué más quiere?

Al cura, y con justo motivo, no le basta vivir. Es preciso que la gloria del todopoderoso triunfe en él. La sencilla gente de la aldea llama al sacerdote hijo de Dios. Como tal, se hace hombre y a veces exageradamente. El cura de mi cuento tiene diez hijos. ¡Cosas del clima! Ninguno de los diez quedará en la miseria; el doblemente padre es casi rico. Notemos que ni siquiera vive en su parroquia. Cada mes aparece por ella, canta una misa acá, unos responsos allá; bautiza a un par de nenes, casa a unos cuantos escandalosos y se marcha. Total, quinientos, setecientos pesos. He examinado el arancel eclesiástico; he descubierto con asombro que «un matrimonio en hora competente, con misa nupcial sin aplicación», vale 5 pesos, «con aplicación» 8 pesos; «un entierro de adulto, sin posa, siendo cantado y dando vuelta a la iglesia», 4 pesos, «si hubiere posas se percibirá además 0.40 por cada posa cantada»; «por un entierro de adulto o párvulo desde el domicilio hasta la iglesia o cementerio, no se percibirá más de 4 por la primera cuadra y 2 por cada una de las demás».

Los chirimbolos del culto, cruces parroquiales, ciriales, arañas, candelabros, dalmáticas, paños, no se alquilan por más de tres pesos pieza; pero son derechos de fábrica que aprovecha la mayordomía y no el cura. En ellos se incluye lo referente a la campana. Sepa el público que un toque de agonía cuesta treinta centavos, y cincuenta el anuncio de muerte.

Entonces ¿qué significan los centenares y miles de pesos que se embolsa el cura en cuestión?

¡Ah! Es que al maestro lo mantienen los hombres, mientras que al cura lo mantienen las mujeres. A uno se le cumple a regañadientes su miserable tarifa; para el otro no hay tarifas, y los esfuerzos del señor obispo se estrellarán contra la inagotable piedad femenina. Esas heroicas esclavas han puesto en la misericordia celestial todas sus esperanzas -¿dónde las iban a poner?- y ningún sacrificio les parecerá grande si se trata de conservar las amistades con la Virgen, los santos, y el hijo de Dios. El hombre hasta cuando ama, es práctico y luchador; prevé y mide; mal convencido, en lo que acierta, de las ventajas de la instrucción, no se enternece demasiado ante la palidez y la melancolía del maestro. En cambio la mujer, apenas ama, ama como madre, y todo está dicho. Cierra los ojos a las calaveradas del cura; los abre llenos de confianza, cuando el sacerdote recobra su carácter sagrado, y repite en nombre de Cristo las inmortales, las únicas palabras de consuelo. Y la mujer se complace maternalmente -¡Oh Dolorosa!- en los carrillos redondos del cura, en su jovialidad y ríe con él, risa cándida, leve, pronto retenida, de niña seria. Y para el cura será la gallina más gorda, el más rico vaso de leche, y el montoncito de pesos reunido en largos meses de frío y de sol, a fuerza de caminar con los pies descalzos por los senderos que no acaban nunca.

Publicado en "Rojo y Azul", 20 de setiembre de 1907.

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martes, 25 de noviembre de 2008

EL LOCO de Rafael Barrett

Se escapó un loco del manicomio. No se lo censuremos; un cuerdo en su lugar hubiera hecho lo mismo. La policía se alarmó; un loco suelto por una ciudad de trescientos mil cuerdos es caso grave. Se ha visto a un solo energúmeno levantar países enteros, derribar tronos y fundar religiones. El Mullah loco inquieta a Inglaterra justamente. Es un loco rebelde, que quizá no se satisface con romper las cadenas de la lógica, mientras que el rasgo característico de la cordura es someterse a la autoridad. Así el loco puede alegrarse y nuestra cordura nos entristece y nos pesa y a veces la perderíamos con gusto. La policía, pues, buscó al loco.

Los comisarios sabían de él tres cosas: que usaba lentes, que llevaba pantalón blanco y que estaba loco. Recorrieron los teatros, juzgando que era natural encontrarlo allí, y al cabo vieron entre el público del Casino a un sujeto de pantalón blanco y de lentes. Era «él». Se le hizo salir de la platea y lo arrastraron a la comisaría, donde se puso en claro que no era «él», es decir, que se llamaba de otro modo. Se le pidió disculpa y se le dejó libre.

Estos hechos son instructivos. Encaminan a la meditación. Pronto se advierte cuán precipitadas son las recriminaciones de que se ha hecho víctima al comisario engañado; ¿de qué se le acusa? No será de no haber utilizado correctamente los tres datos que tenía. Dos de ellos eran verificables, el tercero, no. Nada más fácil que reconocer si un individuo lleva lentes y pantalón blanco; nada más difícil que reconocer a simple vista si está loco. El comisario aplazó con acierto el último problema, problema arduo porque los manicomios están llenos de personas que no se sabe a punto fijo si están cuerdas o no lo están. El señor detenido, que era profesor agrónomo, debe considerar que de no detener a él, tampoco detendrían nunca al demente verdadero, y nos confesará que si le soltaron no fue por cuerdo, sino por tener distinto nombre. Comprendemos su ira; él está seguro de gozar de su sano juicio, pero esto tampoco hubiera sido un dato útil al comisario, porque la mayor parte de los locos ignoran que lo son.

Sospecho que el comisario se inclinaba a dar por locos a cuantos llevaran pantalón blanco y lentes, ya sorprenderse de que no los llevaran los locos reconocidos, pero tal es el papel de nuestra inteligencia, unir con toda energía los elementos de que dispone. En el cerebro del comisario había tres vértices luminosos que formaban un triángulo indestructible. Ese cerebro funcionaba bien. La relación era extraña; si retrocediéramos, sin embargo, ante lo inverosímil, nuestros conocimientos serían muy pobres. Darwin observó que los gatos blancos, de ojos azules, son siempre sordos, y jamás ha fallado la regla. Pantalón blanco, lentes, loco; blanco, ojos azules, sordo. He aquí la imagen de nuestra ciencia. Explicar es hacer corresponderse dos figuras inexplicables. Estamos ensayando nuevas parejas; las antiguas han envejecido, como envejecerán las de hoy, y la realidad, eternamente ágil, joven, inesperada, se escapa riendo. Entretanto, ¡cuidado con las combinaciones actuales! Lejos de mí la idea de asustar al señor profesor, mas si yo estuviera en su pellejo no llevaría más pantalones blancos.
Publicado en "La Razón", Montevideo, 18 de enero de 1909.

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domingo, 23 de noviembre de 2008

EL ESFUERZO de Rafael Barrett


La vida es un arma. ¿Dónde herir, sobre qué obstáculo crispar nuestros músculos, de qué cumbre colgar nuestros deseos? ¿Será mejor gastarnos de un golpe y morir la muerte ardiente de la bala aplastada contra el muro o envejecer en el camino sin término y sobrevivir a la esperanza? Las fuerzas que el destino olvidó un instante en nuestras manos son fuerzas de tempestad. Para el que tiene los ojos abiertos y el oído en guardia, para el que se ha incorporado una vez sobre la carne, la realidad es angustia. Gemidos de agonía y clamores de triunfo nos llaman en la noche. Nuestras pasiones, como una jauría impaciente, olfatean el peligro y la gloria. Nos adivinamos dueños de lo imposible y nuestro espíritu ávido se desgarra.

Poner pie en la playa virgen, agitar lo maravilloso que duerme, sentir el soplo de lo desconocido, el estremecimiento de una forma nueva: he aquí lo necesario. Más vale lo horrible que lo viejo. Más vale deformar que repetir. Antes destruir que copiar. Vengan los monstruos si son jóvenes. El mal es lo que vamos dejando a nuestras espaldas. La belleza es el misterio que nace. Y ese hecho sublime, el advenimiento de lo que jamás existió, debe verificarse en las profundidades de nuestro ser. Dioses de un minuto, qué nos importan los martirios de la jornada, qué importa el desenlace negro si podemos contestar a la naturaleza: -¡No me creaste en vano!

Es preciso que el hombre se mire y se diga: -Soy una herramienta. Traigamos a nuestra alma el sentimiento familiar del trabajo silencioso, y admiremos en ella la hermosura del mundo. Somos un medio, sí, pero el fin es grande. Somos chispas fugitivas de una prodigiosa hoguera. La majestad del Universo brilla sobre nosotros, y vuelve sagrado nuestro esfuerzo humilde. Por poco que seamos, lo seremos todo si nos entregamos por entero. Hemos salido de las sombras para abrasarnos en la llama; hemos aparecido para distribuir nuestra sustancia y ennoblecer las cosas. Nuestra misión es sembrar los pedazos de nuestro cuerpo y de nuestra inteligencia; abrir nuestras entrañas para que nuestro genio y nuestra sangre circulen por la tierra. Existimos en cuanto nos damos; negarnos es desvanecernos ignominiosamente. Somos una promesa; el vehículo de intenciones insondables. Vivimos por nuestros frutos; el único crimen es la esterilidad.

Nuestro esfuerzo se enlaza a los innumerables esfuerzos del espacio y del tiempo, y se identifica con el esfuerzo universal. Nuestro grito resuena por los ámbitos sin límite. Al movemos hacemos temblar a los astros. Ni un átomo, ni una idea se pierde en la eternidad. Somos hermanos de las piedras de nuestra choza, de los árboles sensibles y de los insectos veloces. Somos hermanos hasta de los imbéciles y de los criminales, ensayos sin éxito, hijos fracasados de la madre común. Somos hermanos hasta de la fatalidad que nos aplasta. Al luchar y al vencer colaboramos en la obra enorme, y también colaboramos al ser vencidos. El dolor y el aniquilamiento son también útiles. Bajo la guerra interminable y feroz canta una inmensa armonía. Lentamente se prolongan nuestros nervios, uniéndonos a lo ignoto. Lentamente nuestra razón extiende sus leyes a regiones remotas. Lentamente la ciencia integra los fenómenos en una unidad superior, cuya intuición es esencialmente religiosa, porque no es la religión la que la ciencia destruye, sino las religiones. Extraños pensamientos cruzan las mentes. Sobre la humanidad se cierne un sueño confuso y grandioso. El horizonte está cargado de tinieblas, y en nuestro corazón sonríe la aurora.

No comprendemos todavía. Solamente nos es concedido amar. Empujados por voluntades supremas que en nosotros se levantan, caemos hacia el enigma sin fondo. Escuchamos la voz sin palabras que sube en nuestra conciencia, y a tientas trabajamos y combatimos. Nuestro heroísmo está hecho de nuestra ignorancia. Estamos en marcha, no sabemos adónde, y no queremos detenemos. El trágico aliento de lo irreparable acaricia nuestras sienes sudorosas.

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sábado, 22 de noviembre de 2008

EL DIA DE DIFUNTOS de Rafael Barrett


Coyuntura es ésta para hablar de muertos y de muerte. Hablar digo, y no pensar, porque dudo que exista hombre ni mujer de tan mutilado entendimiento que sólo piense una vez al año en el misterio y en la necesidad de morir. Pensemos siempre, pues, y hablemos hoy.

Nuestros muertos, ¡cómo viven dentro de nosotros! Esos dos o tres muertos queridos que llevamos muchos en el alma, ¡con qué grave peso nos ayudan a bajar la pendiente de la vida! Si nos separaron de ellos demasiado pronto, y los creímos, en nuestra joven ignorancia, devorados por la segunda muerte del olvido, ¡qué dulce emoción, ahondada en el espíritu con el pasar del tiempo, al sentir que de nuevo se mezclan con nosotros, y nos hablan, y se apoyan cariñosamente en nuestro brazo, y clavan en los nuestros sus ojos resucitados! Muertos que caídos al mar os sumergisteis y después subís en las aguas lentamente y ahora flotáis, volviendo al sol vuestros blancos rostros, ¿será cierto que nosotros también os visitamos, aunque sea en sueños, allá donde estáis y que en la sombra os persiguen nuestras pálidas figuras ausentes?

¿Anudáis y soltáis largos coloquios de silencio con nuestros fantasmas, y engañáis como nosotros la tristeza? Tristeza que nos viene de las cosas que no hicimos cuando era lugar, de las palabras que no dijimos, de todo lo que faltó para despedirse en paz. Tristeza y remordimiento de lo injustos, de lo ciegos que fuimos para los que tanto adorábamos. Descubrimos la profundidad del amor cuando no hay remedio, y nos prendemos a un espectro, y le gritamos lo imposible, y le ofrecemos inútiles tesoros de ternura. Esperamos el supremo día en que, por fin, se nos revelará el destino cara a cara, y entonces...


«El que se muere no da
Lo suyo, sino lo ajeno».


Nuestros muertos, ¿serán entonces verdaderamente nuestros? ¿Nos aguardarán a la otra orilla?

Ya que ellos, al irse, nos dejaron la ilusión de algo de su ser, confiemos en llevarles la realidad de algo nuestro, de algo que recuerden. Confiemos en ser reconocidos.

Alejemos de nosotros el temor, no sólo de desaparecer, sino de que la muerte nos desfigure. Al contrario, ella nos devolverá nuestra efigie auténtica, escondida bajo las miserias y el desorden del mundo visible. No conocemos nuestra propia conciencia. Raros son, de la cuna al sepulcro, los instantes en que vislumbramos nuestras entrañas y medimos al fulgor del relámpago los abismos que en nosotros se abren. Vivimos con la atención fija en lo exterior, que es la mentira, e ignoramos la única realidad de nuestra condición misma. Cometemos el error de preferir la ciencia, la ciencia lamentable, cuyos más firmes cimientos no duran medio siglo, la ciencia falsa, la ciencia bárbara que, incapaz, por definición, de sospechar siquiera lo invisible, se reduce a estudiar con ridícula ceremonia la máscara fría del universo. Y por eso, defraudados, padecemos la sed de la sabiduría, la sed de la muerte. Ella será la maestra. Morir es comprender.

Es manifestarnos. Es nacer. Es el símbolo de la vida plena. Ella nos hace entender que lo físico es provisional. Ella nos muestra su fecundidad al elevarnos y fortificarnos mediante su idea. Aquellos a quienes la muerte es familiar son los más nobles.

Ella nos enseña que ni el dinero, los honores, ni el placer, ni la carne son nuestros. La muerte es una criba que guarda lo esencial. Y si a la criba llegamos con carne satisfecha y un montón de títulos y de oro por todo equipaje, de nosotros nada quedará. Moriremos de veras y completamente, puesto que no supimos de veras vivir.

He aquí por qué nuestra vida debe ser una imitación de la muerte, y por qué los héroes de la vida interior se ocuparon con tanto ahínco de mortificarse, es decir, de hacer la muerte. Es que la muerte no es un aniquilamiento, ni una transfiguración, sino un balance. Define y depura; pone de un lado lo que es nuestro, y de otro lo que no lo es. Y si empleamos la vida en obrar esta separación de lo propio y lo ajeno, del metal y la escoria; si luchamos, por el hierro y el fuego, aunque nos desgarremos y ardamos en cavarnos y encontrarnos y arrancarnos a lo de afuera, la muerte nos hallará dispuestos, y apenas sentiremos su mano glacial e irresistible. Cuando más muertos seamos a lo que no nos importa, cuanto más vivos en nuestra esencia, tanto más nos emanciparemos de la muerte y nos acercaremos a la inmortalidad.

No es lo importante trabajar, sino trabajarnos. La verdad está oculta. Hay que extraerla del fondo de nuestra naturaleza. Hay que ensangrentarnos, hay que desfallecer en busca de la verdad, de lo que no muere, y a ello nos empuja el amor. El amor es divino; él, y sólo él, sabe dónde está la verdad. Por eso los que nos amaron saben cuál es nuestra verdadera cara; ellos nos vieron tales como seremos después de la muerte; ellos, los muertos queridos, nos reconocerán cuando muramos y nos juntemos todos en la otra orilla, y nos darán la bienvenida eterna. Sólo amar no engaña.

Publicado en "El Diario", Asunción, 4 de noviembre de 1907.

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miércoles, 19 de noviembre de 2008

EL DUELO de Rafael Barrett


Reparación por las armas... Es opinión antigua que los aparatos de destrucción son útiles, que la muerte sirve. El honor, como los dioses, necesita sangre. Vivimos de la opinión ajena, y el público es cruel; exige espectáculos de circo: gladiadores. Nuestra virtud, por otra parte, resulta de la corrupción de los demás. Si el último de los granujas asegura que he asesinado a mi madre, todos los creerán, porque les conviene y porque me odian. ¿Cómo desagraviar al monstruo omnipotente? ¿Cuál será el sacrificio expiatorio? Un cincuenta por ciento de suicidio: el duelo.

Degeneramos, no obstante. A esa fiesta, obligatoria en algunos ejércitos, acuden los íntimos. En París, las claras toilettes de las señoras la amenizan. Un gesto a lo Artagnan, una picadura en el antebrazo, saludos cordiales, y hasta otra. Pero hay quien toma la cosa en serio. Nada más divertido entonces que la desbandada general de adversarios y padrinos. Un hombre resuelto a batirse de veras no lo consigue nunca. El siglo es práctico.

¿Quién confía, ni por un instante, su fortuna al prójimo? En cambio confiamos la honra. Al principio los desafíos eran solitarios. El moro Tarfe no menciona testigos en su célebre cartel, da la hora y el sitio. «Ven y verás cómo habla el que, delante del rey, por su respeto callaba». Después los cortesanos franceses llevaban un apoderado a dirimir los lances versallescos. Ahora urgen cuatro representantes, director de combate, médicos, etc., y se dibuja la tendencia al jury, al expedienteo, a la prudente burocracia. Ahogamos en tinta nuestro noble prurito de pincharnos.

Todo se afea rápidamente. La humanidad atraviesa una edad ingrata. Conservábamos la bella costumbre del duelo, mezcla elegante de barbarie y de cortesía, de valor individual y de llamamientos al destino. Nos queda una parodia lamentable. Y lo terrible es que la injuria no ha perdido un adarme de su poder.

No digáis que la injuria es la palabra; no hay palabra donde no hay pensamiento. La injuria a secas es un aullido, un grito de bestia. Y demasiado débiles para oponer a la injuria el espasmo fulmíneo del coraje, no hemos aprendido aún a domesticarla bajo el influjo divino de la idea.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 7 de diciembre de 1906.

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sábado, 15 de noviembre de 2008

EL DERECHO A LA HUELGA de Rafael Barrett



Parece que algunos gobiernos marchan hacia una concepción nueva: la de que no sea permitido al obrero abandonar su labor, salvo que le despidan. Se ha presentado al parlamento español un proyecto de ley negando el derecho a la huelga. En la Argentina y en la India inglesa se lanza del territorio, sin formalidad ninguna, a los «agitadores» como suele llamarse a los que se cansan de sufrir. Durante la magnífica parálisis de los servicios postales y telegráficos franceses, se dijo que el Estado no podía tolerar, por capricho de los trabajadores, el aislamiento de Francia.

Se dio entonces a los modestísimos empleados el pomposo nombre de «funcionarios públicos» y se declaró que un funcionario público está en la obligación de no interrumpir un minuto su trabajo. Sería una grave falta de disciplina. Se ve la habilidad con que el gobierno -que al fin cedió ante la fuerza huelguista- trataba de introducir ideas sublimes y palabras altisonantes en el conflicto. Había que asimilar el cartero y el telegrafista al soldado. El único deber del funcionario, es funcionar. No hay huelgas; no hay más que deserciones. Mañana se aplicaría el mismo razonamiento a los operarios de las industrias nacionales; pasado mañana, a los peones agricultores, al bajo personal del comercio. Suspender la faena productora es una indisciplina, un delito, una traición. Se debilitan las energías del país; ¡se disminuye la riqueza de la patria!

Así rehabilitaríamos la esclavitud -y conste que en ella se ha fundado la civilización más ilustre de la historia. ¿Por qué no hemos de ser consecuentes? En resumen, el Estado no es sino el mecanismo con que se defiende la propiedad. Si se castiga al que atenta contra ella mediante el robo, y al que la mueve antes de tiempo mediante el asesinato, ¿no es lógico castigar también al que la suprime en germen? La propiedad se gasta; su valor se consume, y es necesario reponerlo sin descanso. El ladrón la mata; pero el huelguista la aborta. Para un fabricante, una huelga prolongada de sus talleres equivale a la fuga de su cajero; el patrono volverá los ojos al Estado, exigiendo auxilio. Un trabajador es una rueda de máquina; mas una rueda libre, capaz de salirse de su eje voluntad, es algo absurdo y peligroso. No se concibe una propiedad estable sin la práctica de la esclavitud.

Todavía la practicamos, sin duda, aunque cada vez menos. Estamos desde hace siglos en presencia de un hecho formidable: la masa anónima, el inmenso rebaño de los que nada tienen sube poco a poco acercándose al poder. He aquí al viejo Estado enfrente del número. Mejor dicho, ahora es cuando el número adquiere, gracias a la cohesión, todo su terrible peso. El pueblo comienza a dejar de ser arena; se cuaja en roca. No es extraño que el sufragio universal haya sido tan inocuo; encontró una multitud incoherente incapaz hasta de conocer sus males, y vagamente de acuerdo con el Estado. Detener al pobre trabajador, sucio y jadeante, de regreso al negro hogar, donde como de costumbre hallará dormidos a sus hijos, y proponerle que gobierne su nación, es en verdad pueril. Preferirá comer mejor y disponer de dos horas para jugar con sus niños. Y lo ha logrado en muchas regiones. Lo instructivo es que los obreros se van agrupando y organizando por el trabajo mismo; sus herramientas se convierten imperceptiblemente en armas; los aparatos con que la humanidad circula y trasmite el pensamiento están en sus manos; el alambre que lleva la orden de un Rockefeller no se niega a llevar la del siervo rebelde, y nuestra cultura, que día por día necesita instalaciones fabriles y de tráfico más y más enormes, pone en contacto y en pie de guerra mayor cantidad de proletarios; las huelgas -esas mortíferas declaraciones de «paz»- aumentan en extensión y en rapidez, y a medida que la propiedad se acumula en moles crecientes, su estabilidad se hace siempre menor.

El Estado se batirá; opondrá al número el número. Opondrá el ejército compuesto de hombres educados para esperar la muerte, al proletariado, compuesto de hombres que tienen la irritante pretensión de vivir. Ya que de derechos hablamos, ¿qué es un derecho, sino una concesión, un permiso de las bayonetas? Recordemos, no obstante, que los soldados no son ricos ni felices, y que los fusiles, los cañones y los acorazados no se construyen solos. ¿Vendrá el momento en que los astilleros huelguen? ¿Vendrá una huelga militar? Lo ignoramos. Es evidente que los trabajadores atraviesan una época de prosperidad, de juventud. A regañadientes, como a lobos que le persiguieran, el Estado les arroja jornadas breves, salarios más altos, pensiones, indemnizaciones, y los lobos tragan esos pedazos de carne fresca, y corren con doble vigor, y avanzan y se echan encima. ¿Dominará el Estado? ¿Aprovechará la obediencia aún bastante segura del Ejército? ¿Será vencido? Nadie lo sabe. Los vastos movimientos sociales nos son tan misteriosos como nos lo serían las mareas, si un cielo nublado eternamente nos ocultara la luna y el sol. Aguardemos los episodios de la lucha entre el trust del oro y el trust de la miseria.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 10 de abril de 1909.

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viernes, 14 de noviembre de 2008

EL CINEMATOGRAFO de Rafael Barrett





De repente la oscuridad, y con ella el silencio precursor de milagros. Un haz de pálida luz brota de la negra hendidura proyectante, y se abre hacia el blanco lienzo que espera. No es el inocente rayo de sol entre el follaje espeso, sino un mágico surtidor, preñado de gestos y de ideas, es un mundo agitado, una oleada de vida que surge otra vez del abismo. La delgada claridad que cruza el espacio lleva consigo una chispa de nuestro espíritu inquieto; es nuestra mirada misma atravesando las tinieblas.

El hombre había obligado a la placa fotográfica a estremecerse y a conservar la huella de un instante; había obligado a la materia bruta a tener memoria. Pero esa memoria no era más que un espasmo, un resplandor en la noche. La materia se acordaba, pero de un momento solo; palpitaba un segundo, y se petrificaba en el único ademán inteligente de su existencia. Una fotografía es una sombra inmóvil, un cadáver. Un retrato hace pensar en las cosas pasadas de igual modo que un pétalo seco, hallado dentro de un libro, hace pensar en la primavera ausente.

Y eso no nos bastaba. Hemos querido galvanizar los espectros y hacer retroceder a la muerte. No contentos con engendrar innumerables formas nuevas, hemos querido robar las que estaban condenadas a desaparecer. Ángeles anunciadores de lo que vendrá, somos también buzos de lo desvanecido, y remontamos a la superficie cargados de tesoros que dormían en el fondo del mar. Nuestro genio tuerce las corrientes del destino, y una resaca maravillosa, después del naufragio, esparce sobre la tela tirante del cinematógrafo las mil figuras alegres de la tripulación resucitada.

Vemos lo olvidado; vemos lo que nunca hemos visto. Viajamos por tierras desconocidas. Bajo árboles acariciados de brisas disueltas para siempre, nos reclinamos a descansar de un camino que no hemos hecho... Pisamos la trepidante cubierta de un buque ignorado, y aguardamos el redondo empuje de las olas que más tarde, no sabemos cuándo, habrán desfallecido en playas remotas... Ahora es una ciudad inmensa, donde jamás habitaremos. ¿Qué pensamientos arrastra el transeúnte que pasa rozándonos, durante ese minuto perdido en el caos...? Y así desfilan ante nuestra retina absorta, escenas, paisajes, fantasmas vivos que acuden a nosotros desde las profundidades del tiempo, y que se mezclarán a nuestros sueños y a nuestras nostalgias. La realidad delira como un moribundo, y nos arroja al rostro ráfagas de su enorme historia.

Titubea de pronto el cuadro. A intervalos una mancha o una quebradura nos trae a la mente nuestra debilidad. Estamos aún lejos de la perfección absoluta. Nos sacuden los choques de nuestra penosa marcha hacia el futuro. El aparato sublime vacila. Pero esa misma flaqueza vuelve la lucha más trágica. Estamos combatiendo cuerpo a cuerpo, y el temblor del cinematógrafo es el temblor de la divina presa entre nuestras manos crispadas.

En la penumbra la multitud entrega sus cándidos ojos de niño. Nos baña un ambiente religioso. Las almas ceden al encanto confuso y penetrante de lo incomprensible. La fe, como en otros siglos, baja al valle de lágrimas. Pero baja libre de terrores. Ya no teme, la muchedumbre, la cólera ni la venganza de los dioses ciegos. Por eso, familiarizada con el prodigio, confía serenamente en sí misma. Por eso delante del cinematógrafo, como delante de otras recientes conquistas de la razón sobre el Universo, se mueve en nuestra conciencia la inmortal esperanza.

Publicado en "El Cívico", 21 de agosto de 1905.

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martes, 11 de noviembre de 2008

EL CARNAVAL de Rafael Barrett


«Una máscara sobre otra», dice Shakespeare. Hace falta una doble protección para arriesgarse a ser sincero. El Carnaval es, ante todo, la fiesta de la sinceridad. Durante algunos días somos todo lo francos que se puede, a costa de caer en la desvergüenza; hablamos casi lo que pensamos; nos atrevemos a parecer locos, es decir, a parecer lo que somos; nos desahogamos de doce meses de hipocresía. ¡Admirable privilegio! Nos es permitido correr, cantar, gritar y reír a gusto, y uno se viste como quiere. Se suprime la rutina, la correcta convención, la mitad de las farsas sociales; se nos cura del terror más ruin, el terror al ridículo, se nos felicita de lo grotesco, se descorre el cerrojo a la fantasía, se nos vuelve espontáneos, se nos improvisa una especie de segunda inocencia. Es una hora de libertad, un ensayo de una vida mejor y futura; un relámpago. Pronto se toma al fondo gris de la vieja costumbre. La alegría no es de este mundo. Somos fieras astutas; somos otra vez hipócritas: ¡defendámonos! Rechacemos el júbilo; guardémonos de llevar a la práctica las soluciones de nuestra razón. ¡Orden, orden! No hay nada tan anarquista como el sentido común.

«Todo el año es Carnaval»; un Carnaval triste y sórdido. Ante el amo, el jefe, el árbitro o el instrumento de nuestra ambición, hacemos la comedia de la servidumbre y de la intriga. Los más fuertes la hicieron: Bonaparte, el venidero soberano de una corte cuyo esplendor asombró a Europa, hizo la corte a la querida de Barras. Formemos la gran comparsa de los «arrivistas». Y los que llegaron, siempre en carácter, cambian de mueca. «Perdonadme mi talento», nos imploran. Es el sainete de la modestia, el miedo a la envidia. Y el orgullo, o sea el valor de los que se niegan a fingir, es el que sucumbe, no a los ruidosos golpes del destino, sino al sordo roer de lo mediocre, a la infección de los hombres microbios. Examinad, delante del espejo, los pliegues de nuestra careta de carne. No es la vejez la que abre las arrugas del rostro; es el gesto variado y continuo de la mentira humana. Ni la edad ni el dolor son capaces ya de hacer respetable la efigie de los que viven del odio y del engaño. El carnaval celebra las vacaciones de la fisonomía. Detrás de la máscara, la faz es devuelta al verismo de la soledad o del sueño.

Máscara: escudo. Enmascarados: descarados. El repugnante y el tímido toman su desquite: se convierten en el enigma que quizás atrae, en «el muro tras el cual está pasando alguna cosa». El leproso, si tiene imaginación, seducirá a la virgen. Es el momento de ocultar el cuerpo para mostrar el espíritu. Es el instante de la venganza, en que se murmura al oído del prójimo la broma más terrible: la verdad. Es la época en que se triunfa y en que se tiembla, en que los maridos descubren su desgracia y las feas confiesan su amor. El cartón no se ruboriza. Mujeres silenciosas y desdeñadas, que no tenéis otra belleza que la de vuestros ojos magníficos, otro tesoro que dos diamantes desengarzados, sed efímeras huríes bajo el antifaz. Sed solamente vuestros ojos; solamente los agujeros sombríos por donde asoma el alma desnuda... solamente el misterio.


Así el Carnaval, en su fugaz y frenética agitación, hace subir a la superficie del mundo la realidad y el misterio, que no se desunen nunca. Símbolo es del carnaval de la naturaleza, carnaval trágico, en que el fondo inaccesible se cubre cada siglo con un disfraz diferente. Ayer fue la idea, fue la llama, fue el átomo, fue el capricho de los dioses irritados. Hoy es la sed infinita del número. Nuestras manos trémulas se cansan de buscar. La Isis se esconde bajo un velo que renace sin tregua, y nos estremecemos a la idea de que tocamos los despojos de un Carnaval difunto, los restos de un festín olvidado, las cenizas de una fiesta apagada. El Universo se nos aparece como una inmensa máscara por cuyos agujeros negros mira la muerte, y no encierra más que el vacío.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 24 de febrero de 1909.

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lunes, 10 de noviembre de 2008

EL BANDIDO GENEROSO de Rafael Barrett


Donde las gentes honradas se mueren de hambre y queda todavía en la casa un resto de vitalidad, se declara el bandolerismo. Esto ha pasado y pasa en muchas regiones europeas. La Calabria nos dejó ejemplos ilustres; ahora Andalucía renueva los pintorescos laureles de José María, Diego Corrientes y los siete Niños de Ecija. Casi olvidado Musolino, tenemos al Vivillo y a su famoso lugarteniente Pernales, entregado, según rezan los telegramas, por un quijotesco denunciador que no acepta recompensa alguna del gobierno. El gobierno insiste, y en verdad que fue grande el servicio prestado a las autoridades exasperadas, puestas cien veces en ridículo gracias a la temeridad de doce o quince revoltosos.

La partida del Vivillo, durante años dueña de la campiña andaluza y hasta de ciudades, hallaba abrigo en los innumerables escondrijos de las sierras, pero fundó siempre su oculta seguridad en la complicidad de las poblaciones. Baste decir que se paseaban los bravos en plazas y ferias, y que hacían política. Los miserables simpatizan con los bandidos generosos. Vivillo lo es: nada sanguinario, excelente padre de familia, desempeña gravemente sus funciones providenciales. Desvalija al rico, socorre al necesitado; le adoran, y con razón. Por medio de él se cumple, aunque no del todo bien, la justicia. Restituye a medias, mas al fin restituye. Robar, en tal caso, redime. No es extraño que otro facineroso andaluz, tiempo atrás, recibiera el apodo de Cristo. Y ¿acaso el mismo Cristo no entró en el paraíso acompañado del buen ladrón?

Pernales, más bruto que su jefe, tiene varias muertes de que arrepentirse, la mayor parte, es cierto, hechas en defensa propia. Es también bandido generoso. He aquí una anécdota entre mil: "El 22 de marzo de 1907 se metió, buscando refugio, en un cuarto habitado por una vieja; ésta, ignorando de quien se trataba, se puso a contarle sus penas: la iba a expulsar su propietario, a quien debía la suma de 300 pesetas. Sin decir una palabra Pernales salió, montó en su caballo, y se fue derecho a donde vivía el dueño, a quien, por la violencia, obligó a entregar 300 pesetas. Después volvió a casa de la pobre mujer, y le dio el dinero, diciendo simplemente: tome para pagar su deuda. Enseguida se alejó, dejando que su favorecida se deshiciera en agradecimientos". Este es el hombre no sé si preso o muerto por la guardia civil. Es de esperar que el Vivillo viva aún, siquiera por la fuerza del mote, y que continúe gobernando unas cuantas provincias.

Parece, en efecto, conveniente el bandolerismo, por lo menos en España. Ciertos excesos de miseria pública y de corrupción parlamentarias provocan y exigen una compensación extralegal. El bandido generoso corrige la defectuosa administración de los bandidos oficiales. Introduce una distribución más equitativa de la riqueza. Cierto que para ello establece la coacción y el robo, pero lo mismo hace el Estado. Todos los Estados, empezando por Roma, nacieron del robo. Todos ellos subsisten del robo. ¿Qué es el robo? ¿Quitar lo ajeno contra la voluntad del poseedor? No veo que se cobren los impuestos con el beneplácito del contribuyente. Si se cobran, es merced al terror de las bayonetas. El pretexto será respetable, no lo dudo; se necesitan fondos para defender la patria, etcétera; confesemos que tampoco es detestable robar al ahíto mercader con el fin de dar un pedazo de pan al hambriento.

El bandido generoso gobierna de un modo irregular. Su tribunal, ambulante y perentorio, recuerda a don Quijote, poco amigo de mercaderes. No deja de ser algo significativo aquel encuentro del inmortal Hidalgo con el bandolero Roque Guinart. Se admiraron mutuamente. Es que ambos tipos habían sido engendrados en la infeliz y ensangrentada tierra, feudo de los Austrias. Ambos representaban la protesta del espíritu libre contra la explotación metódica de los cortesanos y de los obispos. Don Quijote profesa un ideal demasiado alto, futuro; el ridículo rompe las alas de su genio a cada paso. Guinart, como su digno descendiente Vivillo, es más real, más visible. No cabalgan en escuálidos Rocinantes, sino en potros magníficos; sus armas son modernas y temibles. Signo definitivo: las mujeres se enamoran perdidamente de ellos. Son la vida, la alegría, la belleza sana. Encarnan este fenómeno único: su acción social, puramente económica, está profundamente impregnada de poesía.

Si el bandolerismo español se extendiera y organizara, el país gozaría de un equilibrio bienhechor. De un lado el gobierno; de otro, en los montes, un ejército intangible de salteadores altruistas, encargados de crear una contracorriente monetaria del rico hacia el pobre: en medio la multitud, obediente al Estado, y encubridora fiel del bandido generoso. Todo sin asesinatos ni ejecuciones. De arriba, impuesto al proletario; de abajo, por intermedio del buen ladrón, impuesto al capitalista sorprendido. ¡Programa tentador! Pero me temo que esos andaluces sean poco prácticos.

Publicado en "El Diario" (Asunción), 3 de octubre de 1907


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domingo, 9 de noviembre de 2008

EL AZAR de Rafael Barrett

El azar llenaba el espacio infinito y la eternidad del pasado cuando el hombre apareció: un punto, punto de fuego que no se apagó nunca, ojo que nunca pudo ser cegado. Allí concluía la libertad sin forma del caos, y empezaba la extraña libertad del hombre. Y el hombre construyó su nido; sobre el ojo, la frente; el punto fue una llama minúscula que ardía en medio de lo inmenso; imperceptiblemente retrocedió el azar. Y el nido se ensanchó, y el azar siguió retrocediendo.

La llama vacilante y central iluminaba débilmente masas oscuras, que galopaban en el vacío, siempre enormes y diferentes, monstruos, que caían al precipicio inacabable. La llama persistía. El hombre prolongaba a lo desconocido la constancia de su genio y la identidad de su especie. Semejante a sí mismo, crecía. Lo inerte temblaba a su voz, y se alzaba hacia él. Los delirios desbocados y negros se inclinaban y torcían y deseaban girar en torno de él. En verdad, era el centro. Las rocas se juntaron para abrigarle; las simientes por su mano lanzadas, fructificaron, sus ideas buscaron lo invisible, y los moles sin medida se estremecían en su carrera al cortar los hilos de luz tendidos por el hombre.

Y los pies del hombre hicieron redonda a la tierra, y su mente organizó el firmamento. Los astros obedecieron a la geometría. Los siglos innumerables agitaron sus limpios, y ordenaron sus osamentas en los archivos del globo. El deseo del hombre engendró por fin cosas futuras, y el azar huyó detrás de las estrellas.

Y al huir dejó rastros entre nosotros, brumas, pozos, filamentos siniestros, estelas amenazadoras, errantes vientos, tempestades, catástrofes inesperadas, rápidas traiciones como zarpazos de tigre, la vida, donde hay tanta incertidumbre, y la muerte, donde hay más incertidumbre aún. Pero la muerte misma, que detiene a cada hombre sin detener a la humanidad, no es completamente inaccesible; la hacemos esperar, impacientarse; se la llama; se la violenta, se la mira de frente. El azar que resta no es puro azar; está amasado con nuestro espíritu triunfante. Y siempre queda, para toda conciencia y dentro de sí propia, el refugio supremo, la cima donde nada alcanza, y donde el hombre se siente invulnerable.

Y así como el hombre tiene la virtud vital de perseguir y pulverizar y disolver y aniquilar, el azar que todavía subsiste, y que por numeroso y formidable que parezca no es más que un residuo, tiene también el poder suicida de hacerlo tomar entero y de un golpe, de condensarlo dos veces tenebroso, entre los dedos trémulos del jugador. Basta un gesto para cavar un microscópico Maelstrom capaz de tragarse familias y pueblos. Basta un instante de locura o de cobardía para abrir a nuestro lado un estrecho abismo sin fondo, y para que el universo agujereado pierda su sangre luminosa, y se hunda en la absoluta noche. Baraja, ruleta, trivialidades que encierran el enigma devorador, y ante las cuales el hombre se anula más eficazmente que muriendo, porque la muerte no es azar sino a medias. El que logró señalar su rumbo fantástico a los cometas, se convierte en un espectro inútil, en un testigo idiota y mudo, en la nada. Sobre él, cae el infortunio y el desamparo fundamentales. Así los jugadores se entregan al fatal Océano cuyas orillas han suprimido, y no tienen otro recurso que sortearse para comerse entre sí. En cuanto nuestra razón se retira, el azar avanza, empujado por la presión de los lejanos y colosales depósitos.

Pero entra el tahúr, y se sienta a la mesa de juego, entre los fantasmas esclavos. Valido de la trampa sutil, corrige y guía a la estúpida casualidad. Es el piloto. Ante él huye de nuevo el azar detrás de las estrellas. Ante él la luz renace. En él la humanidad soberana reaparece.

Publicado en "Germinal", N.º 10, 4 de octubre de 1908.

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viernes, 7 de noviembre de 2008

EL ARREO de Rafael Barrett


De 15 a 20 mil esclavos de todo sexo y edad se extinguen actualmente en los yerbales del Paraguay, de la Argentina y del Brasil. Las tres repúblicas están bajo idéntica ignominia. Son madres negreras de sus hijos.

Pero el esclavo se convierte pronto en un cadáver o en un espectro. Hay que renovar constantemente la pulpa fresca en el lugar, para que no falte el jugo. El Paraguay fue siempre gran proveedor de la carne que suda oro. Es que aquí los pobres son ya esclavos a medias. Carne estremecida por los últimos latigazos del jefe político y las últimas patadas del cuartel, carne oscura y triste ¿qué hay en ti? ¿La sombra de la tiranía y de la guerra? ¿La fatalidad de la raza? Niños enfermos, que el vicio, hembra o alcohol, consuela un instante en la noche siniestra en que habéis naufragado, ¿quién se apiadará de vosotros? ¡Dios mío! ¡Tan desdichados que ni siquiera se espantan de su propia agonía! No: esa carne es sagrada; es la que más ha sufrido sobre la tierra. La salvaremos también.

Mientras tanto, está sobre el mostrador, ofrecida al zarpazo del agente yerbatero. En el Paraguay no es necesario aguardar, como en la India, a que el hambre o la peste abarate la acemita humana. El racoteur de la Industrial examina la presa, la mide y la ata, calculando el vigor de sus músculos y el tiempo que resistirá. La engaña -cosa fácil-, la seduce. Pinta el infierno con colores de El Dorado. Ajusta el anticipo, pagadero a veces en mercadería acaparada por la empresa, estafándose así al peón antes de contratarle. Por fin el trato se cierra. El enterrador ha conquistado a su cliente.

Y todo con las formalidades de un ingreso en presidio, el juez asesora la esclavitud. Véanse los formularios impresos de la Industrial y de la Matte Larengeira. En Posadas y Villa Encarnación, importantes mercados de blancos, hay instaladas oficinas antropométricas al servicio de los empresarios, como si la selva no fuera suficiente para aniquilar toda esperanza de fuga.

¡Pero, durante algunas horas todavía, la víctima es rica y libre! Mañana el trabajo forzado, la infinita fatiga, la fiebre, el tormento, la desesperación que no acaba sino con la muerte. Hoy la fortuna, los placeres, la libertad. ¡Hoy vivir, vivir por primera y última vez! Y el niño enfermo sobre el cual va a cerrarse la verde inmensidad del bosque, donde será para siempre la más hostigada de las bestias, reparte su tesoro entre las chinas que pasan, compra por docenas frascos de perfume que tira sin vaciar, adquiere una tienda entera para dispersar a los cuatro vientos, grita, ríe, baila -¡ay, frenesí funerario!-, se abraza con rameras tan infelices como él, se embriaga en un supremo afán de olvido, se enloquece. Alcohol asqueroso a 10 pesos el litro, hembra roída por la sífilis, he aquí la postrera sonrisa del mundo a los condenados a los yerbales.

¡Esa sonrisa, como la explotáis, bandidos! El anticipo, pagado con diez, doce, quince años de horror, después de los cuales los sobrevivientes no son más que mendigos decrépitos, ¡qué invención admirable! El anticipo es la gloria de los alcahuetes de la avaricia millonaria. Así se arrean los mártires de los gomales bolivianos y brasileños, de los ingenios del Perú. Así se arrean las muchachas del centro de Europa prostituidas en Buenos Aires. El anticipo, la deuda, es la cadena que arrastra de lupanar en lupanar, como la arrastra el peón de un habilitado a otro. ¡El anticipo! Un mozo de Cracupé es contratado por la Matte a razón de 150 pesos mensuales. Le brindan el anticipo; lo rechaza. Llevan al desgraciado a 80 leguas de Concepción, allí le dicen que del salario hay que deducir la comida a no ser que el anticipo se acepte. El mozo verifica que su labor no alcanza a saldar su miserable bodrio y por milagro consigue escapar y regresar a su pueblo. ¡El anticipo! La Industrial alegará que sus peones la deben sobre el Paraná un millón de pesos. Deducid lo que la empresa ha robado a su gente desde que la encerró, y obtendréis el precio bruto de los esclavos. Un buen esclavo cuesta hoy aproximadamente lo que antes, de trescientos a quinientos pesos.

El anticipo se cobró y se disipó. ¡Lasciate ogni speranza! Ahora, el arreo. El río: a puntapiés y rebencazos los encajan a bordo. Es el ganado de la Industrial. Centenares de seres humanos en cincuenta metros. ¡Bazofia inmunda, escorbuto, diarrea negra y a trabajar por el camino! Escuálidos adolescentes descargan el buque; suben en cuatro patas las barrancas con 80 kilos a cuestas. Hay que irse acostumbrando.

El monte: la tropa, el rebaño de peones, con sus mujeres y sus pequeños, si se permite la familia. A pie, y el yerbal está a cincuenta, a cien leguas. Los capataces van a caballo, revólver al cinto. Se les llama troperos o repuntadores. Los habilitados que se traspasan el negocio escriben: «con tantas cabezas». Es el ganado de la Industrial.

Y el ganado escasea. Es forzoso perseguir a los jóvenes paraguayos en Villa Concepción y Villarrica. Los departamentos de yerbales, Igatimí, San Estanislao, se han convertido en cementerios. Treinta años de explotación han exterminado la virilidad paraguaya entre el Tebicuary sur y el Paraná. Tucurú-pucú ha sido despoblado ocho veces por la Industrial. Casi todos los peones que han trabajado en el Alto paraná de 1890 a 1900 han muerto. De 300 hombres sacados de Villarrica en 1900 para los yerbales de Tormenta, en el Brasil, no volvieron más que 20. Ahora se rafla por las Misiones Argentinas, Corrientes y Entre Ríos.

En el Paraguay quedan los menores de edad, y se los lleva también. Un setenta por ciento de los arreados al Alto Paraná son menores. De 1903 a la fecha (1908) han sido unos dos mil, de Villa Encarnación y de Posadas; 1.700 eran paraguayos. Restan unos 700, de los cuales apenas unos 50 sanos. Naturalmente, ninguno, pues, se opone a semejantes infamias. Ésta es la feroz verdad: tenemos que defender a nuestros niños de las garras usureras que están descuartizando al país.

Publicado en "El Diario", Asunción, 17 de junio de 1908.

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jueves, 6 de noviembre de 2008

EL ANTIPATRIOTISMO de Rafael Barrett

El día que no se practique la guerra, se habrá debilitado la idea de patria. Tendremos siempre razones de matar o de morir, pero la patria habrá dejado de ser una de ellas, y en la perspectiva de la conciencia habrá pasado al segundo término. Respetar la vida propia y la ajena en absoluto, creer que nada vale la pena de sacrificarla, sería una irremediable degradación de la humanidad. Sería perder el vivificante contacto con la muerte. Declarar a la muerte inoportuna por esencia, declararla mala y enemiga, sería cegar las más profundas fuentes de perfección. No se suprimirá, pues, la guerra por sensiblería de mujer que se desmaya si ve sangre, sino en virtud de un razonamiento trascendentalmente utilitario. Acabará la guerra como empezó y se hizo en la historia: virilmente. La diosa patria, lo mismo que los demás dioses, caerá, cae, bajo el peso sutil de la crítica. El antimilitarismo es la forma actual del antipatriotismo. Se empieza a comprender que la guerra es un pésimo negocio social, y la patria una firma de crédito ficticio.

Las armas se han vuelto demasiado eficaces. Que perezcan por millones los soldados, y se despilfarre por miles de millones el tesoro público, aparecerá cada vez con mayor evidencia, sea cualquiera de los combatientes el que triunfe, una pérdida inevitable y necia para los dos y para el resto de la colectividad, un acto demente. Antes no lo era. Antes la guerra servía para abrir el comercio, mezclar y equilibrar las razas, arraigar los ideales religiosos, preparar la cultura; hoy la imprenta, el ferrocarril, el vapor y el teléfono hacen eso mucho mejor. Antes era la guerra algo previsto y habitual, un oficio casi apacible, de pocos riesgos y de aceptables rendimientos para los enganchados. Hoy, ya ruinosa por sus preparativos en tiempo de paz, se manifiesta como un cataclismo más propio de las épocas primitivas de la geología humana que de la delicada, precisa y compleja organización moderna.

Es claro que este sentimiento de perjuicio, de asunto equivocado, de quiebra ineludible, no afecta primero a los generales que huyen el cuerpo y se engríen con cintajos, ni a los proveedores del ejército y de la armada, ni a los banqueros que lucran en la bolsa de la matanza y de las noticias impostoras, ni al enjambre de piratas de peor estofa que viven de los cadáveres y de la desolación como los buitres. Son la minoría. Los convencidos, los que a la fuerza ven claro, son los desposeídos y arreados al matadero, los que nada sacan de la siniestra rapiña, los que sin esperanza de botín, sin bella visión de la batalla ni divinidad que desde los cielos les ayude, van a que les machaquen la carne en el fondo de un agujero innoble, aplastados por las masas de metal que les envía una maquinaria invisible. Éstos son la mayoría. Éstos van siendo los mayores.

Si no fuera por las bayonetas con que aún les podéis picar las espaldas, ¿con qué argumentos les arrancaríais a su tranquilo trabajo? ¿A qué concepto, a qué emoción apelaríais?

-La patria lo quiere -le diríais tal vez.

-¿Qué es la patria? -preguntará el proletario-. ¿Es el templo? Está vacío. ¿Es la ciencia? No tiene fronteras. ¿Es la fortuna? Suele estar del otro lado de los mares. ¿Es mi linaje? Las castas se confunden pacíficamente. ¿Es la tierra? No es mía. No eres tú mi compatriota, sino el proletario de la nación vecina. Deseáis mi vida para salvar no la patria, que habéis inventado, sino vuestra propiedad.

«Soy francés, porque han escrito mi nombre en un papel. Me dices que Alemania me ha insultado, que debo vengarme. Si no me lo dijeras, nada sabría. Os habrán insultado a vosotros. Vengaos con vuestros propios recursos. No exijáis que defendamos vuestros bolsillos, repletos del oro que nos quitáis. Nuestros intereses no son comunes. ¿Y qué es Alemania? No hay Alemania, no hay más que alemanes. No sé qué alemanes me han insultado, pero estoy cierto de que no ha sido ninguno de los millones que como yo aran el campo en que ni siquiera nos enterrarán. ¿Que vienen, que invaden el país? ¡Pobres hermanos nuestros en esclavitud! Vienen espoleados por el terror, y aterrado marcharé yo contra ellos».

Hervé, el famoso antimilitarista francés, se ha levantado en el último congreso socialista de Stuttgart, y ha exclamado sencillamente: «Nuestra patria es nuestra clase; no hay patria más que para las gentes que comen bien».

¿Qué contestar? ¿Qué hacer? Lo de costumbre, meter en la cárcel a Hervé de cuando en cuando, y apedrearle desde la prensa conservadora. Entretanto, como las sectas nacientes se nutren de la persecución, los conscriptos escupen la bandera en los cuarteles y los regimientos desertan cuando se les manda hacer fuego sobre los ciudadanos.

La segunda conferencia de La Haya ha fracasado lastimosamente, como era de prever ante su programa más reducido y cobarde que el de la primera. Un Hervé no fracasa. En primer lugar no está solo; además es un hombre. No llegaremos a la violencia de lenguaje de Quelch, que ha dicho: «La conferencia de La Haya es una asamblea capitalista... reunión de ladrones y de bandidos. No tiene otro objeto que ponerse de acuerdo para buscar los medios de reducir los gastos de sus robos y bandolerías». Reconozcamos, no obstante, que los apreciables delegados son ricos, es decir, insensibles; han empleado la existencia en pelear, intrigar, lucirse en los salones. No tienen noción de las verdaderas necesidades modernas; no sospechan las corrientes subterráneas que empujan a un Hervé. No son hombres, son correctos muñecos. No harán jamás nada. Los que lo harán todo son los humildes que protestan. La modificación de la idea de patria y la paz universal constituyen una revolución extraordinaria. Como todas las revoluciones irresistibles, vendrá de muy abajo.

Publicado en "El Diario", 14 de noviembre de 1907.

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miércoles, 5 de noviembre de 2008

EL ANTICRISTO de Rafael Barrett

Según la estimable profecía de San Malaquías nos quedan -si mal no recuerdo- dos o tres Papas solamente después de Pío X. El siglo XX será el fin del mundo, y es probable que el Anticristo haya nacido ya. Noticias de Rusia nos hacen creer que nació en Chahileff -telegramas posteriores comunican Mohileff- y que fue asesinado a los dos años. Cuarenta campesinos, en efecto, se pusieron de acuerdo contra un niño de esa edad, acusado de perder las cosechas. No podía ser otro que el Anticristo; su mismo padre estaba convencido de ello, y consintió en el crimen. Los tribunales han absuelto a todos menos al instigador.

Se mencionan la justicia divina y la humana, lo cual es demasiado simple; hay muchas justicias divinas, puesto que hay muchos dioses; y muchas justicias humanas: la francesa, la sajona, la turca, la china... la de los viejos y la de los jóvenes. Si ejecutáis un acto a la derecha de un río, os ahorcarán; si lo ejecutáis a la izquierda, os darán la cruz de la legión de honor. La iglesia infalible quemó ayer a Juana de Arco; hoy la canoniza. Se es santo o hereje por razones locales. En el tenebroso drama de Chahileff -o de Mohileff- obró la justicia rusa de 1909, una justicia enderezada a castigar las iniciativas, sean las que fueren, y a perdonar las obediencias gregarias, aunque lleven el rebaño a la más negra bestialidad. Treinta y nueve idiotas obedecieron y mataron; el padre del Anticristo consumó lo que había comenzado el buen Abraham. Paz a ellos y guerra al que fue visitado por la idea, al que reveló las causas ocultas. Lo que no se tolera en Rusia -ni en tantas académicas regiones- es la imaginación.

¿Era indispensable una imaginación excesiva, preguntaréis, para atribuir las malas cosechas a un niño de dos años, y para ver en él al Anticristo? Cuando la ciencia calla, los profetas truenan. Los sabios no se explican las malas cosechas, puesto que no se explican por qué cambia el tiempo, ni son capaces de asegurar si mañana lloverá, o refrescará, o venteará, o lo contrario. Desde hace centuria y media un ejército de observadores infatigables toma día y noche, en miles de puntos esparcidos sobre el haz de la tierra, presiones humeantes y temperaturas. De esa mole abrumadora de números no se ha sacado nada decisivo en limpio; de ese caos de diagramas no se ha destacado la curva única; sello de la ley. Estamos como en la época de los caldeos; nos consta que en verano hace más calor que en invierno, pare usted de contar: los meteorólogos siguen midiendo y apuntando. Si se les objeta que acaso no haya ley en la vida de los aires, se encogen de hombros y toman a su vasto tejer y destejer. ¡Ah! Su fe es robusta. «Esperad un poco, nos dicen, la ley aparecerá». ¿Un poco? ¿Cuánto? Los que necesitan comer diariamente a dos carrillos el pan de la evidencia, los que pretenden vivir antes de morirse, no esperan con tanta resignación. Detrás de los granizos, las heladas y los huracanes, están Satanás, Gog, Magog, y el Anticristo. Algo claro, contundente y poético.

¿El anticristo, ese niño de dos años? ¿Quién sabe cuándo se empieza a ser Anticristo? Los niños son maravillosos, sobre todo mientras no han aprendido a hablar; su carne pura conoce tal vez lo venidero; su grasa es principal ingrediente de las brujerías; dícese que su sangre cura la lepra. Cristo era ya un milagro antes de que la luz lo besara. Cristo, Anticristo; Anticristo, Cristo; si hemos sacrificado al uno, imagen de la inocencia ¿nos enfureceremos con los que han sacrificado al otro? Quizá era inocente también... Jehová exigía corderos perfectos, corderos sin mancha para el holocausto. Siempre que los hombres se convierten en fieras, una divinidad siniestra los preside. ¿Cómo descubrieron los asesinos al Anticristo en su víctima? No os imaginéis que el niño era un monstruo, no; un monstruo entre monstruos se hubiera salvado. Sin duda era bello como una flor; sin duda, sus ojos venían del paraíso y ponían en torno de él una caricia sobrenatural. La madre, miserable esclava, habrá pensado: «No es posible que mis entrañas de dolor hayan engendrado un ángel. Un mensajero tan divino tiene que ser el demonio», y las cosechas se perdieron, y los patriarcas de la tribu degollaron al niño.

¡Santa Rusia! Fuiste ortodoxa y absolviste. ¿Acaso no te dedicas tú a la misma tarea, a matar Anticristos? Pero el Anticristo es intangible. Zar, te pasará lo que a Herodes; todo sucumbirá a tus furias menos el Elegido, y tu hacha, lejos de herirle, le allanará el secreto sendero hasta tu trono. Cuando suene la hora, un puñal sin manos escribirá sobre tu pecho la sentencia ignorada.

Publicado en "La Razón", 19 de julio de 1909.

Extraído de: Ensayos - Tomo I de Rafael Barrett - Edición 2008 - Libro electrónico en versión pps y disponible en http://www.interlectores.com/biblioteca.html como libro de cortesía y descarga gratis

lunes, 3 de noviembre de 2008

EL ANARQUISMO EN LA ARGENTINA de Rafael Barrett

A raíz de los sangrientos sucesos del primero de mayo, en Buenos Aires, el jefe de policía elevó al ministro un curioso informe, pidiendo reformas legales para reprimir el anarquismo, el socialismo y otras doctrinas que fueron juzgadas por el autor de acuerdo con su puesto, aunque no con la verdad. No puede haber a los ojos de un funcionario opinión tan abominable como la de que su función es inútil. Ahora el Poder Ejecutivo presenta al Congreso un proyecto de ley contra la inmigración «malsana». Se trata de impedir que desembarquen los idiotas, locos, epilépticos, tuberculosos, polígamos, rameras y anarquistas, sean inmigrantes, sean «simples pasajeros». Lo urgente es librarse de los anarquistas. El Poder Ejecutivo no disimula cuando le inquietan «los que se introducen en este hospitalario país para dificultar el funcionamiento de las instituciones sobre que reposa nuestra vida de nación civilizada».

Es una suerte que M. Anatole France haya llegado a la Argentina antes de que estuviera en vigencia la ley, porque no le hubieran dejado bajar del vapor. La obra de France es un curso de nihilismo, y si el señor Falcón la ha leído, habrá colocado al maestro en la columna malsana de las rameras y de los epilépticos. No conozco más formidable enemigo de las instituciones que el padre de «Crainquebille». ¿Ravachol era anarquista? También lo fueron los ascetas, San Francisco de Asís; también lo es Tolstoi. El anarquismo es una teoría filosófica. ¿Ha tomado el Poder Ejecutivo un diccionario para enterarse? Anarquista es el que cree posible vivir sin el principio de autoridad. Hay organismos esencialmente anarquistas, por ejemplo la ciencia moderna, cuyos progresos son enormes desde que se ha sustituido el criterio autoritario por el de la verificación experimental. ¿Que la sociedad de hoy no está preparada para constituirse anárquicamente? Es muy probable. Discútase, examínese. ¿Qué tiene que ver todo esto con la inmigración malsana?

Protesto contra la teoría temible de perseguir a los que construyen un sistema de ideas, clasificándolos entre los polígamos y los idiotas. No sé si Vaillant o Henry dijo que la lectura de Spencer le había inducido al atentado. ¿Qué nos importa? Muchos ladrones profesan el capitalismo. Muchos asesinos adoran a Dios. Aun hay quien se figura que la idea abstracta conduce al crimen. No: no es el metafísico libertario el que lanza la bomba, sino el gorila de los boques prehistóricos. ¿Y con qué derecho nos opondríamos a que una inmensa clase de hombres que trabajan y sufren se apropie las ideas que le convienen? El Poder Ejecutivo tiene su sociología; ¿por qué no han de tener los obreros la suya?

Volvemos a lo de siempre: a la pretensión de matar las ideas, como si jamás se hubiera conseguido, con poderes incomparablemente mayores que los del señor Falcón, matar una sola. Se dificultará el funcionamiento de las instituciones sobre que reposa la vida de la nación civilizada, sí; por dicha no hay otro remedio. ¿Qué sería de la nación, si no cambiasen las instituciones? Ese cambio es la vida; la inmovilidad que ansía el Poder Ejecutivo es la muerte. ¿De dónde vinieron las instituciones actuales, sino de la derrota de las instituciones viejas? ¿De dónde viene el orden presente, sino del desorden de un minuto genial? ¿Quisiera el señor Falcón que el tiempo hubiera pasado en vano, y que la Argentina fuera una colonia turca, y los jefes de policía grandes eunucos? La cultura occidental no ha concluido su viaje y es notoria necedad ir a detenerla en la dársena. Por favor, permita el Poder Ejecutivo que siga girando el mundo, y no se obstine en emitir juicios finales. Tenga un poco de modestia, y, recordando las enseñanzas de la historia, admita que las instituciones de 1909 no sean definitivas. No se asuste tanto del anarquismo; consuélese con la certidumbre de que los anarquistas parecerán algún día anticuados y demasiado tímidos. ¡Sólo la vida es joven!

Publicado en "La Razón", 24 de julio de 1909.

Extraído de: Ensayos - Tomo I de Rafael Barrett - Edición 2008 - Libro electrónico en versión pps y disponible en http://www.interlectores.com/biblioteca.html como libro de cortesía y descarga gratis

sábado, 1 de noviembre de 2008

EL ALTRUISMO Y LA ENERGIA de Rafael Barrett

Nietzsche, en su obstinado desprecio al cristianismo, hace de la piedad para con los inermes, de la simpatía hacia lo abortado, lo enfermo y lo triste, del anhelo de justicia reparadora en fin, otros tantos síntomas de una degeneración contagiosa. Para el terrible alemán, el egoísmo -egoísmo elevado, trágicamente bello a veces, propio de un metafísico Satanás- es sinónimo de energía.

Las varias formas del egoísmo, desde la vanidad a la ambición insaciable, desde la mezquindad de la solterona balzaciana a la codicia de un Rockefeller, desde la impertinencia del dandy a la ferocidad sanguinaria de Calígula, se manifiestan, sin duda, con extrema energía aparente en muchos casos. Pero conviene observar que los ejemplos famosos con los cuales los grandes de la tierra fijaron el recuerdo de su tonto y omnipotente capricho, no demuestran energía personal, sino la energía exterior acumulada por el azar en torno de una figura casi siempre insignificante. Nerón incendia a Roma. Suponiéndolo cierto, ¿qué prueba? ¿La energía de Nerón? Lo que prueba es el abatimiento de una sociedad que permite tales atrocidades. Las fuerzas enormes que el emperador tenía en sus vacilantes manos de imbécil no le pertenecían. Se había encontrado con ellas. Nerón jugaba con los resortes de un colosal mecanismo que se le había regalado para diversión suya y para ignominia de la época.

Por lo contrario, Nerón era débil, como la mayor parte de los egoístas históricos a quienes se ha juzgado indispensables tan sólo porque no concluyeron totalmente con el género humano. Se vio la debilidad de Nerón a su caída. En aquel tiempo en que la dimisión de un funcionario consistía en suicidarse, trató el César de hacerlo, y su cobarde espada no acertaba. Tuvo un soldado que rematarle como a una res. Para decidir de la verdadera energía de un hombre, esperad a que caiga de su falso pedestal, esperad a que se le deje desamparado y desnudo. ¡Oh bochorno de los millonarios que al arruinarse aceptan el oficio de proxenetas o de tahures, oh vergüenza de los reyes destronados en el siglo XIX, escabulléndose por la puerta trasera de sus palacios, a semejanza de lacayos despedidos! Napoleón mismo disminuye y decae en Santa Elena.

Napoleón era débil también, porque era egoísta. Puso el genio al servicio de su egoísmo infinito. Este parásito formidable de la humanidad estaba maravillosamente armado para devorarla. Napoleón, incapaz de irradiar energía y hasta de producirla en cantidad suficiente a su vida interior, robaba con avidez la energía externa. Su procedimiento evoca el de ciertos parasitismos en que el animal nutrido con jugos prestados es de una organización muy superior a la de su huésped. La debilidad trascendental de Napoleón necesitó un prodigio de inteligencia para la conservación del individuo.

Egoísmo es debilidad. Los cuerpos fríos se calientan a expensas de los otros. Elevad la temperatura de un pedazo de hierro, y a medida que aumentéis la energía del metal, lo iréis haciendo más y más generoso. Llegará un momento en que de puro ardiente resplandecerá y os iluminará el camino. La energía en exceso desborda y se desparrama por el espacio. Las almas generosas desbordan de amor. ¿No es natural el egoísmo en los niños y en los viejos, en las edades indefensas? Pero el egoísmo en la pujante juventud es doblemente odioso. Los que consumen son los que no crean. Los que expolian son los desheredados de la voluntad. Los que matan, ¡ay! son los que se están muriendo.

La avidez del corazón del avariento, del cruel, es cosa melancólica. Consagrar la existencia entera a reunir dinero o a reunir súbditos o esclavos, es inconcebible para todo espíritu que no haya perdido el contacto fundamental con las realidades absolutas. El egoísta es un aislado, un privado de los efluvios vitales del universo. El egoísmo se acompaña por lo común de una atrofia no solamente sentimental, sino intelectual. La avaricia suele coincidir con la semiestupidez. Una variante atenuada, la manía de coleccionar estampillas o cualquier otra clase de objetos, al estilo de las urracas, no se encuentra seguramente entre los aficionados a coleccionar ideas. ¡Y en cuántas ocasiones la crueldad se deriva de lo difícil que es para numerosos ciudadanos imaginar el dolor ajeno! Al egoísta le falta siempre algo: por eso se lo quita al prójimo. El altruista da precisamente lo que le sobra.

La debilidad del egoísta proviene con frecuencia de que el medio es pobre, de que no hay para todos. Las bestias carniceras son las que tienen que perseguir un alimento escaso y protegido. La abundancia reduce el número de egoístas. Los nueve décimos de la población humana no comen lo bastante. No nos extrañemos, pues, que el hombre se entregue a la lúgubre pasión del oro. El oro es pan y ropa y techo en primer lugar, y no hay techo ni ropa ni pan para todos los habitantes del planeta, a causa de lo torpes y miedosos que somos. Todos estamos amenazados de muerte si nos quedamos sin oro, y nos lo arrebatamos. El egoísmo es, pues, una contingencia por lo general; expresa una relación defectuosa con el ambiente, es una momentánea solución al problema del individuo. La especie resuelve sus problemas de distinta manera. La procreación, la crianza de la prole, acciones de largo alcance, son explosiones de altruismo. Es evidente, además, que el altruismo es mejor cimiento social que el egoísmo; así lo inmediato y lo precario y lo urgente es obra quizá de egoísta, mientras que los altruistas construyen lo profundo y lo duradero. ¡Son los más fuertes!

Darwin, estudiando biología, perdió la fe. «No puedo vencer la dificultad que resulta de la extensión del sufrimiento en el mundo, dice... No puedo persuadirme de que un Dios bienhechor y todopoderoso haya creado los icneumones con la decidida intención de dejarles alimentarse de orugas vivas, o de que el gato haya sido creado para torturar al ratón». Nietzsche se alegra de espectáculo tan siniestramente artístico, y aplica a la médula europea los botones de fuego de una salvaje filosofía. ¿Y quién sabe? Darwin y Nietzsche no han visto tal vez más que lo provisorio.

Publicado en "El Diario", Asunción, 18 de julio de 1908.

Extraído de: Ensayos - Tomo I de Rafael Barrett - Edición 2008 - Libro electrónico en versión pps y disponible en http://www.interlectores.com/biblioteca.html como libro de cortesía y descarga gratis