sábado, 15 de agosto de 2009

LA BENEFICENCIA de Rafael Barrett

Las instituciones de beneficencia se multiplican y se perfeccionan. Las vemos crecer rápidamente. Cada vez remediamos en mayor escala la extrema miseria, la ignorancia y el vicio, el abandono de los niños, la vejez, la enfermedad, los accidentes del trabajo. Nótese que la acción individual, pese a los Carnegie y a los Morgan obstinados en hacerse perdonar, a fuerza de donaciones, sus monstruosas fortunas, es mucho menos importante que la acción colectiva. De una parte el Estado, sin dejar de invertir sumas inmensas en el aniquilamiento de las razas -presupuestos de guerra- dedica fondos cada vez más copiosos a la asistencia pública; de otra parte, el proletariado aprende a defenderse por sí, con el instrumento cooperativo, organizando servicio médico, dispensarios, sanatorios, reservas de toda clase para la lucha económica.

Conviene advertir que no se trata de caridad ni de amor al prójimo, sino del provecho común. No confundamos el altruismo con el egoísmo del conjunto. En enero de este año empezó Inglaterra a pagar las pensiones a los ancianos pobres. Muchos quisieron cobrar en persona la primera cuota y se arrastraron a las oficinas. Tres murieron de conmoción cerebral. Si fue la alegría, pase; es un caso en que el placer del siervo se manifestó superior al del amo; Schopenhauer se hubiera sorprendido. Si fue de agradecimiento, se equivocaron. La beneficencia moderna es una función necesaria, en que ni el que recibe tiene nada que agradecer, ni el que da tiene nada que ufanarse. ¿Caridad, cuando vivimos de la semiesclavitud de los trabajadores? ¿Amor, cuando lo normal no se concibe sin la base del odio y del miedo, y todo nuestro progreso consiste en haber sustituido la ferocidad por la codicia, la agresión inmediata por la agresión calculadora, la sed de sangre por la sed de oro? En las sociedades fundadas en la esclavitud entera, hubo beneficencia también; las «eranias», las «tiasias» griegas, accesibles a los esclavos, eran aparentemente asociaciones religiosas, en realidad de socorros mutuos. La ley ateniense concedía un óbolo diario a los enfermos desvalidos. En cuanto a Roma, la magnífica cruel, la que se divertía despanzurrando infelices con la zarpa de sus felinos, tuvo sabias instituciones benéficas y poderosas corporaciones gremiales. Flexibilicemos la inteligencia, viendo a Nerón preocuparse por los menesterosos, y consagrar grandes cantidades en entierros gratuitos. ¿Qué importa que los hombres se aborrezcan, si al fin se ayudan; si al fin comprenden que es indispensable una disciplina de náufragos?

El amor puro no sería tan eficaz. ¿De qué servirían en nuestros hospitales los santos de la Edad Media? Una María Alacoque, aquella que con la boca limpiaba los pisos, no vale lo que el último enfermero de una clínica. La bienaventurada había llegado, de éxtasis en éxtasis, a quedarse tan imbécil, que «la ensayaron para la cocina, y hubo que renunciar, todo se le caía de las manos», según cuenta su respetuoso biógrafo, monseñor Bougaud. Lamer las llagas para ganar el cielo no es lo que nos hace falta, sino curarlas con regularidad. El milagro es demasiado caprichoso; socialmente, su efecto es casi nulo. Sin duda que para resucitar a Lázaro es preciso el amor de Jesús; pero ¿en qué nos ayudaría resucitar a un Lázaro cualquiera cada medio siglo? ¿No es preferible apelar a procedimientos más prosaicos y más dóciles? La humanidad no merece salvarse de golpe, sino ruin y penosamente. No somos dignos de que nos salve el amor, sino la ciencia. Hagamos de la práctica del bien un oficio lucrativo, honroso y libre de apasionamientos. Si los dedos del cirujano temblaran de compasión, serían menos útiles.

Procuremos cuidar la salud de las gentes como un juicioso criador de ganado cuida la de sus bestias. Si conseguimos por el mismo salario obreros mejor construidos, capaces de resistir mejor al uso, habremos adelantado nuestra cultura y elevado nuestro nivel moral. Lo bello, lo justo, es que nos volvamos más hábiles, más pacientes en la labor, sin que robustezcamos en exceso nuestras almas. Evitemos todo romanticismo, todo misticismo, todo sueño desordenado. Seamos máquinas honestas. La beneficencia es un buen negocio. ¿Acaso las compañías de seguros indemnizan por piedad? La beneficencia es el seguro de la civilización.

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