jueves, 16 de abril de 2009

EXTRAVAGANCIAS de Rafael Barrett

Los hombres de ingenio y los elegantes de otras épocas han cultivado la extravagancia con un brillo que echamos de menos hoy. Los artistas, vestidos de poesía, y los dandis —poetas del traje— concentraban sus tiros sobre los burgueses y la Academia, que es la burguesía del talento. Era una brusca protesta contra la beocia circundante. Necesitaban quebrar el hielo de las conveniencias sociales, en que patinan con ridícula dignidad los filisteos; necesitaban sumergirlos de un golpe en el agua fría del asombro. Hace más de un siglo, un buck English entra en un hotel, riñe con un sirviente y lo mata; a las reclamaciones del dueño, replica que le pongan el muerto en la cuenta. Brummel, siempre squire, hipnotiza a la aristocracia inglesa y al mismo rey con la insolencia glacial de sus refinamientos de indumentaria y con su tedio exquisito. Era el tirano de los salones, donde se dignaba aparecer un instante. Se hacía charolar la suela del calzado; «si no está charolada toda la suela, decía, ¿cómo estaremos ciertos de que el canto lo está?». El humor de Brumel era odioso. Visitó una vez los lagos del norte de Inglaterra. A su regreso le preguntaron cuál le pareció más bello.

-Están muy lejos de la calle Saint James... -contestó el dandy bostezando. Pero su interlocutor insiste. Brummel entonces interroga a su criado-: Robinson, ¿cuál de los lagos me gustó más?

-Me parece que fue Wintermere, señor.

-Así debe ser -añade el dandy-; Wintermere... ¿le satisface a usted esto?

Según la perfecta frase de Paul de Saint-Victor, el mundo, para Brummel, terminaba en sus uñas. Los estetas pusieron una nota decorativa en el dandismo; Oscar Wilde, paseándose en público con un lirio en la mano, nos ofrece una transición al D'Annunzio de 1901, deshojando un haz de rosas en los umbrales de su maestro Carducci. Pero Whistler, deliciosamente compuesto, no cenaba en los restaurantes a la moda sin antes lanzar un largo rugido de pantera.

La mejor bohemia es parisiense. El conde de la Palférine, en la Comedia Humana, oye con placidez los desesperados reproches, las súplicas que le dirige la madre de una joven seducida... «Señora, responde el magnífico bohemio, ¿qué quiere usted que haga? No soy cirujano ni partera...». Todos conocéis la gracia tenue de los tipos de Mürger. La banda de Musset era canora, caballeresca y galante. Villiers reclama a la reina Victoria la isla de Malta, que según él le pertenecía por herencia de sus antepasados. En Barbey d'Aurevilly el dandismo se hace expansivo, coloreado, armonioso, espiritual; se hace francés. Brummel rompía rara vez el silencio; era el magnetizador de un rebaño; la conversación de Barbey deslumbró a la sociedad más aguda de Europa. «He conservado de él, cuenta Marta Brandés, visiones precisas; en un salón, sin dejar de charlar, tenía en la mano una copa de coñac del que no derramaba ni una gota -¡y Dios sabe cuánto gesticulaba!-; en la otra mano tenía un espejito para ver lo que ocurría detrás de él...». Era el encantador despotismo de un Rivarol. Cundo había alguna cara que no le gustaba en la tertulia, Barbey enmudecía obstinadamente. En casa de Mme. Daudet, por culpa de un caballero de exigua estatura que le fue antipático, el autor del Chevalier des Touches no dijo una palabra en toda la noche. El hombrecillo por fin se despide; iba a desaparecer, pero Barbey, tomando un lápiz de una mesa, lo llama a gritos: «¡Señor!... ¡señor!... se ha olvidado usted su bastón...».

Hubo en Madrid, hace doce o quince años, un discípulo de Barbey d'Aurevilly: Ramón María del Valle-Inclán. Acaso, ahora que ha llegado, si no a la fortuna, a la gloria literaria, se ría de sus extravagancias juveniles. Valle Inclán, en el ambiente más refractario de la tierra a ciertos desplantes, tuvo el heroísmo de llevar una melena enorme que amotinaba a la población. Este dandy, con rostro de Cristo bizantino, mantenía relaciones con la esposa de un catedrático de química. La resignación del químico indignaba a Valle Inclán. Le pisaba en la calle. «¿qué ha sido? -balbuceaba la víctima-. Ya lo ve usted: un pisotón»... En el foyer de un teatro, Valle Inclán desuella a veces los dramas de X... literato célebre por sus desgracias conyugales. «Caballero, interrumpe uno de los presentes; no le consiento que siga hablando.

— ¿Quién es usted? -pregunta Valle Inclán-. Soy el hijo del señor X-. ¿Está usted seguro? -replica apaciblemente el admirable cuentista de las Sonatas.

¡Pobre Valle! Discutiendo en un café le dieron un palo en la muñeca y hubo que cortarle el brazo. Palo simbólico. La bohemia ha muerto: quedan los atorrantes. El arte se industrializa; las extravagancias se vuelven imbéciles. Ya no se mata con una ocurrencia; es necesario sacar el revólver. No hay dandis. Hay la brutal ostentación de los millones. En Nueva York las damas de la Quinta Avenida hacen reproducir sus efigies en estatuas de oro macizo, y en parís los rastas hacen cocinar tortillas con billetes de mil francos en lugar de carbón... Para encontrar la ironía de buena ley, preciso es subir a los patíbulos. El salvaje bandido Liottard, ante la guillotina, contesta al magistrado que le exhortaba a tener valor.

— No se preocupe usted por eso...

Publicado en "La Razón", Montevideo, 14 de mayo de 1910.

lunes, 6 de abril de 2009

EPIFONEMAS de Rafael Barrett

El reverendo padre Fouriet-Bonnard, hablando de los procesos de hechicería en el siglo XVII -entonces a los histéricos se les quemaba vivos- cuenta un caso curioso: «Entre las víctimas hubo un rico mercader de Mattaincourt, inculpado de brujería por varias pruebas, de las cuales la más importante era que el hombre había firmado dos contratos con la misma fecha, el uno en Ginebra y el otro en Besançon, cosa imposible dados los medios de comunicación existentes. El tribunal no se acordó de que Ginebra en aquel tiempo, como ahora Rusia, no había adoptado aún la reforma del calendario introducida por Gregorio XIII, resultando así una diferencia de diez días, muy suficiente a nuestro mercader para hacer el viaje.

Hoy, en aeroplano, se va de Ginebra a Besançon en pocas horas. Además, hemos dejado de creer que el histerismo es un crimen. Y luego estamos más al tanto de los almanaques. Pero, ya que no quemando, seguimos ahorcando, fusilando y guillotinando a los criminales de nuestra pequeña época. Es cierto que nuestras definiciones de crimen y delito, y nuestros pretextos para aplicar la pena de muerte nos satisfacen: sin embargo, los que usábamos hace tres siglos nos satisfacían también. Estamos contentos y la sangre corre. Hemos cambiado de ortografía; eso es todo. ¡Tres siglos! ¿Qué son tres siglos en la historia de nuestra evolución moral? Hace más de cien mil años que vagamos por la tierra.

Y Nietzsche me dice: «Para juzgar al criminal y a su juez: El criminal que conoce todo el encadenamiento de las circunstancias no considera, como su juez y su censor, que su acto está fuera del orden y de lo explicable; su pena no obstante le es medida exactamente según el grado de asombro que se apodera de ellos, al ver esto que le es incomprensible: el acto criminal. Cuando el defensor de un criminal conoce bastante el caso y su génesis, presentará circunstancias atenuantes que acabarán unas tras otras por borrar toda la falta. O para expresarse mejor aún: el defensor atenuará grado por grado este asombro que quiere condenar y fijar la pena, y concluirá hasta por suprimirlo completamente, obligando a los oyentes a confesarse en su fuero interno: «Le fue necesario obrar como obró; castigándole, castigaríamos la eterna fatalidad». Medir la pena según «el grado de conocimiento» que se tiene o se puede tener de la historia de un crimen, ¿no es contrario a toda equidad».

Sí, el criminal es un ser asombroso. Es enérgico puesto que rechaza la protección de las leyes y lucha por su cuenta. Es libre, puesto que no teme a Dios y le usurpa el manejo de la muerte. ¡Ni siquiera teme al gendarme! Sus odios no son platónicos, como los de las personas honradas. Dadle el genio y surgirá Napoleón, ídolo universal. En el prestigio de los criminales hay pinceladas napoleónicas. La gran prensa de París, a cinco céntimos el número, biblia cotidiana del pueblo, ha cantado, durante quince días, las hazañas del capitán Meynard. Meynard era un buen mozo, de buena familia, con algunas cruces ganadas en las colonias -en la obra de la civilización-. Era algo bruto, algo borracho, algo neurasténico, algo estafador. En fin no tenía nada de particular. Pero se le ocurrió matar a su prometida (la cual era a la vez su querida, divorciada de otro caballero y entretenida por otro más). La mató en una pieza del hotel para robarle ciento setenta francos. Desde aquel instante fue el héroe. Un bello matar tutta la vita onora. El asesino se afeitó, y se pasó dos semanas rodando de café en café, tomando ajenos y dirigiendo a los diarios cartas sentimentales en que se quejaba de los «ataques de que era objeto por parte de la prensa» y defendía la «memoria de su pobre amiga». Estas cartas, naturalmente, se han publicado en primera página, con tipografía especial, como si fuesen poemas inéditos de Víctor Hugo. Alrededor, las fotografías y las biografías de los mozos que sirvieron los ajenjos al capitán, y sobre todo de un excelente señor, de un respetable anciano que había jugado una partida de Jacquet con Meynard, sin saber que era Meynard -¡Meynard!-. Y hubiera muerto ignorado, si un destello de la gloria del asesino no llegara casualmente hasta él.

Y dice Tolstoi (para conservar la salud mental, conviene un párrafo de Tolstoi después de uno de Nietzsche): «Nos extrañamos de ver a los ladrones enorgullecerse de su maña, a las prostitutas, de su corrupción, a los asesinos, de su insensibilidad. Y nos extrañamos sólo porque la clase de estas personas es muy restringida, y porque su círculo, su atmósfera se hallan fuera de los nuestros. Y no nos sorprendemos, por ejemplo, de ver a los ricos enorgullecerse de su riqueza, es decir, de sus encubrimientos y robos, ni de ver a los poderosos enorgullecerse de su poder, es decir, de su violencia y de su crueldad. Es que el círculo de estas personas es grande, y formamos parte de él...».

¡Exacta observación! Los criminales son una minoría; por eso, y únicamente por eso los hacemos sufrir y morir, les imitamos sin ser nosotros criminales, puesto que no hay nueva mayoría que nos juzgue.

Pero, dentro de los acorazados brasileños los criminales estaban en mayoría. Después de echar los oficiales al agua, pidieron perdón al Gobierno sin dejar de bombardearle, y fueron perdonados, y no se les condecoró porque no lo habían exigido. En la sociedad actual, donde no hay lazo moral que no se disuelva, nada va quedando más que el número, y es el número quien posee las armas. Cuando la masa se dé cuenta, como a bordo de «Minas Geraes», de que ella es la dueña de los cañones, ¿qué será de nosotros?

¡Y el dinero que nos ha costado enseñarles a que apunten bien!