miércoles, 17 de junio de 2009

FILOSOFIA DEL ALTRUISMO ( III ) de Rafael Barrett

III (de III)

Descubrir la energía interior y entregarla para renovar el mundo; he aquí el altruismo. Es la obra de las más profundas corrientes del alma. El que se ha bañado en ellas percibe la superficialidad de la inteligencia pura. Percibe que esa lógica de que tan orgullosos nos mostramos es una fría herramienta, un sentido abstracto, incapaz por sí de crear el espíritu, como los sentidos físicos son incapaces de crear la materia.

Cada vez que el hombre ha intentado elevarse por la razón a una síntesis del universo ha fracasado lamentablemente. Los sistemas metafísicos tienen todos algo de grotesco. Es el contraste entre los medios y el fin, entre la solemne vaciedad de un lenguaje postizo y la realidad intangible que pasa riendo a cien leguas del sabio miope. Los tipos más imponentes de la tontería se encuentran entre los sabios. Pretender explicar lo real es signo de atrofia en la intuición. ¡Triste espectáculo el de un maravilloso talento a oscuras, como Santo Tomas, un Hegel o un Comte! La vida no se resuelve con silogismos; no es un problema de ajedrez.

La impotencia de la razón ha sido reconocida siempre por los pensadores razonables. Pascal lo ha dicho mejor que ninguno: "Padecernos una impotencia de probar invencible a todo dogmatismo; tenemos una idea de la verdad invencible a todo pirronismo". De la verdad, es decir, de lo real, de lo real que obliga a la acción fecunda; de lo real que respira y se mueve. La razón será lo que se quiera, menos un motor. Pero no basta declararla imperfecta para lo práctico e inservible para lo trascendental. Es preciso darnos cuenta de su origen probable y de la región que habita.

En ciencia, la única verdad que se ha establecido es la verdad física. Tal verdad, que se llama hipótesis no posee virtud alguna de dominación sobre el tiempo; cambia de siglo en siglo y dentro del siglo. Está supeditada a la aparición del hecho bruto o sea de la sensación. Su papel es pasivo, su objeto, bajamente utilitario. Es un instrumento clasificador. Su insubstancialidad no ha dejado de ser notada por los profesionales. Para E. Mach, la hipótesis se reduce a una "economía intelectual". Para Poincaré la verdad es lo que resulta "más cómodo". El análisis moderno despoja cruelmente a la verdad científica de todo contenido real.

Observemos que la lógica —expresada por medio de las matemáticas— no se aplica sino a lo inorgánico, sin haber conseguido siquiera abrazarlo en su conjunto. La teoría más comprensiva y más reciente, que funda los fenómenos en las leyes electromagnéticas. suprimiendo el átomo material y afirmando el átomo eléctrico, renuncia a incluir en su programa la gravitación universal.. La sencilla y clásica ley del buen Newton, la base de la majestuosa astronomía, sigue impenetrable. En cuanto al éter, nos pone al borde mismo del principio de contradicción: es imposible representar el elemento capital de nuestra ciencia. Y si abandonamos lo inorgánico, la noche se hace de repente. La biología, la psicología son un vago empirismo surcado por débiles tendencias; la sociología se forma de conjeturas pueriles. "La inteligencia, dice Bergson, está caracterizada por una incomprensión natural de la vida. Nos veríamos muy apurados para citar un descubrimiento biológico debido al razonamiento sólo...".

¡Qué interesante es la coincidencia de Poincaré y de Bergson, los dos príncipes de la especulación contemporánea! Para ambos la inteligencia humana es geométrica. Poincaré, en su magnífico estudio sobre el espacio concluye: "Si no hubiera cuerpos sólidos en la naturaleza no habría geometría". O sea: "Si no hubiera cuerpos sólidos no seríamos inteligentes". Y Bergson: "Nuestros conceptos han sido formados a imagen de los sólidos... nuestra lógica es sobre todo la lógica de los sólidos... nuestra inteligencia triunfa en la geometría, donde se revela el parentesco del pensamiento lógico con la materia inerte...".

Eso es el hombre: un animal que maneja la materia inerte y construye máquinas protectoras. Su inteligencia es de baja extracción: pertenece a lo exterior, a lo que menos importa. Lo que importa no es impedir que lo exterior nos penetre, sino que lo interior desborde. Lo que importa no es aislarnos, sino comunicarnos: no es cerrarnos, sino abrirnos. Bergson habla de materia inerte. Mejor sería hablar de materia muerta. Bien lo sentimos en los momentos supremos de nuestra emoción y de nuestra voluntad, cuando la pulpa fluida de nuestro ser rompe la helada corteza razonadora y lanza afuera su mágico surtidor de sangre, de lágrimas o de fuego. La inteligencia es una cosa muerta; es un arma del egoísmo. Así las uñas y los dientes están hechos de células muertas. Lo duro, lo que tanto amó Nietzsche, es lo muerto. La vida es ternura. Por eso no la comprendemos ni la comprenderemos jamás. La piedra no comprende a la brisa Medimos las órbitas de los astros, y nos quedamos atónitos ante una flor. Nonos comprendernos, puesto que vivimos, pero es igual. Lo esencial no es comprenderse, sino entregarse.

La energía interior, esencialmente nueva, destinada a lanzarse contra lo exterior para renovarlo, es una energía directora. No se la puede comparar con las energías que se manifiestan por los instrumentos de laboratorio y que se anotan en las estadísticas de todo género. No hay aguja que la señale, balanza que la pese ni cifra que la mida. Magnetiza el cosmos sin que los sabios, inclinados sobre sus retortas, la perciban. Los matemáticos triunfan porque no se descabala el ejército de fórmulas con que se ha aprisionado el espacio: los médicos exultan al declarar que el bisturí no ha tropezado con el espíritu. ¿Qué somos? Ázoe, carbono, agua y algunas cosas más. El problema está resuelto. Así, verificando que no falta ninguna pieza en la caja, la ciencia se figura haber ganado la partida. No se explica la realidad sin asesinarla. Entre lo vivo y lo muerto no existe diferencia; ésta es la victoria de la filosofía positiva. Tomad el compás: el cadáver no ha cambiado de estatura. Es el mismo. Vivía y no vive. Eso no significa nada. Antes vivía con arreglo a la química, y ahora, con arreglo a la química idéntica, se descompone. La vida es la muerte. ¿Y la conciencia? En verdad que estorba. ¿Qué es la conciencia de una máquina? Pero se trata de un detalle.

¡Desvariados! De tanto mirar por el vidrio de vuestros microscopios y de vuestros telescopios tenéis la mirada de los difuntos. Analizáis maravillosamente lo automático. No veis más que lo verdadero, y se os escapa lo real. Creéis tocar la sangre del universo, y no palpáis más que su osamenta. Archiveros de leyes, pendolistas de la experimentación, ¡qué regocijo el vuestro cuando la materia comparece ante vosotros y obedece al código de vuestros cálculos! Descubrid leyes y que se cumplan. Que el eclipse, previsto de mil años atrás, no se equivoque en una décima de segundo. Oh luna, oh sol, oh melancólicos luceros ¡sed dóciles! Que no se diga que habéis sido caprichosos, o que se os ha olvidado la lección; que no se diga que de los caldeos acá habéis añadido algo nuevo a las cosas. Obedeced; entonces el astrónomo exclamará "comprendo" y yo gemiré "bien muertos estáis".

No quiero imitaros; no quiero obedecer; no quiero repetir. Estoy vivo: soy lo nuevo. ¿Qué tengo que ver con las leyes? Amontonadlas, juristas: no avanzaréis un paso hacia mí. Mi energía directora, hermana do la humilde energía celular que convierte los jugos oscuros de la tierra en pétalos perfumados, pasará a través de vuestras leyes como el viento cargado de gérmenes a través de una tela de araña. No romperé tal vez un hilo, no fallarán tal vez vuestras doctas previsiones; seguiré invisible para vosotros, pero habré pasado.

Hermanos:vivís; somos lo nuevo; estamos fuera de la ley. El manantial que brota de nuestras entrañas no ha sido probado por nadie. Fuera de la ley; fuera de las leyes científicas y sociales. Nos harán la autopsia mañana; hoy no. Demasiados obstáculos nos opone lo de fuera para que no evitemos los obstáculos de dentro. Arrojemos lejos de nuestro ser toda idea de orden establecido; todo respeto a la autoridad y al dogma; todo cariño a las tumbas. El amor a lo que fue es una voluptuosa cobardía. Convenzámonos de que el átomo de realidad que hay en nosotros no tiene historia.

El altruismo está fuera dé las leyes. La adaptación al medio es una de las grandes filfas que nos cacarearnos los unos a los otros. ¿Se adapta al medio el cangrejo que para viajar lleva en las branquias una provisión de agua como el beduino la suya a bordo del camello? ¿Se adapta al medio la innumerable multitud que habita el fondo tenebroso de los mares, y que enciende allí sus lámparas fosforescentes, corno nosotros las nuestras en la noche? ¿Se adaptan al medio los óvulos que rodeados de iguales condiciones producen organismos diferentes? Llevad vuestro cuerpo a los hielos del polo, o al infierno ecuatorial. Vuestra temperatura no se alterará: os impondréis al medio o sucumbiréis. La vida es la conquista del medio, la transformación de lo exterior por el genio interior. Y vuestra industria, ¿qué es sino la fabricación de un medio artificial donde logremos cumplir antes el genio de nuestra especie? ¿Qué hace la humanidad, sino humanizar el universo?

Adaptarse a las leyes físicas, ser un conjunto de leyes físicas equivale a desaparecer. Adaptarse a las leyes tácitas o escritas de la sociedad en que estamos es desaparecer también. Hemos venido a ella para entregar nuestro genio a la obra común, y el genio es rebeldía. Es la rebeldía la que funda el orden superior. Son las leyes las que perpetúan el desorden. No es el altruista el revolucionario, sino el egoísta, el que entorpece la marcha moral de las energías creadoras. Ese juez que consulta un libro viejo para hacer el bien y no consulta su alma, es el introductor de la muerte. Pero nosotros mataremos la ley y reanimaremos el mundo.

Publicado en "El Diario" (Asunción), 30 de julio de 1908.

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