miércoles, 28 de octubre de 2009

LOS NIÑOS TRISTES de Rafael Barrett

Era en la plaza de un pueblo -cualquier pueblo de la campaña-. El día era hermoso; un sol radiante, una ligera brisa que refrescaba la piel acariciándola. Dieron las once y se abrieron las puertas de la escuela y salieron los niños. Los había de diversas edades: algunos hacía poco que sabían andar, otros parecían hombrecitos. Eran muchos. Iban en pequeños grupos; la mayor parte por parejas; unos pocos descarriados. Habían pasado tres horas sentados, inmóviles, mortificándose con las estupideces severas de los libros de texto. Salían silenciosos, cabizbajos. No corrían, no saltaban, no jugaban, no hacían ninguna diablura. El césped suave, amplio, no les sugería ninguna cabriola, ninguna carrera feliz de animales jóvenes. La campana de la iglesia dejaba colgar la cuerda hasta el suelo. Ninguno tocó la campana. Estaban serios. Estaban tristes.

Tristes... Y tristes todos los días. Desde aquella mañana me he fijado en los niños paraguayos, niños graves que no ríen ni lloran. ¿Habéis visto llorar a los niños dichosos? Llanto bullicioso, trompeteo potente, llanto a medias fingido, deliciosamente despótico, que adivina los exagerados mimos de la madre y los exige y sabe que triunfa y es mitad llanto y mitad carcajada, grito de salud que regocija. Me consolaría oír ese llanto en los campos, en vez de fúnebre silencio.

Aquí los niños no lloran: gimen o se lamentan. No ríen, sonríen. ¡Y con qué sabia expresión! La amargura de la vida ha pasado ya por esos rostros que no han empezado a vivir. Estos niños han nacido viejos. Han heredado el desdén y el escepticismo resignado de tantas generaciones defraudadas y oprimidas. Comienzan la existencia con el gesto fatigado de los que inútilmente la concluyen.

Podemos medir el abatimiento de la masa campesina, la carga inmemorial de lágrimas y de sangre que en su alma pesa, por este hecho formidable: los niños están tristes. La presión de la desdicha nacional ha destrozado el misterioso mecanismo que renueva los seres, ha mancillado y falseado el amor. Los espectros del desastre de la guerra, y del desastre de la paz, la tiranía, han seguido a los amantes solitarios, y les han empañado los besos con su lúgubre sombra. Se han poseído los esposos en la desconfianza y en la ruina; no han temblado solamente de pasión. La voluptuosidad ha quedado impregnada de un recelo indestructible y aciago; la antorcha del inmortal deseo conserva reflejos de hoguera funeraria y por instantes parece símbolo de destrucción y de muerte. La obra parricida de los que esclavizaron el país ha herido la carne de la patria en lo más íntimo, vital y sagrado: en el sexo. Ha atentado a las madres, ha condenado a los hijos que aún no nacieron. ¡Cómo extrañarnos de que los niños, la flor de la raza, no abran sus pétalos a la luz y a la alegría! El árbol está desgarrado en sus mismas raíces.

¡Pobres niños inertes! Causa pena mirar sus cándidos, donde no hay curiosidad. No les importa el mundo. Taciturnos y pasivos como sus padres, dejan pasar las cosas que suelen ser crueles. ¿Para qué interesarse por nada? Poseen de antemano la melancólica sabiduría. Corren por sus venas inocentes algunas gotas de ese acre jugo que extraemos, a la larga, por toda filosofía, de la realidad injusta. Nada han probado aún y se diría que nada esperan ya.

Un recuerdo me asalta, cada vez que pienso en los niños del pueblo. Poco antes de llegar a la aldea donde veraneo, un tren, hace quizá un año, atropelló a un niño. Las ruedas rompieron las débiles piernas y le arrancaron la cabeza del tronco. Los empleados recogieron el cadáver y lo dejaron en la plataforma de la estación. La víctima se había echado a dormir sobre los rieles, y no había oído el tren. Había tenido sueño, y tan profundo fue, tan semejante al de la muerte, que con la muerte misma se confundió. ¿O es que tal vez, al escuchar la muerte que venía, se sintió demasiado cansado, demasiado triste para despertarse?

Creo ver todavía, sobre la arena caliente, el cuerpecito yerto y la lívida patita quebrada que de rodilla abajo aparecía desnuda, y los humildes pies descalzos, que no caminarían más, que pronto dormirían bajo la tierra hermana. Y al lado, la cabecita sangrienta, metida en un sombrero viejísimo, sin forma, por cuyos agujeros asomaban dos o tres bucles morenos, vivos y brillantes aún. Una mujer piadosa -la eterna Verónica- cubrió aquella miseria con un lienzo blanco y puro como la nieve. Habían avisado al jefe político y bajo sus órdenes cargaron los marchitos restos en un carro cualquiera. Un peón llevó la cabeza del niño en el raído sombrero. Entonces noté con espanto que al jefe le hacía gracia.

¡Oh innumerables niños tristes! Consagrémonos a hacer brotar la santa, la loca risa en sus labios rojos y nos salvaremos. Perdamos nosotros toda esperanza, con tal de que en los niños resplandezca. Evitemos que algunos se sientan en tal extremo rendidos a la pesadumbre de la fatalidad, que se duerman abandonados en medio del camino de la muerte y no la oigan venir.

Publicado en "Rojo y Azul", 10 de noviembre de 1907.

sábado, 24 de octubre de 2009

LOS NIÑOS de Rafael Barrett

De tres a seis años. Los bucles de oro, embriagados y henchidos de la savia primera, ruedan sobre las mejillas olorosas; los ojos, bañados de húmedo amanecer, entreabren su curiosidad amante; las bocas inmaculadas ensayan la sonrisa y el beso; el alma en capullo no sabe aún la crueldad ajena ni la propia; la carne resplandece de una sagrada claridad. Adoremos la casta flor humana; purifiquemos nuestras manos en las cabelleras de los niños, acerquémonos a la inocencia perdida.

Pero, ¿somos capaces y dignos de ello? ¿Cómo acariciarles? ¿Qué decirles? Son seres de otro mundo. Son ingenuos; nosotros, falsos. Son limpios y hermosos; nosotros somos culpables, y estamos manchados, marchitos y viejos. ¿Cómo atrevernos a hundir nuestra mirada turbia en esas pupilas transparentes? ¿Impondremos a nuestras arrugas hipócritas la horrible mueca del candor? Necesitamos mentir nuevamente para hablar a los niños, y ellos lo ven y nos huyen. Nos han desterrado de sus juegos, de sus carreras aladas, de sus gorjeos celestiales. Justo castigo el nuestro: no podemos comunicarnos con la pureza de nuestros hijos.

No acusemos a la vida. La vida moral es obra nuestra. Nosotros también fuimos ángeles. Nos convirtieron en demonios; nos corrompieron lo mismo que corrompemos a los niños de ahora. Éramos luz, y nos emparedaron. Éramos movimiento y nos amarraron los miembros con vestimentas estúpidas, y clavaron nuestros cuerpos en el potro de la mesa de estudio, y doblaron nuestros frágiles cuellos sobre el deber inepto y asesino. Pronto conocimos la cárcel y el trabajo forzado. Éramos belleza, y nos rodearon de cosas repulsivas y sucias. Éramos inteligencia, y nos la ahogaron en la tinta de interminables letras sin sentido. Nos obligaron a aborrecer el libro y a despreciar al maestro. Nos separaron para siempre de la naturaleza; nos envenenaron para siempre la libre alegría de los cielos, del mar y de los bosques. Una vez desprendidos de los jóvenes brazos de nuestras madres, sólo encontramos la amenaza, jamás el amor, nosotros, que éramos amor. En nosotros entró el miedo, después la vanidad, más tarde la única, absorbente, degradante pasión del oro. Hicieron lo que somos, incomparables estupradores de la razón y del sentimiento que nacen, corruptores de niños, cegadores de fuentes.

Cuando preguntaron a Carrière cómo debería el proletariado contribuir a la paz internacional, contestó:

«¡No golpeéis, no injuriéis a vuestros hijos! Hace siglos que los hombres se devuelven los golpes que recibieron cuando niños...».

Salvémonos, salvemos la humanidad. Volvamos a los niños, y volvamos llenos de respeto y de fe. Así el recuerdo de la niñez propia, recuerdo que canta y que se queja en el fondo de nuestra conciencia, nos será menos triste; así conseguiremos prolongar la divina cosecha de bucles de oro, bocas inmaculadas, de ojos de aurora y de carne en flor que cada primavera nos trae el destino; así lucharemos contra el mal, y evitaremos que en un día quizá próximo nuestros hijos nazcan manchados, marchitos y viejos como nosotros.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 6 de octubre de 1906.

jueves, 22 de octubre de 2009

LOS MEDICOS de Rafael Barrett

¿De qué viven los médicos? De los enfermos. El hecho es conocido, pero no solemos sacar sus evidentes consecuencias. Lejos de recompensar a los médicos por la cantidad de salud que gracias a ellos, o a pesar de ellos, pueda haber en el mundo, se les recompensa en razón de la cantidad de enfermedad que revisan. Sumad los dolores, las angustias y las agonías de la carne humana en los países civilizados a lo occidental, y previa una simple proporción, deduciréis lo que se abona a los médicos. El interés de todo médico es que haya enfermos, cuantos más mejor, como el interés de todo abogado es que haya gentes de mala fe y de mal humor, enredadores, tercos y tramposos. La lealtad de los corazones y el sentimiento de lo justo acabarían con los pleitos. También la higiene privada es para los médicos una epidemia.

Si constituyesen un gremio de moralidad media; si fueran hombres parecidos a los demás, correríamos grave riesgo. Cada cual provoca en el ambiente que le envuelve las transformaciones favorables a su existencia: el comerciante acapara, el periodista inventa, el político intriga, el banquero hace correr noticias, falsas o no, que ayuden a sus planes. Al médico le conviene que haya enfermos: es extraordinario que no procure producirlos. La medicina, incapaz de curar, no lo es de enfermar. Nada más sencillo que descomponer un aparato, por mucho que ignoremos su mecanismo. Pues bien, mientras los bolsistas urden la miseria y la desesperación de familias inocentes, y los empresarios industriales restablecen sobre la tierra una esclavitud peor que la otra, los médicos, según todas las probabilidades, renuncian al semihomicidio lucrativo. Si empeoran el estado de sus clientes es -fenómeno curioso- de un modo involuntario.

Les somos, a priori, grandemente deudores de que, en general, se abstengan de intervenir demasiado en sus asuntos. Les hemos de estar muy agradecidos de que se mantengan en su papel de espectadores a veces poco afortunados. ¿Y quién tiene la culpa de nuestra situación desairada? Nosotros mismos. ¿En virtud de qué razonamiento de topos hemos resuelto pagarles por visita? Ningún técnico es empleado a jornal; se le ajusta el precio de una obra concluida satisfactoriamente, y ¡ay del ingeniero a quien se le cae el viaducto, o del contador a quien no le salen las cuentas! Era de sentido común convenir los honorarios en el caso único de la curación. Un campesino muy avaro tenía a su mujer en cama desde hacía dos meses, y acosado por los vecinos, se decidió a llamar al doctor:

-Que me la cure o que me la mate, le he de pagar peso sobre peso. La vieja falleció, y a poco, apareció el galeno a saldar su cuenta.

-¿La mató usted? -preguntó el aldeano.

-¡Qué locura! Dios dispuso de lo que era suyo.

-¿La curó usted?

-Desgraciadamente, no.

-Pues, entonces, no le debo nada.

Una medida de pública defensa sería publicar al lado de cada defunción acaecida en el día, el nombre del médico. Se cuenta que uno de los judíos más ricos del mercado francés comenzó a poner en práctica esta idea, utilizando la cuarta plana de un pequeño diario que arrendó no se sabe dónde, cuando no poseía un centavo aún. Chantaje tan ingenuo fue la base de su fortuna. La verdad es que se abre sumario ante una desgracia por imprudencia, ante un accidente complicado en esas muertes que con deliciosa ironía denominamos naturales. El problema es el salvoconducto del asesinado.

La objeción esencial al «control» consiste en que la ciencia es impotente para establecerlo. Ninguna persona medianamente ilustrada o que haya visto de cerca trabajar a los médicos, se hará ilusiones sobre los vagos recursos del azaroso arte de sanar. Un resfrío, media docena de granos, una jaqueca, he aquí problemas terribles. Oímos, sin extrañarnos, que a los mejores facultativos se les mueren seguidos los enfermos, y que principiantes salvan a moribundos desahuciados por eminencias. No pasa mes sin que se renueven las teorías en curso. Los sistemas menos razonables encuentran éxito. Ignorantes iluminados enarbolan procedimientos estrafalarios, reúnen millares de dolientes y hasta los curan. Lo más conveniente para los enfermos que quieran gastar una cierta suma en la experiencia, es recorrer los consultorios, apuntar lo ocurrido en cada uno y comparar las anotaciones. ¿Quién, ante el estado rudimentario de la fisiología y de la terapéutica, tiene derecho de acusar a un médico por torpe o criminal?

¿Será prudente adquirir en unas cuantas semanas las escasas nociones reconocidamente útiles que arroja la medicina moderna, y no acudir jamás a los médicos? Esto sería quizá lógico, pero, indudablemente, poco humano. Necesitamos la fe. Siempre, el que viene a tocar las llagas es el santo milagroso. Siempre se escuchan las palabras de consuelo. Si el médico no fuera sino un sabio, estaría perdido. Es un mago, un sacerdote. Trae los sacramentos en las botellas y frascos donde los boticarios sin conciencia vierten sus innumerables porquerías. El médico es el enviado de la providencia. Su función es sobre todo religiosa.

La medicina, en su acción social, tan diferente de la quirúrgica, se aparta de la ciencia y seguirá apartándose mucho tiempo. Durante mucho tiempo, los discípulos de Pasteur, que no era médico, lucharán en la soledad del laboratorio, antes que desaparezcan los actuales curanderos perfeccionados y sugestionadores a la moda. Y aquellos fanáticos de la certidumbre que se acercan a los lechos de los hospitales, no llevan la piedad en la boca y la indecisión en el alma, sino la fiera curiosidad en los ojos y la muerte en las manos. Van a violar el enigma, a sacrificar a sabiendas un cuerpo dolorido, para ensayar la nueva hipótesis, la nueva sustancia. Delincuentes sublimes, roban la vida presente, como el amor, para cimentar la vida futura.

domingo, 18 de octubre de 2009

LOS JUECES de Rafael Barrett

Cuando se piensa algún tiempo en los jueces, nace por contraste la idea de la justicia.

La sociedad, en todas sus formas estables, se compone de una minoría armada, dominado a una mayoría desarmada. Goza la minoría, ya del hacer, ya del oro, ya de la confianza de los dioses. La mayoría se sostiene gracias a un extraño e implacable furor de vivir: los sufrimientos hacen que el hombre ame la vida, y que la mujer sea fecunda. Las relaciones entre la minoría y la mayoría son asesoradas por los jueces, que pueden considerarse tenedores de libros de la casa. Esos últimos empleados se enteran de los asuntos pendientes, y reciben de la minoría las instrucciones y la autoridad necesarias para revelarlos. El pacto celebrado entre la minoría y los jueces es la ley.

Notemos que el pacto es forzoso, pues no se concibe jueces sin gendarme, cárcel y el verdugo, que son la fuerza, y la fuerza pertenece a la minoría.

Por definición, la ley se establece para conservar y robustecer las posiciones de la minoría dominante; así, en los tiempos presentes, en que el arma de la minoría es el dinero, el objeto principal de las leyes consiste en mantener inalterables la riqueza del rico y la pobreza del pobre. Llega el instante de que la idea de justicia nazca porque la ley, que favorece al poderoso, habría de parecer justa al poderoso, y al humilde, injusta. Sin embargo, nace la idea en sentido contrario: el poderoso encuentra la ley todavía estrecha a su deseo, ya que él mismo la dictó y es capaz de hacer otras nuevas, y el humilde se conformaría con que la ley se cumpliera como se dice y no como se hace.

Hay algo peor que la ley: es la incertidumbre. El terror del infierno se debe no a que las torturas sean excesivas, ni a que sean eternas, sino a que no se sabe lo que son. El que delinque y sabe que será ahorcado, descansa en una realidad espantosa, pero firme. Si ignora qué género de suplicio le espera, su angustia sería intolerable.

Los jueces prevarican algunas veces, y muchas, se equivocan. De aquí procede su prestigio. Un juez infalible no amenaza más que a los culpables; un juez que yerra, amenaza a culpables e inocentes. Él es el juez verdaderamente augusto; nada escapa a sus ojos; nadie está seguro con él. Y la idea de justicia, en la mente de los humildes, nace menos verosímil aún que el país de utopía, que la edad dorada; es un ventanillo abierto en lo alto de la prisión, sobre el infinito azul del cielo; es lo irrealizable, lo que florece más allá de la tumba. Sólo Dios es justo: para salir por el ventanillo, hacen falta las alas de la muerte.

Y únicamente en las épocas felices, cuando durante largos años son los jueces incorruptibles, esclavos de lo escrito, es cuando los hombres empiezan a descubrir la formidable injusticia de las leyes.

Publicado en "Germinal", Asunción, 6 de septiembre de 1908.

viernes, 16 de octubre de 2009

LO VIEJO Y LO NUEVO de Rafael Barrett

No todos los argumentos de los que defienden el pasado merecen nuestra estima. Hay quien venera lo viejo porque de lo viejo vive, a semejanza de esos gusanos que roen madera descompuesta y papel de archivo. Cuanto más antigua es una ley, una costumbre, una teoría o un dogma, se los respeta más. Habiéndolos contemplado en la lontananza de los siglos que fueron, se los vislumbra en la de los futuros como una provisión inagotable que podrán roer las generaciones conservadoras.

Y, sin embargo, ¡qué pobre argumento el de la ancianidad de las ideas! Es difícil no sonreír cuando se abre un código y se lee al pie de la página la sesuda nota en que el comentarista fundamenta un artículo. «Este artículo es casi sagrado, murmura el infeliz, nos viene de las Partidas, de los Romanos». ¡Ah, los Romanos sobre todo! Pero la humanidad cambia, inventa, sueña y por lo común cuanto más vieja es una cosa, más inútil es. Lo viejo es un resto de lo bárbaro. Es un vestigio del mal, porque el mal es lo que dejamos a nuestras espaldas. Cierto que las leyes que nos encadenan son romanas aún, lo que me parece escandaloso después de dos mil años; felizmente nuestra física y nuestra biología no son las de Roma, son las nuestras.

Muchas inmemoriales construcciones deben su duración a su divorcio mismo con lo real. No son ni siquiera obstáculos. Las corrientes de la vida se han acostumbrado a rodearlas para pasar adelante, y pasan en graciosa curva sin tocarlas ya. No es obediencia, es olvido. ¿Quién hoy, por muy Papa y muy obispo que sea, ha dedicado media hora a meditar seriamente en el problema de la Santísima Trinidad? Y no obstante a causa de él se han dado en otro tiempo de puñaladas por las calles. ¡Oh, armatostes apolillados, erguidos en medio de la distracción universal! Un buen día el pensador os ve, se ríe y os derriba de un soplo. Bastó un irritado sacudir de hombros para que el pueblo francés volcara el trono más glorioso de Europa. Mañana bastará un gesto para barrer del mundo las sobras romanas. La inmutabilidad no es signo de fuerza, sino de muerte. Hay entre nosotros ídolos enormes que no son sino cadáveres de pie, momias que una mirada reduce a polvo.

Otros adversarios, delicados amantes de las ruinas, nos dicen: «¡Qué ingratos sois con los muertos! Sois hijos y herederos de los muertos; cuanto tenéis era suyo. Vuestro pensamiento y vuestro idioma, vuestras riquezas y vuestros amores, todo os lo legó el pasado. Y volvéis contra el Pasado, de que está hecha vuestra sangre y hecho vuestro espíritu, las armas que habéis recogido de las tumbas. Os suicidáis cortando vuestras Propias raíces».

Pues bien, ¡no! No somos solamente hijos del pasado. No somos una consecuencia, un residuo de ayer. Antes que efecto somos causa, y me rebelo contra ese mezquino determinismo que obliga al Universo a repetirse eternamente, idéntico bajo sus máscaras sucesivas. No; el pasado se enterró para siempre en nosotros mismos. Decid que es quizá limitada la materia disponible, que fabricamos el ánfora nueva con el viejo barro, que para cuajar mis huesos tomaron las cenizas de mi padre. Decid que la Naturaleza, en su noble afán de hacerla más hermosa, funde y toma a fundir infatigablemente el bronce de la estatua. ¡Pero qué importa la materia! La forma, el alma es lo que importa. Sobre el pasado está el presente. Todo es nuevo; nueva la alegría de los niños, nueva la emoción de los enamorados, nuevo el sol de cada aurora, nueva la noche a cada ocaso, y al morir nuestra angustia no será la de nuestros antepasados, sino un nuevo drama a las orillas de un nuevo abismo. No digáis que el hijo reproduce al padre. No pronunciéis esta frase cruel y necia: «Nos heredamos, nos reproducimos, somo los de antes». Blasfemia profunda, que hace de la humanidad espectros y no hombres. No somos el pasado, sino el presente, creador divino de lo que no existió nunca. No somos el recuerdo; somos la esperanza.

Publicado en "El Diario", Asunción, 3 de junio de 1908.

lunes, 12 de octubre de 2009

LO QUE HE VISTO de Rafael Barrett

En un año de campaña paraguaya, he visto muchas cosas tristes...

He visto la tierra, con su fertilidad incoercible y salvaje, sofocar al hombre, que arroja una semilla y obtiene cien plantas diferentes y no sabe cuál es la suya. He visto los viejos caminos que abrió la tiranía devorados por la vegetación, desleídos por las inundaciones, borrados por el abandono. Cada paraguayo, libre dentro de una hoja de papel constitucional, es hoy un miserable prisionero de un palmo de tierra. No tiene por dónde sacar las cosechas, que tal vez en un esfuerzo desesperado, arrancaría al suelo y se contenta con unos cuantos liños de mandioca, roídos de yuyos. Más allá, bajo el naranjal escuálido que dejaron los jesuitas, se alza el ranchito de lodo y de caña, agujero donde se agoniza en la sombra. Entrad: no encontraréis un vaso, ni una silla. Os sentaréis en un pedazo de madera, beberéis agua fangosa en una calabaza, comeréis maíz cocido en una olla sucia, dormiréis sobre correas atadas a cuatro palos. Y pensad que se trata de la burguesía rural.

He visto que no se trabaja, que no se puede trabajar, porque los cuerpos están enfermos, porque las almas están muertas. He visto que los peones «robustos» no pasan dos semanas sin algún día de diarrea o de fiebre. ¡Pobre carne, herida hasta en el sexo, pobre carne morena y marchita, desarmada de toda higiene, sin más ayuda exterior que el veneno del curandero, el rebenque del jefe político, el sable que les arrea al cuartel gubernista o revolucionario! ¡Pobres almas con el «chucho» del pánico, para las cuales en la noche brilla siempre el caudillo de los vivos, o palidece el fantasma de los difuntos!

He visto las mujeres, las eternas viudas, las que aún guardan en sus entrañas maternales un resto de energía, caminar con sus niños a cuestas. He visto los humildes pies de las madres, pies agrietados y negros y tan heroicos buscar el sustento a lo largo de las sendas del cansancio y de la angustia y he visto que esos santos pies eran lo único que en el Paraguay existía realmente. ¡Y he visto los niños, los niños que mueren por millares bajo el clima más sano del mundo, los niños esqueletos, de vientre monstruoso, los niños arrugados, que no ríen ni lloran, las larvas del silencio!

Y me han mirado los hombres, y las mujeres y los niños y sus ojos humanos, donde había el hueco de una esperanza, me han dicho que debemos devolverles la esperanza, porque este es el país más desdichado de la tierra. No castiguemos, no acusemos; si no hay en nuestros hermanos solidaridad, si no aciertan a respetar a sus compañeras ni a querer a sus hijos, si para evadirse de su oscuro dolor llaman a las puertas de la lujuria, del alcohol o del juego, no nos indignemos. No debemos juzgar su mal, debemos curarlo. ¡Y cuánta fraternal paciencia, cuánta dulzura tiene que haber en nuestras manos consoladoras, para curar, por todo el territorio, las raíces enfermas de la raza!

Y he visto en la capital la cosa más triste. No he hallado médicos del alma y del cuerpo de la nación; he visto políticos y negociantes. He visto manipuladores de emisiones y de empréstitos, boticarios que se preparan a vender al moribundo las últimas inyecciones de morfina...

Publicado en "El Nacional", 21 de febrero de 1910.

jueves, 8 de octubre de 2009

LAS MAQUINAS DE MATAR de Rafael Barrett

Han fondeado algunas en la rada. Son colosales y maravillosas. Hay que contemplar los cañones, los reyes de la muerte, y pensar en el mundo complicado y poderoso que los engendra. Para conseguir transportarlos sobre las aguas, hubo que resolver los más arduos problemas de la navegación, y la carabela que llegó al Nuevo Mundo es un juguete ridículo al lado del crucero. Los tubos formidables por donde se envía la catástrofe al horizonte son un resumen de todas las ciencias, desde la geometría a la termodinámica; de todas las industrias, desde la metalurgia a la óptica de taller. Rígidos, relucientes, acariciados y cuidados como telescopios, han exigido más todavía: ha sido necesario fabricar una multitud de mecanismos humanos que engranaran con ellos, y que funcionaran automáticamente en medio de los horrores de la batalla; ha sido preciso inventar una nueva clase de heroísmo. Y aun no basta; hacen falta otros cañones, más grandes, más exactos, más implacables, y los sabios buscan en el secreto de los laboratorios; los ingenieros ensayan sin descanso; miles de trabajadores forjan las armas que los destruirán mañana. La sociedad no se considera bastante hábil en el arte de matar, y se diría que le urge reunir todos los medios para poder suicidarse de un golpe.

El cañón moderno es el resultado de los esfuerzos de largas centurias; los proyectiles que lanza surcan el espacio con una majestad casi astronómica. La bala es el bólido: la guerra, una sucesión de cataclismos. ¡Qué modesta el hacha de pedernal de nuestros antepasados! Había que servirse de ella varias veces para rajar el cráneo espeso del enemigo hermano. Del hacha al cañón: he aquí lo que muchos llaman el progreso. Pero, ¿por qué nos asesinamos los unos a los otros? ¿No es tiempo de arreglar las cuestiones de distinta manera?

Signo funesto: Inglaterra, que ha preparado las libertades políticas de la raza blanca, la nación que mejor conoce la vida por lo mucho que ha viajado, luchado, y sacado partido de la realidad; Inglaterra, que tan dispuesta se mostró recientemente al desarme, sigue construyendo buques, y acaba de aprobar el proyecto del "Neptuno", acorazado de 20.000 toneladas, ¡un prodigio!

Y esos millones de libras esterlinas arrojadas a las olas no son aún más que la paz, el "miedo armado".

Una de dos: o Inglaterra está decidida, en caso de conflicto, a no dejarse guiar por la razón, sino por las ventajas impunes de su enorme poder material, o supone probable un injustificado ataque de los demás países, si en él ven suficientes probabilidades de éxito. Y lo que decimos de Inglaterra es aplicable a Francia, a Alemania, a Norte América, a Italia, al orbe civilizado, sujeto a la fiebre de los armamentos indefinidos. Este crimen sin nombre: una agresión caprichosa, una guerra provocada fríamente, es un fenómeno que el mundo entero juzga próximo y natural. Recordad el pretexto para la campaña del 70: los candidatos al trono español. Hace pocas semanas Europa se estremecía de angustia; las hostilidades estuvieron a punto de romperse, por los enredos de un escribiente de consulado en Casablanca. Y hoy mismo nos comunica el telégrafo que el principal obstáculo a la tranquilidad de los Balcanes es la antipatía que se tienen los ministros de Estado de Austria y de Rusia. El hecho es que al principio del siglo XX continuamos expuestos a caer en los abismos de la matanza, empujados por lo arbitrario, lo inicuo o lo imbécil.

El hecho existe, aplastador. En ciertas cosas somos lógicos; si un aparato se descompone, acudimos al técnico; si nos enfermamos, al especialista. Los pueblos se van acostumbrando a la higiene, a la educación razonada. Marchamos hacia la justicia, que es la ciencia del corazón, y hacia la ciencia, que es la justicia de la naturaleza. Solamente cuando se trata de las relaciones de los pueblos entre sí, es decir, de las que mueven los más vastos e incalculables intereses, es cuando no queremos salir de la barbarie.

Conferencias de la paz, masas de labradores y de obreros que piden la paz, comerciantes partidarios de la paz, pensadores y artistas que hacen la propaganda de la paz, todo eso es platónico. Son gérmenes. Todo eso se estrella contra los armamentos insensatos, contra la coraza de hierro que nos abruma. No se objete que el partido de la paz es una mayoría; una mayoría impotente no es tal mayoría. Por eso la humanidad es bárbara, porque en ella la justicia y la fuerza no están juntas. Los fuertes no son justos; los justos no son fuertes. La generosidad carece de brazos; la espada abusa. Y tal será la obra de la civilización: armar a los pacíficos.

Entonces será imposible que un gobierno mande invadir el ajeno territorio. Entonces tendremos la satisfacción de que los extranjeros arriben a nuestras playas en traje común, y no pertrechados hasta los dientes. Los caminos del planeta estarán seguros, y la hospitalidad gozará de la confianza. Mientras tanto, no admiremos demasiado las portentosas maquinas que matan; símbolo de nuestra potencia física, son también un símbolo de nuestra debilidad moral.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 15 de diciembre de 1908.

miércoles, 7 de octubre de 2009

LA VIOLENCIA de Rafael Barrett

Es natural a los jóvenes despreciar la muerte. Despreciar la muerte es despreciar la vida, y la vida de un joven es bagaje ligero. Cuando no hay un pasado sobre nuestros hombros, saltamos alegremente los precipicios. Edad embriagada en que medimos el mundo con nuestros sueños, y nos agitamos en la ilusión de acelerar el ritmo de las cosas y creemos que sólo es bello lo trágico, y sólo fecunda la lluvia de tempestad.

Más tarde nos reconciliamos con lo que dura, y nos reímos de nuestras pequeñas explosiones. Cierto que se encuentran hombres violentos hasta en la vejez; son precisamente los que hasta la vejez han sido inútiles y fastidiosos. Hay muchas maneras de no existir; una de ellas es el desorden. Violencia es desorden. Bonaparte: ejemplo de cómo una energía colosal puede volverse estéril. Los ciclones humanos se parecen a los de la naturaleza. Sus cataclismos son aparentes; sus ruinas, apenas ruinas. Su violencia fútil es impotente contra la primavera, porque deja intactas las raíces de la realidad. Sus iras son vanas; sus armas, de cartón pintado. Un Watt es el destino presente y en perpetua obra; un Bonaparte es el espectáculo; caído el telón, las gentes reanudan sus habituales tareas.

Lo verdadero se enlaza y consolida con lo verdadero, y lo falso con lo falso. La violencia, que es falsedad, nace fácilmente de los prejuicios y de las aberraciones sociales. Así el honor caballeresco exige la violencia. ¿No es absurdo hasta lo grotesco que dos personajes reputados por sus méritos, como ha ocurrido en Buenos Aires, presenten cada uno su vientre al pincho del otro? Este caso aparecerá ridículo en Inglaterra, donde se respeta la salud de los ciudadanos que sirven, y sublime en España, patria del honor caballeresco, y país poco creador y muy alejado de las corrientes modernas. Mas para hallar un pueblo que con burlona serenidad juzgara dignamente nuestras costumbres, sería preciso retroceder veintitrés siglos, y apelar a aquella Atenas por cuyas calles se paseaba el filósofo que, golpeado en la cara, se había contentado con poner debajo de la herida este letrero: «Fulano es el autor».

La violencia está tan incrustada aún en nuestros espíritus, que no nos extraña verla permitida y casi recomendada en el código. Al lado del razonable permiso de defendernos con la fuerza de los ataques de la fuerza, está el salvaje permiso de matar a nuestra esposa. No pudiendo enviar los padrinos a la que nos ha inferido una ofensa casi siempre merecida, prescindimos de formalidades y la asesinamos si queremos. El escarnio público se convertirá en admiración. Muchos maridos aprietan el gatillo del revólver por «quedar bien».

¿Y el enternecimiento de los tribunales cuando se trata de crímenes de pasión? Los celos, la venganza inmediata, la ira, la lujuria, todo lo que destruye nuestra frágil civilización y nos confunde con las bestias feroces, la violencia, en fin, conmueve dulcemente a los señores del jurado. ¡Deben sentirse ellos mismos tan próximos a las bestias! En cambio serán implacables con los delitos complicados, ingeniosos y fríos, donde resplandecen el valor reposado y la inteligencia. Gracias a lo obtuso de las sentencias, aniquilarán organismos todavía aprovechables, y nos expondrán a la constante amenaza de los homicidas románticos.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 21 de diciembre de 1906.

sábado, 3 de octubre de 2009

LA TORRE DE MARFIL de Rafael Barrett

Lástima es que se metan a escribir los que no saben, y mayor lástima que abandonen la pluma los que podrían con fruto manejarla. El inepto, a fuerza de trabajar, se hace menos inepto. A fuerza de caminar, aunque sea a ciegas, algo alcanza. Los tropezones le guían; los fracasos le enseñan, y en todo caso, resta el recurso de no leerle y de negarle la circulación y el aliento. Pero el talento ocioso disminuye, y no hay defensa contra los daños que causa su esterilidad. El necio charlatán nos fastidia; el sabio que calla, nos roba.

Estos avaros de su inteligencia, estos traidores a su fama, se dividen en dos clases. Los unos pretextan que el oficio de las letras es criadero de pobres, y prefieren lucrar en un rincón. Con tal de cenar, renunciarían a concluir el Quijote. Los otros, enredados en su pureza, dicen que se preparan, que aún es tiempo, y que de no producir cosas notables, mejor es no producir cosa alguna.

La defección de los primeros no es tan calamitosa como la de los segundos. Debemos desconfiar de los que no estiman bastante su carrera. Entre escribir y ser ricos, eligieron ser ricos. Demostraron que no merecían ser escritores. Nacieron verdaderamente para picar pleitos o para vender porotos o, lo que es peor, para mandar. No lloremos demasiado la fuga de los infieles al arte que se acomodan con el destino de un Rotschild, y llamemos a la torre de marfil donde se encierran los indecisos:

-¡Salid! Perfumemos los pies en el rocío de los campos. Descubramos lo que el monte oculta. Viajemos.

-Nuestra torre es muy bella.

-No hay cárcel bella.

-Estamos cerca del cielo.

-¿De qué os servirá lanzar al cielo vuestra simiente, si no cae a tierra? Sólo la humilde tierra es fecunda.

-El polvo nos asfixia. El pataleo de la plebe nos da asco. El sudor de la soldadesca hiede. La realidad mancha y aflige: es fea.

-Porque no sois bastante agudos para penetrar su hermosura. El mundo os abruma, porque no sois bastante fuertes para transformarlo. Os parece oscuro y triste, porque sois antorchas apagadas.

-En cambio, nos entregamos al maravilloso resplandor de nuestros sueños.

-¿Qué valen vuestros sueños, si no los comunicáis? Hacedlos universales y los haréis verídicos. Mientras los guardéis para vosotros, los tendremos por falsos.

-Nuestras ideas solitarias baten sus alas en el silencio.

-Ideas de plomo, incapaces de marchar diez pasos. Alas de gallina. De los muros de vuestra torre de marfil, nada se desprende, nada parte. Decoráis vuestro egoísmo: bostezáis con elegancia. Complicáis vuestra inutilidad. Prisioneros del humo de vuestra pipa, confundís la filosofía con la toilette, el genio con la pulcritud. Tomáis la timidez por el buen gusto; envejecéis satisfechos de vuestros modales. Alejados de la ciudad, nadie os busca, porque nadie os necesita. Sois muy distinguidos: os distingue vuestra debilidad. Desdeñáis, pero ya se os ha olvidado.

-El presente nos rechaza tal vez, por no doblegarnos a sus exigentes miserias. Nos refugiamos en el pasado. Somos los eruditos de la tumba. En nuestras salas, vagan los tintes tenues de los venerables tapices. La claridad discreta de las lámparas de bronce arranca un noble relámpago sombrío a las armaduras milanesas, y en la paz nocturna sólo se oye el pasar de las rígidas hojas de pergamino bajo nuestros dedos pálidos, donde brilla un sobrio y denso sello antiguo.

-Os refugiáis en el pasado, como muertos que sois. Si estuvierais vivos, os refugiaríais en el porvenir. Desenterrad en buena hora, mas no cadáveres. Resucitad a los difuntos o dejadlos tranquilos. ¿Para qué traer su podre al sol? Ya que tanto afán tenéis de frecuentarlos, id vosotros a ellos: huid a la región de eterna sombra. Mas si os decidís a vivir con nosotros, vivid de veras, no en simulacro; vivid en vida y no en muerte. Respirad el aire de combate común y empezad vuestra propia obra.

-La queremos perfecta. La perfección a que aspiramos nos paraliza. Apenas trazamos una línea, nos detenemos, porque la reputamos indigna de nuestro ideal. Lo perfecto o nada.

-¡Suicidas! Lo primero y lo último y lo perfecto es vivir. Esa perfección es una forma del egoísmo. Ansiáis lo perfecto, es decir, lo acabado, lo intangible, aquello en que nadie colabora ya, aquello a que nadie llega, lo que aparte y humilla, lo que os eleva y aísla, el mármol impecable y frío, la torre de marfil. Por aparecer perfectos según vuestros patrones del minuto, os inutilizáis y mentís. Atentáis a la secreta armonía de vuestro ser, destruís en vosotros y alrededor de vosotros, la misteriosa, exquisita, salvaje belleza de la vida.

Sobre lo perfecto está lo imperfecto. Sobre la augusta serenidad de las estatuas, hay que poner nuestros espasmos y nuestros sollozos y nuestras muecas de criaturas efímeras. Lavad vuestra alma, encontradla y dadla toda entera, con sus grandezas y con sus bajezas, con sus fulgores sublimes y con sus tinieblas opacas, con sus cobardías y hasta con sus monstruosidades. Libertaos de vosotros mismos y os salvaréis y nos salvaréis a nosotros. Habréis aumentado la sinceridad y la luz del universo. Abrid la mano del todo, ¡oh sembradores! Que no quede en ella un solo germen.

Publicado en "El Diario", Asunción, 10 de enero de 1908.