jueves, 31 de diciembre de 2009

PASIONALES de Rafael Barrett

«La mato porque la amo».

¿Hay quien crea al insensato que esto diga? Sí, señor; y no sólo las porteras lacrimosas y las señoritas traslúcidas, sino una gran parte del ilustrado público y hasta los mismos jueces. ¡Ay del que mata por odio, por miedo o por hambre! ¡Bienaventurado el que mata por excesiva ternura! Si no completó armoniosamente el consabido «cuadro de horror» saltándose los sesos, vaya seguro a los Tribunales; el jurado, inclinándose ante la hazaña, pondrá en libertad al héroe, y las damas se interesarán por un tenorio tan bruto.

Asesinos se encuentran más interesantes. Wainewright, pintor y literato inglés, envenenó a su mujer porque esta señora tenía los tobillos demasiado gruesos. ¡Pobre pintor! ¡Cuántas indecibles torturas sufrió, él, tan artista, tan exquisito, al contemplar a todas horas la fealdad de los tobillos conyugales! Un jurado de estetas hubiera absuelto a Wainewright ¿no es cierto?, un jurado hipersensible, un jurado del porvenir.

¡Qué lejos estamos de la humanidad! Y, naturalmente, de la verdadera estética: el sentimentalismo de nuestro público y de nuestros jurados es el que trasudan Antony y cien dramones más; el de Dumas hijo, el moralista (!!) del famoso mátala; el sentimentalismo de ojeras pintarrajeadas y melenas sucias, envejecido, descompuesto, maloliente, repulsivo, después de sesenta años de majaderías peligrosas a todo corazón sano; el sentimentalismo de folletín. Por eso la página del código en que se autoriza y alienta al marido a sacrificar una mujer indefensa, no es a secas una de las manchas infames de la civilización; es, además, algo repugnante, cursi, lamentablemente melodrama barato.

Acabemos de arrancar su aureola embustera a los que, si no cedieron al más bestial y egoísta de los instintos, no pasaron de ser falsificadores de las nobles energías del alma, comediantes, histriones del sentimiento, payasos trágicos. ¿Compasión para ellos? ¡Oh, sí! Compasión a los enfermos, a los bárbaros extraviados entre nosotros. Compasión, mas no admiración. Y no dejemos de compadecer a los otros homicidas, más modestos y más perseguidos. No dejemos de compadecer sobre todo a las víctimas de la ferocidad sexual.

No habléis de las locuras del amor. ¡No! El amor es lúcido y sereno. El amor no mata. Lo bello, lo fuerte, no conduce jamás al asesinato. Los fuertes mueren tal vez, pero no matan. «Los que matan, como los que se matan, dice Gourmont, son débiles. Los que tienen algún vigor se alejan, sufren, meditan y viven». ¡Viven! No es la misión del amor quitar la vida, sino darla, engendrarla valientemente, alegremente, contra todas las barreras, todas las emboscadas, todas las traiciones, todas las catástrofes. ¿Qué es necesario para matar? Bien poca cosa: un arma y una cobardía. Basta el momento delirante, la chispa lanzada por la hoguera siniestra que arde en la oscuridad de las pasiones, el espasmo sombrío de un segundo. Para vivir es necesario el amor. Para esas vidas lentas, preñadas de paciencia y de cariño, para esas santas vidas largas, generadoras de lo grande, es indispensable el amor. El amor no desconfía, no se venga, no hiere; el amor siempre cree y perdona y vive y hace vivir.

«La mato porque no se me vuelve a entregar». ¿Es un amante el que así blasfema? ¿Amó algún día el que no consiguió despertar en otro el amor duradero y cesó él mismo de amar? ¿Temblaron algún día de amor las manos que hoy firmes apuñalean la carne adorada? ¿Amó siquiera un instante quien no vacila en desencadenar la angustia en el alma amada, y sin turbarse ve los espectros del terror en los ojos que él hizo triunfar antes de exaltación magnífica? El amor cruel es mentira. No hay amor donde no hay piedad. ¿Qué es el amor más elevado, sino una piedad devoradora? «La mato porque no la amo ya, porque nunca la amé». He aquí lo cierto, y si el matador, analizándose, supiera eliminar el falso prejuicio del honor, las punzaduras de la vanidad, el afán de lo notorio y mil razonamientos parásitos que acompañan a la explosión salvaje sin motivarla, descubriría en el convulsionado fondo de su conciencia esas larvas del tenebroso origen universal, que arrastran confundidos los gestos de la fecundidad y de la muerte.

Para el amor, elegir es respetar. El amor es esencialmente religioso; la luz que crea en torno de la mujer jamás se extingue. Por una ilusión generosa objetivamos los rayos invencibles cuyo centro está en nuestro espíritu, y se nos figura que amamos la belleza, cuando precisamente es la belleza lo que en nosotros ama. La mujer amada es intangible. Nos mentirá, nos atormentará, nos abandonará, si es posible que un amor profundo no sea recíproco, pero el resplandor inmortal seguirá iluminándola. El culto a la felicidad se habrá convertido en el culto al dolor, pero el templo estará en pie. La dulce fuente se habrá cambiado en fuente de amarguras, pero no se habrá agotado. Si no la dicha, la desdicha será nuestra razón de vivir y la explicación del universo. No renunciaremos a las sagradas ruinas. Preferimos un recuerdo melancólico a todas las tentaciones del presente y a todas las promesas de la esperanza. ¡Y en qué silencio, en qué intimidad secreta no resucitaremos del olvido, como Dios de la nada, las imágenes del joven amor y de la vida! Venturoso o no, el amor auténtico se oculta; el pudor es la mitad de su poesía. Un amante es un iniciado; no elevará en el arroyo el ara ni el altar. No expondrá al escándalo las embriagueces de su victoria, ni la liquidación de sus desastres. Quizá sucumba en un rincón, mas no representará gratis, ante la tribu reunida, una escena vulgar de quinto acto.

¡Matar! El amante de veras no mataría en ningún caso porque comprende que sería inútil. Es que el amor abre el entendimiento, revela lo invisible, y el seudo amante ignora que ante el amor la muerte es pequeña y transitoria. Sin embargo, el niño enamorado, al balbucear las eternas palabras, que a un tiempo se inventan y repiten, proclama la verdad: «Siempre te amaré». «Siempre nos amaremos». Siempre, es decir, no hasta la muerte, sino en la muerte y más allá de la muerte. Heine imita al niño: «En el día del juicio final, anuncia, los muertos se levantan, las trompetas les llaman a las alegrías y a las penas; en cuanto a nosotros, no nos inquietaremos de nada, y nos quedaremos acostados y abrazados». Y si para el amor la muerte no es un obstáculo, ¿cómo sería una solución? La muerte deja intactos los problemas de la vida.

En apariencia, fácil es hacer desaparecer al vivo. La cuestión es hacer desaparecer al muerto. Un cadáver se entierra, un fantasma, no. ¡Matar! Y ¿después? ¿Para qué cerrar la puerta al vivo durante el día, si ha de venir el muerto cada noche a sentarse en el borde de la cama?

Publicado en "El Diario", Asunción, 18 de setiembre de 1907.

domingo, 27 de diciembre de 2009

NIÑERIAS de Rafael Barrett

Mi hijo tiene más de tres años. Es un niño excepcional. Todos los niños de esa edad son excepcionales. Pasa por un máximo de la curva descrita por el hombre. Atraviesan una época breve en que la suma de las prosperidades de la carne y del espíritu es mayor. ¡Flor de la florida infancia! ¡Momento sagrado! El cuerpo, rico aún de líneas redondas y suaves que recuerdan el seno que lo nutrió y la amabilidad de la leche, ha empezado a estirarse, enjuto por el juego. El músculo brota. Las pantorrillas bronceadas se endurecen. El pecho, cuando la agitación de la carrera le hace respirar angustiado, dibuja el sólido círculo de su oculta caja. El cuello adquiere su orgullo de pedestal; la cabeza comienza a sentirse cumbre, y se alza naturalmente hacia el cielo. Los pies se han vuelto ágiles y astutos. Las manos no son ya rollitos de inválida manteca. Saben acariciar y romper, y cada dedo aprende su oficio. La piel ha perdido el rosado excesivo y un poco vulgar de los que lactan todavía. Una sublime palidez, mensajera del corazón, pone su luz en las sienes delicadas. El cabello tibio se ensortija en bucles rebeldes. La boca, delicia húmeda y roja donde ríen, hasta en el llanto, los completos dientecillos, es un vértigo del beso. Los ojos rebosan inocencia, y también deseos innumerables: ojos en que caben ahora las perspectivas de los bosques y de las llanuras: ojos bastante profundos para retratar los mares y las estrellas, ojos en que reposará, mientras viva, la imagen del infinito. Esos ojos claros, sus ojos... ¿qué? ¿Se cerrarán, decís que se cerrarán?

Y mi hijo canta, grita, corre, torbellino de júbilo, pequeño alud de felicidad. ¿Han calculado los sabios la energía que gasta un niño desde la mañana a la noche? ¿Cómo explican que gastando tanta, crezca y se haga fuerte con tal empuje y rapidez? ¿En qué aritmética estará la solución? ¡Y además, mi hijo es valiente! -es capaz de asomarse a todos los precipicios, como si hubiera conservado sus alas de ángel...-, ¿qué? ¿Se caerá por fin, decís que se caerá?

¡Oh, nuestros paseos filosóficos! En un charco del jardín se ahoga una avispa. Nos compadecemos de ella. Organizamos el salvamento. La sacamos con un palito. Él quería sacarla sin artefacto alguno.

-¿Por qué el palito? -me pregunta.

-Porque hay avispas que pican, ¡ay!, hasta cuando se las socorre...

A veces nos arriesgamos sobre el camino ancho, el camino que no se acaba nunca. Yo me fatigo mucho antes que él. Y hablamos. Y nos cruzamos con personas y con animales, con una vaca...

-Papá, esa vaca que viene, ¿«quién» es?

-No lo sé, hijo mío.

Casi siempre tengo que contestar lo mismo: «No sé». ¿Qué? ¿Decís que él tampoco sabrá nada, que se irá sin saber nada?...

Una caravana de hormigas nos corta el paso. Hay que respetarlas. Mi hijo, acostumbrado a que las gallinas y los perros menores huyan de él, contempla las hormigas silenciosamente, y después me interroga:

-Papá, ¿por qué no se asustan de mí?

-Porque no te ven, hijo mío. Eres demasiado grande...

¿Os sonreís? ¿Que habríais respondido vosotros? De esos labios salen enigmas terribles. Salomón consiguió satisfacer a la reina de Saba. Yo dudo que mi hijo se fuera contento. ¡No existe reina que tenga la imaginación de un niño de tres años! Poetas ufanos de vuestra fantasía, ¿podéis jugar tres horas con piedrecitas y cáscaras de nuez? ¿Podéis, como mi hijo, infundir un alma brillante a lo más inerte, oscuro, mutilado, muerto, a una mota de tierra, a un pedazo de trapo? Si os llegara siquiera la imaginación a representaros el alma ajena, el dolor ajeno, hombres cultos, ¿os trataríais unos a otros como máquinas?

Para mi hijo no hay máquinas hasta hoy en el universo. Todo respira, todo es instinto y voluntad. Todo convida o amenaza. Todo es digno de amor o de odio. Así debió ser la aurora del mundo... ¿Qué? ¿Morirá? ¿Decís que mi hijo morirá?...

Publicado en "La Razón", Montevideo, 29 de julio de 1910.

lunes, 21 de diciembre de 2009

NATUROLOGIA de Rafael Barrett

Kunhe, en uno de sus libros, presenta un argumento notable. "Pasead por el campo, viene a decir; el fruto que brilla entre las hojas os tienta; alargáis la mano y lo saboreáis con fruición. En cambio, a la vista de una vaca que pace, maldita la gana que os entra de pegarla un mordisco, el hombre es frugívoro". Un escéptico replicaría: "pero saboread con fruición un beefsteak a punto". Aquí el naturista se encrespa. "Un beefsteak es artificial es el resultado de un crimen, el asesinato de la vaca, y de una química viciosa, el guiso; la manzana es natural; no hacéis sufrir al nutriros de ella; no matáis, puesto que podéis dejar la semilla". Añadamos nosotros que la semilla suele ser respetada por la misma digestión... La Naturaleza es buena, es hospitalaria, es amante. La civilización ha introducido el mal. Rechazad la ciencia bajamente materialista, vivisectora, vendida a tanto la ampolla de suero. Volved al aire puro, al agua de los manantiales, al sol y a la fecunda tierra. Ellos os proporcionarán la salud del cuerpo y la del espíritu.

Viejo canto de Rousseau, siempre nos conmueves... Sin embargo, entendámonos. ¿Qué llamáis Naturaleza? ¿Cómo serían naturales unas cosas y otras no? ¿Acaso no es natural todo lo que existe, sólo por el hecho de existir? Si llamáis natural a lo simple, espontáneo, primitivo, a uno no sé qué de paradisíaco desaparecido de nosotros, notemos que cocer un alimento es simplificarlo. ¿Dónde está la perniciosa complicación? ¿En el empleo del fuego? Pues lo curioso es que nada como el descubrimiento del fuego dio tan prodigioso impulso a la asociación humana. Recordad que no hay altruismo que no procede de la asociación, y comprenderéis de qué modo los sentimientos de tolerancia, de solidaridad, de bondad van unidos a lo complejo, a lo moderno, a lo reflexivo. Lo viejo y lo ingenuo es por lo común lo bárbaro. Retroceded en nuestra historia y en la de los animales, id al encuentro de esa fuente de pretendida virtud, y hallaréis frecuentemente la lucha salvaje como único sistema de vida. Los hombres que respiraban el aire de las selvas y bebían en el hueco de las rocas declararon quizá sagradas a ciertas bestias, pero ellos se devoraban entre sí. Asomáis al microscopio, contemplad los primeros ensayos de la sustancia orgánica, ved la voracidad con que los metazoanos grandes absorben a los chicos. Es arbitrario cortar en dos la evolución de los seres, y decir que un trozo es natural y el otro no. Y la enfermedad es tan natural como la salud. Apenas se estudia con cuidado una especie zoológica o botánica, se la observa invadida por numerosas enfermedades distintas de las nuestras. Ningún fenómeno más extendido en la Naturaleza que el parasitismo, muchas veces patológico... Pero nuestro naturista se sonríe. Tiene la fe; contra la fe no se razona. El estado natural es análogo al estado de gracia de los católicos. Bástenos eso.

¿Enfermedades? No hay sino "una" enfermedad, que se cura de "una" manera. Nadamos en plena metafísica. Por lo demás, a los naturólogos les urge "regenerar la metafísica". Para ellos la experimentación es un procedimiento sensual, un poco vil. Pasteur era un farsante. Aceptan los microbios -lo que me extraña-, pero los consideran efecto de la enfermedad y pretexto para que los "farsantes" satisfagan sus instintos feroces en la vivisección y su sed de lucro en el tráfico de vacunas-venenos. Si queréis llevar a un naturista al laboratorio para demostrarle el mecanismo de la infección y de la inmunidad, se negará horrorizado. Habría que operar sobre animales vivos, y un experimento cruel no puede revelar una verdad; lo inmoral no puede conducir a lo verdadero. ¿Sois malos? Pues seréis ignorantes. No es el culpable análisis el que conduce a la certidumbre, sino la síntesis, la intuición

¿Qué intuición? Los naturistas tienen su verbo, revelado por las tradiciones del Oriente. Casi todos son teósofos. El naturismo es una terapéutica religiosa y en eso reside su eficacia. El naturismo cura. Lo ha probado bien un médico de la secta de los farsantes — o "magos negros" en lenguaje teosófico— , M. Sandoy, en su tesis sobre los sanatorios naturistas. El naturólogo maneja otras fuerzas que el clínico universitario, pero no menos reales. También renueva Lourdes los milagros de los antiguos taumaturgos, y son famosas en el mundo entero las victorias de la mind-cure de los Estados Unidos. Confieso que prefiero el naturismo, tan plácido y tan luminoso, incorporado a una vasta filosofía y penetrado de la más elevada moral. Y encierra otros méritos: frente a las doctrinas en curso, es un ejemplo de irreverencia, y la irreverencia es el más poderoso motor del progreso científico. El profesor Carbonell está en lo justo. Debe haber libertad completa en el ejercicio de la naturología. Es muy torpe no abrir paso a todas las manifestaciones de la inteligencia y a todos los empujes del entusiasmo.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 23 de diciembre de 1909.

martes, 15 de diciembre de 2009

MI ANARQUISMO de Rafael Barrett

Me basta el sentido etimológico: "ausencia de gobierno". Hay que destruir el espíritu de autoridad y el prestigio de las leyes. Eso es todo.

Será la obra del libre examen.

Los ignorantes se figuran que anarquía es desorden y que sin gobierno la sociedad se convertirá siempre en el caos. No conciben otro orden que el orden exteriormente impuesto por el terror de las armas.

Pero si se fijaran en la evolución de la ciencia, por ejemplo, verían de qué modo a medida que disminuía el espíritu de autoridad, se extendieron y afianzaron nuestros conocimientos. Cuando Galileo, dejando caer de lo alto de una torre objetos de diferente densidad, mostró que la velocidad de caída no dependía de sus masas, puesto que llegaban a la vez al suelo, los testigos de tan concluyente experiencia se negaron a aceptarla, porque no estaba de acuerdo con lo que decía Aristóteles. Aristóteles era el gobierno científico; su libro era la ley. Había otros legisladores: San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Anselmo. ¿Y qué ha quedado de su dominación? El recuerdo de un estorbo. Sabemos muy bien que la verdad se funda solamente en los hechos. Ningún sabio, por ilustre que sea, presentará hoy su autoridad como un argumento; ninguno pretenderá imponer sus ideas por el terror. El que descubre se limita a describir su experiencia, para que todos repitan y verifiquen lo que él hizo. ¿Y esto qué es? El libre examen, base de nuestra prosperidad intelectual. La ciencia moderna es grande por ser esencialmente anárquica. ¿Y quién será el loco que la tache de desordenada y caótica?

La prosperidad social exige iguales condiciones.

El anarquismo, tal como lo entiendo, se reduce al libre examen político.

Hace falta curarnos del respeto a la ley. La ley no es respetable. Es el obstáculo a todo progreso real. Es una noción que es preciso abolir.

Las leyes y las constituciones que por la violencia gobiernan a los pueblos son falsas. No son hijas del estudio y del común asenso de los hombres. Son hijas de una minoría bárbara, que se apoderó de la fuerza bruta para satisfacer su codicia y su crueldad.

Tal vez los fenómenos sociales obedezcan a leyes profundas. Nuestra sociología está aún en la infancia, y no las conoce. Es indudable que nos conviene investigarlas, y que si logramos esclarecerlas nos serán inmensamente útiles. Pero aunque las poseyéramos, jamás las erigiríamos en Código ni en sistema de gobierno. ¿Para qué? Si en efecto son leyes naturales, se cumplirán por sí solas, queramos o no. Los astrónomos no ordenan a los astros. Nuestro único papel será el de testigos.

Es evidente que las leyes escritas no se parecen, ni por el forro, a las leyes naturales. ¡Valiente majestad la de esos pergaminos viejos que cualquier revolución quema en la plaza pública aventando las cenizas para siempre! Una ley que necesita del gendarme usurpa el nombre de ley. No es tal ley: es una mentira odiosa.

¡Y qué gendarmes! Para comprender hasta qué punto son nuestras leyes contrarias a la índole de las cosas, al genio de la humanidad, es suficiente contemplar los armamentos colosales, mayores y mayores cada día, la mole de fuerza bruta que los gobiernos amontonan para poder existir, para poder aguantar algunos minutos más el empuje invisible de las almas.

Las nueve décimas partes de la población terrestre, gracias a las leyes escritas, están degeneradas por la miseria. No hay que echar mano de mucha sociología, cuando se piensa en las maravillosas aptitudes asimiladoras y creadoras de los niños de las razas más inferiores, para apreciar la monstruosa locura de ese derroche de energía humana. ¡La ley patea los vientres de las madres!

Estamos dentro de la ley como el pie chino dentro del borceguí, corno el baobab dentro del tiesto japonés. ¡Somos enanos voluntarios!

¡Y se teme el caos si nos desembarazamos del borceguí, si rompemos el tiesto y nos plantamos en plena tierra, con la inmensidad por delante! ¿Qué importan las formas futuras? La realidad las revelará. Estemos ciertos de que serán bellas y nobles, como las del árbol libre.

Que nuestro ideal sea el más alto. No seamos prácticos. No intentemos mejorar la ley, sustituir un borceguí por otro. Cuanto más inaccesible aparezca el ideal, tanto mejor. Las estrellas guían al navegante. Apuntemos enseguida al lejano término. Así señalaremos el camino más corto. Y antes venceremos.

¿Qué hacer? Educarnos y educar. Todo se resume en el libre examen. ¡Que nuestros niños examinen la ley y la desprecien!

Publicado en "La Rebelión", Asunción, 15 de marzo de 1909.

domingo, 6 de diciembre de 2009

MAÑAS QUE PASARAN de Rafael Barrett

Entró de pupila pobre de uno de los numerosos colegios del Sagrado Corazón que hay por ahí. Pagaba quince pesos mensuales. Tenía doce años, y su padre, que ciertamente no brillaba por su intelecto, la venía a ver de cuando en cuando. Las hermanitas la hacían limpiar la cocina, lavar los pisos. Empezó a toser, demacrarse, siguieron obligándola a lavar pisos, lo cual no la alivió. Apenas ya podía tenerse en pie. Se arrastraba. Sus compañeros abogaron por ella ante la madre superiora, pero la santa mujer contestó: «Son mañas que pasarán».

Sí, la niña no tenía nada. Un poco de tisis. Cuando al fin, no hace muchos días, el padre la sacó del venerable establecimiento, y la hizo reconocer, supo que estaba tuberculosa en último grado. Mañas que pasan... que quizá hayan pasado con la mártir para siempre en la hora en que mi pluma la recuerda.

¿Habría sido menos cruel su destino en un colegio laico? No sé... no creo que haya gran diferencia entre ser sierva de laicos o de religiosos. ¿Y en una casa particular? Lo dudo. ¡Hay tantas damas excelentes que buscan con ansia una huerfanita que criar, un pequeño organismo a quien hacer sufrir, sin desembolso y en propiedad absoluta! Y no olvidemos que las niñas muy pobres son todas huérfanas. Si resucitara Dickens, el pintor de la infancia perseguida y torturada, o le faltarían asuntos.

Tener padres es cuestión de dinero. Y tener hermanas. Las del Sagrado Corazón reserva su fraternidad para las pupilas ricas. No nos indignemos; se figuran que Dios existe separado de los hombres y le consagra la mayor parte de su lástima, repartiendo el exiguo resto entre los privilegiados pecadores con cuyos fondos se alimenta el culto. Da gozo ver esas fotografías de Caras y Caretas y del P.B. T., donde aparecen los obispos rodeados de sus devotas amigas, sudando lujo, o donde se nos muestra un elegante sacerdote, invitado a una partida de caza, y ocupado en bendecir a los perros. La Iglesia concede a los ricos el cielo y la tierra. En cuanto a los pobres, que se contenten con el paraíso.

Niña mía, si los tormentos de la tisis, que se te habrá enseñado a aprovechar, te aseguran la salvación eterna, ¿qué más puedes pedir? No te engañaron; Dios habita tu ulcerado pecho, y subirás al paraíso. Pero no encontrarás allí a las hermanitas del Sagrado Corazón, ni a la madre superiora. Quisiera que estuvieran contigo, y no es posible. No es que sean perversas, no... Tienen mañas que pasarán. Es que no saben. Es que adoran el ro y la fuerza; es que están todavía engañadas por simulacros. Compadécelas. ¡Hace tanto tiempo que se fue tu padre Jesús! Él te hubiera dicho: «anda, hija mía: tu fe te ha sanado». Y correrías al sol, entre las flores, y serías feliz. Te hacían lavar pisos, hacían poner en cuatro patas tu cuerpo flaco, porque no conocen a Jesús, las desdichadas idólatras de un corazón pintado no reconocen a Jesús...

Y, sin embargo, Cristo, en punto a cristianismo, es también una autoridad. Pero no está a la moda. Los cristianos de hoy le consultan poco. Suelen preferir otros directores. Se han hecho materialistas, se han rodeado de fetiches, necesitan pedazos de palo que adorar, que besar, y en su odio a todo lo que sea espíritu, han cubierto de tatuajes la bella tradición. No han leído a San Pablo. Y sus plegarias chorrea un meloso prosaísmo que sublevaría, no digo a los dioses, sino a cualquier mortal de buen gusto; no han conservado la pureza primitiva de su credo, y pretenden refrescarlo con alucinaciones de semiimbéciles como la Alacoque; no recuerdan que los preceptos del Fundador se reducen a uno: amar, y envenenados de política, de codicia y de ambición, o sea de odio, practican una beneficencia que es la caricatura siniestra de la caridad. Y los no cristianos me inquietan doblemente, pues difícil es volver la espalda al cristianismo sin volvérsela al amor. ¿Y qué será de nosotros sin amor...?

¿Vives aún, niña doliente? Te irás; llegará un instante en que el fatigado fuelle de tus pulmoncitos echará su último soplo. Sí; esta atmósfera es aún irrespirable. Quizá no seamos tan malos como lo parecemos, pero parecemos muy malos, parecemos demonios, y entre nosotros los ángeles se enferman y huyen espantados, perdónanos, niña, y desde el seno de la infinita sombra, que para ti será la infinita luz, ruega porque nuestros vicios pasen, ruega para que pasen nuestras mañas...

Publicado en "La Razón", Montevideo, 28 de octubre de 1909.

viernes, 4 de diciembre de 2009

MASCARAS de Rafael Barrett

El carnaval no muere. Necesitamos los latinos, todos los años, algunos días de abandono, en que no hacemos quizá locuras, aunque podríamos hacerlas; una rápida estación de libertad. Necesitamos periódicamente evadirnos de nuestras convenciones, miedos y manías sociales; borrar el «usted» y la mesura y la prudencia del lenguaje; desfigurar las vestiduras y las costumbres; volcar una abigarrada paleta sobre los grises tonos cotidianos y quebrar una ola de gritos sobre el runrún monótono de la existencia. Necesitamos descansar un instante de nuestras pesadas armaduras y costas; desnudarnos y olvidar. Pero, incapaces de huir hacia arriba, huimos hacia abajo; incapaces de salvarnos por el lado sublime de nuestra naturaleza, nos escurrimos por el lado grotesco.

Nos disfrazamos. Nos ponemos, como dice Shakespeare, «una máscara sobre otra», no para ocultar nuestros pensamientos, sino para libertarlos. Debajo de las máscaras de cartón soltamos disimuladamente la máscara de nuestro rostro, la auténtica, la que nos duele. El antifaz es el escudo; detrás de él desenvainamos la clara espada de la certidumbre. El antifaz nos permite dar bromas terribles a los amigos. ¿Qué broma más terrible que la verdad? Nos enmascaramos igual que muchos se emborrachan para volver a la verdad, para clamarla en medio de la calle o para murmurarla a un oído, siquiera una vez cada doce meses.

Confiesa Flaubert en sus cartas que no se miraba nunca en el espejo sin estallar de risa. Risa amarga de genio romántico ante su efigie exterior de solterón burgués. ¡Triste suerte la de no parecemos a nosotros mismos, la de encerrar nuestros hermosos sueños en una carne «desmayada y baja!». ¡Ya que es preciso gastarnos, suspira el poeta, gastémonos noblemente! ¿Cómo gastarse noblemente? ¿Cómo gastarse noblemente en el seno de una sociedad innoble? ¿Cómo adquirir, en el caos, la belleza de las ruinas, la altiva languidez del pasado heroico? Al esculpir nuestro espíritu en los rasgos de nuestra fisonomía, esculpimos nuestro egoísmo y nuestro terror y nuestros vicios crecientes. Artistas del mal con nostalgias del bien, apenas asoma a nuestra faz un resplandor fugitivo del ideal imposible; en ella, en la máscara horrible de las caras marchitas, retratamos todas nuestras cobardías y desilusiones olvidadas. Máscara cruel que revela lo despreciable y esconde lo santo.

¡Gastarse noblemente! ¿Quién lo sabe? La máscara de la vejez lo niega, de esa vejez que no perdona a los más grandes, a los más generosos, vejez idéntica a la que anticipan la agitación del juego, la llama del alcohol y la disolución de la lujuria. Una ráfaga de misterio refresca la juventud en flor; lanzaos al combate con el más elevado de los designios en el alma, y pronto sentiréis la repugnante intrusa mancharos y arañaros el cuerpo, y la piel resquebrajarse como el lodo resecado. La sonrisa del triunfo ahondará vuestras lúgubres arrugas. Gladiadores de la luz, veréis una sucia sombra devorar vuestras frentes. Acabar y desvanecerse no es nada; lo intolerable es acabar en lo repulsivo, desvanecerse en la podredumbre.

¡Vejez, máscara siniestra de la muerte! El Universo inhábil no acierta a crear lo inmortal. El destino se ensaya; somos en sus manos flechas sin empuje bastante; estamos condenados a inclinarnos y a ir a la tierra. ¿Por qué no disociamos en gloria, al estilo de las moléculas que estallan, por qué no arder en la altura semejantes a los astros en conflagración, por qué, ya que hay que hundirnos en la noche, no desaparecen los mejores de los nuestros en un espasmo ardiente y puro? No; son todavía necesarios el asco y la náusea. La fealdad pegajosa de las agonías es el cansancio del mundo.

Máscaras de la muerte y de la vida ¿quién os descubrirá? ¿Quién medirá lo que debemos esperar o temer? ¿Quién os perseguirá por los caminos de tinieblas? Hemos dado algunos pasos, y hemos caído de rodillas en la ribera. Más allá, la negrura a donde no alcanzan los ojos ni los lamentos.

Disfracémonos. Por ridícula o espantosa que sea la careta, nos aliviará. Nos figuraremos que nos quitan la otra.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 14 de febrero de 1907.

viernes, 27 de noviembre de 2009

MAS ALLA DEL PATRIOTISMO de Rafael Barrett

Nos parece grande el hombre que arriesga su vida por salvar la ajena. Comprendemos que hay cosas superiores a la vida material. Cada vez que un acto afirma y demuestra esta superioridad, nos sentimos tranquilizados, y como consolados de las incertidumbres permanentes que nos rodean. El ejemplo de sacrificio nos reconforta en lo más esencial de nuestro ser.

El hombre que se sacrifica por su hijo, por su compañera o por su padre no es tan grande como el que se sacrificó por un desconocido. En la familia hay mucho nuestro. Al defenderla defendemos en parte lo nuestro. Defender y amar lo completamente ajeno es sublime.

El patriota perfecto no solamente sacrifica su persona, sino su familia; Guzmán el Bueno inmola a su propio hijo. La patria, para él, estaba antes que él y antes que la carne de su carne. ¡Generosidad magnífica!

¿Por qué?

Porque la patria es más indeterminada, más exterior que la familia. Porque la patria es más ajena que la familia, y lo magnífico es defender y amar lo ajeno.

Y como hay algo más ajeno que la patria, es decir, las otras patrias, es magnífico en extremo defender y amar las otras patrias como la propia, y sacrificar la patria en beneficio de la humanidad.

Por eso debemos amarnos, como hombres que somos, mientras este amor aparente no nos conduzca a odiar al prójimo. Debemos amar la familia mientras este amor no nos conduzca a odiar la comunidad hermana en que vivimos, y debemos amar la patria mientras no odiemos a la humanidad.

Que para el círculo de nuestro amor no haya fronteras, que sea nuestro amor infinito como el cielo; que nada ni nadie sea desterrado de él.

Y si hubiera otra alma más alta y más profunda, que en su seno misterioso abrazase el alma de la humanidad misma, el acto supremo sería sacrificar lo que de humano hay en nosotros a la realidad mejor.

Pero esa alma más alta y más profunda existe. Es el alma de la humanidad futura.

Publicado en "Rojo y Azul", 14-15 de mayo de 1908.

viernes, 20 de noviembre de 2009

MAGDALENA de Rafael Barrett

Hace diez o doce años, ninguna canción había tan popular como la Magdalena. Nació en los arrabales de la Asunción y se propagó rápidamente. Es una querella amorosa:

¡Ay! Magdalena
Anibe che quebrantá

Ese ¡ay!, pequeño grito interrogativo, se resuelve en una cadencia burlona que recuerda el viejísimo

¡Ay, ay, ay, don José!
¡Cuánto madruga usté!

de los chiquillos castellanos.

En todas las musiqueadas se hacía gran gasto de Magdalenas. El gracioso estribillo saltaba de boca en boca y una brisa ligera acariciaba el triste jardín de las almas indígenas. Una noche al salir de una fiesta en que habían repetido cien veces la copla famosa, encontraron los músicos en mitad del camino a una mujer alta, vestida de luto con el manto pegado al rostro. -¿Qué me queréis, les preguntó, que tanto me llamáis? Dejadme tranquila.

Y desapareció de repente.

Otra noche, al pasar por el barranco de la calle Piribebü, peligroso entonces a causa del enmascarado que se ocultaba allí para lanzarse sobre los transeúntes y coserles a puñaladas, unos guitarristas magdaleneros se vieron detenidos por la misma mujer.

-¡Magdalena- ¡Che co! ¡Che co! ¿Mbae pa pei côtêbê chehere? (¡Yo soy! ¿Qué necesitás de mí?)

Los pobres hombres, espantados retrocedieron. Alguno de ellos, armado y más audaz, quiso hacer frente al fantasma, que se desvaneció enseguida.

Empezaron a circular temerosos rumores, pero ¡era la canción tan bonita! Siguieron cantándola y bailándola.

Poco tiempo después, cuando un grupo de alegres jóvenes regresaba de una diversión campestre, se les apareció al resplandor de la luna, cerrándoles el paso, uno de esos féretros que aquí se llaman tumbas, sencillas tablas donde yacen los difuntos, cubiertos por un paño. El viento movía el paño; la soledad y abandono eran mortales. Los jóvenes, que llevaban muchas Magdalenas sobre la conciencia, tomaron por otro sendero. Apenas caminaron media hora, distinguieron ante sí la tumba nuevamente, y aquella noche no durmieron en su casa.

Por fin, volviendo varios músicos de los festejos tradicionales de Caacupé, mostrose a ellos una rozagante muchacha.

-Tocadmela Magdalena, que tanto me gusta, les dijo.

-Estamos cansados de tocarla todo el día.

-¡No me lo neguéis, os lo ruego!

Sus labios tentadores suplicaban con tal malicia, que los mozos consintieron.

Ella comenzó a bailar. Su falda palpitaba voluptuosamente, y en el giro veloz de la danza cayó al suelo un volante. No hizo caso; bailó más de prisa y sus movimientos frenéticos desgarraban sus ropas. El delirio pareció apoderarse de ella. Sus gestos convulsivos la fueron desnudando y pronto quedó ante la vista de los músicos atónitos una horrible osamenta.

Esto era demasiado. Las visiones se multiplicaban. Los sacerdotes, desde el púlpito, prohibieron en la capital y fuera de ella la ya siniestra canción. Pocos son los que hoy se atreven a murmurarla. ¿A qué turbar el reposo de la pecadora redimida? Respetemos su remordimiento que duerme. Y atendamos a las advertencias enviadas desde el lugar misterioso que a todos nos espera.

Así se extinguió la juguetona Magdalena en el errante y melancólico musiqueo paraguayo.

domingo, 15 de noviembre de 2009

LAPIDA de Rafael Barrett

Envidiemos la gloriosa apoteosis de Ferrer, asesinado en los fosos de Montjuich, la última Bastilla de los latinos.

Arrastrado a los fosos como por una banda de chacales, devorado en la sombra y el silencio, a espaldas de Europa.

Fue fulminado, porque era cumbre. No le podían perdonar. Los inquisidores perdonan el crimen, no la idea. Cayó, porque causaba miedo, porque era una de las imágenes vivas del futuro, un anuncio de muerte para los que le hicieron morir. Pero, ¿qué es la desaparición de Ferrer? Un simulacro. Lo grave no es que haya muerto, sino que haya vivido, que después de él perduren y crezcan formidables las energías de que se formó. Ferrer, desposado con la bella muerte que le disteis, engendrará los héroes de mañana. ¿Qué habéis conseguido? Hacerle inmortal a balazos, convertir el inofensivo profesor en un irritado ángel que visitará vuestras noches.

¿Por qué no atendisteis al rey extranjero que os pidió prudencia en voz baja, por vosotros y por él? Es que sois todos solidarios, despojos flotantes de la historia, majestuosos fantoches, temblando con el cetro en la mano; fariseos que no queréis dejar escapar de vuestras uñas el botín de un Dios difunto; militares que os honráis poniendo la matanza al servicio de la avaricia financiera; burgueses momificados dentro de vuestros alveolos de oro frío; mundo que subsistes, porque los nueve décimos de la humanidad son todavía un rebaño de resignados mendigos. ¡Asesináis, oh, moribundos armados hasta los dientes! Asesináis; creéis, decrépitos, que los baños de sangre os devolverán la juventud. Inútil. Comprendemos el mecanismo de vuestra agonía. Hemos hecho algo mejor que venceros: os hemos explicado. La vida misteriosa se refugia en la carne que sufre. Asesinaréis mil Ferrer... ¿Y qué? ¿Detendréis el Tiempo?

miércoles, 4 de noviembre de 2009

LOS PRESTIGIOS DE LA GUERRA de Rafael Barrett

No pasa día sin que en alguna parte de la tierra retumbe el cañón. Y por cada libra de pólvora que se quema existen innumerables toneladas que sólo esperan una orden, un signo, un roce ligero para estallar. La montaña de combustibles aguarda una chispa. Miles de millones de pesos se invierten anualmente en conservar y renovar los instrumentos de matanza, y millones de soldados están listos a morir y a hacer morir en cuanto así se disponga. Por muy optimistas que seamos, confesemos que a pesar de los arbitrajes, de las conferencias y de las campañas de todo origen a favor de la paz, la guerra sigue sólidamente instalada en este mundo. Los estados menos belicosos se arruinan en armamentos y en efectivos, prueba de que entre la gente del alto negocio nadie confía en que disminuya la ferocidad de nuestra especie. La guerra continúa siendo amenaza para unos y comercio lucrativo para otros. Y la hipertrofia de los ejércitos acrecienta el riesgo. No se acumulan en vano enormes energías; locura es pretender que se mantenga indefinidamente inmóvil un órgano que se robustece sin cesar. Vencido de su propio peso, el alud se desplomará por fin, tanto más destructor cuando más tardío. Pasaremos del simulacro de las maniobras, a la realidad, y esa comedia de gran aparato que es la luz armada, concluirá en tragedia, porque nuestras armas no son de cartón y, tarde o temprano, la verdad se apodera del hombre.

¿Será mentira nuestro mejoramiento moral? ¿Quién negará que la guerra agresiva es un crimen, está muy puesto en la regla; pero ¿cómo es que encuentran tantos auxiliares desinteresados? Además, se dice que la guerra ha perdido su esplendor caballeresco. No concebimos hoy a Bayardo. Ya protestaba don Quijote contra la endemoniada artillería, «con la cual se dio causa a que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero», y añade: «estoy por decir que en el alma me pesaba de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es ésta en que vivimos...». Olavo Bilac, en uno de sus deliciosos artículos, exclama: «La espada antigua noble, que fulguraba en las manos de Alejandro, es hoy una reliquia de museo... El arma moderna es un revólver cobarde, que fulmina de lejos, como un rayo de la Fuerza irresponsable y anónima», y deduce: «¡Tanto mejor! ¡La guerra morirá, porque dejó de ser bella y gloriosa!».

Creo que la espada recién inventada no fue bella. Habrá parecido un pincho raro. Es el tiempo el que, al consumirlas, embellece las cosas, y por eso, cuando comienzan a ser bellas suelen comenzar a ser inútiles. La guerra ha dejado de ser bella, lo que demuestra que prosigue viviendo. Acaso nuestras herramientas actuales sean la poesía de mañana, si no las reemplazamos demasiado pronto. La guerra vive, la guerra es fuerte porque ha sacrificado la vieja poesía, porque se ha incorporado a un siglo, porque ha progresado tal vez más de prisa que el resto de la civilización. La guerra triunfa todavía de la evolución moral porque se ha hecho científica, porque se ha convertido en un vasto trabajo inteligente. Ha organizado un tejido de oficios y de carreras. Ocupa casi todo un hueco de incontables cerebros, donde no hay ya lugar para ideas de altruismo abstracto, ni para ferocidades gratuitas. El artillero empleado en apuntar su cañón contra el obstáculo casi invisible no tiene nada de feroz. Es congénere del astrónomo que apunta su telescopio. No es un bestia sediento de sangre, ni un patriota abnegado, ni un apóstol de ningún credo. Es sencillamente un técnico. El tecnicismo es el alma de nuestra época. ¡Qué queréis! De tanto hacer máquinas, nos vamos haciendo máquinas, máquinas de pensar, máquinas de curar, máquinas de matar... Es lo mismo...

No es completamente lo mismo. Hace pocas noches, cruzaron cerca de la estancia donde resido, las fuerzas revolucionarias paraguayas, que habían levantado el sitio de Laureles. Un grupo de jinetes se detuvo frente a mi puerta. Era el caudillo José Gil con su estado mayor. Al ver salir de la sombra, anunciados por los destellos de los sables, aquellos rostros resueltos y fatigados, que una bala destrozaría quizá un momento después, comprendí el prestigio del peligro; que es la sal de la vida. Se trataba, es cierto, de una guerra muy chica, pero como ya ha replicado alguien, en las guerras chicas se hace lo que en las grandes: se muere. No hay vida intensa si no es junto a la muerte. Sentimos que únicamente a través de la muerte somos eficaces. Aun a medias transformados en máquinas, anhelamos ser máquinas heroicas. Y eso es el crimen de la guerra contemporánea: un tecnicismo heroico. No se suprime sino lo que se sustituye, y como la humanidad no puede renunciar al heroísmo sin traicionar su destino sublime, necesario es uscar otros tecnicismos heroicos que absorban el de la guerra. La esperanza, en estos instantes, luce del lado de los admirables sports de los Shackleton y de los Blériot. Luce también del lado del antimilitarismo activo, porque, sin duda, el soldado que se niega a la agresión internacional es más audaz que el esclavo de la disciplina. Y además es menos máquina...

Publicado en "La Razón", Montevideo, 27 de octubre de 1909.

miércoles, 28 de octubre de 2009

LOS NIÑOS TRISTES de Rafael Barrett

Era en la plaza de un pueblo -cualquier pueblo de la campaña-. El día era hermoso; un sol radiante, una ligera brisa que refrescaba la piel acariciándola. Dieron las once y se abrieron las puertas de la escuela y salieron los niños. Los había de diversas edades: algunos hacía poco que sabían andar, otros parecían hombrecitos. Eran muchos. Iban en pequeños grupos; la mayor parte por parejas; unos pocos descarriados. Habían pasado tres horas sentados, inmóviles, mortificándose con las estupideces severas de los libros de texto. Salían silenciosos, cabizbajos. No corrían, no saltaban, no jugaban, no hacían ninguna diablura. El césped suave, amplio, no les sugería ninguna cabriola, ninguna carrera feliz de animales jóvenes. La campana de la iglesia dejaba colgar la cuerda hasta el suelo. Ninguno tocó la campana. Estaban serios. Estaban tristes.

Tristes... Y tristes todos los días. Desde aquella mañana me he fijado en los niños paraguayos, niños graves que no ríen ni lloran. ¿Habéis visto llorar a los niños dichosos? Llanto bullicioso, trompeteo potente, llanto a medias fingido, deliciosamente despótico, que adivina los exagerados mimos de la madre y los exige y sabe que triunfa y es mitad llanto y mitad carcajada, grito de salud que regocija. Me consolaría oír ese llanto en los campos, en vez de fúnebre silencio.

Aquí los niños no lloran: gimen o se lamentan. No ríen, sonríen. ¡Y con qué sabia expresión! La amargura de la vida ha pasado ya por esos rostros que no han empezado a vivir. Estos niños han nacido viejos. Han heredado el desdén y el escepticismo resignado de tantas generaciones defraudadas y oprimidas. Comienzan la existencia con el gesto fatigado de los que inútilmente la concluyen.

Podemos medir el abatimiento de la masa campesina, la carga inmemorial de lágrimas y de sangre que en su alma pesa, por este hecho formidable: los niños están tristes. La presión de la desdicha nacional ha destrozado el misterioso mecanismo que renueva los seres, ha mancillado y falseado el amor. Los espectros del desastre de la guerra, y del desastre de la paz, la tiranía, han seguido a los amantes solitarios, y les han empañado los besos con su lúgubre sombra. Se han poseído los esposos en la desconfianza y en la ruina; no han temblado solamente de pasión. La voluptuosidad ha quedado impregnada de un recelo indestructible y aciago; la antorcha del inmortal deseo conserva reflejos de hoguera funeraria y por instantes parece símbolo de destrucción y de muerte. La obra parricida de los que esclavizaron el país ha herido la carne de la patria en lo más íntimo, vital y sagrado: en el sexo. Ha atentado a las madres, ha condenado a los hijos que aún no nacieron. ¡Cómo extrañarnos de que los niños, la flor de la raza, no abran sus pétalos a la luz y a la alegría! El árbol está desgarrado en sus mismas raíces.

¡Pobres niños inertes! Causa pena mirar sus cándidos, donde no hay curiosidad. No les importa el mundo. Taciturnos y pasivos como sus padres, dejan pasar las cosas que suelen ser crueles. ¿Para qué interesarse por nada? Poseen de antemano la melancólica sabiduría. Corren por sus venas inocentes algunas gotas de ese acre jugo que extraemos, a la larga, por toda filosofía, de la realidad injusta. Nada han probado aún y se diría que nada esperan ya.

Un recuerdo me asalta, cada vez que pienso en los niños del pueblo. Poco antes de llegar a la aldea donde veraneo, un tren, hace quizá un año, atropelló a un niño. Las ruedas rompieron las débiles piernas y le arrancaron la cabeza del tronco. Los empleados recogieron el cadáver y lo dejaron en la plataforma de la estación. La víctima se había echado a dormir sobre los rieles, y no había oído el tren. Había tenido sueño, y tan profundo fue, tan semejante al de la muerte, que con la muerte misma se confundió. ¿O es que tal vez, al escuchar la muerte que venía, se sintió demasiado cansado, demasiado triste para despertarse?

Creo ver todavía, sobre la arena caliente, el cuerpecito yerto y la lívida patita quebrada que de rodilla abajo aparecía desnuda, y los humildes pies descalzos, que no caminarían más, que pronto dormirían bajo la tierra hermana. Y al lado, la cabecita sangrienta, metida en un sombrero viejísimo, sin forma, por cuyos agujeros asomaban dos o tres bucles morenos, vivos y brillantes aún. Una mujer piadosa -la eterna Verónica- cubrió aquella miseria con un lienzo blanco y puro como la nieve. Habían avisado al jefe político y bajo sus órdenes cargaron los marchitos restos en un carro cualquiera. Un peón llevó la cabeza del niño en el raído sombrero. Entonces noté con espanto que al jefe le hacía gracia.

¡Oh innumerables niños tristes! Consagrémonos a hacer brotar la santa, la loca risa en sus labios rojos y nos salvaremos. Perdamos nosotros toda esperanza, con tal de que en los niños resplandezca. Evitemos que algunos se sientan en tal extremo rendidos a la pesadumbre de la fatalidad, que se duerman abandonados en medio del camino de la muerte y no la oigan venir.

Publicado en "Rojo y Azul", 10 de noviembre de 1907.

sábado, 24 de octubre de 2009

LOS NIÑOS de Rafael Barrett

De tres a seis años. Los bucles de oro, embriagados y henchidos de la savia primera, ruedan sobre las mejillas olorosas; los ojos, bañados de húmedo amanecer, entreabren su curiosidad amante; las bocas inmaculadas ensayan la sonrisa y el beso; el alma en capullo no sabe aún la crueldad ajena ni la propia; la carne resplandece de una sagrada claridad. Adoremos la casta flor humana; purifiquemos nuestras manos en las cabelleras de los niños, acerquémonos a la inocencia perdida.

Pero, ¿somos capaces y dignos de ello? ¿Cómo acariciarles? ¿Qué decirles? Son seres de otro mundo. Son ingenuos; nosotros, falsos. Son limpios y hermosos; nosotros somos culpables, y estamos manchados, marchitos y viejos. ¿Cómo atrevernos a hundir nuestra mirada turbia en esas pupilas transparentes? ¿Impondremos a nuestras arrugas hipócritas la horrible mueca del candor? Necesitamos mentir nuevamente para hablar a los niños, y ellos lo ven y nos huyen. Nos han desterrado de sus juegos, de sus carreras aladas, de sus gorjeos celestiales. Justo castigo el nuestro: no podemos comunicarnos con la pureza de nuestros hijos.

No acusemos a la vida. La vida moral es obra nuestra. Nosotros también fuimos ángeles. Nos convirtieron en demonios; nos corrompieron lo mismo que corrompemos a los niños de ahora. Éramos luz, y nos emparedaron. Éramos movimiento y nos amarraron los miembros con vestimentas estúpidas, y clavaron nuestros cuerpos en el potro de la mesa de estudio, y doblaron nuestros frágiles cuellos sobre el deber inepto y asesino. Pronto conocimos la cárcel y el trabajo forzado. Éramos belleza, y nos rodearon de cosas repulsivas y sucias. Éramos inteligencia, y nos la ahogaron en la tinta de interminables letras sin sentido. Nos obligaron a aborrecer el libro y a despreciar al maestro. Nos separaron para siempre de la naturaleza; nos envenenaron para siempre la libre alegría de los cielos, del mar y de los bosques. Una vez desprendidos de los jóvenes brazos de nuestras madres, sólo encontramos la amenaza, jamás el amor, nosotros, que éramos amor. En nosotros entró el miedo, después la vanidad, más tarde la única, absorbente, degradante pasión del oro. Hicieron lo que somos, incomparables estupradores de la razón y del sentimiento que nacen, corruptores de niños, cegadores de fuentes.

Cuando preguntaron a Carrière cómo debería el proletariado contribuir a la paz internacional, contestó:

«¡No golpeéis, no injuriéis a vuestros hijos! Hace siglos que los hombres se devuelven los golpes que recibieron cuando niños...».

Salvémonos, salvemos la humanidad. Volvamos a los niños, y volvamos llenos de respeto y de fe. Así el recuerdo de la niñez propia, recuerdo que canta y que se queja en el fondo de nuestra conciencia, nos será menos triste; así conseguiremos prolongar la divina cosecha de bucles de oro, bocas inmaculadas, de ojos de aurora y de carne en flor que cada primavera nos trae el destino; así lucharemos contra el mal, y evitaremos que en un día quizá próximo nuestros hijos nazcan manchados, marchitos y viejos como nosotros.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 6 de octubre de 1906.

jueves, 22 de octubre de 2009

LOS MEDICOS de Rafael Barrett

¿De qué viven los médicos? De los enfermos. El hecho es conocido, pero no solemos sacar sus evidentes consecuencias. Lejos de recompensar a los médicos por la cantidad de salud que gracias a ellos, o a pesar de ellos, pueda haber en el mundo, se les recompensa en razón de la cantidad de enfermedad que revisan. Sumad los dolores, las angustias y las agonías de la carne humana en los países civilizados a lo occidental, y previa una simple proporción, deduciréis lo que se abona a los médicos. El interés de todo médico es que haya enfermos, cuantos más mejor, como el interés de todo abogado es que haya gentes de mala fe y de mal humor, enredadores, tercos y tramposos. La lealtad de los corazones y el sentimiento de lo justo acabarían con los pleitos. También la higiene privada es para los médicos una epidemia.

Si constituyesen un gremio de moralidad media; si fueran hombres parecidos a los demás, correríamos grave riesgo. Cada cual provoca en el ambiente que le envuelve las transformaciones favorables a su existencia: el comerciante acapara, el periodista inventa, el político intriga, el banquero hace correr noticias, falsas o no, que ayuden a sus planes. Al médico le conviene que haya enfermos: es extraordinario que no procure producirlos. La medicina, incapaz de curar, no lo es de enfermar. Nada más sencillo que descomponer un aparato, por mucho que ignoremos su mecanismo. Pues bien, mientras los bolsistas urden la miseria y la desesperación de familias inocentes, y los empresarios industriales restablecen sobre la tierra una esclavitud peor que la otra, los médicos, según todas las probabilidades, renuncian al semihomicidio lucrativo. Si empeoran el estado de sus clientes es -fenómeno curioso- de un modo involuntario.

Les somos, a priori, grandemente deudores de que, en general, se abstengan de intervenir demasiado en sus asuntos. Les hemos de estar muy agradecidos de que se mantengan en su papel de espectadores a veces poco afortunados. ¿Y quién tiene la culpa de nuestra situación desairada? Nosotros mismos. ¿En virtud de qué razonamiento de topos hemos resuelto pagarles por visita? Ningún técnico es empleado a jornal; se le ajusta el precio de una obra concluida satisfactoriamente, y ¡ay del ingeniero a quien se le cae el viaducto, o del contador a quien no le salen las cuentas! Era de sentido común convenir los honorarios en el caso único de la curación. Un campesino muy avaro tenía a su mujer en cama desde hacía dos meses, y acosado por los vecinos, se decidió a llamar al doctor:

-Que me la cure o que me la mate, le he de pagar peso sobre peso. La vieja falleció, y a poco, apareció el galeno a saldar su cuenta.

-¿La mató usted? -preguntó el aldeano.

-¡Qué locura! Dios dispuso de lo que era suyo.

-¿La curó usted?

-Desgraciadamente, no.

-Pues, entonces, no le debo nada.

Una medida de pública defensa sería publicar al lado de cada defunción acaecida en el día, el nombre del médico. Se cuenta que uno de los judíos más ricos del mercado francés comenzó a poner en práctica esta idea, utilizando la cuarta plana de un pequeño diario que arrendó no se sabe dónde, cuando no poseía un centavo aún. Chantaje tan ingenuo fue la base de su fortuna. La verdad es que se abre sumario ante una desgracia por imprudencia, ante un accidente complicado en esas muertes que con deliciosa ironía denominamos naturales. El problema es el salvoconducto del asesinado.

La objeción esencial al «control» consiste en que la ciencia es impotente para establecerlo. Ninguna persona medianamente ilustrada o que haya visto de cerca trabajar a los médicos, se hará ilusiones sobre los vagos recursos del azaroso arte de sanar. Un resfrío, media docena de granos, una jaqueca, he aquí problemas terribles. Oímos, sin extrañarnos, que a los mejores facultativos se les mueren seguidos los enfermos, y que principiantes salvan a moribundos desahuciados por eminencias. No pasa mes sin que se renueven las teorías en curso. Los sistemas menos razonables encuentran éxito. Ignorantes iluminados enarbolan procedimientos estrafalarios, reúnen millares de dolientes y hasta los curan. Lo más conveniente para los enfermos que quieran gastar una cierta suma en la experiencia, es recorrer los consultorios, apuntar lo ocurrido en cada uno y comparar las anotaciones. ¿Quién, ante el estado rudimentario de la fisiología y de la terapéutica, tiene derecho de acusar a un médico por torpe o criminal?

¿Será prudente adquirir en unas cuantas semanas las escasas nociones reconocidamente útiles que arroja la medicina moderna, y no acudir jamás a los médicos? Esto sería quizá lógico, pero, indudablemente, poco humano. Necesitamos la fe. Siempre, el que viene a tocar las llagas es el santo milagroso. Siempre se escuchan las palabras de consuelo. Si el médico no fuera sino un sabio, estaría perdido. Es un mago, un sacerdote. Trae los sacramentos en las botellas y frascos donde los boticarios sin conciencia vierten sus innumerables porquerías. El médico es el enviado de la providencia. Su función es sobre todo religiosa.

La medicina, en su acción social, tan diferente de la quirúrgica, se aparta de la ciencia y seguirá apartándose mucho tiempo. Durante mucho tiempo, los discípulos de Pasteur, que no era médico, lucharán en la soledad del laboratorio, antes que desaparezcan los actuales curanderos perfeccionados y sugestionadores a la moda. Y aquellos fanáticos de la certidumbre que se acercan a los lechos de los hospitales, no llevan la piedad en la boca y la indecisión en el alma, sino la fiera curiosidad en los ojos y la muerte en las manos. Van a violar el enigma, a sacrificar a sabiendas un cuerpo dolorido, para ensayar la nueva hipótesis, la nueva sustancia. Delincuentes sublimes, roban la vida presente, como el amor, para cimentar la vida futura.

domingo, 18 de octubre de 2009

LOS JUECES de Rafael Barrett

Cuando se piensa algún tiempo en los jueces, nace por contraste la idea de la justicia.

La sociedad, en todas sus formas estables, se compone de una minoría armada, dominado a una mayoría desarmada. Goza la minoría, ya del hacer, ya del oro, ya de la confianza de los dioses. La mayoría se sostiene gracias a un extraño e implacable furor de vivir: los sufrimientos hacen que el hombre ame la vida, y que la mujer sea fecunda. Las relaciones entre la minoría y la mayoría son asesoradas por los jueces, que pueden considerarse tenedores de libros de la casa. Esos últimos empleados se enteran de los asuntos pendientes, y reciben de la minoría las instrucciones y la autoridad necesarias para revelarlos. El pacto celebrado entre la minoría y los jueces es la ley.

Notemos que el pacto es forzoso, pues no se concibe jueces sin gendarme, cárcel y el verdugo, que son la fuerza, y la fuerza pertenece a la minoría.

Por definición, la ley se establece para conservar y robustecer las posiciones de la minoría dominante; así, en los tiempos presentes, en que el arma de la minoría es el dinero, el objeto principal de las leyes consiste en mantener inalterables la riqueza del rico y la pobreza del pobre. Llega el instante de que la idea de justicia nazca porque la ley, que favorece al poderoso, habría de parecer justa al poderoso, y al humilde, injusta. Sin embargo, nace la idea en sentido contrario: el poderoso encuentra la ley todavía estrecha a su deseo, ya que él mismo la dictó y es capaz de hacer otras nuevas, y el humilde se conformaría con que la ley se cumpliera como se dice y no como se hace.

Hay algo peor que la ley: es la incertidumbre. El terror del infierno se debe no a que las torturas sean excesivas, ni a que sean eternas, sino a que no se sabe lo que son. El que delinque y sabe que será ahorcado, descansa en una realidad espantosa, pero firme. Si ignora qué género de suplicio le espera, su angustia sería intolerable.

Los jueces prevarican algunas veces, y muchas, se equivocan. De aquí procede su prestigio. Un juez infalible no amenaza más que a los culpables; un juez que yerra, amenaza a culpables e inocentes. Él es el juez verdaderamente augusto; nada escapa a sus ojos; nadie está seguro con él. Y la idea de justicia, en la mente de los humildes, nace menos verosímil aún que el país de utopía, que la edad dorada; es un ventanillo abierto en lo alto de la prisión, sobre el infinito azul del cielo; es lo irrealizable, lo que florece más allá de la tumba. Sólo Dios es justo: para salir por el ventanillo, hacen falta las alas de la muerte.

Y únicamente en las épocas felices, cuando durante largos años son los jueces incorruptibles, esclavos de lo escrito, es cuando los hombres empiezan a descubrir la formidable injusticia de las leyes.

Publicado en "Germinal", Asunción, 6 de septiembre de 1908.

viernes, 16 de octubre de 2009

LO VIEJO Y LO NUEVO de Rafael Barrett

No todos los argumentos de los que defienden el pasado merecen nuestra estima. Hay quien venera lo viejo porque de lo viejo vive, a semejanza de esos gusanos que roen madera descompuesta y papel de archivo. Cuanto más antigua es una ley, una costumbre, una teoría o un dogma, se los respeta más. Habiéndolos contemplado en la lontananza de los siglos que fueron, se los vislumbra en la de los futuros como una provisión inagotable que podrán roer las generaciones conservadoras.

Y, sin embargo, ¡qué pobre argumento el de la ancianidad de las ideas! Es difícil no sonreír cuando se abre un código y se lee al pie de la página la sesuda nota en que el comentarista fundamenta un artículo. «Este artículo es casi sagrado, murmura el infeliz, nos viene de las Partidas, de los Romanos». ¡Ah, los Romanos sobre todo! Pero la humanidad cambia, inventa, sueña y por lo común cuanto más vieja es una cosa, más inútil es. Lo viejo es un resto de lo bárbaro. Es un vestigio del mal, porque el mal es lo que dejamos a nuestras espaldas. Cierto que las leyes que nos encadenan son romanas aún, lo que me parece escandaloso después de dos mil años; felizmente nuestra física y nuestra biología no son las de Roma, son las nuestras.

Muchas inmemoriales construcciones deben su duración a su divorcio mismo con lo real. No son ni siquiera obstáculos. Las corrientes de la vida se han acostumbrado a rodearlas para pasar adelante, y pasan en graciosa curva sin tocarlas ya. No es obediencia, es olvido. ¿Quién hoy, por muy Papa y muy obispo que sea, ha dedicado media hora a meditar seriamente en el problema de la Santísima Trinidad? Y no obstante a causa de él se han dado en otro tiempo de puñaladas por las calles. ¡Oh, armatostes apolillados, erguidos en medio de la distracción universal! Un buen día el pensador os ve, se ríe y os derriba de un soplo. Bastó un irritado sacudir de hombros para que el pueblo francés volcara el trono más glorioso de Europa. Mañana bastará un gesto para barrer del mundo las sobras romanas. La inmutabilidad no es signo de fuerza, sino de muerte. Hay entre nosotros ídolos enormes que no son sino cadáveres de pie, momias que una mirada reduce a polvo.

Otros adversarios, delicados amantes de las ruinas, nos dicen: «¡Qué ingratos sois con los muertos! Sois hijos y herederos de los muertos; cuanto tenéis era suyo. Vuestro pensamiento y vuestro idioma, vuestras riquezas y vuestros amores, todo os lo legó el pasado. Y volvéis contra el Pasado, de que está hecha vuestra sangre y hecho vuestro espíritu, las armas que habéis recogido de las tumbas. Os suicidáis cortando vuestras Propias raíces».

Pues bien, ¡no! No somos solamente hijos del pasado. No somos una consecuencia, un residuo de ayer. Antes que efecto somos causa, y me rebelo contra ese mezquino determinismo que obliga al Universo a repetirse eternamente, idéntico bajo sus máscaras sucesivas. No; el pasado se enterró para siempre en nosotros mismos. Decid que es quizá limitada la materia disponible, que fabricamos el ánfora nueva con el viejo barro, que para cuajar mis huesos tomaron las cenizas de mi padre. Decid que la Naturaleza, en su noble afán de hacerla más hermosa, funde y toma a fundir infatigablemente el bronce de la estatua. ¡Pero qué importa la materia! La forma, el alma es lo que importa. Sobre el pasado está el presente. Todo es nuevo; nueva la alegría de los niños, nueva la emoción de los enamorados, nuevo el sol de cada aurora, nueva la noche a cada ocaso, y al morir nuestra angustia no será la de nuestros antepasados, sino un nuevo drama a las orillas de un nuevo abismo. No digáis que el hijo reproduce al padre. No pronunciéis esta frase cruel y necia: «Nos heredamos, nos reproducimos, somo los de antes». Blasfemia profunda, que hace de la humanidad espectros y no hombres. No somos el pasado, sino el presente, creador divino de lo que no existió nunca. No somos el recuerdo; somos la esperanza.

Publicado en "El Diario", Asunción, 3 de junio de 1908.

lunes, 12 de octubre de 2009

LO QUE HE VISTO de Rafael Barrett

En un año de campaña paraguaya, he visto muchas cosas tristes...

He visto la tierra, con su fertilidad incoercible y salvaje, sofocar al hombre, que arroja una semilla y obtiene cien plantas diferentes y no sabe cuál es la suya. He visto los viejos caminos que abrió la tiranía devorados por la vegetación, desleídos por las inundaciones, borrados por el abandono. Cada paraguayo, libre dentro de una hoja de papel constitucional, es hoy un miserable prisionero de un palmo de tierra. No tiene por dónde sacar las cosechas, que tal vez en un esfuerzo desesperado, arrancaría al suelo y se contenta con unos cuantos liños de mandioca, roídos de yuyos. Más allá, bajo el naranjal escuálido que dejaron los jesuitas, se alza el ranchito de lodo y de caña, agujero donde se agoniza en la sombra. Entrad: no encontraréis un vaso, ni una silla. Os sentaréis en un pedazo de madera, beberéis agua fangosa en una calabaza, comeréis maíz cocido en una olla sucia, dormiréis sobre correas atadas a cuatro palos. Y pensad que se trata de la burguesía rural.

He visto que no se trabaja, que no se puede trabajar, porque los cuerpos están enfermos, porque las almas están muertas. He visto que los peones «robustos» no pasan dos semanas sin algún día de diarrea o de fiebre. ¡Pobre carne, herida hasta en el sexo, pobre carne morena y marchita, desarmada de toda higiene, sin más ayuda exterior que el veneno del curandero, el rebenque del jefe político, el sable que les arrea al cuartel gubernista o revolucionario! ¡Pobres almas con el «chucho» del pánico, para las cuales en la noche brilla siempre el caudillo de los vivos, o palidece el fantasma de los difuntos!

He visto las mujeres, las eternas viudas, las que aún guardan en sus entrañas maternales un resto de energía, caminar con sus niños a cuestas. He visto los humildes pies de las madres, pies agrietados y negros y tan heroicos buscar el sustento a lo largo de las sendas del cansancio y de la angustia y he visto que esos santos pies eran lo único que en el Paraguay existía realmente. ¡Y he visto los niños, los niños que mueren por millares bajo el clima más sano del mundo, los niños esqueletos, de vientre monstruoso, los niños arrugados, que no ríen ni lloran, las larvas del silencio!

Y me han mirado los hombres, y las mujeres y los niños y sus ojos humanos, donde había el hueco de una esperanza, me han dicho que debemos devolverles la esperanza, porque este es el país más desdichado de la tierra. No castiguemos, no acusemos; si no hay en nuestros hermanos solidaridad, si no aciertan a respetar a sus compañeras ni a querer a sus hijos, si para evadirse de su oscuro dolor llaman a las puertas de la lujuria, del alcohol o del juego, no nos indignemos. No debemos juzgar su mal, debemos curarlo. ¡Y cuánta fraternal paciencia, cuánta dulzura tiene que haber en nuestras manos consoladoras, para curar, por todo el territorio, las raíces enfermas de la raza!

Y he visto en la capital la cosa más triste. No he hallado médicos del alma y del cuerpo de la nación; he visto políticos y negociantes. He visto manipuladores de emisiones y de empréstitos, boticarios que se preparan a vender al moribundo las últimas inyecciones de morfina...

Publicado en "El Nacional", 21 de febrero de 1910.

jueves, 8 de octubre de 2009

LAS MAQUINAS DE MATAR de Rafael Barrett

Han fondeado algunas en la rada. Son colosales y maravillosas. Hay que contemplar los cañones, los reyes de la muerte, y pensar en el mundo complicado y poderoso que los engendra. Para conseguir transportarlos sobre las aguas, hubo que resolver los más arduos problemas de la navegación, y la carabela que llegó al Nuevo Mundo es un juguete ridículo al lado del crucero. Los tubos formidables por donde se envía la catástrofe al horizonte son un resumen de todas las ciencias, desde la geometría a la termodinámica; de todas las industrias, desde la metalurgia a la óptica de taller. Rígidos, relucientes, acariciados y cuidados como telescopios, han exigido más todavía: ha sido necesario fabricar una multitud de mecanismos humanos que engranaran con ellos, y que funcionaran automáticamente en medio de los horrores de la batalla; ha sido preciso inventar una nueva clase de heroísmo. Y aun no basta; hacen falta otros cañones, más grandes, más exactos, más implacables, y los sabios buscan en el secreto de los laboratorios; los ingenieros ensayan sin descanso; miles de trabajadores forjan las armas que los destruirán mañana. La sociedad no se considera bastante hábil en el arte de matar, y se diría que le urge reunir todos los medios para poder suicidarse de un golpe.

El cañón moderno es el resultado de los esfuerzos de largas centurias; los proyectiles que lanza surcan el espacio con una majestad casi astronómica. La bala es el bólido: la guerra, una sucesión de cataclismos. ¡Qué modesta el hacha de pedernal de nuestros antepasados! Había que servirse de ella varias veces para rajar el cráneo espeso del enemigo hermano. Del hacha al cañón: he aquí lo que muchos llaman el progreso. Pero, ¿por qué nos asesinamos los unos a los otros? ¿No es tiempo de arreglar las cuestiones de distinta manera?

Signo funesto: Inglaterra, que ha preparado las libertades políticas de la raza blanca, la nación que mejor conoce la vida por lo mucho que ha viajado, luchado, y sacado partido de la realidad; Inglaterra, que tan dispuesta se mostró recientemente al desarme, sigue construyendo buques, y acaba de aprobar el proyecto del "Neptuno", acorazado de 20.000 toneladas, ¡un prodigio!

Y esos millones de libras esterlinas arrojadas a las olas no son aún más que la paz, el "miedo armado".

Una de dos: o Inglaterra está decidida, en caso de conflicto, a no dejarse guiar por la razón, sino por las ventajas impunes de su enorme poder material, o supone probable un injustificado ataque de los demás países, si en él ven suficientes probabilidades de éxito. Y lo que decimos de Inglaterra es aplicable a Francia, a Alemania, a Norte América, a Italia, al orbe civilizado, sujeto a la fiebre de los armamentos indefinidos. Este crimen sin nombre: una agresión caprichosa, una guerra provocada fríamente, es un fenómeno que el mundo entero juzga próximo y natural. Recordad el pretexto para la campaña del 70: los candidatos al trono español. Hace pocas semanas Europa se estremecía de angustia; las hostilidades estuvieron a punto de romperse, por los enredos de un escribiente de consulado en Casablanca. Y hoy mismo nos comunica el telégrafo que el principal obstáculo a la tranquilidad de los Balcanes es la antipatía que se tienen los ministros de Estado de Austria y de Rusia. El hecho es que al principio del siglo XX continuamos expuestos a caer en los abismos de la matanza, empujados por lo arbitrario, lo inicuo o lo imbécil.

El hecho existe, aplastador. En ciertas cosas somos lógicos; si un aparato se descompone, acudimos al técnico; si nos enfermamos, al especialista. Los pueblos se van acostumbrando a la higiene, a la educación razonada. Marchamos hacia la justicia, que es la ciencia del corazón, y hacia la ciencia, que es la justicia de la naturaleza. Solamente cuando se trata de las relaciones de los pueblos entre sí, es decir, de las que mueven los más vastos e incalculables intereses, es cuando no queremos salir de la barbarie.

Conferencias de la paz, masas de labradores y de obreros que piden la paz, comerciantes partidarios de la paz, pensadores y artistas que hacen la propaganda de la paz, todo eso es platónico. Son gérmenes. Todo eso se estrella contra los armamentos insensatos, contra la coraza de hierro que nos abruma. No se objete que el partido de la paz es una mayoría; una mayoría impotente no es tal mayoría. Por eso la humanidad es bárbara, porque en ella la justicia y la fuerza no están juntas. Los fuertes no son justos; los justos no son fuertes. La generosidad carece de brazos; la espada abusa. Y tal será la obra de la civilización: armar a los pacíficos.

Entonces será imposible que un gobierno mande invadir el ajeno territorio. Entonces tendremos la satisfacción de que los extranjeros arriben a nuestras playas en traje común, y no pertrechados hasta los dientes. Los caminos del planeta estarán seguros, y la hospitalidad gozará de la confianza. Mientras tanto, no admiremos demasiado las portentosas maquinas que matan; símbolo de nuestra potencia física, son también un símbolo de nuestra debilidad moral.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 15 de diciembre de 1908.

miércoles, 7 de octubre de 2009

LA VIOLENCIA de Rafael Barrett

Es natural a los jóvenes despreciar la muerte. Despreciar la muerte es despreciar la vida, y la vida de un joven es bagaje ligero. Cuando no hay un pasado sobre nuestros hombros, saltamos alegremente los precipicios. Edad embriagada en que medimos el mundo con nuestros sueños, y nos agitamos en la ilusión de acelerar el ritmo de las cosas y creemos que sólo es bello lo trágico, y sólo fecunda la lluvia de tempestad.

Más tarde nos reconciliamos con lo que dura, y nos reímos de nuestras pequeñas explosiones. Cierto que se encuentran hombres violentos hasta en la vejez; son precisamente los que hasta la vejez han sido inútiles y fastidiosos. Hay muchas maneras de no existir; una de ellas es el desorden. Violencia es desorden. Bonaparte: ejemplo de cómo una energía colosal puede volverse estéril. Los ciclones humanos se parecen a los de la naturaleza. Sus cataclismos son aparentes; sus ruinas, apenas ruinas. Su violencia fútil es impotente contra la primavera, porque deja intactas las raíces de la realidad. Sus iras son vanas; sus armas, de cartón pintado. Un Watt es el destino presente y en perpetua obra; un Bonaparte es el espectáculo; caído el telón, las gentes reanudan sus habituales tareas.

Lo verdadero se enlaza y consolida con lo verdadero, y lo falso con lo falso. La violencia, que es falsedad, nace fácilmente de los prejuicios y de las aberraciones sociales. Así el honor caballeresco exige la violencia. ¿No es absurdo hasta lo grotesco que dos personajes reputados por sus méritos, como ha ocurrido en Buenos Aires, presenten cada uno su vientre al pincho del otro? Este caso aparecerá ridículo en Inglaterra, donde se respeta la salud de los ciudadanos que sirven, y sublime en España, patria del honor caballeresco, y país poco creador y muy alejado de las corrientes modernas. Mas para hallar un pueblo que con burlona serenidad juzgara dignamente nuestras costumbres, sería preciso retroceder veintitrés siglos, y apelar a aquella Atenas por cuyas calles se paseaba el filósofo que, golpeado en la cara, se había contentado con poner debajo de la herida este letrero: «Fulano es el autor».

La violencia está tan incrustada aún en nuestros espíritus, que no nos extraña verla permitida y casi recomendada en el código. Al lado del razonable permiso de defendernos con la fuerza de los ataques de la fuerza, está el salvaje permiso de matar a nuestra esposa. No pudiendo enviar los padrinos a la que nos ha inferido una ofensa casi siempre merecida, prescindimos de formalidades y la asesinamos si queremos. El escarnio público se convertirá en admiración. Muchos maridos aprietan el gatillo del revólver por «quedar bien».

¿Y el enternecimiento de los tribunales cuando se trata de crímenes de pasión? Los celos, la venganza inmediata, la ira, la lujuria, todo lo que destruye nuestra frágil civilización y nos confunde con las bestias feroces, la violencia, en fin, conmueve dulcemente a los señores del jurado. ¡Deben sentirse ellos mismos tan próximos a las bestias! En cambio serán implacables con los delitos complicados, ingeniosos y fríos, donde resplandecen el valor reposado y la inteligencia. Gracias a lo obtuso de las sentencias, aniquilarán organismos todavía aprovechables, y nos expondrán a la constante amenaza de los homicidas románticos.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 21 de diciembre de 1906.

sábado, 3 de octubre de 2009

LA TORRE DE MARFIL de Rafael Barrett

Lástima es que se metan a escribir los que no saben, y mayor lástima que abandonen la pluma los que podrían con fruto manejarla. El inepto, a fuerza de trabajar, se hace menos inepto. A fuerza de caminar, aunque sea a ciegas, algo alcanza. Los tropezones le guían; los fracasos le enseñan, y en todo caso, resta el recurso de no leerle y de negarle la circulación y el aliento. Pero el talento ocioso disminuye, y no hay defensa contra los daños que causa su esterilidad. El necio charlatán nos fastidia; el sabio que calla, nos roba.

Estos avaros de su inteligencia, estos traidores a su fama, se dividen en dos clases. Los unos pretextan que el oficio de las letras es criadero de pobres, y prefieren lucrar en un rincón. Con tal de cenar, renunciarían a concluir el Quijote. Los otros, enredados en su pureza, dicen que se preparan, que aún es tiempo, y que de no producir cosas notables, mejor es no producir cosa alguna.

La defección de los primeros no es tan calamitosa como la de los segundos. Debemos desconfiar de los que no estiman bastante su carrera. Entre escribir y ser ricos, eligieron ser ricos. Demostraron que no merecían ser escritores. Nacieron verdaderamente para picar pleitos o para vender porotos o, lo que es peor, para mandar. No lloremos demasiado la fuga de los infieles al arte que se acomodan con el destino de un Rotschild, y llamemos a la torre de marfil donde se encierran los indecisos:

-¡Salid! Perfumemos los pies en el rocío de los campos. Descubramos lo que el monte oculta. Viajemos.

-Nuestra torre es muy bella.

-No hay cárcel bella.

-Estamos cerca del cielo.

-¿De qué os servirá lanzar al cielo vuestra simiente, si no cae a tierra? Sólo la humilde tierra es fecunda.

-El polvo nos asfixia. El pataleo de la plebe nos da asco. El sudor de la soldadesca hiede. La realidad mancha y aflige: es fea.

-Porque no sois bastante agudos para penetrar su hermosura. El mundo os abruma, porque no sois bastante fuertes para transformarlo. Os parece oscuro y triste, porque sois antorchas apagadas.

-En cambio, nos entregamos al maravilloso resplandor de nuestros sueños.

-¿Qué valen vuestros sueños, si no los comunicáis? Hacedlos universales y los haréis verídicos. Mientras los guardéis para vosotros, los tendremos por falsos.

-Nuestras ideas solitarias baten sus alas en el silencio.

-Ideas de plomo, incapaces de marchar diez pasos. Alas de gallina. De los muros de vuestra torre de marfil, nada se desprende, nada parte. Decoráis vuestro egoísmo: bostezáis con elegancia. Complicáis vuestra inutilidad. Prisioneros del humo de vuestra pipa, confundís la filosofía con la toilette, el genio con la pulcritud. Tomáis la timidez por el buen gusto; envejecéis satisfechos de vuestros modales. Alejados de la ciudad, nadie os busca, porque nadie os necesita. Sois muy distinguidos: os distingue vuestra debilidad. Desdeñáis, pero ya se os ha olvidado.

-El presente nos rechaza tal vez, por no doblegarnos a sus exigentes miserias. Nos refugiamos en el pasado. Somos los eruditos de la tumba. En nuestras salas, vagan los tintes tenues de los venerables tapices. La claridad discreta de las lámparas de bronce arranca un noble relámpago sombrío a las armaduras milanesas, y en la paz nocturna sólo se oye el pasar de las rígidas hojas de pergamino bajo nuestros dedos pálidos, donde brilla un sobrio y denso sello antiguo.

-Os refugiáis en el pasado, como muertos que sois. Si estuvierais vivos, os refugiaríais en el porvenir. Desenterrad en buena hora, mas no cadáveres. Resucitad a los difuntos o dejadlos tranquilos. ¿Para qué traer su podre al sol? Ya que tanto afán tenéis de frecuentarlos, id vosotros a ellos: huid a la región de eterna sombra. Mas si os decidís a vivir con nosotros, vivid de veras, no en simulacro; vivid en vida y no en muerte. Respirad el aire de combate común y empezad vuestra propia obra.

-La queremos perfecta. La perfección a que aspiramos nos paraliza. Apenas trazamos una línea, nos detenemos, porque la reputamos indigna de nuestro ideal. Lo perfecto o nada.

-¡Suicidas! Lo primero y lo último y lo perfecto es vivir. Esa perfección es una forma del egoísmo. Ansiáis lo perfecto, es decir, lo acabado, lo intangible, aquello en que nadie colabora ya, aquello a que nadie llega, lo que aparte y humilla, lo que os eleva y aísla, el mármol impecable y frío, la torre de marfil. Por aparecer perfectos según vuestros patrones del minuto, os inutilizáis y mentís. Atentáis a la secreta armonía de vuestro ser, destruís en vosotros y alrededor de vosotros, la misteriosa, exquisita, salvaje belleza de la vida.

Sobre lo perfecto está lo imperfecto. Sobre la augusta serenidad de las estatuas, hay que poner nuestros espasmos y nuestros sollozos y nuestras muecas de criaturas efímeras. Lavad vuestra alma, encontradla y dadla toda entera, con sus grandezas y con sus bajezas, con sus fulgores sublimes y con sus tinieblas opacas, con sus cobardías y hasta con sus monstruosidades. Libertaos de vosotros mismos y os salvaréis y nos salvaréis a nosotros. Habréis aumentado la sinceridad y la luz del universo. Abrid la mano del todo, ¡oh sembradores! Que no quede en ella un solo germen.

Publicado en "El Diario", Asunción, 10 de enero de 1908.

martes, 29 de septiembre de 2009

LA SINCERIDAD de Rafael Barrett

No acaba la humanidad de ser libre. Ha tenido amos durante tantos siglos, que aún necesita el amo. Derribados los espesos muros de su prisión, todavía la aprisiona el recuerdo. Todavía la impiden caminar los grillos ausentes. El aire puro la ahoga. El infinito azul la desvanece. La libertad es también un yugo para ella. Llevamos en el alma la marca ardiente de la esclavitud: el miedo.

Nerón encontraría hoy un trono, y Atila un caballo, porque los hombres tienen miedo y reconocerían enseguida el familiar chasquido del látigo. A falta del déspota histórico, soportan un enjambre de tiranuelos que no les dejan perder la costumbre: galones y espuelas, cacicatos políticos, espionaje, capital y usura. El pensamiento teme, la lengua calla, y la sinceridad, como en tiempo de Calígula y de Torquemada, es siempre un heroísmo.

La libertad está escrita; yo no la he visto practicada. Inglaterra es una corte pudibunda; Alemania, un cuartel; España, un convento. No hay pueblos civilizados; hay hombres civilizados. No he visto pueblos libres, he visto hombres libres. Y esos pocos hombres, pensadores, artistas, sabios, no tienen nada de común con los demás. Se les pasea como a bichos raros. Lo han hecho todo sobre la tierra, pero no es probable que lleguen al poder público. Por eso no se les persigue con la crueldad de otras épocas. Son los asombradores del porvenir. Se les mira como a monstruos. Es que pensar, decir, hacer algo nuevo es todavía una monstruosidad.

El miedo es lo normal. Su hábito es la hipocresía, su procedimiento, la rutina. Los que no son estúpidos simulan la estupidez. Hay que imitar a los demás, hay que ser como todo el mundo, como nuestros padres, como nuestros abuelos. Nuestro mayor orgullo es que nuestros hijos sean copia nuestra, y comprobar que la sociedad no ha dado un paso. Ocultemos la vida interior, las ideas, chispas que saltan de la fragua, las pasiones fecundas. Son la desgracia, el pecado. Escondámonos detrás de nosotros mismos, y aguardemos la muerte sin hacer nada.

Se explica la hipocresía del criminal. Comprendo sobre todo la hipocresía necesaria al débil. El débil no puede ser sincero. La sinceridad atrae el rencor, el rencor general provoca lo imprevisto. Sólo el fuerte resiste y ama lo imprevisto. La salvación del débil está en no distinguirse. También el insecto reproduce los matices del árbol que habita, y la víbora, por escapar del águila, se confunde con las ramas muertas.

Lo aborrecible es la hipocresía inútil, universal, que asfixia en germen la originalidad redentora y nos hace lacayos los unos de los otros. La ley de los carneros de Dindenault es la suprema ley. Nuestra existencia es un tejido de absurdos y de cobardías. El traje, la casa, el lenguaje, el ademán; el modo de entender la amistad, el amor y las demás relaciones sociales; las nociones de respeto, honor, patriotismo, derecho, deber; lo que, en una palabra, constituye el ambiente humano, está repleto de contradicciones humillantes, pintarrajeado con los grotescos residuos de un pasado semisalvaje, mutilado en fin de todo lo que signifique unidad y armonía. Cuando el conjunto de las cosas estaba orientado alrededor de un dios o de un príncipe, el espectáculo de la humanidad no era tan desagradable. Hemos suprimido ese foco ideal y hemos obtenido la democracia moderna, caso incomprensible del cual no saldremos mientras no nos decidamos todos a mirar la realidad cara a cara, a ser sinceros y a despreciar la hipocresía.

La mayoría inmensa de los hombres es incapaz de crear una idea, un gesto. Darán la carne de la generación próxima y nada más. A fuerza de acallar su pensamiento lo han enmudecido para siempre; a fuerza de amordazarlo le han estrangulado. Su hipocresía ingénita ha dejado de serlo. De tanto llevar la máscara se han convertido en máscaras inertes, que no encubren sino el vacío. Son los sepulcros blanqueados de Cristo. Parecen vivos, y están difuntos.

Pero en muchos de nosotros se despiertan vibraciones nuevas, se levantan conceptos nuevos del destino y de la voluntad. En muchos de nosotros la razón habla, y no la escuchamos; embriones sagrados se mueven confusamente en nuestro espíritu, y los hacemos morir. Matamos lo que no ha nacido aún: tenemos miedo. Esperamos a que lo nuevo, es decir lo verdadero, lo hermoso, venga de otros. Otros, sí, bohemios melenudos, chiflados, vacilantes, hambre, fiebre. ¡Cómo nos hemos ingeniado en martirizar la dolorosa juventud de los mesías! ¡Cuántas veces les hemos clavado las manos y los pies, y nos hemos reído de su facha lamentable! Por fin se ha descubierto que el talento es una enfermedad, y el genio una locura. Arrastramos la librea burlándonos de los enfermos y de los locos que traen la aurora. Sin valor para libramos ni del oprobio de una vestimenta inexplicable, aguardamos a que cambien la moda los cómicos y las prostitutas.

Nos educamos en el disimulo y en la avaricia. Jamás nos ponen de adolescentes frente a la verdad para decimos «mírala, grítala». No; hay que callar o repetir. Hay que absorber la energía ajena, y petrificarla en nuestro egoísmo. Es preciso que con nosotros sucumba todo lo que vive dentro de nosotros; que con nuestra vida concluyan las futuras probabilidades de una vida superior.

Seamos sinceros. Bella es la máxima de amar al prójimo, y más bella la de amar al prójimo que no vemos, al que vendría mañana. Abriendo nuestra conciencia y al viento y a la luz mientras respiremos, quedarán en el mundo, como prolongación de nuestro ser, formas duraderas o efímeras, nobles o humildes, avasalladoras o débiles, pero formas nuevas, formas vivas que se unirán a otras para engendrar una molécula de armonía, formas esencialmente nuestras, y única justificación, único objeto de nuestra existencia breve.

Seamos sinceros. Libertemos cada día nuestra ingenuidad. Lancemos la semilla al surco desconocido. Suframos, ¿quién ha dicho que la vida es placer? Entreguémonos, ¿qué deseamos conservar, si no logramos conservar nuestros huesos? Entreguémonos. Es el mejor medio de perdurar.

Publicado en "La Tarde", 7 de febrero de 1905.

domingo, 27 de septiembre de 2009

LA RULETA de Rafael Barrett

¿Dónde caerá, por fin, la esferilla vibrante? Las almas están suspendidas de un capricho idiota. ¿En qué hueco de los treinta y seis se consumará la irremediable injusticia? La enviada del destino salta, vacila, amenaza, huye...; su chasquido malvado ríe en el jadeante silencio; y cada número negro o rojo que toca hiere un corazón cobarde. Mirad esos ojos de sentenciados; esos cuerpos que aguardan el golpe del verdugo, caídos contra la mesa; esas manos enfermas que han traído sangre, fortuna, honra en ofrenda a la impenetrable divinidad. Mirad al hombre entregado a la lujuria de la desesperación.
Azar, nada. Somos inteligencia, es decir, orden. Comprender es modelar; encajar la pasta amorfa de los hechos en la estatua vacía de la razón. Somos voluntad, es decir, dirección y designio. Hemos privado a los vientos y a las aguas de su libertad salvaje, y los hemos condenado a los trabajos forzados de la rueda. Hemos ido a despertar las energías ocultas bajo las rocas y los siglos, y hemos vuelto a hacer arder el sol en las calderas de nuestras máquinas. Hemos recogido lo impalpable para que nos sirva; hemos aprisionado la electricidad dispersa en el espacio, y la hemos hecho volar por un hilo y ramificar nuestros nervios. Hemos avanzado en la sombra; hemos descendido al abismo; hemos arrancado al misterio cosas informes para esculpirlas después. Hemos humanizado la naturaleza; hemos apretado con tal fuerza la realidad contra nuestro espíritu que en ella ha quedado estampada nuestra efigie. Hemos ensanchado la armonía alrededor de nuestra inteligencia, y por cada paso nuestro hacia adelante ha retrocedido otro la casualidad.
El jugador se abandona a esa casualidad que es nuestro único obstáculo y nuestro enemigo. El jugador funda su vicio en la ignorancia y en la impotencia absolutas. Traidor de la humanidad, ha prostituido la conciencia a la monstruosa caricia del caos. Ha agotado sus recursos en ajustar un mecanismo donde se condensa la noche mientras los demás construyen mecanismos donde se reúne la luz. En tanto que se creaba el disco de la dínamo, él creaba el disco de la ruleta. Otros agrandaban su mente, y él se decapitaba. Otros introducían la vida plena en el Universo, y él partía su vida en treinta y seis porciones. Otros nacían, y él se suicidaba. Pero la palabra suicidio es demasiado débil. Los que se matan aun esperan; llaman con la hoja del puñal o con la culata del revólver a la puerta formidable que no se abre más que una vez y detrás de la cual puede haber algo. El jugador se destruye con exactitud. Sólo él conoce la verdadera muerte.
Felizmente el que juega se arruina. Las matemáticas lo establecen, y los fenómenos lo confirman. Sería espantoso que se ganara al juego, y que el azar fuera fecundo. Una fatalidad profundamente sana devora al jugador y barre todos los años millares de seres indignos de existir. A esa fatalidad se juntan en la obra saludable los banqueros con ventaja; los tramposos de ingenio que dejan al cartón señales imperceptibles y mortíferas, o que guían bajo el tacto finísimo una gota de goma transparente; los prestidigitadores que resbalan paquetes de naipes preparados y escamotean la catástrofe que asoma; los audaces que asaltan los tapetes y violan los bolsillos; aquellos, en fin, que se mantienen erguidos en la lucha. Ellos, tahúres, ladrones, bandidos, despojos del hampa cosmopolita y de los naufragios sociales, representan la moral en su sentido más hondo, porque enfrente del eterno enigma se conducen como hombres y no como espectros.
Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 15 de octubre de 1906.

viernes, 25 de septiembre de 2009

LA REHABILITACION DEL TRABAJO de Rafael Barrett

En nuestra sociedad el trabajo es una maldición. La sociedad, como el Dios del Génesis, castiga con el trabajo, ¿a quién? A los pobres, porque el único delito social es la miseria. La miseria se castiga con trabajos forzados. El taller es el presidio. Las máquinas son los instrumentos de tortura de la inquisición democrática.
Hemos envenenado el trabajo. Le hemos hecho temer y odiar. Le hemos convertido en la peor de las lepras.
¡Y pensar que el trabajo será un día felicidad, bendición y orgullo, que quizá lo ha sido en sus orígenes! Mientras escribo estas líneas, mi hijo -de dos años y medio- juega. Juega con tierra y con piedras, imitando a los albañiles; juega a trabajar. La idea de ser útil germina en su tierno cerebro con alegría luminosa. ¿Por qué no trabajan los hombres, alegres y jugando, como trabajan los niños? El trabajo debe ser un divino juego; el trabajo es la caricia que el genio hace a la materia, y si la maternidad de la carne está llena de dicha, ¿no ha de estarlo también la del espíritu? Y he aquí que hemos prostituido el trabajo; hemos hecho de la naturaleza una hembra de lupanar, servida por el vicio y no por el amor, hemos transformado al obrero en siervo de eunucos y de impotentes.
El trabajo ha de ser la bienaventurada expansión de las fuerzas sobrantes; el resplandor de la juventud. Ha de ser hermano de las flores, del encendido plumaje que ostentan las aves enamoradas; hermano de todos los matices irisados de la primavera. Compañero de la belleza y de la verdad, fruto, como ellas, de la salud humana, del santo júbilo de vivir.
Entretanto, es compañero de la desesperación y de la muerte, carga de los exhaustos, frío y hambre de los desfallecidos, abandono de los desarmados, desprecio de los inocentes, ignominia de los humildes, terror de los condenados a la ignorancia, angustia de los que no pueden más.
Pero lo absurdo no subsiste mucho tiempo. Libertaremos a los pobres de la esclavitud del trabajo, y a los ricos, de la esclavitud de su ociosidad.
Publicado en "El Alba", Asunción, 31 de diciembre de 1910.

lunes, 21 de septiembre de 2009

LA REGLA de Rafael Barrett

De niño me inculcaron con seriedad que se debe decir la casa y no el casa; yo como y no yo comes. Se obstinaron igualmente en asegurarme que tarde es un adverbio y sobre una preposición. Cuando había aprendido bien una regla me descubrían que no era tal regla, que había numerosas excepciones, las cuales a su vez tenían excepciones. Al fin me libraron del colegio y me di prisa en olvidar cuanto en él había sucedido. Con asombro noté que no me hacía falta saber gramática para hablar en castellano.
Asombroso me pareció también que personas que no conocen la anatomía ni la fisiología del estómago digieran durante largos años imperturbablemente. Cuando me hube habituado a estos hechos, sospeché que las reglas no tienen quizá la importancia que los académicos y los dómines quisieran. Leí verdaderos libros, y vi que el talento y el genio suelen fundar la gramática futura sin molestarse en saludar la presente. La policía aduanesca de mis profesores perdía su prestigio. De dictadores pasaban a copistas. Encargados de medir el idioma, creían engendrarlo.
-Hombre se escribe con h -me corrigieron un día.
-¿Por qué? -pregunté, tímido.
-Porque viene del latín homo.
-¿Por qué entonces no escribimos todo igual: homo?
-¡Silencio!
Observé en los ojos del maestro la misma furia del presbítero que nos dictaba doctrina cristiana. Una regla no se discute. No se discute el código ni el catecismo. Explicar una regla es profanarla.
Escribir hombre sin h, ¡qué vergüenza! Y si en Italia se escribiera uomo con h, ¡qué vergüenza! Si una soltera pare, ¡qué vergüenza! Y si un hotentote encuentra virgen a su esposa, ¡qué vergüenza!
No examinéis las reglas. Examinar es desnudar, y el pudor público no lo permite. Perteneced, si podéis, a la innumerable, a la invencible clase de los archiveros, guardianes y administradores de LA REGLA, y si no podéis, doblad el pescuezo. Pensar es exponerse a ser decapitado, porque es levantar la frente.
La regla es la mentira, porque es la inmovilidad; pero no lo digáis, no lo deis a entender; defended el pan de vuestros hijos.
Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 17 de diciembre de 1906.

domingo, 20 de septiembre de 2009

LA POLICIA de Rafael Barrett

Abundan los descontentadizos, los exigentes, los difíciles. Veo una triste unanimidad de opiniones contra la policía, y me doy cuenta de lo arduo que es gobernar. Por unos miserables palos, trompadas, tumbos y arrestos el domingo, he aquí que el público protesta, y reclama de las autoridades no sé qué extraña suavidad de procedimientos.
Se olvida que los agentes tienen la misión de obrar -el nombre lo dice-, no la de juzgar ni discutir. Un guardia civil es un arma: se dispara como un revólver. ¿Pedís tacto a la bala? La policía debe ser enérgica, veloz: está enderezada a defendernos de bandidos y de reformadores sociales. Una energía veloz sólo puede hacer una cosa: destruir. En la Plaza de Toros se desencadenó de repente una potencia devastadora, a la cual nada hay que objetar, porque funcionó conforme a su calculada y útil estructura. La policía está obligada a ser como un martillo pilón: o brutal o inmóvil.
La policía es un mecanismo que se adapta a los delincuentes seguros o probables. ¿Queréis que distinga entre las personas decentes y las que no lo son? Para ella no existen los seres inofensivos. No tiene que ver con ellos y en consecuencia no los ve. Desde el punto que asienta su garra sobre un ciudadano, ese ciudadano es culpable, y merece malos tratamientos, aunque se crea inocente. ¡Ay! Es imposible ser inocente en un calabozo. Felicitémonos de que la policía no sea amable con los honrados; es el único modo de que tampoco lo sea con los granujas. Los vejados del domingo llevan en sus cuerpos señales ciertas de que la seguridad y el orden de la ciudad están en manos robustas.
Consideremos que un instrumento de administrar fuerza no es sensible a la justicia, no delibera. Deliberar es perder el tiempo, paralizarse, volverse débil. La fuerza sentaba bien en aquel escenario, donde se exige a los toros la bravura y el empuje. El ingenuo aficionado que bajó al redondel admiraba la fuerza; anhelaba desafiar el destino, y los cuernos le fueron leves. Mas si las fieras le perdonaron, no así los hombres. Lanzado del tendido al callejón por los brazos férreos de la autoridad, la confundió tal vez con un Miura, y le agitaron nobles ansiedades. Otros personajes del enorme coro entraron en el rápido remolino, y consumieron por torrentes su reserva nerviosa. El heroísmo se contagia. Y al fin, como era de esperar, la policía salió triunfante del choque, cargada de humanos trofeos.
¡Ah! La fuerza es infalible, porque es irremediable. Me agrada contemplar la majestad de la policía. Derrotada por un público temblaríamos todos al descubrir la flaqueza de nuestros protectores. Conviene que sean capaces de hacer frente a los individuos sueltos y a las multitudes. Conviene que aplasten. Examinad la policía rusa: ha dominado la revolución, ha maniatado al país. En Sebastopol ha arrancado las uñas a los presos, pero no lo juzgo indispensable. De 1906 a abril de 1908 se ha condenado a muerte a 3.500 sediciosos; se ha encarcelado y deportado a más de dos millones de rusos. Ha habido por término medio 100 ejecuciones mensuales. ¡Qué hermosas cifras! ¡Qué poder magnífico! Y las cosas han llevado después parecida marcha, según el telégrafo: el último mes de noviembre hubo 210 condenados a muerte y 82 ejecuciones. Y así es como Rusia ha conquistado el orden, establecido el parlamento y las libertades cívicas y obtenido continuamente dinero de Francia. ¡Aprovechemos la lección!
Publicado en "La Razón", 21 de diciembre de 1908.

LA POESIA EN LOS SALONES de Rafael Barrett

Está poniéndose de moda en el gran mundo, no ya declamar, sino componer versos. Los aristócratas se dignan hacer una benigna competencia a los poetas profesionales. Se trata de inspiraciones de círculo y éxitos de salón. Los autores se molestarían si los admirase el público anónimo. El público, por otra parte, no se ocupa gran cosa de esa literatura de etiqueta. Todo habría debido continuar así, hasta que hubiera pasado tan inocente manía. El statu quo quedaba definido en el libro del señor barón G. de Parrel: Sous les lustres, que nos da la lista de los más célebres conductores de cotillones y de los más notorios conferenciantes, escenógrafos y artistas mundanos. Es una obra que «los intelectuales se abstendrán de juzgar». ¡Su profunda ignorancia les descalifica! Enterémonos, pues, en respetuoso silencio, de las delicias que no tenemos derecho a compartir con los amigos del barón de Parrel. Y con las amigas... porque en la alta sociedad parisiense las damas devotas de la rima y del ritmo dejan atrás, tanto por el mérito como por el número, a los caballeros. Se nos asegura que las tertulias de la condesa de Villarson, de la baronesa de Sardent, de la condesa Charles de Pomairols, son algo exquisito. A ciertos académicos se les permite asistir. Pero la reina de estos torneos elegantes es la señora duquesa de Rohan. Su fama de poetisa es enorme entre sus relaciones, y me arriesgo a traducirlos, al pie de la letra, el comienzo de uno de sus mejores poemas:

Visión de ensueño

Madre, bendice a tu hijo; va a hacer la guerra,
a defender su patria, y la viña y el trigo,
los palacios, los hogares donde el grillo se soterra;
pero al dejaros a todos su corazón está abrumado.

Hasta la vista, hijo mío, el buen Dios te proteja,
que vele sobre tus días y te traiga al puerto;
del peso de mis tormentos quisiera que me alivie
y haga de tu corazón el de un hombre fuerte.


En francés resulta todavía más hermoso. La duquesa de Rohan no desdeña alentar a los principiantes.
¡Nobles desahogos de almas aparte, protegidos contra la crítica grosera por una discreta y perfumada penumbra! Todo iba bien, cuando de pronto, gracias a una distracción de la señora de roha, su nombre rodó de boca en boca, algunas no muy limpias, y París entero soltó una inmensa carcajada.
La duquesa, en efecto, mandaba invitar, para sus tés poéticos, a Verlaine, muerto desde hace doce o quince años. He aquí el sobre de la invitación: A M. Paul Verlaine, aux bons soins de M. N. Fasquelle, éditeurs, Paris. ¿Cómo se supo? Todo se sabe... La pobre duquesa de Rohan concedió audiencias a los reporteros, y explicó que la culpa era de un secretario, no, de un simple ayuda de cámara, encargado, por su linda escritura, de poner las direcciones de los invitados, el cual, viendo un volumen de poesías de Verlaine, envió un convite extra por cuenta suya y por intermedio del editor... ¡Ah! Es necesario ser excesivamente estúpido, aun entre los ayudas de cámara, para ignorar la muerte de un Verlaine.
Lo malo es que París no pareció convencido de la historia, y lo peor es que la duquesa tampoco, puesto que habló nuevamente del asunto a un reportero del Paris-Journal, diciendo: «He invitado a M. Paul Verlaine, es cierto, pero se entiende, claro está que me refería al señor Verlaine hijo, que suele unir a su nombre de pila el de su ilustre padre... ¿Como llegó la invitación a manos del editor Fasuelle?... Es un misterio... El cuento no ha hecho reír más que a los que no me conocen».
Sin embargo, 1) El hijo de Verlaine, mayoral de tranvía, jamás se ha llamado sino Georges Verlaine; 2) El Mercure de France ha recibido dos invitaciones de escritura idéntica a la de la invitación de que la duquesa se declara responsable, y dirigida a los poetas Guérin y Samain, tan difuntos, ¡ay!, como Verlaine...
Sólo se ríen de la duquesa los que no la conocen. Pero es demasiada gente. Por lo demás, la avería de los tés poéticos carece de importancia.
En ellos lo que importa es el té, y los verdaderos poetas ni han muerto, ni han vivido nunca para la duquesa de Rohan y compañía.
Publicado en "La Razón", Montevideo, 4 de junio de 1910.