sábado, 24 de octubre de 2009

LOS NIÑOS de Rafael Barrett

De tres a seis años. Los bucles de oro, embriagados y henchidos de la savia primera, ruedan sobre las mejillas olorosas; los ojos, bañados de húmedo amanecer, entreabren su curiosidad amante; las bocas inmaculadas ensayan la sonrisa y el beso; el alma en capullo no sabe aún la crueldad ajena ni la propia; la carne resplandece de una sagrada claridad. Adoremos la casta flor humana; purifiquemos nuestras manos en las cabelleras de los niños, acerquémonos a la inocencia perdida.

Pero, ¿somos capaces y dignos de ello? ¿Cómo acariciarles? ¿Qué decirles? Son seres de otro mundo. Son ingenuos; nosotros, falsos. Son limpios y hermosos; nosotros somos culpables, y estamos manchados, marchitos y viejos. ¿Cómo atrevernos a hundir nuestra mirada turbia en esas pupilas transparentes? ¿Impondremos a nuestras arrugas hipócritas la horrible mueca del candor? Necesitamos mentir nuevamente para hablar a los niños, y ellos lo ven y nos huyen. Nos han desterrado de sus juegos, de sus carreras aladas, de sus gorjeos celestiales. Justo castigo el nuestro: no podemos comunicarnos con la pureza de nuestros hijos.

No acusemos a la vida. La vida moral es obra nuestra. Nosotros también fuimos ángeles. Nos convirtieron en demonios; nos corrompieron lo mismo que corrompemos a los niños de ahora. Éramos luz, y nos emparedaron. Éramos movimiento y nos amarraron los miembros con vestimentas estúpidas, y clavaron nuestros cuerpos en el potro de la mesa de estudio, y doblaron nuestros frágiles cuellos sobre el deber inepto y asesino. Pronto conocimos la cárcel y el trabajo forzado. Éramos belleza, y nos rodearon de cosas repulsivas y sucias. Éramos inteligencia, y nos la ahogaron en la tinta de interminables letras sin sentido. Nos obligaron a aborrecer el libro y a despreciar al maestro. Nos separaron para siempre de la naturaleza; nos envenenaron para siempre la libre alegría de los cielos, del mar y de los bosques. Una vez desprendidos de los jóvenes brazos de nuestras madres, sólo encontramos la amenaza, jamás el amor, nosotros, que éramos amor. En nosotros entró el miedo, después la vanidad, más tarde la única, absorbente, degradante pasión del oro. Hicieron lo que somos, incomparables estupradores de la razón y del sentimiento que nacen, corruptores de niños, cegadores de fuentes.

Cuando preguntaron a Carrière cómo debería el proletariado contribuir a la paz internacional, contestó:

«¡No golpeéis, no injuriéis a vuestros hijos! Hace siglos que los hombres se devuelven los golpes que recibieron cuando niños...».

Salvémonos, salvemos la humanidad. Volvamos a los niños, y volvamos llenos de respeto y de fe. Así el recuerdo de la niñez propia, recuerdo que canta y que se queja en el fondo de nuestra conciencia, nos será menos triste; así conseguiremos prolongar la divina cosecha de bucles de oro, bocas inmaculadas, de ojos de aurora y de carne en flor que cada primavera nos trae el destino; así lucharemos contra el mal, y evitaremos que en un día quizá próximo nuestros hijos nazcan manchados, marchitos y viejos como nosotros.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 6 de octubre de 1906.

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