viernes, 3 de julio de 2009

HOGARES HERIDOS de Rafael Barrett

El estado de un cuerpo depende del de sus moléculas, y no puede estar sano un organismo vivo si las células de que se compone no están sanos. Es imposible que un país prospere cuando no se constituye fuerte y dignamente la familia, que es molécula y célula social. La patria hogar común, es desgraciada y débil porque los hogares individuales lo son. Y así como en medicina se tiende al único procedimiento curativo de regenerar los tejidos por los elementos, así la obra de salvar la patria se reduce a la de regenerar los hogares.

Obra lenta, laboriosa, poco lucida, y sin embargo la sola obra fecunda. Obra que no está al alcance de un ministro por hábil y bullicioso que sea, ni de política alguna. Aquí la política, lo mismo que en todo lo que se refiere a los problemas esenciales de los pueblos, tal vez sea capaz de hacer el mal, pero es impotente para hacer el bien: o es una calamidad, o no es nada; nunca es más generosa y útil que cuando se abstiene. No; la grande obra de regenerar los hogares requiere varias generaciones de hombres inteligentes y abnegados, bastante modestos para ir a enterrarse en los rincones de la campaña, bastante heroicos para quedarse allí a combatir el daño en sus raíces y para consagrarse a consolar y sanar los enfermos espíritus. El Paraguay es un vasto hospital de alucinados y de melancólicos. No son oradores ni capitalistas ni sargentos lo que nos hace falta, sino médicos, médicos amorosos cuyas manos a un tiempo curen y acaricien.

Y esos hombres, ¿dónde están? No lo sé, mas son necesarios. Son semejantes a las células vigorosas, multiplicadas por la acción de sueros inmunizadores y cuyo destino es batallar contra los microbios patógenos y devorarlos. Hay que batir al enemigo en su terreno y con sus armas, o resignarse a sucumbir. En los meses que siguieron a los desastres de la guerra hispanoamericana, cuando no se hablaba en la península, igual que hoy en el Paraguay, más que de regeneración y de rumbos nuevos, don José Echegaray presentó una solución teórica y pueril, solución de matemático: «Regenerémonos nosotros mismos uno por uno, exclamó; en cuanto cada español se haya regenerado a sí propio, se habrá regenerado España». Muy sencillo y muy absurdo, porque precisamente en eso consiste la degeneración, en no conseguir nadie regenerarse sin ajena ayuda. Un individuo de suficiente energía para recobrar por sí la salud moral está ya limpio y robusto. Al perfeccionarse no crea pujanza: la demuestra. Por desgracia nuestro caso es distinto. Decir que los hogares están heridos es poco; están mutilados, y las conciencias también. No alcanzará una existencia a lograr que retoñen los órganos ausentes; será necesaria una serie de existencias, como reclaman los filósofos indios, una serie de reencarnaciones para llegar a la purificación suma. La empresa es larga y penosa puesto que es fundamental. El pan humano de las edades venideras, alzado por la levadura de los educadores predicadores laicos, tardará quizás siglos en blanquear su hostia redentora.

El hogar paraguayo es una ruina que sangra; es un hogar sin padre. La guerra se llevó los padres y no los ha devuelto aún. Han quedado los machos errantes, aquellos que asaltaban los escombros con el cuchillo entre los dientes, después de la catástrofe. Antes robaban, mataban, violaban, pasaban. Ahora, algo cambiados en su raza vil de horda, algo contagiados por la desesperación muda de las nobles mujeres que López arrastró descalzas en pos de las carretas y que al sobrevivir se entregaban a ellos, merodeadores repugnantes, para repoblar el desolado desierto de la patria, algo tocados de la apacible belleza del suelo, toman la hembra, engendran con la vida y el dolor y pasan. Detrás, en los ranchos miserables, hay concubinas o viudas, pero madres al fin, que trabajan la tierra con sus huérfanos hijos a ellas abrazados en triste racimo. Jamás un aborto voluntario, jamás un infanticidio que otras madres hasta por caridad cometerían. Siempre abandonadas, pacientes, ignorantes y silenciosas, sienten en el fondo de su alma, como sintieron después de los años fatídicos, la necesidad de criar hombres, buenos o malos, de echar al mundo la probabilidad del triunfo. ¡Madres dolorosas, madres despojadas de toda vanidad y honor, de toda alegría, de todo adorno, madres de niños taciturnos, sombrías sembradoras del porvenir, sólo en vosotras está la esperanza; sólo vosotras, sobre vuestros inclinados y doloridos hombros, sostenéis vuestro país!

Pero una madre no es un hogar todavía. Sin el hogar, sin el home, reconfortante, tibio nido, pequeño y sagrado teatro de los altruismos normales de nuestra especie, fuente de todo arranque elevado, condición de toda labor regular y continua, base de toda felicidad, no hay nación respetable ni segura. El progreso de los sajones se debe exclusivamente a que son incomparables padres de familia. ¡Oh cándidos legisladores, preocupados con enseñar a leer a vuestros compatriotas! Consagrad vuestros esfuerzos a una tarea más importante y obscura: haced que respeten a sus mujeres y amen a sus hijos.

Publicado en "Rojo y Azul", 24 de noviembre de 1907.

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