sábado, 31 de enero de 2009

EL RIO INVISIBLE de Rafael Barrett

¿Recordáis, allá cuando éramos niños, muy niños; cuando las personas mayores se agachaban penosamente con el objeto de besarnos, y nos empinábamos nosotros sobre la punta de 105 pies para ver lo que ocurría encima de las mesas, qué grande era el espacio? El comedor, la sala, la alcoba, eran vastos terrenos de juego o de batalla, donde se escalaban las sillas, se exploraban los rincones, y donde uno podía esconderse. Los largos corredores eran de día pista de carreras, de noche túneles inacabables y llenos de peligros. La casa era un mundo. Lo infinito empezaba en la calle. Traspasado el umbral, nos hundíamos en el caos sin fondo y sin término, donde es locura aventurarse solo. Un paseo era una expedición lejana y maravillosa, en que no era sensato confiarse a otros guías que a nuestros padres. A la vuelta, al divisar la silueta familiar de nuestra vivienda, sentíamos algo de lo que habrá sentido Colón en su primer regreso, cuando reconoció en el pálido horizonte las montañas de la patria.

Crecimos, y el espacio disminuyó, como si nuestro cuerpo lo devorase. Aprendimos geodesia y astronomía, y siguió disminuyendo, devorado por nuestra inteligencia. Las distancias siderales son enormes, pero las medimos y nos parecen razonables; lo infinito empieza detrás de las últimas nebulosas, pero no es un infinito vivo y rumoroso, preñado de gestos como la ciudad cuyas olas batían nuestra puerta, sino el pozo negro e inerte de donde el telescopio no saca nada. El Universo, despojado del misterio que lo agrandaba y ahondaba en nuestra tierna fantasía, se ha reducido a una figura geométrica, aislada en mitad del pizarrón celeste.

El tiempo se modifica también con la edad, y esto es más grave. Vivir en un espacio más o menos ancho no nos atañe tan íntimamente, no afecta tanto nuestra conciencia como vivir más o menos deprisa. Cada vez vivimos más deprisa. No busquéis la impresión de lo eterno en las conjeturas de lo prehistórico, ni en los abismos de la geología, sino en la cinta esfumada de vuestros recuerdos remotos. ¿Qué son las épocas del globo comparadas con la inmensidad de siglos que hemos necesitado para separar nuestro ser de la realidad exterior, para distinguir los lineamientos fundamentales de nuestro espíritu, para cuajar en él una sensación definida, una idea, para comprender la palabra ajena y pronunciar la propia, para tender uno a uno los hilos sutiles que nos atan a las cosas? Los sabios dirán que al cabo de tres o cuatro años un niño ha logrado todo eso. Mas esta apreciación se hace desde afuera. Por dentro, la formación de los sentidos y de la razón del hombre exige una eternidad. Retroceded en vuestra memoria, cavad el lecho de vuestro pasado; nunca hallaréis su límite, nunca exclamaréis: "comencé aquí". Siempre la oscura avenida se prolongará en la llanura, juntando y desvaneciendo trazos y colores en un punto inaccesible. Siempre quedará una vaga y creciente región por sondar. Llegaréis a las tinieblas, pero no al principio de vuestro ser. Todos llevamos en nosotros una historia tan antigua y venerable como la de la creación misma.

Constituido lo esencial del alma, fijos los rasgos principales del carácter y de la fisonomía, el tiempo se acelera. Todavía chiquillos aún, las horas duran; un día de fiesta, un almuerzo en el campo, representan tesoros casi inagotables de alegría; un mes resulta plazo indefinido; un año es la mitad de la existencia. Más tarde, adolescentes, el tiempo se encoge. Nuestra mirada alcanza más lejos; calculamos sin vértigo la fecha en que acabará el curso y hasta la carrera emprendida. Concebimos con exactitud sucesos que antes teníamos por prácticamente imposibles, la muerte de nuestros padres, nuestra propia muerte. Vemos envejecer. Envejecemos. El tiempo se apresura. El ritmo de nuestra vida retarda, y el tiempo corre y nos sumerge y nos desmorona. Cuando nuestro organismo, en su período inicial hacia las conquistas primordiales de la especie, se transformaba con frenesí creador, poseíamos el tiempo, es decir, el ritmo general de todo, nos uníamos a él, a él nos enroscábamos y le acompañábamos, y él era para nosotros espléndidamente interminable. Pero detenidos en nuestro desarrollo, inmóviles en nuestra efigie, el tiempo nos deja atrás y se aleja riendo, y pasa, insensiblemente más y más rápido. Apenas vivimos; somos un bloque de costumbres inveteradas, plantado en un ángulo del camino para marcar la distancia que otros recorren. En nosotros se lee la horrible velocidad del tiempo.

El tiempo vuela, nos araña la carne, nos estruja, nos destroza al intentar arrebatarnos en su ligera huida. Ni siquiera nos aburrimos despacio. Hasta el dolor, hasta la desesperación concluyen pronto. ¿Qué son los años para el viejo? Minutos que faltan. Las aguas del río invisible se deslizan tan veloces que descubrimos al fin que algo las llama, las sorbe. El cauce se estrecha, las aguas no fluyen, caen. El tiempo se precipita, se desploma. Una línea corta la corriente. Es la catarata final: al borde el tiempo enloquecido empuña nuestros despojos miserables, y con ellos se lanza a la sima de donde nada vuelve.

Publicado en "El Diario", Asunción, 22 de noviembre de 1907.

jueves, 22 de enero de 2009

EL ROBO de Rafael Barrett

He oído hablar de un robo reciente. Sin invitación previa, los ladrones entraron en la casa, abrieron el baúl y se llevaron algunas joyas, dejando intacto un número de papeles manuscritos, notas, borradores de literatura y de matemáticas, el fruto de dos o tres años de vida intelectual. El hecho en sí no tiene nada de notable, ni sería justo echar en cara a los rateros su poca afición a los desarrollos de la idea pura. Cada cual en su oficio. Pero es precisamente lo vulgar de un fenómeno lo que debe inclinarnos a la meditación. No es el azar, sino el orden lo que debe maravillarnos. No es milagroso lo que ocurre raras veces, sino lo que siempre ocurre. Y figurándome filósofo al dueño de las joyas robadas y de los papeles perdonados, le filosofaría en estos o semejantes términos.

- «Si le hubieran quitado tus cuartillas queridas, cansadas aún de tu mano febril y vacilante, llenas de surcos negros, de tachaduras -¿te acuerdas?, gestos de rabia o de triunfo-; si te hubieran quitado las compañeras de tu soledad agitada, las hijas y herederas de tu pensamiento, darías por rescatarlas tus joyas y tus vestiduras y el lecho en que descansas. Y ves que no te han hecho padecer tanto como pudieran, y que no es necesaria a la felicidad de los que nos parecen malos toda la desdicha de los buenos. Y sentirás que tus cuartillas, arraigadas en ti, son en verdad tuyas, mucho más tuyas que tus joyas y que tus muebles. Y advertirás que los ladrones buscan lo que es menos tuyo, y rechazan lo tuyo de veras, lo que por serlo pierde su precio y su virtud apenas sale de tu voluntad y dominio.

«Admitirás entonces que no son las joyas de tu propiedad legítima, sino de quien las hizo, igual que son de quien los escribió los papeles que guardas. El palacio pertenece al arquitecto, y la tierra a quien la fecunda y embellece. Sólo es nuestro lo que engendramos, lo que por nosotros vive, lo que como padres no repudiaremos nunca; sólo es nuestro lo que sólo con nosotros resplandece y obra. Y he aquí que el oro inerte, anónimo, el esclavo que a todos sirve, no es de nadie, o es de todo el mundo. El oro y el aire y el agua y el cielo no son de nadie, porque no son humanos; tu joya tiene dueño, no por ser de oro, sino por ser joya, porque un hombre al cincelarla retrató en ella la imagen fugitiva de su espíritu.

«Robar el oro es un acto indiferente. Nosotros lo castigamos, lo llamamos delito. Esto es una monstruosidad, una locura. Nos volvimos locos el día en que pagamos con oro al que hace una joya y al que escribe un libro. ¿No comprendes que no hay equivalencia posible entre un pedazo de metal y un pedazo de alma? La base de la sociedad es una inmensa mentira, un tráfico ilusorio entre cosas intraficables. Nada profundamente nuestro es susceptible de abandonarnos. Vende tus cuartillas, y cuenta tus monedas, mas no juzgues que lo que creaste cesa de ser tuyo, ni que ese dinero pasó a serlo. Te está permitido únicamente darte, no cambiarte. Los ladrones no te hurtaron nada, y nada te entregan los que te abonan tu salario.

«Los ladrones, pues, no son culpables. Si sacaran un vaciado en yeso de las joyas, para el artífice que las ejecutó, y se quedaran con el oro, harían un gran bien. El robo suele restituir. Sin embargo, mételos en la cárcel. Conviene que sufran, y que sufran también otros infelices: los carceleros. Conviene que el dolor absurdo remueva el fondo de las conciencias, y que se hinche siempre la ola vengadora».

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 5 de enero de 1907.

lunes, 12 de enero de 2009

EL REVOLVER de Rafael Barrett

Imagen: Wikimedia:Colt revolver.jpg

La campaña, donde el hombre aislado no dispone de otra energía que la suya propia, exige el uso del revólver para relacionarse con los bandidos y con las fieras. Son allí oportunos igualmente los instintos primitivos que, como la crueldad y la astucia, encerramos todos en cantidad distinta, y envidiable también la finura puramente animal del oído y del olfato.

Cuando se formaron grandes centros, en que a la natural placidez de las costumbres se añadieron la cortesía inherente al juego social y el establecimiento de la policía y de los juzgados, se debió esperar que el revólver sería sólo indispensable a los viajeros, a los comisionistas, a los exploradores, a los miembros del ejército y de la marina y a los asesinos.

No resultó así. Cada cual lleva por nuestras calles cinco vidas ajenas en un bolsillo del pantalón. El estudiante, el empleado inofensivo no podrán comprarse un reloj, pero sí un revólver. Los jóvenes chic dejan en el guardarropa de los bailes su Smith al lado del clac. Señores maduros van con una artillería de maridos engañados o de conspiradores a leer al club su periódico preferido. Abogados, médicos y quizá ministros de Dios se arman cuidadosamente al salir de su casa. Se respira un ambiente trágico. Se codean héroes.

Mezclado familiarmente con la existencia diaria, el revólver es el remate de las disputas, un gesto casi legítimo, un argumento, y sirve para poner con balas los puntos sobre las íes.

Se le respeta tanto más cuanto que rara vez hiere a quien apunta. Su mérito consiste en que es torpe como la Providencia, y en que convierte una cuestión particular en un riesgo público. Este instrumento loco, dócil a la fugitiva presión de un dedo, es el que prefieren los impulsivos, el favorito de las mujeres y de los incapaces de dar una bofetada. Según se ha dicho profundamente, iguala a los adversarios. Entrega la fuerza, la salud y el equilibrio al espasmo histérico de un enclenque.

Tiene otras ventajas. Amenaza perpetua, mantiene el miedo entre los ciudadanos. La razón calla para que no la ametrallen. La calumnia, segura de no ser agredida, corre al aire libre. Las polémicas periodísticas se transforman en prudentes colecciones de insultos a distancia. El jurado se enternece con el revólver, y arregla benévolamente los casos desgraciados. Así se conserva una pacífica depresión moral.

Creo que hay disposiciones contra las armas de fuego. Pero el rigor de las leyes reside en su cumplimiento, y no en la letra. Los tribunales respetan el derecho de propiedad, que se confunde, por lo que atañe al revólver, con el derecho a que nos fusilen.

Publicado en "Los Sucesos", 21 de octubre de 1905.

sábado, 3 de enero de 2009

EL RETORNO A LA TIERRA de Rafael Barrett

Imagen: Wikimedia File:Spain.Cantabria.Cabárceno.Parque.01.JPG

Confiemos en que un haz de energías ocultas converja por fin a la inagotable creadora que las aguarda con paciencia inmortal. Máquinas, ciencia, músculo, todo importa; pero más que todo, el amor, sin el cual el mundo es una tumba. Que nuestra huerta sea también un jardín. Que una bella historia habite en cada valle y cante en sus fuentes.

La enseñanza profunda del siglo XIX es la de nuestra identidad con la naturaleza. Hemos descubierto que los fenómenos físicos obedecen a leyes, es decir, a fórmulas intelectuales. La realidad se encaja en los moldes de la razón, como la llave en su cerradura. Pero no es sólo nuestra inteligencia la que, sobre la enorme y luminosa superficie del universo, se mezcla con su propia sangre, parecidamente a esos anchos árboles que hunden su follaje en los ríos, besando la sombra que tiembla sin cesar bajo las aguas; nuestra sensibilidad, nuestra carne perecedera y dolorosa se ha revelado hermana de la humilde carne de las bestias. La arquitectura de nuestros cuerpos se ha revelado la misma: el mismo nuestro oscuro origen y el juego de nuestros instintos; la misma, quizá, nuestra destinación misteriosa.

Los mitos artificiales y provisionales que se interponían entre la verdad y nuestro corazón, se han desvanecido. Nos hemos despedido de muchas fábulas delicadas, de muchas leyendas terribles: hemos renunciado a nuestro abolengo orgulloso y estéril. No somos ya hijos de los dioses. No está ya nuestra grandeza en el pasado, sino en el futuro. No es de arriba y de lejos de donde nos viene la vida, sino que nos envuelve, nos abraza, nos penetra. Semejantes a las plantas, sentimos las partes elevadas de nuestro ser besadas y agitadas por el viento libre, al tiempo que nuestras raíces, largas y tenaces, nos atan cada vez mejor a las tinieblas fecundas. Y he aquí por qué amamos la tierra más sólidamente, más lúcidamente, más humanamente.

Fuera de las ciudades, se manifiesta la estructura natural de nuestro organismo, enervado y descastado por la lucha social. Aislado, el hombre se vuelve hombre verdaderamente. Ante la paz de los campos y el silencio puro de las noches, cae de nuestros rostros crispados la mueca ciudadana. El reposo consuela nuestras conciencias doloridas. Poco a poco, las costumbres suaves de la edad primera nos devuelven la serenidad. Consideramos sin espanto los eternos problemas que enloquecían a Hamlet. Aprendemos que el alma tiene también sus estaciones; desolados por el invierno, esperaremos en la graciosa primavera. Imitaremos a los sembrados de oro que ondulan al sol: sabremos revivir. El tronco añoso no cree nunca florecer por última vez. «Renovarse o morir» -dijo el poeta-. Pero ¿morir no es renovarse? Retornemos a la madre tierra.

Publicado en "El Cívico", 12 de setiembre de 1906.