viernes, 27 de noviembre de 2009

MAS ALLA DEL PATRIOTISMO de Rafael Barrett

Nos parece grande el hombre que arriesga su vida por salvar la ajena. Comprendemos que hay cosas superiores a la vida material. Cada vez que un acto afirma y demuestra esta superioridad, nos sentimos tranquilizados, y como consolados de las incertidumbres permanentes que nos rodean. El ejemplo de sacrificio nos reconforta en lo más esencial de nuestro ser.

El hombre que se sacrifica por su hijo, por su compañera o por su padre no es tan grande como el que se sacrificó por un desconocido. En la familia hay mucho nuestro. Al defenderla defendemos en parte lo nuestro. Defender y amar lo completamente ajeno es sublime.

El patriota perfecto no solamente sacrifica su persona, sino su familia; Guzmán el Bueno inmola a su propio hijo. La patria, para él, estaba antes que él y antes que la carne de su carne. ¡Generosidad magnífica!

¿Por qué?

Porque la patria es más indeterminada, más exterior que la familia. Porque la patria es más ajena que la familia, y lo magnífico es defender y amar lo ajeno.

Y como hay algo más ajeno que la patria, es decir, las otras patrias, es magnífico en extremo defender y amar las otras patrias como la propia, y sacrificar la patria en beneficio de la humanidad.

Por eso debemos amarnos, como hombres que somos, mientras este amor aparente no nos conduzca a odiar al prójimo. Debemos amar la familia mientras este amor no nos conduzca a odiar la comunidad hermana en que vivimos, y debemos amar la patria mientras no odiemos a la humanidad.

Que para el círculo de nuestro amor no haya fronteras, que sea nuestro amor infinito como el cielo; que nada ni nadie sea desterrado de él.

Y si hubiera otra alma más alta y más profunda, que en su seno misterioso abrazase el alma de la humanidad misma, el acto supremo sería sacrificar lo que de humano hay en nosotros a la realidad mejor.

Pero esa alma más alta y más profunda existe. Es el alma de la humanidad futura.

Publicado en "Rojo y Azul", 14-15 de mayo de 1908.

viernes, 20 de noviembre de 2009

MAGDALENA de Rafael Barrett

Hace diez o doce años, ninguna canción había tan popular como la Magdalena. Nació en los arrabales de la Asunción y se propagó rápidamente. Es una querella amorosa:

¡Ay! Magdalena
Anibe che quebrantá

Ese ¡ay!, pequeño grito interrogativo, se resuelve en una cadencia burlona que recuerda el viejísimo

¡Ay, ay, ay, don José!
¡Cuánto madruga usté!

de los chiquillos castellanos.

En todas las musiqueadas se hacía gran gasto de Magdalenas. El gracioso estribillo saltaba de boca en boca y una brisa ligera acariciaba el triste jardín de las almas indígenas. Una noche al salir de una fiesta en que habían repetido cien veces la copla famosa, encontraron los músicos en mitad del camino a una mujer alta, vestida de luto con el manto pegado al rostro. -¿Qué me queréis, les preguntó, que tanto me llamáis? Dejadme tranquila.

Y desapareció de repente.

Otra noche, al pasar por el barranco de la calle Piribebü, peligroso entonces a causa del enmascarado que se ocultaba allí para lanzarse sobre los transeúntes y coserles a puñaladas, unos guitarristas magdaleneros se vieron detenidos por la misma mujer.

-¡Magdalena- ¡Che co! ¡Che co! ¿Mbae pa pei côtêbê chehere? (¡Yo soy! ¿Qué necesitás de mí?)

Los pobres hombres, espantados retrocedieron. Alguno de ellos, armado y más audaz, quiso hacer frente al fantasma, que se desvaneció enseguida.

Empezaron a circular temerosos rumores, pero ¡era la canción tan bonita! Siguieron cantándola y bailándola.

Poco tiempo después, cuando un grupo de alegres jóvenes regresaba de una diversión campestre, se les apareció al resplandor de la luna, cerrándoles el paso, uno de esos féretros que aquí se llaman tumbas, sencillas tablas donde yacen los difuntos, cubiertos por un paño. El viento movía el paño; la soledad y abandono eran mortales. Los jóvenes, que llevaban muchas Magdalenas sobre la conciencia, tomaron por otro sendero. Apenas caminaron media hora, distinguieron ante sí la tumba nuevamente, y aquella noche no durmieron en su casa.

Por fin, volviendo varios músicos de los festejos tradicionales de Caacupé, mostrose a ellos una rozagante muchacha.

-Tocadmela Magdalena, que tanto me gusta, les dijo.

-Estamos cansados de tocarla todo el día.

-¡No me lo neguéis, os lo ruego!

Sus labios tentadores suplicaban con tal malicia, que los mozos consintieron.

Ella comenzó a bailar. Su falda palpitaba voluptuosamente, y en el giro veloz de la danza cayó al suelo un volante. No hizo caso; bailó más de prisa y sus movimientos frenéticos desgarraban sus ropas. El delirio pareció apoderarse de ella. Sus gestos convulsivos la fueron desnudando y pronto quedó ante la vista de los músicos atónitos una horrible osamenta.

Esto era demasiado. Las visiones se multiplicaban. Los sacerdotes, desde el púlpito, prohibieron en la capital y fuera de ella la ya siniestra canción. Pocos son los que hoy se atreven a murmurarla. ¿A qué turbar el reposo de la pecadora redimida? Respetemos su remordimiento que duerme. Y atendamos a las advertencias enviadas desde el lugar misterioso que a todos nos espera.

Así se extinguió la juguetona Magdalena en el errante y melancólico musiqueo paraguayo.

domingo, 15 de noviembre de 2009

LAPIDA de Rafael Barrett

Envidiemos la gloriosa apoteosis de Ferrer, asesinado en los fosos de Montjuich, la última Bastilla de los latinos.

Arrastrado a los fosos como por una banda de chacales, devorado en la sombra y el silencio, a espaldas de Europa.

Fue fulminado, porque era cumbre. No le podían perdonar. Los inquisidores perdonan el crimen, no la idea. Cayó, porque causaba miedo, porque era una de las imágenes vivas del futuro, un anuncio de muerte para los que le hicieron morir. Pero, ¿qué es la desaparición de Ferrer? Un simulacro. Lo grave no es que haya muerto, sino que haya vivido, que después de él perduren y crezcan formidables las energías de que se formó. Ferrer, desposado con la bella muerte que le disteis, engendrará los héroes de mañana. ¿Qué habéis conseguido? Hacerle inmortal a balazos, convertir el inofensivo profesor en un irritado ángel que visitará vuestras noches.

¿Por qué no atendisteis al rey extranjero que os pidió prudencia en voz baja, por vosotros y por él? Es que sois todos solidarios, despojos flotantes de la historia, majestuosos fantoches, temblando con el cetro en la mano; fariseos que no queréis dejar escapar de vuestras uñas el botín de un Dios difunto; militares que os honráis poniendo la matanza al servicio de la avaricia financiera; burgueses momificados dentro de vuestros alveolos de oro frío; mundo que subsistes, porque los nueve décimos de la humanidad son todavía un rebaño de resignados mendigos. ¡Asesináis, oh, moribundos armados hasta los dientes! Asesináis; creéis, decrépitos, que los baños de sangre os devolverán la juventud. Inútil. Comprendemos el mecanismo de vuestra agonía. Hemos hecho algo mejor que venceros: os hemos explicado. La vida misteriosa se refugia en la carne que sufre. Asesinaréis mil Ferrer... ¿Y qué? ¿Detendréis el Tiempo?

miércoles, 4 de noviembre de 2009

LOS PRESTIGIOS DE LA GUERRA de Rafael Barrett

No pasa día sin que en alguna parte de la tierra retumbe el cañón. Y por cada libra de pólvora que se quema existen innumerables toneladas que sólo esperan una orden, un signo, un roce ligero para estallar. La montaña de combustibles aguarda una chispa. Miles de millones de pesos se invierten anualmente en conservar y renovar los instrumentos de matanza, y millones de soldados están listos a morir y a hacer morir en cuanto así se disponga. Por muy optimistas que seamos, confesemos que a pesar de los arbitrajes, de las conferencias y de las campañas de todo origen a favor de la paz, la guerra sigue sólidamente instalada en este mundo. Los estados menos belicosos se arruinan en armamentos y en efectivos, prueba de que entre la gente del alto negocio nadie confía en que disminuya la ferocidad de nuestra especie. La guerra continúa siendo amenaza para unos y comercio lucrativo para otros. Y la hipertrofia de los ejércitos acrecienta el riesgo. No se acumulan en vano enormes energías; locura es pretender que se mantenga indefinidamente inmóvil un órgano que se robustece sin cesar. Vencido de su propio peso, el alud se desplomará por fin, tanto más destructor cuando más tardío. Pasaremos del simulacro de las maniobras, a la realidad, y esa comedia de gran aparato que es la luz armada, concluirá en tragedia, porque nuestras armas no son de cartón y, tarde o temprano, la verdad se apodera del hombre.

¿Será mentira nuestro mejoramiento moral? ¿Quién negará que la guerra agresiva es un crimen, está muy puesto en la regla; pero ¿cómo es que encuentran tantos auxiliares desinteresados? Además, se dice que la guerra ha perdido su esplendor caballeresco. No concebimos hoy a Bayardo. Ya protestaba don Quijote contra la endemoniada artillería, «con la cual se dio causa a que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero», y añade: «estoy por decir que en el alma me pesaba de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es ésta en que vivimos...». Olavo Bilac, en uno de sus deliciosos artículos, exclama: «La espada antigua noble, que fulguraba en las manos de Alejandro, es hoy una reliquia de museo... El arma moderna es un revólver cobarde, que fulmina de lejos, como un rayo de la Fuerza irresponsable y anónima», y deduce: «¡Tanto mejor! ¡La guerra morirá, porque dejó de ser bella y gloriosa!».

Creo que la espada recién inventada no fue bella. Habrá parecido un pincho raro. Es el tiempo el que, al consumirlas, embellece las cosas, y por eso, cuando comienzan a ser bellas suelen comenzar a ser inútiles. La guerra ha dejado de ser bella, lo que demuestra que prosigue viviendo. Acaso nuestras herramientas actuales sean la poesía de mañana, si no las reemplazamos demasiado pronto. La guerra vive, la guerra es fuerte porque ha sacrificado la vieja poesía, porque se ha incorporado a un siglo, porque ha progresado tal vez más de prisa que el resto de la civilización. La guerra triunfa todavía de la evolución moral porque se ha hecho científica, porque se ha convertido en un vasto trabajo inteligente. Ha organizado un tejido de oficios y de carreras. Ocupa casi todo un hueco de incontables cerebros, donde no hay ya lugar para ideas de altruismo abstracto, ni para ferocidades gratuitas. El artillero empleado en apuntar su cañón contra el obstáculo casi invisible no tiene nada de feroz. Es congénere del astrónomo que apunta su telescopio. No es un bestia sediento de sangre, ni un patriota abnegado, ni un apóstol de ningún credo. Es sencillamente un técnico. El tecnicismo es el alma de nuestra época. ¡Qué queréis! De tanto hacer máquinas, nos vamos haciendo máquinas, máquinas de pensar, máquinas de curar, máquinas de matar... Es lo mismo...

No es completamente lo mismo. Hace pocas noches, cruzaron cerca de la estancia donde resido, las fuerzas revolucionarias paraguayas, que habían levantado el sitio de Laureles. Un grupo de jinetes se detuvo frente a mi puerta. Era el caudillo José Gil con su estado mayor. Al ver salir de la sombra, anunciados por los destellos de los sables, aquellos rostros resueltos y fatigados, que una bala destrozaría quizá un momento después, comprendí el prestigio del peligro; que es la sal de la vida. Se trataba, es cierto, de una guerra muy chica, pero como ya ha replicado alguien, en las guerras chicas se hace lo que en las grandes: se muere. No hay vida intensa si no es junto a la muerte. Sentimos que únicamente a través de la muerte somos eficaces. Aun a medias transformados en máquinas, anhelamos ser máquinas heroicas. Y eso es el crimen de la guerra contemporánea: un tecnicismo heroico. No se suprime sino lo que se sustituye, y como la humanidad no puede renunciar al heroísmo sin traicionar su destino sublime, necesario es uscar otros tecnicismos heroicos que absorban el de la guerra. La esperanza, en estos instantes, luce del lado de los admirables sports de los Shackleton y de los Blériot. Luce también del lado del antimilitarismo activo, porque, sin duda, el soldado que se niega a la agresión internacional es más audaz que el esclavo de la disciplina. Y además es menos máquina...

Publicado en "La Razón", Montevideo, 27 de octubre de 1909.