sábado, 28 de febrero de 2009

EL VULGO Y EL GENIO de Rafael Barrett

Dice Cuvier que la especie es una «colección de individuos, que se parecen tanto más entre ellos cuanto menos se parecen a todos los otros, y cuya posteridad es indefinidamente fecunda».

Así los hombres forman una especie porque se parecen más entre sí que a otros animales, y porque son indefinidamente fecundos, sobre todo los que no consiguen alimentar a su prole. Dentro de la especie humana, y atendiendo a los rasgos espirituales, no es difícil definir una subespecie o variedad compuesta de aquellos que entre sí se parecen mucho más que a «los otros». Esta variedad es el vulgo, casi universal, y de fecundidad extraordinaria. «Los otros», que cuando tuvieron suerte fueron llamados profetas, héroes, genios, son ejemplares rarísimos, se parecen poco entre sí, y no se reproducen.

La omnipotencia del vulgo es evidente. A él pertenecen casi todos los pobres, casi todos los siervos, casi todos los ignorantes, casi todos los ricos, casi todos los reyes y casi todos los sabios. El vulgo, donde tantos talentos brillan, es la masa ancha, larga y profunda que todo lo llena; es el material humano. Ninguna revolución suprimirá el vulgo. Ningún destino se cumplirá sin él.

En cambio el genio es débil. ¿Qué hace el vulgo? Repetirse; se hizo legión por repetirse. ¿Qué hace el genio? Empezar; camina solo. La muerte ve reaparecer en el vulgo las generaciones que le quita; nada puede contra él, mientras que el genio no tiene hijos ni padres; nace del abismo y en el abismo se hunde. El vulgo queda; el genio pasa.

Paso inexplicado; es un monstruo siempre diverso, inesperado siempre, semilla solitaria de formas desconocidas, caída de otros mundos, al azar de los siglos. Los hombres le han creído descendiente ya de Dios, ya del Diablo; ya le han juzgado malhechor, ya loco. La ciencia de ahora procura igualmente asimilar el genio a la manía y a la degeneración; jamás lo ha contemplado de cerca e ignora que tan distante está del juicio como de la demencia, y de la virtud como del crimen. No sabe todavía que el genio no es humano.

El genio trae lo nuevo, o sea el desorden. Es el intruso de la historia. Mueve los cimientos, agrieta los muros, dispersa las ideas, estorba los intereses. Amenaza la paz del pensamiento y la de los instintos. En su presencia el poderoso teme perder el poderío, y el esclavo, la esclavitud.

El genio es el enemigo común. Se le olfatea, se le descubre y se le caza. Es una bestia mitológica, extraviada en el inmenso corral. A veces hurta una espada, y juega con los pueblos, pero por lo general indefenso y desnudo, pronto se le deshonra, se le encarcela, se le atormenta y se le ejecuta. La especie se defiende. Otras veces el genio oculta su lepra, y nadie la adivina; otras, la disfraza -Dante- y deja que el futuro sospeche. No le es fácil huir, y menos curarse.

Acorralado y difunto, se le devora. Vivo, es el terror, mas su carne muerta suele aprovecharse. Sus restos se vulgarizan, o lo que es igual, se humanizan. No nos nutrimos del genio, cuyo único testigo es él, sino de su cadáver. Doscientos años se rieron a carcajadas del libro más melancólico de la tierra, el Quijote, y de Jesús venimos a parar a Pío X.

Si Galileo nos visitara hoy, tal vez nos contentaríamos con domesticarle. La física es amiga de las armas y del oro, y hemos aprendido a considerarla útil.

Publicado en "El Diario", Asunción, 25 de abril de 1908.

viernes, 20 de febrero de 2009

EL VETERANO de Rafael Barrett

Viejo, setenta años; pero un viejo fuerte, de la hermosa y casi desaparecida raza paraguaya de hace medio siglo; un viejo de pecho poderoso, de cabeza enhiesta como una venerable cumbre en que aparecen todavía las huellas del rayo. La roja faz es un amplio paisaje cruzado de armoniosos surcos y coronado por un espeso bosque de cabello gris; las manos, que defendieron la patria y ahora plantan mandioca, son de color de tierra. El héroe camina ya con pesadez y es algo sordo, lo que ciertamente no le quita majestad. Es inculto y grande. Me interesa más que muchos doctores. Hizo toda la campaña, de Corrientes a Cerro Corá; tiene seis heridas. Habla poco y en voz baja. Para conseguir breves confidencias suyas sobre la guerra, el peor sistema es interrogable. Hay que dejarle solo, sin interrumpirle cuando al cabo se resuelve. Está lleno de vagas desconfianzas y remordimientos. Se diría que los espectros le escuchan. Es que no se ha obedecido a López impunemente y la sombra de aquel hombre siniestro, a quien se puede aborrecer, pero no achicar, oscurece la conciencia de los vicios y tal vez ha impregnado la sangre de los niños. Y sin embargo, en una tibia tarde de otoño, bajo los naranjos en fruto, a la hora del mate clásico, oí del veterano lo siguiente:

«Yo señor, no acompañé a López hasta el fin. Me tuve antes que escapar del campamento. Estaba en el estado mayor, con el grado de capitán y me tocó repartir la carne, en una de las raras ocasiones en que había carne, íbamos vestidos de andrajos; el cuero de las correas y de las mochilas había sido empleado desde hacía meses en dar sustancia al puchero; decían que se desenterraban cadáveres para aprovecharlos; yo no lo he visto. Tuvimos pues la suerte de encontrar un buey cansado, huesos y pellejo; había que sacar setecientas raciones. Yo no robé para mí, sino para un pobre capitán que recibió un balazo de sien a sien, y se quedó ciego y aunque se batía ciego y todo, andaba débil. Creyéndome oculto, le envíe con un muchacho un pedazo de tripa. Por desgracia lo averiguaron y se lo comunicaron al mariscal. A la otra mañana me metieron preso. Varios oficiales aguardaban sentencia conmigo. Transcurrían las semanas, y nada sabíamos. Un anochecer vino un ayudante de López con un papel y nos revisó muy alegre, diciendo que pronto nos pondría en libertad. Pero yo, señor, que conocía ciertas costumbres, miré con el rabillo del ojo lo que el ayudante escribía a distancia de nosotros y noté que señalaba con cruces algunos nombres, entre ellos el mío. Mis compañeros estaban contentos; en cambio yo comprendía que sólo me restaba una noche de vida. Luego llegó un mayor a quien yo había hecho favores. Me traía un pocillo de caldo. «Compadre, me dijo, perdone que en tanto tiempo no le haya atendido; no me fue posible», y al pasarme la taza me rascó los dedos. Entendí, y a media noche, cuando los centinelas se durmieron, huí. Me perdí en el monte, y después de tres días salí de nuevo al campamento. Felizmente no me divisaron, y alejándome en otra dirección, hallé el camino de la frontera. Me iba sosteniendo con naranjas agrias. Una tarde, a esta misma hora, distinguí caballos junto a una laguna. «Si son de gente paraguaya -me dije- estoy perdido», que no se usan más que en el Brasil. Respiré. Me tomaron, me trataron bien y a poco cayó López y acabó la guerra».

-Y, ¿cómo no avisó usted a sus compañeros, la noche de la fuga?

-¡Ah! Señor... no hubiera dicho una palabra a mi propia madre...

Un silencio.

-¡Qué Cerro Corá!, añadió lentamente. En el campo habían mujeres muertas, con hijos encima que chupaban aún aquella podredumbre!... ¡Y el mariscal!...

-¿El mariscal?

Pregunta vana. El viejo enmudece definitivamente. Los espectros escuchan...

viernes, 13 de febrero de 2009

EL VALOR de Rafael Barrett


La lucha inacabable con la naturaleza ha cambiado de forma.

No son ahora los tiempos en que la noche era terror; el día, caza; en que no había otro problema que el de comer y no ser comido. Sin más refugio que un agujero entre las rocas, sin haber conquistado aún el cortante sílex que se ata a un palo y la llama que hace retroceder las tinieblas donde cuchichea la muerte, el hombre combatía cuerpo a cuerpo con la realidad. Eran sus uñas, sus dientes, sus músculos, sus fundamentales instintos los que se adherían desesperadamente a la vida. Había que salvar a la humanidad de las fauces del tigre y del abrazo del oso. Había que ser astuto; había, sobre todo, que ser feroz.

Pero después la inteligencia, en una inexplicable crisis, creció monstruosamente, y desbordó de los sentidos. Incapaces de seguirla y de servirla, la inteligencia prescindió bien pronto de ellos, y se fue fabricando los delicados o colosales órganos que necesitaba: las máquinas. Y hoy vemos lo invisible, estrellas perdidas en el fondo de los espacios y microbios que viven a millones en una gota de sangre; palpamos casi las moléculas y el éter, apreciamos las más imperceptibles vibraciones y las más formidables magnitudes; escuchamos, a centenares de kilómetros, el susurrar de una voz. Nuestro aliento ruge en las calderas o clama con la dinamita; nuestros músculos de metal aplastan las rocas; nuestras uñas y nuestros dientes abren las montañas; nuestros nervios son una red de alambres que aprisiona la tierra. La eterna batalla no es ya un episodio cruel de la historia de las especies, sino un designio del universo; no es ya una tentativa, es una verdad que marcha con la majestad de un poema; no está hecha ya de incertidumbre y de ferocidad, sino de pensamiento y de valor.

Es preciso tener valor. Doblemente es preciso, porque antes de encontrar la naturaleza hay que encontrar a los hombres; antes de herir y fecundar la realidad sombría hay que herir y fecundar los cerebros entenebrecidos de nuestros hermanos los brutales, de nuestros hermanos los supersticiosos, de nuestros hermanos malvados y débiles. Hay que lanzar las ideas nuevas contra las ideas viejas; hay que conspirar contra el pasado, y barrer los fantasmas. Estamos en camino. El mal persiste siempre detrás de nosotros, como una manada de lobos que aúllan. Detenerse es morir.

El genio no es nada sin el carácter. Si somos cobardes, nuestras ideas lo serán también, y no se atreverán a dejar su rincón oscuro para salir a la luz. Es necesario no proponerlas, sino imponerlas. Sólo resiste a la fuerza lo que la fuerza construye. Como la gran mayoría de los hombres no conoce ni teme más que la fuerza, aceptarán el bien cuando no haya otro remedio. Por eso, lo primero es ser fuertes. Se persuade con los puños, y se defiende la verdad con la punta de la espada.

Los grandes depósitos de energía humana, dinero, dictadura social, masas de obreros y de soldados, está en poder de la estupidez, la crueldad y la avaricia. Nunca ha sido más indispensable el valor que ahora. Sabemos el punto exacto que hay que atacar. Sabemos dónde está la ruta, y por qué sitio del horizonte vendrá el sol. Sabemos que un puñado de espíritus superiores, prisioneros de la inmensa mole esclavizada, son lo único que hace avanzar el mundo. Comprendemos que mientras no les pertenezca el poder político la humanidad no será libre, y sentimos que esa suprema obra exige toda nuestra inteligencia y todo nuestro valor.

Se rechaza el consejo del pacífico sabio, y se acata la orden de un imbécil con el sable al cinto. Afirmemos valientemente nuestra convicción, y no nos dejemos amordazar. El silencio siempre es cómplice. No seamos humildes, no prostituyamos la razón, que nos hace sagrados. La palabra del profeta debe estallar como un trueno. Disciplinemos nuestro organismo, hagámonos amantes de la obstinada lucha. Las ideas, flechas sublimes, se forjan en el reposo, pero es la voluntad la que tiende el arco.

Publicado en "La Tarde", 13 de abril de 1905.