domingo, 30 de agosto de 2009

LA LUCHA de Rafael Barrett

El teatro estaba lleno. Abajo un mar, y arriba una muralla de cabezas. De pronto, en el escenario desierto apareció un niño.

Solo ante la inmensidad, avanzó. Parecía un insecto. Estaba metido en un sayal negro como una mortaja, y un enorme sombrero de teja abrumaba su carita amarilla y sin edad, cara de cómico. Impávido al terrible murmullo de la muchedumbre que ha pagado y quiere divertirse, llegó hasta el borde del abismo, y empezó a cantar.

Cantó un couplet de los creados por otro héroe, Frégoli, y el insecto indefenso conquistó al público. La gente rió y el niño resistía el oleaje inmenso de las risas para dominarlo y desencadenarlo otra vez con aquel talento que sin duda le había costado muchas lágrimas.

Alegre era el couplet, pero ¡qué triste era la voz, vocecita débil y sin timbre, gemido arrancado al hombre por la vida despiadada!

En vez de dormir sosegadamente, con el profundo sueño protegido de los niños felices que de día juegan al sol, aquel niño se abrasaba a medianoche en la atmósfera envenenada de un teatro, y luchaba para hacer reír a la multitud, para hacer reír a otros niños grandes en sus palcos. ¿Y cómo no había de hacer reír con aquella facha diminuta y ridícula, con aquellos gestos de miseria y de desesperación?

Espectáculo quizá doloroso, pero seguramente necesario y justo. Necesario es que ese chiquillo crispe su garganta, y que otros chiquillos más desgraciados aún descoyunten sus miembros o vuelen de un trapecio a otro como pelotas vivas, para divertir también a los dichosos que se aburren. Necesario es luchar; y lo necesario no puede ser malo.

Lo único malo es la resignación. Admiremos a los que no se entregan jamás, a los que tienden sus músculos contra la mole social que a ciegas los aplasta; admiremos la rabia de vivir que agita todavía el cuerpo de los decapitados; admiremos a los que, como el Frégoli en miniatura de anoche, se adelantan desnudos al encuentro de la vorágine, y se lanzan en ella para vencer o morir.

¿Quién dijo que venimos al mundo para pasar el rato? Venimos a hacer esclavas nuestras las realidades de que merezcamos ser dueños, venimos a concentrar en nuestra alma de una hora la mayor suma de energía posible. Venimos a ser fuertes, o a resignarnos a servir a los fuertes.

¿Serás tú fuerte, muñeco disfrazado de cura, que me hiciste pensar anoche? ¡Quién sabe! Mañana serás un gran actor, y deberás a los duros años en que de niño halagabas las crueles aficiones del vulgo, el poder divino de hacer llorar y soñar a los hombres.

Publicado en "El Diario", Asunción, 12 de mayo de 1910.

sábado, 29 de agosto de 2009

LA JUSTICIA de Rafael Barrett

Dar a cada uno lo suyo. Sí, pero, ¿cómo se sabe lo que hay que dar? Aunque imagináramos costumbres justas, ¿cómo practicarlas justamente? Aunque tuviéramos leyes justas, ¿cómo interpretarlas? Apenas conocemos, por ráfagas, nuestra propia conciencia; la conciencia ajena es la noche. Cometamos de una vez la suprema injusticia, de no ver las intenciones; juzguemos los hechos. Los hechos también son la noche. ¿Cómo restablecer la realidad física de un episodio social? No podemos averiguar el tiempo que hará mañana, y queremos definir los remolinos misteriosos de la vida. En la selva inextricable de los apetitos queremos encontrar el testimonio incorruptible. Queremos, para iluminarnos, hacer comparecer a las sombras; para convencemos, hacer declarar a la hipocresía; para no ser crueles, citar a la crueldad; para sentenciar contra los hombres, oír a los hombres. ¿Dónde está la verdad? ¿Está en él silencio de los que dejaron crujir sus huesos dentro del borceguí inquisitorial, o está en las confidencias del acusado a la moda? Los inocentes se alucinan, y confiesan crímenes que no han hecho. ¿Qué mayor gloria para un abogado, que la de salvar a un bandido? Nos quejamos de la lentitud de los procesos: si los jueces fueran absolutamente justos y medianamente razonables, no se atreverían a fallar nunca.

Ilusionémonos con que nuestras leyes fueron justas ayer, y soportémoslas hoy, mas recordemos que la moral es distinta según la época y el sitio, y que no cabe la ilusión de que la justicia presente no sea la iniquidad futura. Demasiado débiles para las responsabilidades de la hora actual, lo somos mucho más para las responsabilidades del porvenir. Las consecuencias de nuestros actos son incalculables. Lo infinitamente pequeño aterra. El problema fatal lo penetra todo. No caminemos un paso por no aplastar al laborioso insecto. No respiremos por no quitar su átomo de oxígeno a pulmones venerables. La duda nos amordaza, nos ciega, nos paraliza. Lo justo es no moverse. El justo, como el fiel de la balanza simbólica, debe petrificarse en su gesto solemne. Resolverse a no hacer el mal es suicidarse, y sólo los muertos son perfectamente justos.

Para volver a la Naturaleza, soberbiamente injusta, forzoso es elegir entre la clemencia y la ferocidad. Para existir, Dios se hizo a ratos despiadado, y a ratos misericordioso. O verdugos o víctimas. Perdonar a unos es castigar a otros, y la tiranía está hecha de servidumbres.

Sancho Panza, por cuya boca solía hablar la sabiduría del inmortal caballero, no gobernaba su ínsula igual que Nerón gobernaba Roma, pero ambos son humanos. La sociedad completa el destino fisiológico de las criaturas. La injusticia de las civilizaciones prolonga la injusticia fundamental de la especie. Por el único crimen de nacer, unos nacen débiles y enfermos y otros robustos; unos inteligentes y otros idiotas; unos bellos y otros repugnantes. Algunos están ya condenados al asco y al desprecio en el mismo vientre de su madre; algunos ni siquiera nacen vivos. Nosotros hemos añadido algo a todo eso; por el único crimen de nacer hemos conseguido que unos nazcan esclavos y otros reyes; unos con el sable y otros bajo el látigo.

Nuestra justicia obra porque es esencialmente injusta. Se apoya en la fuerza armada. Su prestigio es la obediencia de los que no tienen fusil. Su misión es conservar el poder a los que lo gozan. Su objeto, defender la propiedad. ¿Por qué indignarse de la venalidad de los magistrados? Ceden a la energía soberana según la cual está organizada la humanidad moderna: el oro. Emplean en su pequeño mundo el espíritu universal. Cuando se acerquen siglos mejores corromperemos los tribunales por medio de nobles ideas y hermosas metáforas. Mientras tanto, no lloremos demasiado las injusticias que nos hieren; no nos lamentemos sin medida del brazo brutal que nos sacude, de la calumnia que nos envenena. Las injusticias extremas son útiles; ellas, sembradoras de cóleras sagradas, han despertado el genio, han revolucionado los pueblos y han fecundado la Historia.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 18 de setiembre de 1906.

jueves, 27 de agosto de 2009

LA HUELGA de Rafael Barrett

Huelgas por todas partes, de Rusia a la Argentina. ¡Y qué huelgas! Veinte, cincuenta mil hombres que de pronto, a una señal, se cruzan de brazos. Los esclavos rebeldes de hoy no devastan los campos, ni incendian las aldeas; no necesitan organizarse militarmente bajo jefes conquistadores como Espartaco para hacer temblar al imperio. No destruyen, se abstienen. Su arma terrible es la inmovilidad.

Es que el mundo descansa sobre los músculos crispados de los miserables. Y los miserables son muchos; cincuenta mil cariátides humanas que se retiran no es nada todavía. El año próximo serán cien mil, luego un millón. El edificio social no parece en peligro; está cerrado a todo ataque por sus puertas de acero, sus muros colosales, sus largos cañones; está rodeado de fosos, y fortificado hasta la mitad de la llanura. Pero mirad el suelo, enfermo de una blandura sospechosa; sentidlo ceder aquí y allí. Mañana, con suavidad formidable, se desmoronará en silencio la montaña de arena, y nuestra civilización habrá vivido.

Hay un ejército incomparablemente más mortífero que todos los ejércitos de la guerra: la huelga, el anárquico ejército de la paz. Las ruinas son útiles aún; el saqueo y la matanza distribuyen y transforman. La ruina absoluta es dejar el mármol en la cantera y el hierro en la mina. La verdadera matanza es dejar los vientres vírgenes. La huelga, al suspender la vida, aniquila el universo de las posibilidades, mucho más vasto, fecundo y trascendental que el universo visible. Lo visible pasó ya; lo posible es lo futuro. Asesinar es un accidente; no engendrar es un prolongado crimen.

No importa tanto que la sangre corra. Los ríos corren; lo grave es el pantano. El movimiento, aunque arrolle, afirma el designio eficaz y la energía. El hacha que os amputa una mano no se lleva más que la mano; mas si los dedos no obedecen a vuestra voluntad, estremeceos, porque no se trata ya de la mano solamente, sino de vuestra médula. La huelga es la parálisis, y la parálisis progresiva, cuyos síntomas primeros padece la humanidad moderna, delata profundas y quizá irremediables lesiones interiores.

Todo se reduce a un problema moral. Es nuestra conciencia lo que nos hace sufrir, lo que envenena y envejece nuestra carne. Hemos despreciado y mortificado a los menos culpables de entre nosotros, a los humildes artesanos de nuestra propiedad; no hemos sabido incorporarlos a nuestra especie, fundirlos en la unidad común y en la armonía indispensables a toda obra digna y durable; hemos querido que la suma total de los dolores necesarios cayera únicamente sobre ellos. Y ese exceso de dolor torpemente rechazado y acumulado en el fondo tenebroso de la sociedad vuelve sobre nosotros, y se levanta y crece a la luz del sol y al aire libre, de donde jamás debió haber desaparecido.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 3 de enero de 1907.

martes, 25 de agosto de 2009

LA GUERRA de Rafael Barrett

La guerra instala al hombre. Para instalarse, para crecer y purificarse, la vida necesita matar; no es hacedero vivir sino a costa de los que viven, y los que deben morir, cumplen, mediante la muerte, su misión de vida. Toda vitalidad poderosa y concentrada es una medida justa de dolor y de muerte. El más suave y perfecto poema tiene un origen despiadado. Pensad en el fatal esplendor conque la Victoria de Samotracia bate el ritmo celeste de sus alas de mármol, los siglos de matanza, de espanto y de tortura que engendraron la Grecia. La transparencia delicada del genio es, como la del cristal, hija del fuego que ilumina y destruye.

Guerra, fiesta de la crueldad: decid aniquilamiento de la crueldad. Esos horrores empapados en el sudor de la angustia desaparecen al realizarse. Se manifiestan como sombras de pesadilla sobre el muro inmenso de las cosas. Existían dentro de los cráneos, y al salir se coagularon con la sangre de los vencidos y se inmovilizaron para siempre. Son los cerebros los verdaderos campos de batalla, y cuando los gestos silenciosos de la ferocidad oculta rompen el dique y pasan del espíritu a la carne, el espíritu, libre de monstruos, reposa en la serenidad y en la belleza. La muerte es vida, y la guerra es paz.

Atilas, escultores de la humanidad, vuestro cincel es el hacha; arquitectos de razas, amáis la sangre con que se cementan los pueblos futuros. Alucinados de arte ciclópeo, arrojáis afuera las tempestades que se mueven dentro de vuestra alma desordenada y demasiado estrecha. Soltáis la interna ola delirante. Lo mismo que vuestros hermanos los escultores de la idea, os desprendéis del sobrante agitado de vuestro ser, y recibís la certidumbre del equilibrio. Mas, ¿cómo juzgar, por los residuos que el cincel abate, la hermosura de la estatua invisible?

Porque sólo existe lo invisible. Para no desvanecernos, hemos de asirnos a lo invisible que en nosotros queda, a lo invisible que palpita dentro y más allá de lo que vemos. Todo lo demás es máscara y cartón, cadáveres y restos de la guerra. Las llanuras y los cielos acribillados de sol no son sino también tinieblas cruzadas por la vida. Si lo invisible es uno, si lo invisible es Dios, no se hizo perfecto mientras no lanzó a la nada, por un acto de guerra, el universo inútil. Y por la guerra se sigue separando lo esencial de lo vano: guerra de los átomos que crió el plasma; guerra de las células que crió el animal; guerra de los instintos que hace surgir en la conciencia, sobre los dragones expirantes, bañado en congoja y desgarrado por el triunfo, el sentimiento de la piedad.

Publicado en "El Diario", Asunción, 11 de diciembre de 1907.

lunes, 24 de agosto de 2009

LA EVOLUCION DE LOS MUNDOS de Rafael Barrett

Percival Lowell es un sabio astrónomo norteamericano. Es -una cosa rara- un sabio inteligente. La inteligencia no abunda, y quizá menos aún en los sabios especialistas que en los demás profesionales. La vida corriente, en efecto, puede por su misma diversidad católica despertar en nosotros esa electricidad mental que relaciona lo distante, y tiende sus hilos invisibles a través del mundo. Hay analfabetos inspirados. Pero la hermética existencia de un hombre exclusivamente consagrado, por ejemplo, a la arqueología etrusca, ¿no le embrutecerá del todo? Es muy posible. Se encuentran así profundos investigadores, célebres por sus descubrimientos -¿quién después de veinte o treinta años de labor rectilínea no descubre algo?- y cuya incomprensión, fuera de los detalles de su especialidad, asusta. Sin embargo, son en extremo útiles, porque hallan los materiales oscuros que mañana el talento organizará en luminosa síntesis. Leonardo -un artista- contribuye a fundar la mecánica moderna. Pasteur, que no era médico, revoluciona la medicina, y el médico Mayer, la física matemática. Los amores de la inteligencia son enciclopédicos. «Es plomo y no alas lo que es preciso dar al entendimiento», decía Bacon; hoy, ante la triste pesadez de nuestra ciencia, aconsejaría lo contrario.

No sólo es inteligente Percival Lowell: tiene por añadidura imaginación. Capaz de interpretar lo que ve, ha querido ver claro, lo que es cada día más difícil para los que miran las altas estrellas. La historia ha empañado la atmósfera de las ciudades al punto que se han hecho imposibles las observaciones practicadas en otro tiempo. El vaho de la inquieta multitud humana las roba el espectáculo de lo infinito. Nuestra agitación nos priva del tesoro celeste que gozaban los meditativos pastores de la antigua Caldea. El profesor Lowell no se ha sometido como la mayoría de los astrónomos -sabido es que el telescopio no parece susceptible de perfeccionamiento alguno- y ha instalado su observatorio en Flagstaff, en medio de los desiertos de Arizona, La soledad le ha puesto en posesión de la magnífica y silenciosa transparencia de la noche, y desde su retiro nos manda noticias del etéreo más allá. A fines de 1909 publicó un bello libro sobre Marte. Ahora otro, titulado La evolución de los mundos. ¡Qué poema sublime el del nacimiento y la agonía de los astros! Lowell hace desfilar ante nuestros ojos todos los planetas jóvenes, que son los más grandes, los más apartados del sol; el misterioso Neptuno, que gira al revés que sus compañeros, y cuyo espectro presenta fajas inexplicables; Urano, que encierra sustancias desconocidas en nuestro globo; Saturno, candente como un ascua, cuajando a nuestra vista satélites nuevos con las partículas de su anillo; Júpiter, masa de densos vapores que hierven... Son los planetas-niños, demasiado grandes todavía para que asiente en ellos su planta el Dios del Génesis. Y luego los planetas que han comenzado a envejecer: Marte, medio seco, donde el deshielo de los casquetes polares, aprovechado por una hipotética humanidad, refinada y marchita, se filtra hacia el Ecuador, a lo largo de los famosos lagos que vislumbró Schiaparelli, y que al fin se han fotografiado, «tela de araña como las que la primavera extiende sobre el césped, finísimo retículo que va de un polo al otro... joya de hermosura geométrica»; Venus, barrida por los huracanes, lavada por la fricción de las mareas, cara al sol, con un hemisferio tórrido y otro glacial; Mercurio, igualmente inmovilizado sobre su eje, o poco menos, despojado de estaciones y de la alternancia de la noche y del día, planeta consumido, agrietado y árido, «osamenta de un mundo». En cuanto a la Tierra, ya camina hacia la desecación, que es la muerte. Los océanos se cargan de sales, el frío permite a las aguas descender a las capas geológicas inferiores, mientras en las regiones elevadas del aire el vapor se desprende y se disemina sin cesar; dejamos en nuestra marcha una estela fluida, y cuando hayamos perdido todo lo que es líquido y gaseoso, la Tierra, semejante a la Luna, su difunta hija, paseará por la inmensidad su propio esqueleto. ¡Trágico destino de estos cadáveres enormes, viajeros de la sombra, y para los cuales no hay tumba!

Según Percival Lowell, son los choques entre las estrellas apagadas, las estrellas negras, los que engendran nuevas nebulosas, nuevos soles y nuevos mundos. Hemos presenciado tales fenómenos. En 1901, cerca de Algol, brilló de pronto un astro, y se extinguió enseguida. Algunas semanas más tarde había en el mismo sitio una nebulosa, «moléculas impelidas tan sólo por la presión de la luz, escribe Lowell; como si dijéramos el humo de una catástrofe». Pero pensad en la materia dispersa continuamente por los confines del universo. ¿Quién recoge esos átomos, en su divergente fuga, si el espacio es infinito? Y si el pasado fue eterno, ¿por qué no se cumplió lo que tiene que cumplirse, el desvanecimiento total de las cosas? Acaso nuestra razón es más ancha que la realidad, y no concibe que el espacio concluye, que el tiempo termina y que el cosmos es una cárcel donde se gira sin esperanza.

Publicado en "La Razón, Montevideo, 7 de abril de 1910.

sábado, 22 de agosto de 2009

LA ESCLAVITUD Y EL ESTADO de Rafael Barrett

Es preciso que sepa el mundo de una vez lo que pasa en los yerbales. Es preciso que cuando se quiera citar un ejemplo moderno de todo lo que puede concebir y ejecutar la codicia humana, no se hable solamente del Congo, sino del Paraguay.

El Paraguay se despuebla; se le castra y se le extermina en las 7 u 8.000 leguas entregadas a la Compañía Industrial Paraguaya, a la Matte Larengeira y los y a los arrendatarios y propietarios de los latifundios del Alto Paraná. La explotación de la yerba-mate descansa en la esclavitud, el tormento y el asesinato.

Los datos que voy a presentar en esta serie de artículos, destinados a ser reproducidos en los países civilizados de América y de Europa, se deben a testigos presenciales, y han sido confrontados entre sí y confirmados los unos por los otros. No he elegido lo más horrendo, sino lo más frecuente; no la excepción, sino la regla. Y a los que duden o desmientan les diré:

«Venid conmigo a los yerbales, y con vuestros ojos veréis la verdad».

No espero justicia del Estado. El Estado se apresuró a restablecer la esclavitud en el Paraguay después de la guerra. Es que entonces tenía yerbales. He aquí lo esencial del decreto de enero de 1871:

«El Presidente de la República, teniendo en conocimiento de que los beneficiadores de yerbas y otros ramos de la industria nacional, sufren constantemente perjuicios que les ocasionan los operarios, abandonando los establecimientos con cuentas atrasadas...

DECRETA:

«Artículo 1º.- ...».

«Art. 2º.- En todos los casos en que el peón precisase separarse de sus trabajos temporalmente deberá obtener... asentimiento por medio de una constancia firmada por el patrón o capataces del establecimiento».

«Art. 3º.- El peón que abandone su trabajo sin este requisito, será conducido preso al establecimiento, si así lo pidiere el patrón, cargándosele en cuenta los gastos de remisión y demás que por tal estado origine».

RIVAROLA

Juan B. Gil

El mecanismo de la esclavitud es el siguiente: No se le conchaba jamás al peón sin anticiparle una cierta suma que el infeliz gasta en el acto o deja a su familia. Se firma ante el juez un contrato en el cual consta el monto del anticipo, estipulándose que el patrón será reembolsado en trabajo. Una vez arreado a la selva, el peón queda prisionero los doce o quince años que, como máximum, resistirá a las labores y a las penalidades que le aguardan. Es un esclavo que se vendió a sí mismo. Nada le salvará. Se ha calculado de tal modo el anticipo, con relación a los salarios y a los precios de los víveres y de las ropas en el yerbal, que el peón, aunque reviente, será siempre deudor de los patrones. Si trata de huir se le caza. Si no se logra traerle vivo, se le mata.

Así se hacía en tiempos de Rivarola. Así se hace hoy.

Es sabido que el Estado perdió sus yerbales. El territorio paraguayo se repartió entre los amigos del gobierno y después la Industrial se fue quedando con casi todo. El Estado llegó al extremo de regalar ciento cincuenta leguas a un personaje influyente. Fue aquella una época interesante de venta y arriendo de tierras y de compra de agrimensores y de jueces. Pero no nos importan por el momento las costumbres políticas de esta nación, sino lo referente a la esclavitud en los yerbales.

En la reglamentación del 20 de agosto de 1885 se dice:

«Art. 11. -Todo contrato entre el explotador de yerba y sus peones, para que tenga fuerza, deberá ser hecho ante la autoridad local respectiva, etcétera».

Ni una palabra especificando qué contratos son legales y cuáles no. El juez sigue poniendo su visto bueno a la esclavitud.

En 1901, al cabo de treinta años, se deroga especialmente el decreto de Rivarola. Pero el nuevo decreto es una nueva autorización, más disimulada, puesto que ya el Estado no tenía yerbales, de la esclavitud en el Paraguay. Se prohíbe al peón abandonar el trabajo, so pena de daños y perjuicios a los patrones. Ahora bien, el peón debe siempre al patrono; no le es posible pagar y legalmente se le apresa.

El Estado tuvo y tiene sus inspectores, los cuales por lo común se enriquecieron pronto. Los inspectores van a los yerbales para:

«1.º) Reconocer toda la jurisdicción de su sección;

2.º) Fiscalizar la elaboración de yerba;

3.º) Cuidar que los industriales no destruyan las plantas de yerba;

4.º) Exigir que cada arrendatario le presente la patente del rancho arrendado, etc.».


Ninguna orden de verificar si en los yerbales se ejerce la esclavitud, y si se atormenta o fusila al obrero.

Este análisis legislativo es un poco inocente, pues aunque la esclavitud no se apoyara en la ley, se practicaría de todas maneras. En la selva está el esclavo tan desamparado como en el fondo del mar. Don R. C., en 1877, decía que la Constitución se detenía en el río Jejuy. Suponiendo que un peón sacara de su cerebro enfermo un resto de independencia, y de su cuerpo dolorido la energía necesaria para atravesar inmensos desiertos en busca de un juez, encontraría un juez comprado por la Industrial, la Matte o los latifundistas del Alto Paraná. Las autoridades locales se compran mensualmente mediante un sobresueldo, según me ratifica el señor contador de la Industrial Paraguaya.

El juez y el jefe comen, pues, en ese plato. Suelen ser simultáneamente autoridades nacionales y habilidades yerbateros. Así el señor B. A., pariente del actual presidente de la República, es jefe político de San Estanislao y habilitado de la Industrial. El señor M., pariente también del presidente, es juez en el feudo de los señores Casado y empleado de ellos. Los señores Casado explotan los quebrachales por medio de la esclavitud. Todavía se recuerda el asesinato de cinco peones quebracheros que intentaron fugarse en una barca.

Nada hay, pues, que esperar de un Estado que restablece, la con ella lucra y vende la justicia al menudeo. Ojalá me equivoque.

Y entremos ahora en el detalle de los hechos.

Publicado en "El Diario", Asunción, 15 de junio de 1908.

jueves, 20 de agosto de 2009

LA ELOCUENCIA de Rafael Barrett

Hay gentes enamoradas de la elocuencia. Desean ser convencidas enseguida, ser arrastradas por un río sonoro de palabras familiares y fácilmente comprensibles. Admiran la gimnasia del orador congestionado; se beberían el sudor heroico de las cabezas retumbantes. Les encanta ser dominados en tropel, apretados unos con otros; sentir en las espaldas, al mismo tiempo que los demás, el latigazo de las parrafadas finales; perderse en la adoración común; vaciar su mente de toda serenidad, de toda crítica, a la música vulgar de los tribunos; estremecerse con el espasmo ajeno, impuesto por la carne próxima; abandonarse el pánico que aplaude.

Hay inteligencias impúdicas, que abren su intimidad a las primeras galanterías oratorias, y que se dejan poseer en público por los charlatanes. Charlatanes extraordinarios, Demóstenes, Cicerón, Castelar, tiranos de la lengua, domesticadores de almas fútiles, jefes de la orgía mental, predicadores de la guerra que se quedan en casa, y que sólo fueron grandes cuando no fueron elocuentes y se les pudo leer después de haberles oído. Espectáculo innoble de mandíbulas colgantes, de ojos en catalepsia; pensamientos violados por un sugestionador que grita: pasividad de bestias ensilladas. Y el desenlace: manos inútiles que se chocan, un ruido vano como el discurso; los cerebros hueros. «¿Qué dijo? -No sé; pero estuvo sublime».

Viento. Mentiras que pasan. No se entrega nuestro ser a un puñado de frases. Nuestras entrañas están muy hondas. No es el clamor palabrero el que llega hasta ellas, sino el silencio y la meditación del libro. Id a los parlamentos, a las cátedras y a las iglesias, los que no tenéis entrañas. Id en rebaños; vuestras conciencias, igual que los cuerpos, no se tocan entre sí más que en sus superficies; eso os basta, a vosotros que sois únicamente superficie y corteza. Id: la voz despótica atronará vuestra vacuidad interior, mentes desalquiladas. Id innumerables, alargad a la vez las orejas, y felicitaos de volver cargados de ecos, y dichosos de vuestra docilidad. Para nosotros, el libro cortés, que no nos aturde a destiempo, ni nos soba, ni nos pisa, ni nos abruma; el Ebro, nuestro por siempre, desnudo y amoroso, que nos da de él lo que queramos tomar, lo que reconozcamos nuestro; el libro mudo, sin retrato de autor; el libro impersonal, abstracto, que preferiríamos sin nombre en la portada, título, firma, ni fecha, pedazo de espíritu caído al mundo para nuestra comunión ideal. Vosotros necesitáis una caja de resonancia, teatro, circo, la promiscuidad de los que acuden a venerar un saltimbanqui. Nosotros, la soledad.

Oradores, España, Moret, Santiago de Cuba. En el colegio me obligaron a reírme con el epigrama clásico:


Para orador te faltan más de cien.
Para orador te sobran más de mil.


Ya no es del orador de quien me río, aunque por allá siguen riéndose del que ara, y encantados del que ora. No me río de ti, siervo que apenas sabes hablar, y que para explicar las cosas las dibujas con tus dedos rudos, o las construyes pacientemente. Tú lo has fabricado todo, porque no sabías hablar. No es en el aire donde están los surcos de tu labor, sino en la tierra humilde. Te llaman bruto porque no sabes hablar, se ríen de ti. Y tú aras, cubriendo de surcos toscos el campo eterno. Ellos pronuncian sermones solemnes, en que se atreven a recordar la vida de Jesús; declaman patrióticamente en el Congreso, donde se atreven a recordar tu vida; sueltan con arte exquisito los brindis al champaña, desabrochándose el chaleco que les oprime demasiado el vientre. ¿Qué importa? Surquen ellos el aire con su vocear frenético, sus manotones descompasados, y tú, amigo mío, surca la tierra, la madre segura, la hermosa tierra firme.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 1º de febrero de 1907.

miércoles, 19 de agosto de 2009

LA DINAMITA de Rafael Barrett

Los escondrijos de Barcelona están llenos de bombas, listas para la catástrofe. Día a día descubren unas cuantas. Indignación del gobierno y de los moralistas de sobremesa.

Se dice aún: «esto es moral, esto es inmoral; esto natural, esto no», como si todo no fuera naturaleza, como si pudiéramos trazar en otra parte que en la imaginación los meridianos del mundo y de la vida. La Venus de Milo, o el Quijote, o la Basílica de San Pedro, son igualmente naturales que el Mediterráneo y Saturno y las selvas del Brasil. La ciencia existe porque borra las divisiones aparentes de la realidad. Si la naturaleza ha producido algo en absoluto extraño a nosotros, jamás tendremos de ello la menor noticia. Conocer es parecerse; una relación es una reciprocidad o no es nada.

¡Profunda naturalidad la de la dinamita y la del anarquismo! Esas energías no son mejores ni peores que las que dislocan cordilleras y arrasan San Franciscos y Martinicas. La dinamita, que en manos de ingenieros hiende la roca para abrir paso al ferrocarril, sirve lo mismo para hacer volar los ferrocarriles y los ingenieros y los dueños del negocio. Los apóstoles de hace veinte siglos eran anarquistas a su modo; por muy cruel que sea la legislación proyectada con el fin de ahogar el anarquismo, no lo será hasta el punto extremo de las persecuciones dioclecianas. ¡Qué error el de creer a la naturaleza indiferente a los hombres! El milagro, el magnetismo encantador de lo desconocido, bajó a iluminar las frentes piadosas de los santos; entre los suaves dedos que absuelven se ablandaron y torcieron las leyes físicas; las cosas se enternecieron y amaron. Y hoy, a semejanza de otro tiempo, los profetas de la desesperación se sienten auxiliados por la esfinge silenciosa. A la cólera intolerable que crispa los músculos en el bajo fondo social, responde la cólera química de las entrañas del globo. Los ascetas cristianos hacían brotar las flores de los yermos entumecidos; los ascetas anarquistas -sí, recorred la serie, rara vez hallaréis uno que no sea inteligente, elevado y robusto- llevan en el puño el prodigio feroz de la dinamita, el verbo que suprime, la voz que mata.

Vicio, crimen: palabras fáciles. Si cada uno de nosotros fuera un Robinson, ¿qué significaría robar, mentir, asesinar? ¿Qué es la moral en una isla desierta? El delito no es individual, sino social. No es culpable el ladrón, el falsario y el asesino, sino la colectividad. Tenemos la carne podrida, y pedimos cuentas a las pústulas que nos manchan. La codicia nos envilece, el miedo nos disminuye, la vanidad nos aturde, y nos hacemos la ilusión de curarnos metiendo en la cárcel a los infelices que la epidemia general ha castigado con mayor dureza. Pobres diablos, grieta por donde trasuda la masa de bajas pasiones que nos emponzoñan, triste remedio es amordazarnos. El veneno se queda adentro. Las raíces del árbol están heridas, y nos enfurecemos contra las hojas que vemos amarillear y marchitarse. ¿Por qué no se corrigen, por qué no se enverdecen? ¿Acaso no gozan del albedrío? Hojas melancólicas, vuestro libre albedrío os permite vacilar al viento; del árbol fatal sólo os separará la muerte.

El anarquismo no es el crimen, sino el signo del crimen. La sociedad, madre idiota que engendra enfermos para martirizarlos después, crucificará a los anarquistas; hará lo que aquellos Césares cubiertos de sarna: se bañará en sangre. Y seguirá enferma, y seguirá en nosotros el vago remordimiento de lo irremediable.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 2 de febrero de 1907.

lunes, 17 de agosto de 2009

LA CORTESIA de Rafael Barrett

Las construcciones primitivas encierran una enorme cantidad de materia inútil. Y las máquinas antiguas nos sorprenden por el derroche de trabajo malgastado. Son torpes y ruidosas. El progreso, más que en aumentar la energía total, reside en distribuirla mejor.

Sometidos a idéntica ley, los organismos vivos, al perfeccionarse, se vuelven más delicados, más nerviosos, más hábiles. El hombre verdaderamente fuerte tiene también la maña, que es la sabiduría del músculo, y los pueblos, como los hombres, evolucionan aprendiendo a economizar sus recursos naturales. Poco a poco, a medida que los fines se destacan, se decreta inmoral lo que no sirve, lo que disminuye el empuje total de la raza. Cuando se sabe a dónde se va, se ve y se odia lo que estorba en el camino. Así el esfuerzo de la colectividad, orientado hacia el mismo punto, animado de la misma intención secreta, se sistematiza con la precisión y la armonía de una obra de arte.

La cortesía es el aceite que suaviza los frotamientos inevitables de la máquina social. Traduce energía utilizada. He aquí por qué aparece acompañando a la cultura de las naciones. Llega un momento en que se procura evitar los irritantes y estériles conflictos de la menuda existencia diaria. La exageración se revela lo que es: una debilidad. Entonces se deja definitivamente a los incurables bárbaros dar gritos, asestar puñetazos sobre las mesas y agitarse sin término y sin causa.

La cortesía, nacida de una necesidad presente, se ha ido convirtiendo, como tantas otras costumbres hermanas, en el símbolo de una necesidad futura, y la que representaba ayer medios de ahorrar un impulso fisiológico representado y sentimientos de solidaridad y de amor todavía irrealizables. Al cumplir las reglas mundanas afirmamos constantemente un ideal imposible. Las pasiones, bajo la elegancia y la serenidad de los modales, son más hondas y más despiadadas. Bajo la ornamentación de una cortesía uniforme, la irreductible ferocidad de la especie se hace más trágicamente bella.

Jamás parece tan admirable el valor como cuando está sometido a códigos caballerescos, porque sólo así surge esencialmente humano. Tal elemento estético resplandece en la famosa frase: ¡Messieurs les anglais, tirez les premiers!, y en los duelos cortesanos del gran siglo. Sacada de la vaina suntuosa por una mano enguantada de terciopelo, brilla la espada más poéticamente, al hendir el aire limpio de los jardines de Versalles.

Si delante del enemigo la cortesía es heroica, delante de la mujer es deliciosa, y sublime delante de la muerte. Al caer Metz en las garras de Moltke se encontraron los heridos de Canrobert y de Leboeuf casi sin cloroformo. Los alemanes no quisieron darlo. Cuenta un cirujano francés que los oficiales moribundos rehusaban su parte de anestésico, para ofrecerla a compañeros de armas que hubieran de soportar operaciones más dolorosas. A ese grado la cortesía transfigura la carne y reina sobre la fatalidad.

Vive y vivirá un libro sagrado, el Quijote, que es la epopeya de la cortesía. Las aventuras imaginadas por el mendigo español nos enseñan a no concebir empresa noble que no sea cortés, ni grosería que no sea insignificante. El tipo del ingenioso hidalgo, inaccesible al golpe de maza del destino y a la puñalada de la risa, no encarna el pasado grotesco de la caballería andante, sino el porvenir luminoso que cambiará las palabras embusteras de la cortesía actual en hechos fecundos.

Publicado en "El Diario", 24 de junio de 1905.

LA CONQUISTA DE INGLATERRA de Rafael Barrett

¿Se aman los hombres más que antes? ¿Se aman siquiera algo? Preguntas sin contestación posible. Hoy, lo mismo que ayer, goza el odio una autenticidad negada al amor. Todos sabemos que no son las malas pasiones las que se falsifican. La desconfianza, la crueldad y la concupiscencia siguen siendo los movimientos espontáneos del alma. Mas tal vez ponemos mayor energía y mayor ingeniosidad en disfrazarlos. Tal vez conseguimos imitar mejor la virtud. Tal vez modelamos en el lodo maloliente de nuestros instintos estatuas más perfectas de la piedad. Y este afán artificioso de representar lo que no existe y esta necesidad de introducir en las costumbres mil prácticas hipócritas demuestran precisamente la realidad de una vida superior. Nuestra bondad, de dientes afuera, quizá anticipa gritos sinceros; nuestras fórmulas generosas, figuradas y sin cuerpo como los planos arquitectónicos, quizá retratan la ciudad futura.

Dice Lamartine que el ideal es la verdad a distancia. El ideal es la mentira, pero la mentira que cesará de serlo, la mentira-verdad, la mentira-germen. Y por una curiosa ley, preceden a la encarnación del ideal preparativos materiales cuyo verdadero destino nadie sospecharía. Así el pájaro primerizo ignora por qué un anhelo irresistible le empuja a buscar y reunir las briznas de su nido. Creerá que lo que le impele es codicia de urraca y no ternura de tórtola. Así gentes pasadas ignoraron que al hacer la guerra fundaban la paz, que al destruir cimentaban, y que con sangre fecundaban el mundo. Así ahora, ante el hecho universal de la disolución de las fronteras por obra de las grandes compañías de comunicaciones y transportes, podríamos concluir que no se trata sino de ganar dinero, cuando en el fondo se trata del advenimiento enorme de la solidaridad humana.

Los pueblos que eligieron para defender su territorio cordilleras heladas, ríos traidores y mares infranqueables, trabajan en romper la cárcel de la naturaleza. No hay ya precipicios bastante profundos ni rocas bastante inmensas para detener la civilización. Donde las hordas feroces retrocedían, continuamos nosotros el camino. No pasarán muchos años antes de que hayamos puesto el pie o la quilla en los últimos rincones del planeta, ni antes de que nuestra palabra se oiga a un tiempo, semejante a la de Dios, en todas partes. La ciencia nos acerca y aprieta unos con otros, por mucho que nos aborrezcamos. La inteligencia nos unifica y nos funde; era la ignorancia la que nos separaba. Y las ideas, las únicas católicas en el sentido etimológico del vocablo, las ideas nacidas del hecho experimental y no del terror religioso, han perforado los Alpes y van a construir el túnel bajo la Mancha.

Inglaterra había proclamado que no sólo ella, sino que cada inglés era una isla. Su política tradicional era la del soberbio aislamiento. No esperó a Ibsen para sentar que el más fuerte es el que está más solo. El ejército permanente de las olas atlánticas se encargaba de volver inaccesibles las costas y de asegurar la independencia nacional. Siempre rechazó Inglaterra el túnel, en tantas ocasiones proyectado, que la atara al continente. Y por fin se nos asegura que cederá, y que la nación orgullosa por excelencia tenderá la mano al resto de Europa. La isla se convertirá en península. Un istmo misterioso la unirá a otros suelos, y unirá la raza robusta y desdeñosa a otras razas. El juego fatal de los intereses económicos ha vencido los antiguos resabios, y mezclará elementos sociales aún enemigos, creando la continuidad de la tierra firme. El oro conquista a Inglaterra. El oro, hijo de la avaricia, padre de la envidia y de la desesperación, gran envenenador de conciencias, amalgama las carnes. El oro, con la tiranía que heredó de la espada, aparta los espíritus y junta los cuerpos.

Y cuando el oro haya desaparecido al igual de la espada, cuando se hayan desvanecido las mezquinas emociones que cual andamiaje fútil acompañan a la acción incalculable del capital moderno, quedará el edificio levantado por el mal para que el bien lo habite. Se irán las empresas infames, los trusts abrumadores, los propietarios de todo género, engrandecidos con el robo y con el ejercicio de la esclavitud, pero dejarán al porvenir sus minas abiertas, sus ferrocarriles, sus telégrafos, sus puentes y sus túneles, sus máquinas poderosas, sus instrumentos delicados, el tesoro entero acumulado por la rapiña para que generaciones menos despreciables lo usen y multipliquen noblemente. El amor entonces hallará dispuesto su nido, y no le importará conocer con qué intenciones fue preparado. Las heridas de la espada y del oro serán surcos donde germinarán las plantas nuevas.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 19 de enero de 1907.

domingo, 16 de agosto de 2009

LA CIENCIA de Rafael Barrett

La ciencia, la del momento, es una religión corta. Como en las demás religiones, la turba no iniciada cree a pies juntos, y son los altos sacerdotes los que vacilan. Hay devotos de los rayos X y devotos de San Expedito. La ignorancia está siempre en terreno firme. Ocupa el seno seguro de los valles, largamente apisonado por las acémilas. Arriba reina el vértigo. ¿Qué papa no habrá sido ateo un instante? ¿A qué sabio no ha estremecido de angustia el soplo de lo ignorado?

Para los débiles, dudar es desplomarse; para los fuertes, dudar es creer. Sólo nos acercamos a la verdad mientras dudamos; sólo mientras dudamos somos religiosos. La duda al desgarrar ensancha. La certidumbre es una falsedad y un sacrilegio. No hay pensador -hablo de los auténticos, limpios de popularidad- cuya obra no haya sido negación y duda. Los que suspendidos en el vacío de la duda avanzan sin caer, son los que tienen alas: con ellas pasarán sobre la sima, y subirán hacia la luz de las tinieblas.

Los débiles necesitan demostrar lo que ven y lo que no ven, o darlo por demostrado; necesitan la fe, una barra que les sostenga, aunque les empale; necesitan la prueba, el signo, el milagro. De puro débiles no juzgan posible vivir sino por milagro. Necesitan un Dios prestidigitador. La ciencia en uso, eminentemente prestidigitadora, les satisface. Los milagros antiguos eran desordenados y a veces inoportunos. Cuando hacían más falta no acudían y llegaban cuando se les esperaba menos. Los de ahora son dóciles, naturales. Las academias los explican. El débil se figura que la ciencia explica, que la ciencia resuelve, y que debemos maravillarnos de unas cosas más que de otras. En cambio el fuerte sabe que todo es igualmente sobrenatural.

Además, el débil no concibe bien sino la fuerza. Es preciso ser fuerte para comprender que más allá de la fuerza hay algo. El Dios juglar de los débiles ha de manifestarse también hercúleo y suntuoso. Ha de hendir, incendiar, anegar, aplastar y machacar cuando convenga. Ha de conquistar, deslumbrar y explotar el mundo. Así se postra la turba ante la ciencia de la dinamita y de los martillos pilones, la ciencia industrial cebadora de trusts, la ciencia inevitable y práctica que acumula en moles ciclópeas el hierro y el oro.

¿De qué sirve al elegido, al que marcha delante, esa tumultuosa confianza, amplificada por la única fuerza de los débiles, que es el número? ¿De qué le sirve la baja ilusión de los beneficiados a máquina? Ni siquiera le alcanza el clamoreo común. No oye a los hombres, ni es oído. Está solo; es la proa de la humanidad; de frente al infinito, no toca más que aguas oscuras y la sombra magnífica. La ciencia en sus manos no es un arma, ni un amuleto, sino una sonda. Cada eslabón que añade ahonda el precipicio; cada antorcha que enciende revela lo impenetrable de los cielos. La soberbia magnitud de lo desconocido le hace temblar. Embriagado de misterio, y dueño de enriquecerlo y de esparcirlo mediante la ciencia, se siente creador del espectáculo sagrado. Descubre que el drama de la realidad se cumple en su propia conciencia, y que al hundir en la noche el follaje de su espíritu, expresa lo absoluto. De este modo se le aparece el Universo como el molde cambiante y fiel de lo invisible.

Publicado en "Germinal", N.º 7, 13 de setiembre de 1908.

sábado, 15 de agosto de 2009

LA BENEFICENCIA de Rafael Barrett

Las instituciones de beneficencia se multiplican y se perfeccionan. Las vemos crecer rápidamente. Cada vez remediamos en mayor escala la extrema miseria, la ignorancia y el vicio, el abandono de los niños, la vejez, la enfermedad, los accidentes del trabajo. Nótese que la acción individual, pese a los Carnegie y a los Morgan obstinados en hacerse perdonar, a fuerza de donaciones, sus monstruosas fortunas, es mucho menos importante que la acción colectiva. De una parte el Estado, sin dejar de invertir sumas inmensas en el aniquilamiento de las razas -presupuestos de guerra- dedica fondos cada vez más copiosos a la asistencia pública; de otra parte, el proletariado aprende a defenderse por sí, con el instrumento cooperativo, organizando servicio médico, dispensarios, sanatorios, reservas de toda clase para la lucha económica.

Conviene advertir que no se trata de caridad ni de amor al prójimo, sino del provecho común. No confundamos el altruismo con el egoísmo del conjunto. En enero de este año empezó Inglaterra a pagar las pensiones a los ancianos pobres. Muchos quisieron cobrar en persona la primera cuota y se arrastraron a las oficinas. Tres murieron de conmoción cerebral. Si fue la alegría, pase; es un caso en que el placer del siervo se manifestó superior al del amo; Schopenhauer se hubiera sorprendido. Si fue de agradecimiento, se equivocaron. La beneficencia moderna es una función necesaria, en que ni el que recibe tiene nada que agradecer, ni el que da tiene nada que ufanarse. ¿Caridad, cuando vivimos de la semiesclavitud de los trabajadores? ¿Amor, cuando lo normal no se concibe sin la base del odio y del miedo, y todo nuestro progreso consiste en haber sustituido la ferocidad por la codicia, la agresión inmediata por la agresión calculadora, la sed de sangre por la sed de oro? En las sociedades fundadas en la esclavitud entera, hubo beneficencia también; las «eranias», las «tiasias» griegas, accesibles a los esclavos, eran aparentemente asociaciones religiosas, en realidad de socorros mutuos. La ley ateniense concedía un óbolo diario a los enfermos desvalidos. En cuanto a Roma, la magnífica cruel, la que se divertía despanzurrando infelices con la zarpa de sus felinos, tuvo sabias instituciones benéficas y poderosas corporaciones gremiales. Flexibilicemos la inteligencia, viendo a Nerón preocuparse por los menesterosos, y consagrar grandes cantidades en entierros gratuitos. ¿Qué importa que los hombres se aborrezcan, si al fin se ayudan; si al fin comprenden que es indispensable una disciplina de náufragos?

El amor puro no sería tan eficaz. ¿De qué servirían en nuestros hospitales los santos de la Edad Media? Una María Alacoque, aquella que con la boca limpiaba los pisos, no vale lo que el último enfermero de una clínica. La bienaventurada había llegado, de éxtasis en éxtasis, a quedarse tan imbécil, que «la ensayaron para la cocina, y hubo que renunciar, todo se le caía de las manos», según cuenta su respetuoso biógrafo, monseñor Bougaud. Lamer las llagas para ganar el cielo no es lo que nos hace falta, sino curarlas con regularidad. El milagro es demasiado caprichoso; socialmente, su efecto es casi nulo. Sin duda que para resucitar a Lázaro es preciso el amor de Jesús; pero ¿en qué nos ayudaría resucitar a un Lázaro cualquiera cada medio siglo? ¿No es preferible apelar a procedimientos más prosaicos y más dóciles? La humanidad no merece salvarse de golpe, sino ruin y penosamente. No somos dignos de que nos salve el amor, sino la ciencia. Hagamos de la práctica del bien un oficio lucrativo, honroso y libre de apasionamientos. Si los dedos del cirujano temblaran de compasión, serían menos útiles.

Procuremos cuidar la salud de las gentes como un juicioso criador de ganado cuida la de sus bestias. Si conseguimos por el mismo salario obreros mejor construidos, capaces de resistir mejor al uso, habremos adelantado nuestra cultura y elevado nuestro nivel moral. Lo bello, lo justo, es que nos volvamos más hábiles, más pacientes en la labor, sin que robustezcamos en exceso nuestras almas. Evitemos todo romanticismo, todo misticismo, todo sueño desordenado. Seamos máquinas honestas. La beneficencia es un buen negocio. ¿Acaso las compañías de seguros indemnizan por piedad? La beneficencia es el seguro de la civilización.

domingo, 9 de agosto de 2009

LA ANTINOMIA Y LA PROBABILIDAD de Rafael Barrett

No estamos seguros de nada. ¿Saldrá el sol mañana? Es muy probable.

¿Existiremos dentro de un mes? He aquí algo mucho menos probable.

¿Qué oscuro instinto nos dice todo esto?

Pero ¿es realmente oscuro este instinto? ¿No dependerá la vaguedad de sus contestaciones de la vaguedad de las preguntas?

Tomo un dado. Si lo arrojo, ¿qué punto saldrá? No lo sé.

No sé si saldrá el 1 o el 6. Pero es exactamente tan probable que salga uno como otro. Cosa ésta tan cierta como un axioma. Puedo afirmar más: que la probabilidad de que salga el 1 es cinco veces más pequeña que la probabilidad de que no salga.

El sencillo ejemplo del dado nos autoriza aparentemente a definir la probabilidad. La probabilidad de un suceso sería la relación del número de casos favorables al número total de casos posibles.

¿Probabilidad de que salga el punto 1? Casos favorables: 1; casos posibles: 6.Contestación: 1/6.

¿Probabilidad de que no salga? Casos favorables: 5. Casos posibles: 6. Contestación: 5/6.

D'Alembert sonríe y nos advierte que no hay más que dos casos posibles: o el suceso en cuestión ocurre o no ocurre. La probabilidad de cualquier suceso es siempre ½, y no vale la pena de seguir adelante.

A lo que responderemos que los casos han de ser igualmente probables. Con lo que nos reducimos a definir lo probable por lo probable.

¿Cómo sabremos que dos casos posibles son igualmente probables? Una especie de sentido común indestructible nos guía en el ejemplo del dado. ¿Será siempre así?

Desgraciadamente, no. El ilustre Bertrand (Calcul des Probabilités) se propone encontrar la probabilidad para que, en una circunferencia, una cuerda trazada al azar sea mayor que el lado del triángulo equilátero inscripto. Adoptando sucesivamente dos puntos de partida, el autor halla con el uno 1/2, y con el otro 1/3.

Pero en el problema de Bertrand los casos posibles son infinitos. Ninguna contradicción resulta de los problemas planteados con el dado, con los naipes, con unas que contienen bolas de distintos colores, etc. Es que aquí los casos posibles son numerables.

Es decir que el concepto de probabilidad es inaplicable, en su sentido raíz, a cuestiones de continuidad, como son precisamente la inmensa mayoría de las cuestiones que se presentan en la mecánica y en la física.

Nada de esto debe extrañarnos. Muchos conceptos, como el de número y los de las operaciones elementales, han ido modificándose, generalizándose, para abrazar una mayor extensión de conocimiento. Aplicados directamente a su sentido primero, conducen a contradicciones por el estilo de la que ofrece Bertrand.

La generalización del concepto de probabilidad, generalización que lo hace aplicable a cuestiones geométricas y físicas, consiste esencialmente en atribuir a la probabilidad que se busca una forma arbitraria, sin otro requisito que satisfacer el principio de razón suficiente y la condición de continuidad. Sucede entonces que la expresión de la probabilidad a que se llega suele ser independiente de la hipótesis inicial; de otro modo: la probabilidad es siempre la misma, y libre de toda contradicción.

Los curiosos que posean las matemáticas elementales pueden leer el Traité des Probabilités del célebre Poincaré, donde se tratan muchas cuestiones de esta clase, elegantemente planteadas y resueltas.

Mi propósito no es insistir en la parte técnica del asunto, ni en sus importantes consecuencias para la ciencia positiva, sino dejar sentado lo legítimo, lo intuitivo del concepto de probabilidad, e indicar los extraños aspectos que ofrece el estudio de ese concepto.

Vuelvo a tomar el lado. Lo arrojo: ha salido el punto 1. Sin embargo, era cinco veces más probable que saliera otro, y no ése. Es extraño que haya salido el punto 1. Pero, ¿no sería igualmente extraño que hubiera salido cualquiera de los demás?

He aquí que nos parece extraño algo que no puede menos de suceder.

¿Por qué ha salido el punto 1? El dado sigue una trayectoria que depende del impulso de mis dedos, de la resistencia del aire, de la acción de la gravedad. El punto que representa al quedar inmóvil depende de todo eso, y además de las asperezas, de la elasticidad, de la dureza no sólo del piso, sino del mismo dado. ¿Qué hay de arbitrario en todo eso? Nuestra ciencia nos declara que absolutamente nada.

Para los que hagan sus reservas respecto a la mano y al cerebro que mueve esa mano, se dispondrá una máquina, como la ruleta, que lance el dado. El problema será el mismo.

Hay que admitir que si ha salido el punto 1, es que era fatal que saliera.

Vuelvo a arrojar mi dado. No sale el punto 1. ¿Qué es lo único que puedo decir? Que esta vez era imposible que saliera.

En la realidad no hay más que sucesos fatales y sucesos imposibles. ¿Qué tiene que ver nuestro concepto de probabilidad con todo esto?

Pero siempre expresamos nuestra ignorancia con palabras de probabilidad. Ignoramos si saldrá el sol mañana, y en vez de hacer constar sencillamente esa ignorancia, o de puntualizar que es fatal o imposible que salga el sol mañana, decimos: «Es enormemente probable que el sol salga mañana».

Y sentimos que decimos la verdad.

¿Cómo explicar que ese concepto tan intuitivo y fundamental de la probabilidad no tenga en la realidad correspondencia alguna?

No tratemos tan mal a la realidad. Tomemos a ella un poco más despacio.

En vez de arrojar el dado una vez, hagámoslo cien, mil veces, y contemos las que ha salido el punto 1. Encontramos que ha salido con una frecuencia próximamente cinco veces menor que los demás puntos; lo mismo que nos advertía nuestro concepto de probabilidad.

Y cuanto mayor sea el número de pruebas que hagamos, tanto más se acercarán los hechos a la idea.

-¿No sabíamos absolutamente nada de una serie de fenómenos, y hemos predicho una ley? ¿Qué significa esto?

Los fenómenos estaban fatalmente preparados de toda eternidad, y sin embargo, nuestra ignorancia los reglamenta de antemano.

Llueve durante dos horas en un patio embaldosado. Nada sé de la curva caprichosa que seguirá, desde el misterioso seno de la nube, cada gotita de agua. No sé nada, y, sin embargo, afirmo que cada baldosa recibirá próximamente el mismo número de gotas.

Y así es.

Un gas se supone compuesto de una cantidad colosal de moléculas, que vuelan en todas direcciones con velocidades grandísimas. Nada sé de las trayectorias de esas moléculas, y, sin embargo, de mi misma completa ignorancia deduzco una ley de la probabilidad que me conduce como por la mano a la ley de Mariotte, hermosa ley física de innumerables aplicaciones.

Abramos una tabla de logaritmos. Nada hay allí de arbitrario. Cada cifra es hija fatal de la aritmética. Puedo volver a calcular cada cifra por medio de deducciones inatacables. Por el momento ignoro los millares de signos allí estampados. Apoyado en mi misma ignorancia, sostengo que la cifra 1 se encuentra tan frecuentemente impresa como la cifra 7.

Y así es.

Mi ignorancia sabe, predice y descubre.

¿Cómo resolver esta antinomia?

Pascal, que lo ha dicho todo, escribe no sé dónde, que el mismo principio de contradicción está sujeto a crítica.

La discusión del problema de la voluntad hará recordar algún día la frase de Pascal, frase que por otra parte no es inadmisible en matemáticas. Pero confesemos que no hay necesidad de sospechar que una cosa pueda ser y no ser al mismo tiempo, para resolver la antinomia de probabilidad.

Si mi ignorancia sabe, es que no hay tal ignorancia.

Cuando confirmo que ignoro las trayectorias de las gotas de lluvia, afirmo implícitamente que el conjunto de causas que separan esas trayectorias de la vertical, o alteran sus distancias relativas, se destruyen las unas a las otras. Cuando afirmo que ignoro si saldrá cara o cruz al echar al aire una moneda, afirmo que en un gran número de pruebas se destruyen las causas que deciden el resultado del fenómeno. En todos estos ejemplos, ignorar es afirmar una simetría.

Es muy de observar que nada podemos predecir de una sola prueba. ¿Saldrá cara en este momento? Las pequeñas causas que lo han de decidir no tienen tiempo para luchar en masa con las otras y poner de relieve la ley. Por eso la sensación de azar positivo, de ignorancia real, es típica en este caso. Por eso los jugadores se arruinan a la larga. Siempre juegan a un golpe. Verdad es que en una gran serie de golpes todos los jugadores estarían de acuerdo, y no habría contra quién jugar.

La idea de simetría la adquirimos al solo enunciado de la cuestión, y de ella deducimos la ley de probabilidad por una función de la inteligencia análoga a la función analítica del cálculo. Examínese todos los sucesos a que atribuimos un concepto de probabilidad y se descubrirá una base de conocimiento directo del fenómeno. La ley de probabilidad expresa precisamente ese conocimiento, y cuanto se aparte de ella, a posteriori, la realidad, otro tanto nuestro conocimiento se apartará de la exactitud.

Es que pocas veces sabemos, pero menos veces todavía, ignoramos.

martes, 4 de agosto de 2009

LA CHINA Y EL OPIO de Rafael Barrett

La Emperatriz manda cerrar los fumaderos públicos, atentando así al genio nacional, que es el genio de lo inmutable. En China obrar es copiar, vivir es repetir, un camino nuevo, una nueva idea son algo sacrílego. Esa civilización colosal y complicadísima ha recorrido su cielo, y después de miles y miles de años de oscilaciones y de estremecimientos, ha descendido al punto del equilibrio absoluto. El péndulo ha quedado por fin inmóvil. Hace siglos que en China se ha escrito el último poema, se ha construido el último palacio y se ha dictado la última ley. Todo es definitivo, todo está previsto. El Imperio Celeste es prisionero de un espejo alto y frío, que oculta todos los horizontes bajo la vana imagen del pasado. Y allí esperar no es más que recordar.

El flanco del inmenso continente de sangre se contamina. La tercera parte de la humanidad, amontañada en un bloque único, siente sus bordes corroídos por la lepra europea. Construir acorazados, seguir los cursos franceses y alemanes, obligarse a tomar al Occidente sus armas y su ciencia para intentar resistirle, será un adelanto en el Japón; en China ha de ser una enfermedad. Lo que en otros sitios renueva y vivifica, en China pudre. Es que la China es un cuerpo en catalepsia, suspendido al filo del sepulcro. Cambiar, para ella, equivale a descomponerse; es un mecanismo inexorable a quien sólo le está permitido pararse, devorado por el orín. La orilla oriental supura; el odio al extranjero fermenta en las conspiraciones bóxer, y los escalofríos del tétanos hacen temblar las embajadas.

Puntos de gangrena, apenas perceptibles en la masa enorme. Cada chino es una máquina y continúa siéndolo. Se cuenta que habiendo un sastre de Hong Kong recibido unos pantalones viejos con el encargo de hacer otros iguales, reprodujo concienzudamente las manchas y agujeros de la prenda entregada. El reloj de bolsillo constituye para el celeste un juguete encantador. La hora le es indiferente. El disco minutero, que para el blanco es una rueda veloz sobre el camino sin fin de lo posible y de lo deseable, es para el amarillo un eterno girar, un círculo idéntico donde todo vuelve, donde nada importa la efímera posición de la aguja. Lo que al amarillo maravilla es el monótono y misterioso tictac, y se pasa larguísimos ratos escuchándolo religiosamente. En una de las más crueles batallas de la guerra chino-japonesa, empezó a llover; los chinos, bajo un fuego terrible, abrieron sus paraguas. Y en el conjunto de máquinas, el Estado es la gran máquina impasible, la que lamina las inteligencias bajo la presión uniforme del mandarinato, la que archiva y clasifica hasta los órganos sexuales arrancados a los eunucos.

Los egipcios consagraban su existencia a embalsamar y empaquetar los cadáveres; los chicos han embalsamado las almas, han enterrado en ellos mismos sus antepasados difuntos; se han convertido en momias vivas. Y como también se sueña más allá de la tumba, los chinos sueñan y sueñan con el sueño y con la muerte. No quieren el alcohol que irrita la delicada sensibilidad de los occidentales, sino el opio que embrutece enseguida. Poco a poco sienten sus nervios agotarse; son precisos los suplicios espantosos del jardín de Octavio Mirbeau para producir algún dolor en su carne lívida y blanda. Necesitan la poesía funeraria de las tablas, parecidas a tablas de ataúd, donde envueltos en humo mortífero yacen los fumadores de opio; necesitan el opio, necesitan dormir, porque la poesía de los pueblos es la visión del destino, y para la China no hay ya destinos; necesitan detener el tictac formidable de la máquina inútil. La emperatriz no debió estorbar a su raza la ilusión consoladora del reposo.

Publicada en "Los Sucesos", Asunción, 16 de enero de 1907.