martes, 8 de septiembre de 2009

LA NUEVA RELIGION de Rafael Barrett

El siglo es ateo, pero lleva camino de creyente como ninguno. Hay que pensar muy por encima para creer realmente vacío ese cielo donde vivieron Venus Urania y el divino verbo, y en donde no hemos dejado más que distancias y números. Al asesinar los dioses no se ha tocado la fe. Estamos en la aurora de una religión nueva, con sus milagros y sus sacerdotes, sus mártires y sus inquisidores, de una religión que nos toma en la cuna, reglamenta nuestra vida y nuestra moral, legisla sobre nuestra muerte y comienza a prometernos una extraña inmortalidad.

Nuestro amor, nuestra esperanza, nuestro consuelo, todos los sentimientos que engañan la debilidad y la incertidumbre, dándonos la ilusión de ser la honda cuando somos la piedra, están puestos en la impenetrable realidad que nos circunda, en la sombra de donde emergen una a una las divinidades amigas del hombre. El hombre ha aprendido en esa realidad muda hasta hoy que el inmenso porvenir está de par en par abierto para él. Viene de la oscuridad, pero marcha a la luz, y nada puede detenerlo. No ha sido lanzado del Paraíso, pero está construyéndolo como dueño y señor futuro. No es hijo de Dios, pero va a ser Dios. Su fe, cansada de errar por todos los firmamentos y de arrastrarse ante todos los altares y de prostituirse ante todos los monstruos, ensangrentada de tantos sacrificios inútiles, manchada de tantos crímenes, traicionada y desengañada, vuelve a la fuente viva de donde verdaderamente no había salido, al corazón que no se cansa de creer y de esperar. El hombre por fin cree y espera en sí mismo; como San Ignacio de Loyola, dice que «ha nacido para salvarse», mas quiere ser su propio salvador, y escribe al frente de cada edificio y de cada libro: «Hágase mi voluntad en la tierra».

Creemos en la ciencia. Mediante ella, que es la expresión de nuestro esfuerzo, hemos arrancado a la Esfinge el óleo sanador de enfermedades horribles, hemos gritado el «levántate, Lázaro» a espectros desposados con la muerte, y es ella lo que las madres adoran en la frente del médico inclinada sobre un niño que sufre; mediante ella volamos sobre los continentes, con las alas y el aliento del vapor, como ángeles anunciadores, y marchamos sobre las aguas como el apóstol; mediante ella lanzamos nuestro pensamiento, como una buena nueva, por los hilos del telégrafo, prolongación de nuestros nervios; mediante ella hacemos el eterno milagro de suprimir la distancia y el tiempo, y de multiplicar el alimento y la vida. Hemos ascendido a las desoladas alturas del espacio, y hemos bajado también a las entrañas de la tierra, donde el hierro y el oro esperaban nuestro advenimiento. La imprenta predica cada día los signos de la redención, y las masas de los desheredados piden la palabra y la enseñanza. El obrero reclama pan al azar, pero también instrucción. La escuela es el templo. Ya no se espera la salvación más que de los gabinetes y de los laboratorios, claustros donde la divinidad se manifiesta a sus elegidos. Allí se sacrifica el pensamiento y a veces la sangre. Se experimenta en los hospitales sobre víctimas amordazadas por el cloroformo; el sabio busca la felicidad, como el salvaje, entre entrañas descuartizadas. Él mismo se inmola. Exploradores se suicidan en el Polo. Un émulo de Santos Dumont se despeña. Fournier se inocula la sífilis. El ofrecimiento de Abraham es aceptado.

Estamos convencidos de que el Universo es nuestro cómplice, de que jamás encontraremos en el fondo de una retorta nada que nos disminuya. El maná es inagotable, y el abismo se abrirá para dejarnos paso. Sin esa fe la ciencia sería imposible. Para hacer algo hay que estar seguros de poder conseguirlo todo. ¿Cuándo hubo más fe que ahora? «El descubrimiento de una inesperada propiedad de la materia, dice Maeterlinck, análoga a la que acaba de revelar las desconcertantes virtudes del radio, puede conducimos directamente a las fuentes mismas de la energía y de la vida de los astros; desde ese momento la suerte del hombre cambiaría, y la tierra, definitivamente salvada, se haría eterna. A voluntad nuestra, se acercaría o se alejaría de los focos de calor y de luz, huiría de los soles envejecidos y buscaría fluidos, fuerzas y vidas insospechadas en la órbita de mundos vírgenes e inacabables».

Esa fe impone una moral, una higiene que tiene sus fanáticos. El célebre Wells desarrolla un programa que equivale a las tablas de la ley de la religión nueva. Así como los judíos reglamentaban sus nacimientos, así la ciencia dispondrá del amor y de la vida, conformándolos a un plan inexorable. La raza humana se someterá a una selección científica. «Hay que poner a raya la procreación de tipos bajos y serviles, de almas pusilánimes y cobardes, de todo lo que es mezquino, feo y bestial en el alma, en el cuerpo o en las costumbres del hombre». ¡Terrible circuncisión de la especie! En esa inquisición de existencias increadas ¿dónde se detendrá la ciencia? Wells responde: «Hace falta llamar a la muerte en auxilio de la humanidad».

Esa ciencia, sentada al lado de nuestra cuna vacía aún, hace retroceder a la vejez y desafía a las tumbas como el Cristo. Metchnikoff declara que morimos a causa de una especie de parasitismo, de una flora microbiana, cuyos efectos se pueden combatir, alargando la vida y aliviándonos de los achaques de la senectud. Y la inmortalidad, suprema ambición del pensamiento, empieza otra vez a dejar de ser un absurdo.

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