viernes, 10 de septiembre de 2010

Rincón de selva de Rafael Barrett

El cimiento innumerable y retorcido sale de tierra en el desorden de una desesperación paralizada. Los troncos, semejantes a gruesas raíces desnudas, multiplican sus miembros impacientes de asir, de enlazar, de estrangular, la vida es aquí un laberinto inmóvil y terrible; las lianas infinitas bajan del vasto follaje a envolver y apretar y ahorcar los fustes gigantescos. Un vaho fúnebre sube del suelo empapado en savias acres, humedades detenidas y podredumbres devoradoras. Bajo la bóveda del ramaje sombrío se abren concavidades glaciales de cueva donde el vago horror del crepúsculo adivina emboscada a la muerte y tan sólo alguna flor del aire, suspendida en el vacío, como un insecto maravilloso, sonríe al azar con la inocencia de sus cálices sonrosados.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Las manos de Rafael Barret

Cesaron de ignorarse, y se movieron en busca una de otra, por entre las batistas agitadas, arrastrándose hacia el deseo, profecía venida de lo alto. Los dedos masculinos, temblando de angustia, alcanzaron, por fin, resbalaron en un débil tumulto de caricias inciertas como un aliento oprimido. La mano de la hembra, bajo aquella voluptuosidad insuperable, iba desdoblándose, encogiéndose, hasta cerrarse en el cáliz temprano de una magnolia.

De repente, el eterno grupo trágico: garra hambrienta, músculos velludos de pirata que estrujan un corazón arrancado, y confusas alas prisioneras.

La piel sutil de la muñeca frágil cede como un pétalo; los suaves dedos vencidos se abren, y en la palma tibia, pálida, húmeda aún, late la vida.

lunes, 23 de agosto de 2010

HOY de Rafael Barrett

Hoy es el día negro. ¿Dónde mi cotidiana herencia de luz?

He vagado por las calles borrachas de niebla, como yo de sombra. En el fondo de mi universo proyecta la nada sus desnudas tinieblas, disolventes de todo, las asesinas del silencio, minuciosas, devoradoras, lentas.

La tarea de la vida cae de mis dedos apagándose... Manos rescatadoras, no os veo en mi oscuridad. ¿Vacías huisteis? Me baña la muerte persuasiva.

Únicamente soy una cosa cobarde, escondida en un rincón del tiempo. Torpes enemigos, seguid buscándome en la luz; mañana será tarde. Hoy se rindió el carcelero, y la jauría desatada se destroza a sí misma. Cada átomo de mi carne es una tímida ferocidad; yo una multitud esclava; yo el hermano de los humildes criminales.

Hoy vi sobre la estúpida faz del primitivo la costra de la miseria, olfateé la desesperación y el vicio y amé al pobre, porque mi corrupción es la suya. Con ella la piedad, como siempre, en las almas. Y me penetra la infame ternura. Por fin, nostálgico de la antigua madre; por fin inmóvil en el universal flujo, esperando la noche del pasado visible.

Hoy me entrego a las ágiles destructoras. A mi cintura los nudos para siempre de sus brazos. Ojos de grutas, subid a los míos. Corran las tibias bocas por mi cuerpo. Las orillas pasan. No las conozco ya, y a sentir comienzo el soplo de las regiones de donde no se vuelve.

martes, 15 de junio de 2010

AGUAFUERTES de Rafael Barrett

Para Meifren
La niña duerme...

Cada instante, más bellos los días que no volverán; cada instante, más bellos los prometidos días que no llegarán nunca.
La niña duerme... tan profundamente que el más fino de sus cabellos está inmóvil como una montaña; tan profundamente, que las horas se mueven lejos de ella... la niña duerme en su ataúd.
Era piadosa, y tan inocente que no se ruborizaba nunca. Los niños que empiezan a andar jugaban felices con ella, y cada noche le traía el reposo.
Con la noche, vino la muerte, y la muerte también la encontró dispuesta y dócil, y se la llevó donde ella sabe.
La niña duerme...
Preciso es que su alma compasiva se haya vuelto a mitad de camino un momento a dejar sobre esta frente el resplandor de paz sumisa que siempre estuvo en ella, y si yo levantara esos párpados sagrados, miraría otra vez la sagrada luz que serenaba mi vida.
Apenas bajo mi mano se entreabrieron...
Caían, caían por el rostro de la muerta; caían las lágrimas.

sábado, 29 de mayo de 2010

EL MAESTRO de Rafael Barrett

Por treinta pesos mensuales el señor Cuadrado, a las cinco de la mañana incorporaba sobre el sucio lecho sus sesenta años de miseria, y empezaba a sufrir. Levantar a los niños de primer grado, vigilar su desayuno, meterles en clase, darles tres horas de aritmética y de gramática, llevarles a almorzar, presenciar su almuerzo, cuidar el recreo, propinarles otras tres horas de gramática y de aritmética, conservar orden en el estudio, servirles la cena, conducirles al dormitorio, estar alerta hasta las 10 de la noche, dormirse entre ellos para volver a comenzar al día siguiente... todo eso hacía el señor Cuadrado por treinta pesos al mes.

Y lo hacía bajo humillaciones perpetuas, obstinadas; los niños de primer grado eran un enjambre de mosquitos en cuyo centro el señor Cuadrado pasaba la vida. Cada instante estaba marcado por un pinchazo o por una puñalada, porque si el señor Cuadrado era blanco constante de las risas bulliciosas de los pequeños, también lo era de las risas malvadas de los grandes, de los que ya saben ¡ay!, herir certeramente. El profesor interno era el lugar sin nombre donde quien quería tenía derecho a descargar, a soltar su malhumor, su impaciencia, su deseo de hacer daño, de martirizar, de asesinar. Y el señor Cuadrado vivía entre el dolor del último salivazo y el terror al salivazo próximo. En su corazón no había más que odio y miedo. Se sentía vil. Era el maestro de escuela.

Menudo de cuerpo y de alma, flaquísimo, blando, vacilante, tiritaba siempre bajo su antiguo chaqué sin color y sin forma, famoso en las conversaciones burlonas de los muchachos. La cara del maestro, roja y descompuesta, parecía de lejos una llaga. Las innumerables arrugas, profundas y movedizas, que se entreabrían para mostrar dos ojillos de culebra, atraían de cerca y provocaban a un estudio interminable. Tosía y su voz cascada se rompía con sonido lúgubre. Sacudía a cada momento los hombros, como si su raído chaqué fuera una piedra abrumadora, y temblaban sin causa sus endebles miembros.

Al señor Cuadrado se le había escapado su mujer, dejándole cinco hijos de poca edad. Él no los veía porque no tenía tiempo. Disponía de dos horas por semana. Una vez en la calle, el señor Cuadrado se erguía, respiraba. ¿Adónde ir? ¿A visitar a los chiquitos? Repartidos por los oscuros rincones de Buenos Aires, las distancias sin fin de la implacable ciudad agobiaban al señor Cuadrado. «Podía ver a uno. ¿A cuál? ¿Iremos a pie? Los botines se me están cortando... ¿Tomaremos el tranvía? Con los treinta centavos me echaría entre pecho y espalda un té bien caliente... Hace frío». Y el señor Cuadrado se deslizaba en el establecimiento de la esquina, se acurrucaba en un ángulo, delante de la taza humeante, gozaba con delicia del ambiente tibio, de la soledad. Los hombres cruzaban sin ocuparse de él. No sufría. No pensaba en nada. Eran dos horas de ensueño, toda la poesía del señor Cuadrado.

Aquella noche, después de roer su miserable alimento, el señor Cuadrado se metió en la cama. ¡Contra su costumbre, se durmió pesadamente! Los doce o quince diablillos de primer grado se acostaron también, guardando una compostura de mal agüero. Dieron las diez, las once...

Las horas sonaban en los relojes lejanos y detrás de ellas caía el silencio más profundamente. El dormitorio, mal iluminado por una vieja lámpara, hundía su hueco en la sombra donde blanqueaba como en los hospitales la doble fila de camas estrechas. En la última, junto al umbral se distinguía apenas el bulto del señor Cuadrado, y un débil reflejo brillaba tristemente sobre su calva amarilla.

Rumores de pájaros, cuchicheos, carcajadas mudas, alguien camina... Las cabezas rizadas se agitan, los cuellos se alargan. Desde la penumbra todas las miradas se tienden a la puerta y al cuerpo inmóvil del señor Cuadrado.

Y a la entrada del aposento surge cautelosamente una aparición celestial. Desnudas las rosadas piernas, revueltos los rubios bucles sobre una frente de ángel, muy abiertos los dulces ojos azules, sonriente la boca fresca y pura como una flor, el más lindo de los alumnos de primer grado espía a su maestro.

Convencido de la impunidad alza la mano, de donde cuelga por el rabo el cadáver sangriento de una rata, y deposita delicadamente el inmundo animal sobre la almohada, a dos dedos del ralo bigote del señor Cuadrado...

Desde el amanecer está sobresaltado el dormitorio. Al resplandor lívido del alba se ve la rata manchada de sangre al lado de la faz marchita del maestro de escuela. Pero el señor Cuadrado sigue durmiendo. Son las cinco, las cinco y cuarto, y el señor Cuadrado no se despierta. Los demonios hacen ruido, derriban sillas, se lanzan libros de un lecho a otro. El señor Cuadrado duerme. Los demonios le disparan bolitas de papel, pero es inútil. El señor Cuadrado descansa. El señor Cuadrado está muerto...

miércoles, 12 de mayo de 2010

EL LEPROSO (Cuento) de Rafael Barrett

Treinta años hacía que Onofre habitaba el país. Remontando los ríos quedó en seco al fin como escoria que espuman las mareas. ¿Siciliano, turco, griego?... Nunca se averiguó más; al oírle soltar su castilla dulzona rayada por delgados zumbidos de insectos al sol, se le adivinaba esculpido por el Mediterráneo.

Treinta años... Era entonces un ganapán sufrido y avieso. Pelaje de asno le caía sobre el testuz. Aguantaba los puntapiés sin que en su mirada sucia saltara un relámpago. Astroso, frugal, recio, aglutinaba en silencio su pelotita de oro.

Pronto se irguió. Puso boliche en el último rancho. Enfrente, una banderola blancuzca, a lo alto de una tacuara torcida por el viento y la lluvia, sonreía a los borrachines. Entraban al caer la noche, lentos, taciturnos; se acercaban con desdén pueril al mostrador enchapado; pedían quedos una copa de caña, luego otra; el patrón Camhoche, afable y evasivo, apaciguaba los altercados, favorecía las reconciliaciones regadas de alcohol. Saltó a relucir una baraja aceitosa, aspada, punteada; aparecieron dos o tres pelafustanes que ganaban siempre y bebían fiado. Después, de lance, trajo Onofre trapiche y alambique, destiló el veneno por cuenta propia. Tiró el bohío y levantó una casita de ladrillos. Apeteció instruirse, cosa que ennoblece; leyó de corrido,-perfiló la letra; el estudio del derecho sobre todo le absorbía; al bamboleante alumbrar de una vela de sebo, devoraba en el catre, hasta la madrugada, procedimientos y códigos. Empezó a prestar.

Fue el paño de lágrimas de la comarca. Compasivo, se avenía en los vencimientos a rebañar la ternerilla, el par de gallinas, el fardo de hoja, el cesto de naranjas, a trueque de renovar la deuda por un mes. Don Onofre se hizo poco a poco de rancherío, campichuelos, monte, hacienda. Fomentó el comercio. Cortés y entendido, metía pleito a los acomodados. Leguleyos, agrimensores, comisionistas, asomaron por primera vez en aquellos lugares, que así nacían a la vida pública. A los mismos insolventes, de puro bueno y de puro calentón, ayudaba don Onofre cuando había en la familia alguna chicuela a punto.

Fue un personaje: viajes a la capital, miga con ricachos y con ministros. ¡Oh, nada de política! Estaba con todos los partidos, a medida que ocupaban el poder. El jefe y el juez eran suyos. Figurar en centros mejores, ¿para que? Prefería seguir siendo la providencia de su patria adoptiva, sin moverse de ella.

La cual se despoblaba. Las cuatro mil cabezas de don Onofre vagaban más allá de los abandonados cultivos. Tenía su idea (el agua a una cuarta, el ferrocarril en proyecto): con cruzarse de brazos se hacía millonario. Consintió no obstante en talar los bosques. Árboles gigantescos se desplomaban con fragor de muerte. Las vigas férreas eran arrastradas por los que daban en otro tiempo de puntapiés a Onofre, y echadas al río. La pelotilla de oro se volvía bocha magnífica. Y en torno de don Onofre se pelaba la tierra, como atacaba de una tiña pertinaz. A propósito: se me olvidaba decir que don Onofre padecía de lepra.

La lepra. Lepra. Don Onofre masticaba este nombre pavoroso. Lo veríais en el lento temblor de sus mandíbulas salientes. Veríais en sus iris felinos, turbios, empañados de pronto por un humbo fugaz, el horror de las úlceras descubiertas a solas, atrancadas las puertas. ¡Ay! No había niña más púdica que don Onofre. Amaba vestido. Su ropa, cosida hasta la nuez, era un saco de inmundicia cerrado y sellado como el cofre de un avariento. Pero, ¿y la cabeza? ¿La cabeza grasienta, vil, imposible de escamotear? Y la bestia subía, se enroscaba a la nuca. Don Onofre anhelaba algo parecido a decapitarse. Al cabo, la lepra sacó la garra por el cuello de la camisa y apresó el rostro.

¡Ser leproso, escandalosamente leproso un hombre tan rico, que podían ser tan feliz! Esta injusticia acongojaba a don Onofre. Sus vecinos opinaban como él. Prez del departamento, le veneraron; mejor todavía, le compadecieron maravillados. Aquella frente manchada inspiró a los esquilmados campesinos el respeto de las cumbres donde se muestra a los viajeros la peña partida por el rayo. Admiraron a don Onofre doblemente; se le aproximaban con reparo religioso que él tomó por asco. ¡Asco, el asco ardiente que se tenía a sí propio! No se resignó. Forcejeó, en largas pesadillas, con los fantasmas purulentos; al despertar había en la almohada lágrimas de espanto. Lucharía; no moriría así, no, maldito por el destino. Se arruinaría con tal de curarse, con tal siquiera de esconder su mal.

Y en persecución del milagro bajó los ríos, cruzó los mares.¡Qué tortura, ante la repugnancia, el odio, el pánico, gesticulantes en torno a su lepra! Sus compañeros de camarote huían despavoridos; sus comensales le relegaban a un extremo desierto de la mesa, o se iban furiosos. Se le rechazó, se le aisló, se le encepó; era un apestado, era la peste. Oía a su paso protestas, órdenes, un rabioso fregar de cacharros y cubiertos. Olía de continuo el ejército de sustancias desinfectantes con que se abroquelaban los dichosos. Don Onofre imploró lástima. Se dirigió a los sirvientes, a cuantos se arriesgaban a escucharle. Dijo que era rico, muy rico. Despilfarró ostensiblemente el champaña; arrojó habanos casi enteros; se cuajó las manos de brillantes. «Soportadme, suplicaba, soy rico, muy rico». Y a la postre algunos ojos le acariciaron, algunas frases le fingieron la inmortal música de la piedad, y algunas señoritas casaderas le sonrieron. ¡La higiene está tan adelantada!

Los médicos se lo enviaron entre ellos como una pelota podrida. Los más célebres eran los más caros; don Onofre no apreció otra diferencia. Le ordenaron cambiar, cambiar siempre de clima, de costumbres, de régimen. A fuerza de cambiar, repetía. Emigraba al Sur, y le hacían retroceder al Norte. Le prohibían comer carne o fécula, y se la imponían de nuevo. Le introdujeron pociones, píldoras, tinturas, cocimientos. Le remojaron, le bañaron, le fumigaron, le untaron de pomada, glicerados, aguas corrosivas, mantecas, aceites. Le lavaban y le volvían a untar. Uno le aplicó estiércol. Otro le recetó una preparación de oro. ¡Oro!¡Eso era lo principal!

Don Onofre regresó a su feudo, con menos dinero y con más lepra. Regresó enloquecido. Él era la lepra, y el mundo un espasmo de aversión, una inmensa náusea.

Y entonces, en las honduras de sus entrañas enfermas, la vieja tentación se alzó. Don Onofre «sabía». ¿Quién no sabe que la lepra, el castigo del cielo, sólo se sana con la sangre inocente de un niño?

Y don Onofre, tranquilizado, consolado, se puso a meditar.

lunes, 3 de mayo de 2010

VACUNA de Rafael Barrett

«Scire est mensurare», decía Képler. Saber es medir. De Képler acá, el desarrollo de las ciencias ha hecho cada vez más axiomático el aforismo. «Si sabéis medir aquello de que habláis, dice lord Kelvin, y expresarlo por medio de una cifra, algo sabéis de vuestro asunto». El cuerpo de una ciencia que merece el nombre de tal es un conjunto de medidas, una estadística suficiente, y cuando la ley probable nos reproduce los números de la observación con un error más pequeño que el imputado a los instrumentos, la ciencia es exacta. La mecánica celeste entera, casi toda la física y gran parte de la química son exactas. En cambio, casi toda la medicina es empírica y conjetural. La medicina sólo pasa por ciencia a los ojos de los que, ignorando las matemáticas aplicadas, no tienen concepto alguno de lo que la ciencia es. El médico mide la temperatura, la presión arterial, los coeficientes respiratorios; hay una energética fisiológica, una química de nutrición, un ensayo de una química de la infección y de la inmunidad; hay un bosquejo de una electrotecnia del sistema nervioso... es indiscutible. Pero lo que el médico mide es todavía insignificante; islotes cuantitativos en medio del mar cualitativo, es decir, en medio de lo que aún está lejos de ser ciencia. El médico, habitualmente, nada en pleno azar. No le culpéis; el organismo humano es mucho más complicado y misterioso que el firmamento; por eso la astronomía es más perfecta que la fisiología, y más pobre. En lo perfecto hay siempre un fondo limitado y simple. No culpéis tampoco al médico de su anómala suficiencia; la sugestión es una terapéutica apreciable, y esa piadosa farsa sacerdotal le permite consolar y aliviar al que sufre.

¿Debemos vacunarnos? He aquí, a mi entender, una cuestión de pura simpatía. Para fijar científicamente el valor de la vacuna sería necesaria una estadística, quimérica por lo enorme. ¿Y cómo separar de la influencia vaccínica la de los factores higiénicos? Si pretendiéramos conocer los efectos a largo plazo, en lo que respecta a inferiorización del terreno fisiológico, la estadística -mejor dicho el censo- llegaría a lo descomunal. Apenas el milésimo de los datos posibles obra en nuestras manos. Lo positivo es que también los vacunados se enferman de viruela y mueren. Sin embargo, la vacuna quizá sea útil. No nos está prohibido creer en ella; lo que nos está prohibido es creer en ella de una manera científica. Se trata de una creencia religiosa. Esta seudo-verdad ha durado un siglo. Es bastante vida para un dogma tan menudo. Aunque fuera verdad, debe eclipsarse. Sería una verdad mal comprendida, aislada de la investigación corriente, tal vez por no haberse obtenido hasta la fecha el microbio variólico, una verdad estéril por haber sido descubierta sin motivos y aceptada sin esfuerzo, una verdad desacreditada por su triunfo y que, si vale la pena, volveremos a descubrir más tarde.

En la legítima contienda entre vacunistas y antivacunistas, de la cual hemos de felicitarnos -la unanimidad, ha dicho Gourmont, es una cosa triste- los antivacunistas me inspiran confianza porque son pocos. Las certidumbres nuevas, como el sol naciente, brillan en una minoría de cumbres, a veces en una sola. Cuando el buque se acerca a tierra, no es la multitud de a bordo quien la ve primero, sino el vigía solitario en su mástil. Estos herejes de la vacuna son simpáticos. Lo son tanto más, cuanto que se ha deliberado sobre si convenía hacerles callar a la fuerza. Entonces ha parecido evidente que tenían razón.

Ciertos argumentos suyos, no obstante, carecen de solidez. «La vacuna obligatoria, dicen, es un disparate, porque una persona sana no constituye peligro». Pero si la vacuna inmuniza realmente contra la viruela, claro está que los vacunados son menos peligrosos que los no vacunados. No contagian hoy, mas contagiarán mañana. Se aísla a los variolosos, no por los contagios que han producido ya, sino por los que han de producir. El peligro y las medidas para evitarlo, se refieren a un futuro remoto o próximo. Matamos o encarcelamos a los criminales con el fin de que no nos perjudiquen más. El crimen ejecutado no tiene importancia, puesto que no tiene remedio. La reincidencia presunta es lo que justifica nuestra represión. Los delincuentes son castigados por los delitos que no han cometido, como serían vacunados por la viruela que no habrían nunca de padecer.

La evaluación del peligro público y del derecho que asiste a los gobiernos para vulnerar en beneficio común la libertad individual, depende de mil matices mentales. Supongo que esta época de pesado materialismo -en que el prosaico Samuel Smiles es un apóstol etéreo- atribuye definitiva trascendencia a la salud. Si a la inmensa mayoría de los hombres de nuestro siglo se les ofreciera, con las enfermedades correspondientes, el genio de Lucrecio o de Pascal, lo rechazarían indignados.

lunes, 26 de abril de 2010

UN INTELECTUAL de Rafael Barrett

El doctor X es un intelectual. Hace veinte años, padeció una neurastenia decisiva. Desde que estuvo a punto de quedarse imbécil, a consecuencia de excesos mal desinfectados, X descubrió que tenía talento, y divulgó la noticia. Hoy se le ve robusto y colorado. Sus ojos grandes y redondos resplandecen de salud satisfecha. Como es doctor, ha ganado mucho dinero, y está muy ocupado en descansar. Afirma que la neurastenia ha dejado en él rastros siniestros, y es preciso acabarla de vencer. Se dedica pues a una ociosidad higiénica y prolongada. Cuando piensa uno en las obras que hubiera podido escribir, se maravilla uno: ¡Qué cabeza!

Ha publicado en vida tres folletos, hasta de sesenta y tres páginas el mayor, sin contar el índice de las materias contenidas: todos con advocaciones, dedicatorias, prefacios y advertencias, notas prolijas y márgenes de media vara. El uno es político, el segundo jurídico y el tercero histórico. Valen tanto uno como otros. X es enciclopédico y además miembro correspondiente de algunas academias del extranjero. La señora de X suspira: «le adoro al doctor, ¡es tan científico!»

El doctor X se hace enviar todos los libros importantes que aparecen en Europa. El idioma le es indiferente. Los anchos vapores de Mihanovich depositan cuidadosamente en el muelle, cada semana, pesadas cajas repletas de impresos. X se estremece de entusiasmo. Palpa, verifica, encuaderna y cataloga. La biblioteca alcanza ya a quince volúmenes. ¡Lástima que nadie los lea!

Entrad en el gabinete del doctor X y os sentiréis invadidos por el respeto que imponen los oratorios del saber. Altos y sombríos anaqueles, pegados al muro y acortinados de rojo, guardan intactos los tesoros de la moderna erudición. Ricos objetos relucen reposada y desdeñosamente en la penumbra de la pieza. Sentado en la mesa amplia y augusta, convenientemente cubierta de tomos y papeles, el doctor X medita. Os ha oído, se arranca generosamente a sus reflexiones, se digna sonreír, desata vuestra timidez, con amabilidad hidalga. Parece verdaderamente alguien.

Es muy visitado, porque además de los tratados de metafísica y de sociología le mandan de allá un té exquisito y un coñac auténtico. Ha aprendido muy bien cómo debe recibir un intelectual de primera clase, sobre todo cuando tiene dos estancias y suntuoso mobiliario. No se equivoca un momento. Se diría que nunca ha hecho otra cosa.

Varias cosas sorprenden cuando se le trata: la figura marcial, de hombros atléticos y bigotes fornidos. Cuerpo excelente para un labrador o para un sargento de caballería. El doctor os alarga la mano, y tembláis al adivinar el apretón formidable. Pero nada; el bloque de carne descansa inerte, entre vuestros dedos: un pedazo de lomo crudo. Después, los gestos lentos y ceremoniosos, que se hacen a sí mismos reverencias. Después la voz mesurada, morigerada, igualita. Pronuncia despacio, colocando en equilibrio las frases sobre la atmósfera. Comprende que la posteridad le escucha y no quiere pasar con erratas a la historia.

Después desea uno fijarse en lo que dice. Esto es difícil, y más difícil recordar lo que dice. ¿Dice algo? Quizá no. La conversación de X es una especie de solemne pantomima, acompañada en sordina por puro lujo.

A fuerza sin embargo de escarbar la memoria, saco a flote ciertos tópicos de X. Admiro la seguridad con que el doctor resuelve las más oscuras cuestiones. Para él ha encontrado el siglo XIX la clave de todos los enigmas. El materialismo de Buchner explica de un golpe los misterios que durante miles de años atormentaron a la humanidad. X compadece a los curas, a los espiritualistas, a los que sueñan todavía el más allá. ¡Pobres diablos! Debilidad de espíritu. El doctor suele también referir en largos períodos impecables y vacíos las diversas obras que proyecta escribir. Otras veces alude a los personajes que le fueron a ver durante la semana. Jamás menciona directamente sus nombres; los rodea de tinieblas. Así murmura: «donde está usted estuvo anteayer el señor secretario de la Dirección General de la Estadística», o si no, con más siglo aún: «vino a consultarme una persona que desempeñó trascendental papel en los sucesos políticos de fines del 89». En cuanto a lo que estos señores dijeron... discreción absoluta.

En una ocasión, en una sola, es cierto, vi al doctor X abandonar esa serenidad goethiana, tan propia de un alma superior. Estábamos tomando el famoso té. Una niña morena y humilde se acercó trayendo el famoso coñac en una bandeja, flanqueado de copas dimantinas. La criadita tropezó, y botella y copas se hicieron añicos. El doctor, olvidándose súbitamente quién era, se levantó y descargó su manaza de carretero en la morena carita de la niña asustada. Contemplé marcadas en sangre las cinco uñas de la zarpa, y comprendí que no sólo hay inteligencia en X, sino emociones naturales. Es un intelectual completo.

Publicado en "El Diario", Asunción, 22 de octubre de 1907

sábado, 17 de abril de 2010

UN DIOS QUE SE VA de Rafael Barrett

Pío X ha tenido una frase desgraciada. Ha dicho que los terremotos de Calabria y Sicilia son un castigo de Dios.

Nada más ortodoxo. Si no se mueve la hoja del árbol sin que Dios lo quiera, mal podrán venirse abajo las ciudades contra la voluntad divina. Pero nada más inoportuno. Esta época necesita otros dioses; quiere ser dirigida por la esperanza y el amor, no por el miedo.

Bastante divorciada está de nuestro siglo la Iglesia para que su jefe aumente el descrédito recordando tan anacrónicos dogmas. No son los espíritus positivistas a lo Littré, escépticos a lo Gourmont, materialistas a lo Haeckel, dilettanti a lo Renán los únicos que se apartan del catolicismo; son los espíritus religiosos. Hemos presenciado una reacción espiritualista dentro de la misma ciencia; Büchner es ahora una antigualla. Mientras la física evoluciona hacia lo imponderable, y la psicología nos hace sospechar la significación de lo subconsciente, una nueva escuela filosófica, que reúne sus diversas orientaciones bajo el nombre de pragmatismo y que cuenta con los más ilustres ingenios del mundo, refuta el determinismo mecánico, valiéndose de los procedimientos lógicos y experimentales de la cultura moderna. Todo estos "no ateos" vuelven la espalda al Vaticano, como se la vuelven los místicos desde Emerson y Whitman a Tolstoi, y las sectas recientes derivadas del puro cristianismo, para las cuales lo importante es la acción social, la eliminación del dolor. Es que no nos cabe ya en la cabeza que debamos aceptar el dolor, que lo debamos justificar, que lo suframos cobardemente como expiación de nuestras culpas. Nos hemos examinado y nos hemos absuelto. Somos inocentes y pretendemos ser menos infelices.

Dentro de la Iglesia vemos un culto idolátrico; el bajo pueblo ario no ha salido del paganismo. Existen docenas de Cristos diferentes, centenares de Vírgenes Marías distintas y una innumerable caterva de santos. Cada fiel adora su pedacito de madera pintada, y no hallaréis un templo sencillamente consagrado a Dios. Roma trafica con fetiches. Por encima de los magos y curanderos de sacristía están los gerentes, muchos de ellos hombres superiores que, incapacitados de hacer religión, hacen política. El catolicismo es un partido, una burocracia, que se sostiene aún merced a su maravillosa estructura. La Iglesia sucumbirá por falta de fe; nada prueba mejor su irreparable anemia espiritual que la nulidad vergonzosa de sus edificios actuales y de sus imágenes; su literatura presente está impregnada de esa nauseabunda dulzarronería de lo que empieza a pudrirse. Quedan algunos núcleos vitales; varios obispos católicos de Inglaterra, Alemania y Estados Unidos son de su tiempo, y la Inquisición los respeta, por no provocar cismas. Hay sacerdotes heroicos, como el padre Loisy, que se ríen de la cosmogonía del Génesis, y ¡cuántos no sueñan a semejanza del Froment de Zola y del "santo" de Fogazzaro, con una regeneración del catolicismo! Pobres almas extraviadas en el sagrado ministerio, sufren y callan, agarrotadas por los concilios, y no se atreven a tocar a la formidable vieja, que por mucho que chochee en su agonía es siempre la Madre.

¡Qué momento para desenterrar los pecados de Dios! Rechazamos a la persona todopoderosa e infinitamente buena, no por absurda, sino por inmoral. Lo infinitamente bueno no es capaz, no, de aplastar a los niños de Messina para vengarse de la política de Combes y Clemenceau. Si es bueno es impotente como nosotros, y si es Omnipotente es perverso. El Dios que atormenta a los animales y a las plantas no es Dios, es el Demonio. Hace seis centurias la catástrofe hubiera hablado en su gloria; hoy sirve para procesarlo. Le hicimos perfecto, y por lo tanto inmóvil, inmutable; nosotros, desdichados pecadores, avanzamos en el camino del bien, y dejamos atrás a nuestro Dios. Triste es decirlo, pues triste es también la muerte de los dioses: el Jehová pontificio se reduce a un vulgar homicida y la antropología italiana encontrará en él una ascendencia de epilépticos y de alcohólicos.

El papa estuvo torpe: nunca hubiera cometido tal error León XIII. Lo grave no es que se haya acusado a Dios de un crimen: lo grave es la infalibilidad de quien acusa.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 10 de febrero de 1909.

domingo, 11 de abril de 2010

TORMENTO Y ASESINATO de Rafel Barrett

«Aquí no hay más Dios que yo», dice al nuevo peón una vez por todas el capataz. Y si no bastara el rebenque para demostrarlo, lo demostraría el revólver del mayordomo. En el yerbal no se habla, se pega.

Cuando en plena capital la policía tortura a los presos por «amor al arte», ¿creéis posible que no se torture al esclavo en la selva, donde no hay otro testigo que la naturaleza idiota, y donde las autoridades nacionales ofician de verdugo, puestas como están al servicio de la codicia más vil y más desenfrenada?

¡Camina, trajina, suda y sangra, carne maldita! ¿Qué importa que caigas extenuada y mueras como la vieja res a orilla del pantano? Eres barata y se te encuentra en todas partes. ¡Ay de ti si te rebelas, si te yergues en un espasmo de protesta! ¡Ay del asno que se olvida un momento de ser un asno!

Entonces, al hambre, a la fatiga, a la fiebre, al mortal desaliento se añadirá el azote, la tortura con su complicado y siniestro material. Conocíais la inquisición política y la inquisición religiosa. Conoced ahora la más infame, la inquisición del oro.

¿A qué mencionar los gritos y el cepo? Son clásicos en el paraguay, y no sé por qué no constituyen el emblema de la justicia, en vez de la inepta matrona de la espada de cartón y de la balanza falsa. En Yaguatirica se admira el célebre cepo de la empresa M. S. Un cepo menos costoso es el de lazo. También se usa mucho estirar a los peones, es decir atarles de los cuatro miembros muy abiertos. O bien se les cuelga de los pies a un árbol. El estaqueamiento es interesante: consiste en amarrar a la víctima de los tobillos y de las muñecas a cuatro estacas, con correas de cuero crudo, al sol. El cuero se encoge y corta el músculo; el cuerpo se descoyunta. Se ha llegado a estaquear a los peones sobre tacurús (nidos de termite blanca) a los que se ha prendido fuego.

¡Pluma mía, no tiembles, clávate hasta el mango! Pero los miserables que ejecuto no tienen sangre en las venas, sino pus, y el cirujano se llena de inmundicia.

Raro es que intente un peón escaparse. Esto exige una energía que están muy lejos de tener los degenerados del yerbal. Si el caso ocurre, los habilitados arman comisiones en las compañías (soldados de la nación) y cazan al fugitivo. Unos habilitados avisan a otros. La consigna es: «traerlo vivo o muerto».

¡Ah! ¡La alegre cacería humana en la selva! ¡Los chasques llevados a órdenes a los puestos vecinos!

«Anoche se me fugaron dos. Si salen por estos rumbos, métanle bala» (textual). El año pasado, en las Misiones Argentinas, asesinaron a siete obreros, uno de los cuales era un niño. En Punta Porá, cuando la comisaría da por fugado a un trabajador, «fugado» significa «degollado». Hace dos meses, el patrón D. C., habilitado de la Matte Larangeira, el cual había comprado la querida de un peón por 600 pesos, tuvo el disgusto de saber la huida de la hembra con su antiguo amante y un hermano de éste. D. C. los persiguió con gente armada de wínchester, y uno de los peones murió enseguida; el otro fue rematado a cuchillo. Se suele hacer fuego sin voz de alto. Las empresas sacrifican no solamente a los peones, sino a los demás ciudadanos que no las hacen el gusto. La Industrial Paraguaya, famosa en Tacurú-pucú por sus atrocidades, expulsó recientemente a las familias del pueblo para apoderarse de las expendedurías de caña, y habiéndose opuesto al señor E. R. lo hizo matar a la puerta de la habitación por la policía.

Todos estos crímenes quedan impunes. Ningún juez se ocupa de ellos, y si se ocupara sería igual. ¡Está comprado!

Espanta pensar en los asesinatos que la selva oculta. Las picadas están sembradas de cruces, la mitad de las cuales señala el sitio donde ha sucumbido un menor de edad. Muchas de esas cruces anónimas recuerdan una cacería terminada por un fusilamiento.

Y a pesar de las mil probabilidades contra una que el desertor (tal es la designación consagrada por el uso) tiene de perecer, el sueño del mártir de los yerbales es evadirse, ganar la frontera o los campos, la región libre que centellea a cincuenta, a cine, a ciento cincuenta leguas de distancia... Leguas de monte cerrado, de esteros, leguas que hay que cruzar desnudo, débil y trémulo, como una rata que los perros rastrean... El esclavo no duerme; agita sus pobres huesos sobre el ramaje sórdido que le sirve de cama, y agita las esperanzas locas en su cerebro dolorido. El silencio de la noche le invita. El poder formidable del oro que él mismo ha arrancado a la tierra le detiene. La empresa ha recobrado a desertores que después de cuatro años o cinco de ausencia se creían salvados. La Empresa es más fuerte que todo. ¿Para qué ir a la muerte? Mejor desfallecer poco a poco, perder gota a gota la savia de la vida, renunciar a ver ya nunca el valle en que se ha nacido... Al día siguiente el esclavo irá a la faena, y ofrecerá al empresario las ocho arrobas reglamentarias. ¡Ay,! para pretender huir de los yerbales es preciso ser un héroe o no estar en el sano juicio.

De este modo la opulenta canalla que triunfa en nuestros salones extermina bajo el yugo por millares a los paraguayos o los fusilan como a chacales del desierto, si buscan la libertad. Las generaciones de esclavos duran poco, pero los negreros se conservan bien. Es a los de arriba a quien acuso. Son ellos los verdaderos asesinos, y no los habilitados ni los capataces. Los responsables son los jefes de la banda, porque son los que menos riesgos corren y los que más lucran con el crimen.

Y he aquí lo queme falta: detallar el botín de la esclavitud, y mostrar entre quién y cómo se reparte.

Publicado en "El Diario", Asunción, 25 de junio de 1908.

miércoles, 7 de abril de 2010

TERROR de Rafael Barrett

No puedo abrir un diario sin encontrarlo salpicado de sangre. Los gubernistas de Nicaragua han fusilado a setecientos prisioneros, ante una multitud frenética fueron guillotinados en Valence tres hombres: «La sangre de los condenados corría por los rieles del tranvía hasta una distancia de cincuenta metros y la gente tenía los pies, húmedos de sangre». En los Estados Unidos siguen linchando negros. El último fue ahorcado, luego baleado, luego quemado: «antes de procederse a la incineración, la turba cortó la cabeza del negro, que fue clavada en la punta de un bastón y paseada por las calles; los manifestantes le sacaron el corazón y lo cortaron en pedazos menudos, que se repartieron como recuerdo». Ved después de las matanzas de Barcelona a Ferrer ejecutado; ved después de las matanzas del 1.º de mayo en Buenos Aires a Falcón dinamitado. Sangre... Máuser, horca., puñal, guillotina o bomba, ¿qué más da? Todos estos instrumentos me causan la misma tristeza; todos representan la misma desalentadora realidad, parecen distintos pero no lo son; complicado es el mecanismo del fusil moderno, y complicado el mecanismo legal que mueve las guillotinas y levanta las horcas, pero la esencia de ambos es hacer sangre, es dejar tras sí el trasto uniforme de la bestia humana. Yo quiero creer que somos mejores, que seremos mejores, que avanzamos, y no se avanza sin sangrar, sin desgarrarnos. Yo sé que a veces el esfuerzo se vuelve convulsivo, y hay que herir y hendir pronto, buscar el futuro y arrancarlo de las entrañas de su madre muerta. ¿Y si fuera mentira? ¿Si al llevar el ideal en los labios, lleváramos en las manos la venganza? ¿Si en lugar de ser cirujanos fuéramos asesinos? ¿Había luz en las conciencias de los que condenaron a Francisco Ferrer? ¿Había luz en la del anarquista que condenó a Falcón? Porque no es otro el problema. Necesitamos la luz. Necesitamos el profeta que diga: «matad», ya que no somos capaces de comprender la voz dulcísima que hace dos mil años nos dijo: «no matéis».

En las almas no hay luz. No hay sino terror. Es el terror quien mata. Jamás se apoderó de una sociedad un terror semejante al que como un sudario negro ha caído sobre la Argentina. Al primer estampido de la dinamita, este pueblo de republicanos ha gritado: «¡el zar tenía razón!». Mientras los jesuita del Salvador, con sus alumnos armados de carabinas, desfilaban ante el cadáver del coronel, la policía, imponiendo silencio a cinco millones de hombres libres, preparaba la caza al proletario. ¡Admirable ejemplo de la futilidad de las leyes! La constitución, prostituida en cada campaña electoral, fue declarada impotente para reprimir un delito común. Tres mil obreros fueron deportados o enviados a presidio. Las detenciones continúan. Si el autor del atentado no estuviera preso, no habrían quedado en Buenos Aires más que los que viven de sus rentas. El juez se contenta con tres mil cómplices. En la sombra espesa y muda que invade a la metrópoli, sólo se distinguen las garras del gendarme, protectores del dinero porteño. Los inmigrantes rusos son rechazados en la dársena. La Argentina, sentada sobre sus sacos de oro, ganados por el gringo, llora de ser tan hospitalaria. «¡Ingratos!» dice a los innumerables trabajadores que sudan en los campos, en los saladeros, en los talleres, en las fábricas y en los docks, enriqueciéndola sin límite. «¡Ingratos!» repite a los centenares de inocentes que manda al presidio. El terror tiene su lado cómico. Tiene también su alcance instructivo. En estos choques un país se vomita a sí propio; es el momento de estudiarlo. Estudiad, pues, la desesperación con que Buenos Aires defiende su bolsa del espectro anarquista; Buenos Aires, la ciudad-estómago, donde los tribunales han castigado con cuatro años de cárcel a un infeliz que había robado un dedal, y con seis a otro, que había sustraído un pantalón. Pero no es únicamente Buenos Aires, no; es la América Latina entera donde no hay más Biblia que el registro de la propiedad, donde la escuela honra el afán de lucro como una virtud y los padres predican a sus hijos la codicia. Ni siquiera imitáis ya a la América sajona. Allí nacen religiones nuevas, en tanto que vosotros no tenéis religión, puesto que os devora el clericalismo. Allí los millardarios intentan hacerse perdonar, y fundan establecimientos públicos. ¿Quién se avergüenza aquí de su fortuna, y ante quién se avergonzaría, si cuanto más rico más venerado se es? Locura es figurarse que un régimen de avaricia puede ser un régimen de paz; la avaricia es forma del odio como la rabia homicida; en ella se transmuta y de ella brota. Las persecuciones de hoy traerán las bombas de mañana, que traerán otras persecuciones y la sangre renueva el terror que hace verter más sangre.

viernes, 26 de marzo de 2010

SUICIDIOS de Rafael Barrett

No hace mucho tiempo que, en el Uruguay, una niña de tres años, resuelta con terrible lucidez a matarse, conseguía desgarrarse las entrañas. Pocos días ha que un honorable empleado de esta capital, después de abrirse de un tajo las carótidas, dejaba cerrada sobre la mesa la navaja de afeitar con que se había degollado. Acabamos de leer entre los telegramas europeos la historia de esa tribu armenia que, hasta de miserias, de hambre y de persecuciones, se ha suicidado en masa.

Resulta fácil declarar locos a los que se suprimen. Pero desgraciadamente en muchos casos nuestra ignorancia no encuentra otro síntoma de locura que el mismo sombrío desenlace. No son los enfermos de la carne y los exaltados los únicos que mueren a manos de su propia voluntad. Los prosaicos y los robustos caen también en ese vértigo irremediable que, a veces, absorbe hasta a las más sólidas inteligencias. Un joven vienés lleno de salud y de talento, se envenena a los veintiún años. Sus padres hallaron sobre el cadáver un papel, y en el papel una línea: «Me mato por curiosidad». Desde el lord inglés que se pega un tiro porque en el patio de su casa, construida según los planos de un palacio italiano, no suenan los ecos de la voz igual que en el original, hasta el desgraciado que cede en la sombra a la espantosa seducción y sucumbe sin dar explicaciones porque no sabe escribir, sentimos, a través del hastío mediante el cual se analizan puerilmente tantos suicidios misteriosos, la formidable presencia de una idea. Es la idea quien asesina, la idea obstinada como una venganza y aguda como un puñal.

«No somos nosotros los que tomamos el revólver, sino el revólver el que se apodera de nosotros», ha dicho Paul Bourget, y una angustia más íntima nos penetra al considerar los enemigos fatales que nacen y se desarrollan silenciosamente en nuestra alma hasta estrangularnos un día. Fantasmas sin cuerpo y si piedad, fúnebre voluptuosidad del abismo. Además de los mil peligros de la existencia cotidiana, y de la asechanza de innumerables gérmenes morbosos, existen funestos gérmenes morales, dotados análogamente de multiplicación y de contagio. El suicidio adquiere en ocasiones carácter de epidemia. Ha habido que derrumbar conventos donde las monjas, a pesar de todos los castigos ultra terrestres imaginables, se iban arrojando desde el tejado, a imitación unas de otras, y un coronel francés mandó quemar hace algunos años una garita donde se suicidaban de noche todos los centinelas del regimiento. Hay un pánico que huye del desastre, y otro pánico que arrastra hacia él.

Mas la impresión profunda y disolvente que nos causa el suicidio ajeno no es debida tanto al poder de la obsesión mortal como a la entraña naturaleza de esa obsesión. No es la muerte lo que nos abruma sino el deseo y el designio de morir. Que un ser organizado, que una fuerza perezca bajo el peso victorioso de fuerzas superiores, está bien. Eso es la vida. Pero que una fuerza se vuelva contra sí misma, que el animal humano en una contorsión infernal se desgarre con sus propias uñas, he aquí lo que nos hiere en las raíces de nuestra lógica y de nuestros instintos fundamentales. El hecho de que aspiremos a aniquilarnos y, sobre todo, el hecho de que lo podamos realizar, destruye el equilibrio interior del universo y refuta a Dios.

Se suele afirmar que el suicidio es una cobardía. El suicidio puro, el suicidio egoísta (no el suicidio heroico o religioso que, lejos de negar la vida, construye y glorifica una vida más potente y más amplia), será siempre para el individuo normal un acto de valor que nuestros abuelos llamarían satánico. El suicida, desde un terreno inaccesible, desafía al destino, se burla de la Providencia conocida o desconocida, y en las tinieblas donde se hunde, por su capricho, levanta una acusación que jamás será acallada. Es arrogante ordenar como un lacayo al monstruo negro que todos esperamos temblando, y salir del mundo como de una visita. El prestigio estético del suicida no se discute. Musset dibujó con eficaz poesía al orgulloso rolla en uno de los poemas más hermosos del siglo XIX, y el Werther de Goethe ha puesto al alcance de muchos amantes las pistolas enviadas por Carlota.

Contrario a todo elemento activo, el suicidio es odiado y perseguido por la razón y por la fe. Mientras haya un hombre que se mate, la humanidad está amenazada. Cada suicidio es un remordimiento para todos, una desconfianza del futuro, una inquietud pertinaz de que hay que curarse a toda costa. Cuando en Esparta empezaban a suicidarse las vírgenes, un sabio legislador dispuso que los cadáveres desnudos fueran públicamente expuestos, y así cortó radicalmente el mal. El pudor dio hijos a la patria. Pero ¿qué remedio encontrar al suicidio moderno, que es ya casi un hábito social y recuerda el frenesí funerario de la decadencia romana? En los corazones principio de siglo no quedan las virtudes de una pieza, sillares de las costumbres, y el infinito firmamento está vacío de promesas y de dioses. El suicidio de ahora, múltiple y fugitivo como la democracia misma, parece una de esas vegetaciones malignas que revelan en los cuerpos degenerados la próxima corrupción de los tejidos.

A esta época le falta serenidad. Vacilamos bajo la masa cada minuto más enorme de la ciencia positiva. Los fenómenos físicos, que por fin han entrado en nuestros ojos y se han instalado en nuestro pensamiento, aúllan en torno de nosotros y nos enloquecen. Queremos ajustar nuestra conducta a la fría y brutal realidad objetiva, y violamos la antigua y armónica dignidad de nuestras personas. Por nuestra mente dislocada cruzan espectros delirantes, y no reflexionamos como hombres, sino que corremos como máquinas. Somos ya incapaces de contemplar la vida con el amor inteligente y tranquilo de los que hicieron del Mediterráneo la cuna de las razas elegantes y la fuente de toda belleza; somos incapaces aun de contemplar la muerte con placidez, y de sacar de ella nuevos argumentos para vivir y nuevas imágenes para ennoblecernos.

Nuestras relaciones con la muerte se reducen a una higiene pedante, meticulosa y mezquina, inspirada por el miedo práctico que nos distingue de las generaciones pasadas, y a una demencia pasajera, engendradora de suicidios vulgares. La muerte, a semejanza de las demás augustas leyes naturales, merece ser tratada con más elevación, y, ¿por qué no decirlo?, con más religiosidad. Paulina, mujer de Séneca, quiso morir como él, pero de orden de Nerón le cerraron a tiempo las venas. Conservó siempre una palidez mortal. Que un poco de esa sagrada palidez purifique nuestras frentes, demasiado inclinadas a la fútil conquista de la política y del dinero.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 13 de marzo de 1907.

viernes, 19 de marzo de 2010

SUICIDAS ANONIMOS de Rafel Barrett

Todas las ciudades populosas del globo ven de año en año aumentar el número de suicidios. Buenos Aires se contenta con tres o cuatro diarios; Nueva York, más civilizada, llega a veinte, a veinticinco, a treinta. Siempre hay algunos anónimos; un tiro suena en un solar de los suburbios; o bien al despuntar el alba los traperos descubren un despojo humano que cuelga de una verja. Es un muerto, y nada más. Es uno que se ha marchado dejando tan sólo un cadáver mudo, sin papeles en los bolsillos. Es uno que se ha llevado entero su secreto. Y por diez casos, si queréis, de suicidios que se deben a la degeneración, habrá uno en que la víctima -o el triunfador- es un hombre inteligente y sano; en que un alma fuerte ha hecho su balance, y ha encontrado preferible el silencioso abismo sin color y sin fondo al vil padecer de todos los días. ¿Cobarde? ¿Cuál es la cobardía mayor, temer la vida o temer la muerte? ¿Resignarse a lo conocido o afrontar el misterio? Matarse es una cobardía a la que pocos se atreven; el presidiario que intenta evadirse, horadando el muro, es más viril que el que se queda esperando órdenes en el calabozo, y me parece cosa grande convertir en llave el cañón de un revólver, y salir del mundo por el pequeño agujero de la sien.

Y hacer esto sin discursos, ¿no es soberbio? «Seul le silence est grand; tout le reste est faiblesse», dijo el sombrío Vigny; las «siete palabras» de los fanáticos, desde Jesús a Ravachol; de los filósofos, desde Sócrates a Goethe; de los guerreros, desde Leónidas hasta el oficial español que rodeado de carlistas les invita a fusilarlo de una vez: «¡Libradme pronto de vuestra presencia!»; las de los infinitos moribundos históricos, de los que se despiden del respetable público y de los que todavía se yerguen en el patíbulo para que los fotografíen, son interesantes y suelen ser ingeniosas, pero indignas de la muerte. No hay sepulcro ni epitafio a la altura del asunto. Las Pirámides, en su pretensión de luchar contra la Nada, se vuelven microscópicas: hacen reír. Admiremos el buen gusto de los que desaparecen por su voluntad y sin literatura.

Mejor sería que estos héroes vivieran. Vivirían si fueran religiosos, y también si tuvieran ideales terrestres. Las vírgenes de Esparta dieron en suicidarse, y la epidemia cesó en cuanto fue ordenada la exposición de sus cuerpos desnudos, como castigo póstumo. Virginia perece por no desnudarse. Un sentimiento bien cultivado hace despreciar por igual la vida y la muerte. Es pueril reprochar al cristianismo su falta de verosimilitud científica; el cristianismo sacó del dolor recursos maravillosos, y libró a los bárbaros de la negra pesadilla final; ¡cuántos, a cambio de evitar el aniquilamiento absoluto, elegirían el infierno! En el infierno se sufre, se conspira, se maldice, se vive. ¡Venga la inmortalidad, aunque sea la de la desesperación! Los atenienses, enamorados de lo perfecto, no se suicidaban; no querían perturbar con lo ignoto la armoniosa teoría de sus ritmos; no querían oscurecer la faz radiante de sus estatuas con la sombra del Enigma; negaron la muerte sonriendo; robaron la carne a las podredumbres, haciendo de ella una llama alegre, y cubrieron con una máscara de flores las fauces del horror. Tomaron de la Esfinge su cabeza de diosa, y sus voluptuosos pechos; no vieron el tronco bestial que se hundía en la noche. Nosotros no comprendemos siquiera lo perfecto; lo hemos reemplazado por lo infinito; estamos en viaje; no podemos detenemos, y nuestra única fe es la velocidad. Los dioses, Dios, lo bestial, la noche, la locura, todo lo hemos recorrido, a la luz glacial de la ciencia. ¿Y qué han de hacer los de tardo paso, aquellos para quienes la religión y la verdad son igualmente irrespirables? ¿Qué será el suicidio para ellos? ¡La última invocación al azar!

Les habéis dicho: «sois libres», y habéis creado la clase lastimosa de los ciudadanos libres que «se alquilan por pan», según la expresión bíblica; les habéis dicho: «hemos restablecido las posibilidades; el cualquiera tiene abierto el camino para ser rey; el mendigo para ser millonario», y habéis añadido a las viejas desdichas una esperanza absurda. El suicidio no es hoy signo de decadencia. Lo era en Roma; pero en Roma no eran los esclavos los que se suicidaban, eran los señores. Hoy no son los señores los que se suicidan; son, sobre todo, los esclavos. Y por mucho que volemos hacia el vago horizonte, quizá no nos desprendamos enseguida de los espectros que nos persiguen; quizá nos acompañen largo trecho los suicidas anónimos.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 4 de mayo de 1909.

viernes, 12 de marzo de 2010

SUEÑOS de Rafael Barrett

Si la vida es sueño, también soñar es vida y fuente oculta en que beben las almas tristes y supersticiosas. El sueño, hijo del cansancio y de la noche, imagen de la muerte, tiene quizá secretos parecidos a los que la muerte encierra, y la lira agria del antipático Quevedo, al glosar este asunto, deja por fin caer sones dulces y graves. Según el vulgar sentir, nos habla el sueño de lo que más nos preocupó durante el día. Pero no siempre es lo que nos preocupa lo que más nos importa y a creer ciertos finos ingenios, el soñar resucita las ideas descuidadas. Así, Dechartre, apasionado personaje de France, dice: «Vernos de noche los restos desgraciados de lo que hemos omitido en la vigilia. El sueño suele ser el desquite de las cosas despreciadas, el reproche de los seres abandonados. De ahí su imprevisto y su melancolía a veces». Admitamos o no las teorías nerviosas de los Räbl-Rückhard y de los Cajal para explicarlo, no podemos negar, sin que necesitemos de sonambulismos ni de mediums, que el sueño nos pone en contacto con realidades nuevas. Baste el ejemplo de los órganos enfermos, cuyos dolores se sueñan antes de ser padecidos en la conciencia normal, hecho que constituye el primer síntoma de algunas lesiones en las partes internas e insensibles del organismo. Porfirio observa que de las nociones del sueño discurrimos, hasta cierto punto, cuando estamos despiertos, mas que no se adquiere el conocimiento y la percepción de ellas sino por el sueño mismo, y saca una consecuencia notable: «Mediante la inteligencia decimos algo del principio superior a la inteligencia, pero tenemos intuición de él mucho mejor por una ausencia de pensamiento que por el pensamiento». He aquí la justificación metafísica del éxtasis religioso, que es un sueño también.

No pidamos alta mística a los pueblos primitivos; consideremos piadosamente las interpretaciones que dan a sus sueños los campesinos paraguayos. No es extraño que soñar flores signifique suerte; subir una escalera, honores; gatos, traición; animales cornúpetos, infidelidad; sangre, crimen. Una analogía fácil de encontrar hace que el sueño, donde salgan rubios, anuncie dinero; si aparecen fantasmas blancos, muerte; si toros, enamorado; si niños bellos, simpatía; si sandías, preñez. La analogía es poética en el caso de los huevos rotos, que simboliza desgracia, y deliciosamente tierna en el de la contemplación de la luna, porque es señal de que el amante recuerda sus amores con cariño. Un contraste violento impone a los piojos y a la basura que representen prosperidad. La mujer que sueña con cualquier fruta verde esperará próximo embarazo. Curiosa ilustración de las razas: soñar con negros indica dolencia; con mulatos plata; con indios, dicha. Las carretas avisan mala noticia. ¿Por qué, si se nos caen los dientes en sueños, hemos de temer morir y si aparecen víboras a una muchacha tendrá pretendientes, y la carne trae luto, y el sexo femenino buena estrella? ¡Misterio! Pero lo siguiente, en este sufrido país, se demuestra por sí solo: soñar con cotorras significa pleito, y con tigres o leones la visita de la autoridad.

Publicado en "Rojo y Azul", 12 de abril de 1908.

sábado, 6 de marzo de 2010

REVOLUCIONES de Rafael Barrett

Es en la América Latina excesivamente raro todavía que los partidos caigan del poder en el parlamento o en las elecciones. Para ese comercio democrático los gobiernos disponen del tesoro, y por lo común consideran deber sagrado agotar los dineros del país antes que renunciar a seguir haciéndolo dichoso. La revolución ha surgido como un procedimiento normal, que favorecieron el carácter, la topografía y la industria. Con el criollismo ecuestre y trashumante, lo primitivo de las comunicaciones y la hacienda que se encontraba en el camino y que permitía renovar los montados y preparar el churrasco diariamente, fue fácil hacer política opositora. Una revolución resulta más barata que una campana electoral. El único gasto imprescindible es el armamento. Los demás son pagaderos después de salvar a la patria. Se comprende que haya habido gentes ocupadas sin descanso en salvar a la patria por este sistema; así Bentos Xavier, que durante muchos años llevó «revoluciones» a Mato Grosso con regularidad implacable. Algunos pesimistas hablan de bandolerismo, lo que me parece injusto. La diferencia entre una correría de bandoleros y una correría de patriotas es cuestión de éxito, y hasta hace poco las revoluciones solían tener buen éxito. Aveces bastaba un conato subversivo, con suerte en los primeros choques; los combatientes descubrían de pronto que eran hermanos, lloraban, se abrazaban y se repartían los puestos públicos, quod erat demostradum. Una revolución, en fin, si acaso no lo es ya, era negocio, y para fletarlo se conseguían capitales extranjeros. Naciones fuertes, ricas, hábiles en la intriga internacional, y cuya evolución adelantada las había impuesto un régimen interior relativamente estable, colocaban sus fondos en la empresa de alborotar la casa del vecino más débil. Enviaban ministros a beber el cliquot cordial de los banquetes diplomáticos, y al mismo tiempo vendía fusiles a los conspiradores. Exportaban su política sobrante...

De esa política se me figura que está ausente el pueblo, entidad que tanto abunda en las actas de las sesiones, en los editoriales, en los discursos de mitin. Se le hace decir al pueblo lo que se quiere porque se sabe que no existe, a lo menos como masa compacta, activa, susceptible de empujes formidables y ciegos. Me explico que Rosas, después de una larga tiranía, se haya embarcado tranquilamente, y que el doctor Francia, maravilloso basilisco, haya muerto de viejo; no tenían que temer el puñal de la venganza anónima. Detrás del regicida o de la Corday palpita siempre un pueblo desesperado, el de las verdaderas revoluciones, que en América falta por la baja densidad de población, y sobre todo -gracias a los dioses- por lo soportable de la vida. En Europa es distinto. En Europa hay 8 ó 10 revoluciones latentes. Francia incuba el monstruo en las minas y en los talleres, España en los barrios bajos de Barcelona, Italia en los de Milán y Turín y en las campiñas del sur, Rusia en todo el territorio; Inglaterra tiene también su revolución, pero en la India. Es difícil imaginar la crueldad con que los gobiernos intentan reprimir lo inevitable. Cuando las matanzas de Polonia en mayo de 1908, las autoridades, una vez proclamado el estado de sitio, publicaron el siguiente aviso: «Se nos pregunta si es permitido salir pasadas las nueve de la noche. Informamos a los habitantes que no hay ninguna prohibición al respecto». Y una señora escribe: «Después de cenar me asomé con los niños a la ventana. A eso de las nueve y media, cuando la calle estaba casi desierta, vimos salir a una mujer de una casa próxima y dirigirse con prisa hacia la calle Pavia. Supimos más tarde que era la mujer de un obrero, y que iba a buscar un médico para su hijo que se había enfermado de repente. Aparece un soldado, se echa el fusil a la cara, y la deja muerta a sus pies... Los niños gritan. El soldado levanta la cabeza y, amenazador, se pone a apuntar a la ventana. Cierro y me llevo a los niños... Hacia las cuatro, me acerco a la ventana. La calle está desierta. Se oye el paso cadenciado de los agentes. De repente, un hombre sale de nuestra casa. A la luz de un farol distingo sus facciones. Es M. Laudan. Sus amigos no querían dejarlo partir, pero él se empeñó en volver a su casa, donde le esperaba su familia, llena de angustia. Apenas da unos pasos y un soldado surge, lo agarra y lo golpea. Veo al militar registrar los bolsillos de M. Laudan y golpearle aún. Después un bayonetazo en la cabeza. M. Laudan, ensangrentado, cae. El soldado se aleja con su paso tranquilo. Al cabo de algún tiempo, veo a M. Laudan arrastrarse en cuatro patas hacia Pavia y desaparecer a la vuelta de la calle...».

En las cárceles de Rusia, los centinelas tienen orden de fusilar a los presos por las ventanillas de los calabozos. Recientemente, en Riga, asesinaron así a Emma Doster, a Emma Podzine y a Eduardo Peña, prisioneros políticos. Pela estaba peinándose: sonó un tiro y una bala le atravesó el cráneo. Emma Podzine fue herida en el vientre. Predkalne, el 15 de noviembre último, interpeló al gabinete Stolypine sobre estos hechos. La Duma encarpetó el asunto.

Esperamos que en la América Latina se hagan imposibles hasta las seudo-revoluciones. El ambiente se transforma; el ejército, mejor pagado, es más útil: se trabaja y se lucra fuera de los ministerios y de los comités; la riqueza aumenta; el cuerpo nacional, más pesado y más sólido, no se convulsiona en un dos por tres; los telégrafos y los ferrocarriles son órganos de paz, y los progresos de la moral cosmopolita se oponen a ciertos complots internacionales. Hemos tenido el gusto de ver fracasar unas cuantas «revoluciones» seguidas (Argentina, Paraguay, Uruguay) y sin duda fracasará la que se nos promete como el número más interesante de los festejos del centenario.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 11 de marzo de 1910.

sábado, 27 de febrero de 2010

REPRESALIAS EVANGELICAS de Rafael Barrett

El partido de Dios -entendámonos, del Dios católico, segunda parte de Jehová- camina de descalabro en descalabro. Los productos de la manufactura romana van bajando en plaza. La mercadería laica, más barata, confeccionada a la vista, y con buen reclamo, desaloja a la otra. En Francia el desastre es tal, que el Papa no ha intentado una sola estratagema. España, que teníamos por ensotanada para siempre, inicia un vago movimiento contra la Santa Iglesia. Esto es suficiente a enloquecer al episcopado, ya furioso y prevenido por los últimos acontecimientos. Los ministros del suave Jesús se preparan a vengarse cruelmente.

Dios, para ser popular, tuvo que hacerse vengativo. El miedo es lo que ata a los hombres más fuertemente entre sí, y a los hombres con Dios, porque la ira y el encarnizamiento son más humanos que el amor, y Dios, para subsistir en los hombres, debe ser humano ante todo. La venganza es el acto fundamental del Todopoderoso, y sus sacerdotes, al practicarla, se ajustan a la legítima tradición apostólica. Los obispos de hoy son tan ortodoxos como los dignatarios del Santo Oficio. Su anhelo es venerable, porque para ellos vengarse es triunfar nuevamente, devolver su gloria, un instante oscurecida, al natural Señor de ella.

Pero ¿de qué manera se vengan los obispos? Aquí entra lo original. Han boicoteado a los liberales españoles, a los parientes de los liberales, y a los que leen los diarios liberales. Se resisten a administrar los sacramentos a los boicoteados. Niegan los funerales y las indulgencias «a los muertos cuyas familias publiquen sus avisos» en los mencionados periódicos. Era lógico que la Iglesia cerrara su aduana a los que trafican con el enemigo. El libre cambio es fatal al Vaticano, y la guerra religiosa resulta en el fondo una guerra de tarifas. Sin embargo, un punto extraño queda en la resolución vengadora: la persecución a los muertos.

El Purgatorio existe; hemos de creerlo, aunque no fuera sino por los millones que ha producido. El Purgatorio es una mina de almas, la mejor propiedad del clero; allí los difuntos en cuarentena sufren torturas espantosas, durante miles de años, hasta que el Padre de misericordia infinita se da por satisfecho y descorre el cerrojo. El plazo depende también de los obispos; la pena, a semejanza de la de los presidiarios, puede ser conmutada y acortada por la caprichosa generosidad de los personajes en candelero. Sólo que no se trata aquí de generosidad, sino de precio. El tormento de nuestros padres fallecidos se compra. Sus dolores sin cuento dependen de nuestro bolsillo. Mas si hemos anunciado los funerales en un diario liberal, estamos frescos; no hay mostrador para salvar a nuestro padre.

El Dios del Sinaí reventaba a los vivos. El Dios de Pío X comprende que «su reino no es de este mundo», y revienta a los muertos. No son nuestros hijos hasta la cuarta generación los amenazados por la cólera divina, sino nuestros abuelos y bisabuelos hasta la cuarta generación. El efecto retroactivo de las nuevas disposiciones es extraordinario, sin precedente en la historia. Las ánimas, las pobres ánimas que se nos aparecen de cuando en cuando, implorando con sus tristes miradas de espectro un alivio a los suplicios que padecen, estarán consternadas. Sobre ellas, inocentes sombras desvanecidas en la gran sombra augusta de la muerte, cae el peso entero de la rabia eclesiástica.

A esto se reduce la venganza de los herederos de Dios; a atizar el fuego pueril de las calderas del purgatorio. A esto se ha rebajado la grandeza de una organización colosal, que llenó quince siglos con los milagros de sus mártires, la ciencia de los monjes y el fausto admirable de su trono. Y en Francia, ¿se ha encontrado algo menos ridículo? ¡Sí!, han encontrado un desquite magnífico; han quemado azufre en los templos, para hacer estornudar a los soldados.

Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 17 de enero de 1907.

domingo, 21 de febrero de 2010

REFLEXIONES RELIGIOSAS de Rafael Barrett

He asistido al templo el Viernes Santo. Quería ver muchachas, y escuchar la palabra de Dios. Sospecho que yo no era el único a quien agradaba flirtear en esa visita de pésame a la sagrada familia. El amor se insinúa por las grietas de los sepulcros, y palpita en la lívida claridad de los fantasmas y se mueve con las alas de los ángeles. Se acomoda a cualquier decoración y lugar. No pierde su encantadora virtud al pie de los altares, entre vagos vapores de incienso, y a la luz temblorosa de los cirios. Noté que las muchachas conservaban la fatal belleza que hizo temibles a Eva, a Lucrecia Borgia y a la Otero. Bajo los mantos azules o blancos lucían misteriosamente delicados perfiles, se bajaban suavemente largas y misteriosas pestañas. Eran ellas, es decir, las eternamente jóvenes. El que había envejecido era Dios, que por la boca del predicador no nos comunicaba más que desmayadas vaciedades.

Recordé que, según Anatole France, el catolicismo es la forma más elegante del descreimiento. La procesión salió de la iglesia. Anochecía, y una lluvia fina engrisaba el ambiente. Detrás de las imágenes, balanceadas sobre el mar de cabezas, el pueblo gemía y rezaba. Junto a mi pasó una vieja, abandonada al torrente humano y al fuego de la fe. Su rostro era doblemente antiguo. Por sus mejillas áridas, surcadas por las hondas heridas del tiempo, descendían lentamente aquellas lágrimas que pintaban los sombríos monjes de la Edad Media con colores cuya composición se ha perdido, y que quedan como veladuras tenaces en los retablos italianos. En su garganta sarmentosa vibraba un estertor fanático, y sus dedos se clavaban unos en otros para no dejar escapar a Cristo. Comprendí que el pueblo no es elegante, y que se permite ser creyente. Comprendí también que los elegantes de otras épocas fueron descreídos como lo son ahora y lo serán siempre. Pero no por eso, ¡oh Anatolio inmortal!, admiro menos tu ironía sublime.

Publicado en "Rojo y Azul", 22 de abril de 1906.

domingo, 14 de febrero de 2010

RAZAS INFERIORES de Rafael Barrett

Se puede sostener cómodamente que hay razas inferiores. Los sabios lo aseguran, medidores de cráneos y disectores de cerebros; los sociólogos lo confirman, y sin duda, la hipótesis contraria parecería absurda a las gentes prácticas, viajeros, empresarios y comisionistas. Un caballero inglés se resigna en Londres a que un compatriota le lustre los botines, pero en Calcuta tendrá por muy natural que ejecute tan brillante labor un hindú. Jamás un noble alemán, arruinado o deshonrado, y remitido a las vagas colonias de África, se considerará semejante a los indígenas con cuyo oscuro pellejo remienda su bolsillo y su nombre. ¿Cómo no ha de creerse el industrial de Yucatán superior a los indios mayas mediante cuya esclavitud, sacramentada por el cura del establecimiento, extrae del henequén ganancias fabulosas? Si llamamos razas inferiores a las razas explotables, claro es que las hay. ¡Pobres razas, quizá dormidas, quizá susceptibles aún, bajo un choque externo, de revelar el sentido crítico, la tenacidad metódica, la admirable multiplicidad de aptitudes y de ideas de la raza blanca! ¡Pobres razas, poetizadas algunas por un pasado magnífico, agitadas otras por los síntomas de un regreso a la vida intensa! No olvidemos que los árabes, los tártaros, los turcos, estuvieron varias veces a punto de dominar la Europa. Acaso también la especie humana, como tantas que no han dejado más huellas que sus fósiles, está condenada a extinguirse, y ciertas variedades suyas, avanzadas de la muerte, han entrado ya en la agonía. ¡Quién sabe! Pero el hecho es que un niño negro, por ejemplo, criado entre blancos, no será nunca tan salvaje como un niño blanco criado entre negros. Es probable que lo que caracteriza a la raza inferior es su incapacidad de producir genios. Si un hombre civilizado está más arriba que los demás, no es porque tenga mayor estatura, sino porque está encaramado sobre la civilización. Los mediocres de todas las razas son iguales, y cualquier raza, guiada por el genio, sería capaz de conquistar el mundo.

Las razas explotables son concienzudamente explotadas. Antes, se las asesinaba. Ahora, por ser mejor negocio, se las hace trabajar. Se las obliga a producir y a consumir. Es lo que se designa con la frase de «abrir mercados nuevos». Suele ser preciso abrirlos a cañonazos, lo que, por lo común, se anuncia con discursos de indiscutible fuerza cómica. Así, el general Marina Vega ha dicho a sus soldados de Melilla, que Europa había encargado a España la obra de introducir la cultura en Marruecos. Si el cañón es prematuro, se procura embrutecer y degenerar a los candidatos. Se les vende alcohol o, como Inglaterra a los chinos, opio. Los japoneses se negaron a intoxicarse, y los acontecimientos han demostrado que hicieron bien. Si no vale la pena explotar directamente las razas inferiores, se las rechaza, se las confina y se espera, cazándolas de cuando en cuanto, a que desaparezcan, minadas por la melancolía, la miseria y las enfermedades y vicios que las inoculamos. Es lo que hacen los yanquis con los pieles rojas. Es lo que hacen con sus indios los argentinos, a quienes decía últimamente Anatole France, en el Odeón, que los pueblos denominados bárbaros no nos conocen sino por nuestros crímenes. En la ley González, codificando el trabajo (1907), se lee este pasaje delicioso: «la protección a las razas indias no puede admitirse si no es para asegurarlas una extinción dulce».

Quedan las exploraciones menudas, el comercio de objetos arqueológicos y de curiosidades, armas, adornos y cacharros que intercalan en un texto más o menos fantástico, exploradores pseudo-científicos y misioneros pseudo-religiosos. Las tres cuartas partes de esta mercadería se fabrica a muchas leguas de las tribus, en excelentes ciudades, lo que facilita considerablemente las expediciones al desierto. Hubo tiempo en que ser misionero era oficio de héroes; aunque está probado que si los catequizadores no se hubieran salido de su papel, el número de mártires y de perseguidores habría sido insignificante. Asia es la patria de la tolerancia de los cultos, y las odiosas reducciones jesuíticas del Paraguay prueban hasta qué extremo llegaba la resignada docilidad de los guaraníes. Habría doble cantidad de católicos sobre la tierra, si la Iglesia se hubiera contentado con el poder espiritual. Hoy, no es raro que los misioneros sean simples traficantes, o Barnums de sotana, protegidos por los fusiles oficiales. El salesiano Balzola, director de la colonia Thereza Christina, en Matto Grosso, es un tipo de apóstol moderno. Se llevó tres indios Bororós, para exhibirlos en Turín, y cuando le preguntaron si había bautizado a sus fieras, contestó que lo haría solemnemente, en plena Exposición y a dos francos la entrada...

¡Pobres razas inferiores! La Argentina, para mostrar lo enorme de su territorio, debe hacer figurar en su próximo centenario los Onas de la Tierra del Fuego que hayan sobrevivido al frío y a la tuberculosis. Buenos Aires misma patentizará su ingreso a la categoría de gran capital civilizadora, ofreciendo a la curiosidad pública una colección de habitantes de conventillo, ejemplares de la raza propia de las regiones del hambre, raza seguramente inferior, a pesar de su blancura, a pesar, ¡ay!, de su palidez de espectros...

Publicado en "La Razón", Montevideo, 25 de octubre de 1909.

sábado, 6 de febrero de 2010

PSICOLOGIA DEL PERIODISMO de Rafael Barrett

Estás a punto de fundar un gran diario, y me pides consejo. Como no tengo mayor experiencia personal en este negocio, te aconsejaré con entera libertad de ánimo; por otra parte me tranquiliza el saber que los consejos no se siguen nunca. Empiezo, pues. Un diario vive del número; si se aparta de lo vulgar está perdido. Te conozco: eres un desdeñoso, un difícil, un artista, y me replicarás: "No vengo a servir, sino a iniciar; no quiero halagar al público, sino educarlo". Educaciones costosas. Además, para educar un público hay que comenzar por tenerlo, y para tenerlo hay que halagarlo. ¿O es que te resignas a ser el único suscriptor? Un gran diario, es decir, un diario con un gran público, es un partido; cada vintén representa un voto. Y se trata de electores que dan su voto y dinero encima: ninguna política consigue tanto; gracias que a cambio del dinero se obtenga el voto, y eso a fuerza de elocuencia republicana. Claro que un diario político es diario de una minoría, y lo mismo si es científico o literario, o religioso. Una tendencia moral o intelectual definida disminuirá inmediatamente el tiraje.

La democracia —o sea el desmenuzamiento humano— ha hecho posibles los grandes públicos. Es menester que te lean los negreros sin ortografía y los esclavos que aprendieron a leer; el patricio y su lacayo, la niña sentimental y la cocotte de seda o de algodón; el poeta y el croupier, el médico y el jockey, el ministro y el vendedor de verduras, el cura y el apache, madame de Staël y su portero y Moliere y su criada, el presidente y el reo en capilla, y Deibler y hasta tus compañeros en la prensa. Un gran diario debe ser caótico. Busca un interés común a los infinitos "cualquiera", un interés que los obligue por una hora, por media, por diez minutos, según las dimensiones del oasis de ociosidad cotidiana, a contemplar tu hoja. Cuando el tiempo es dulce y no hay energías suficientes para pasear, la gente se asoma a los balcones. Toda la familia: los nenes miran los caballos y los eléctricos; la casadera mira los mozos de zapatos de charol, el estudiante las caderas redondas, la mamá los sombreros femeninos, la suegra las inconveniencias del tránsito, el abuelo, con sus ojos turbios, el río urbano que pasa, y la sirvienta, fregados los platos, mirará también algo por su ventanillo. Y si dos borrachos riñen y se pegan o se acuchillan, ¡qué suerte para los del balcón! He ahí tu público. Has de ser un balcón, y tu diario, la calle universal.

El periodismo es la síntesis y el comercio de la curiosidad. Pero mientras la curiosidad del pensamiento y del bien es rara, la curiosidad del hecho es general porque es instintiva. Lo indispensable es el hecho. Del hecho parten el sabio, el esteta y el moralista que desprecian la prensa, y con el hecho se contenta la enorme mayoría cuya sola cultura es la prensa, y que no va más allá de la sensación y de la imagen corriente. Un gran diario no ha de encerrar sino hechos, o que parezcan tales. La esencia del periodismo es dramática. El periodista auténtico oculta lo suyo y revela lo ajeno; reúne en sí las vibraciones dispersas y las transmite; semejante al cómico, desaparece bajo la realidad que nos transfiere. Cargado de tesoros incesantemente renovados, su misión es repartirlos ilesos entre nosotros, y su ideal se reduce a la rapidez y a la exactitud. El periodista es el buzo de los hechos. Su carrera es una de las formas modernas del heroísmo, y las kodaks enfocadas por los reporteros en plena batalla durante la guerra ruso-japonesa son más eficaces hoy que las ametralladoras. No tengas otro programa que presentar el máximo de hechos recientes y distintos. Preséntalos con simplicidad; no te olvides de que tu lector es simple —por lo menos en tanto que te lee—. Huye de toda elevación. Elevar fatiga, y tu público es débil de cascos. No soporta sino el desfile de los hechos brutos; su afición se detiene en lo pintoresco; su delicia es la verdad en folletín. De ahí la desmesurada importancia del deporte y de los crímenes. Atiende tú, en tus informaciones, antes al último estupro que a la última encíclica; en tus crónicas literarias no salgas de lo anecdótico; describe sobriamente las teorías y minuciosamente los escándalos; no publiques los versos del genio ignorado sino se suicidó aún. El vago afán de lo nuevo y la cobarde pereza engendraron la moda. Sea tu diario una vasta moda que muere y renace cada mañana.

La caza de los hechos... la cartera, morral de noticias ensangrentadas, calientes todavía... Elige empleados de moderada inteligencia, de memoria fiel, de buenas relaciones y sobre todo de piernas ágiles. Aprovecha las maravillas de la industria para enterarte pronto. La gloria de Blowitz era "tener un hilo". Apodérate de los hilos secretos. Entonces, en premio al estremecimiento periódico y fugaz que sentirán a la vez, por mediación tuya, miles de seres aburridos, gozarás de una incalculable potencia. Serás el instrumento del reclamo, la encrucijada fatal de las combinaciones financieras y políticas. Serás, ¡oh colector!, el árbitro invisible, el que manipula esa montaña de granos de arena, ese mar de gotas, esa totalidad de nadas: la opinión pública, y si así lo quieres, te enriquecerás tanto con tu palabra como con tu silencio. ¡Bello destino! Pero, ¿eres digno de él? ¡Ay! Te conozco... Tienes demasiadas ideas... El periodista es un hombre de acción: ¡menos libros, pues, y más gimnasia!

Publicado en "La Razón", Montevideo, 31 de julio de 1909.

jueves, 28 de enero de 2010

POLEMICAS de Rafael Barrett

Toda polémica es en el fondo una cuestión personal. Pretender que combatan las ideas sin que al mismo tiempo choquen sus envolturas vivas, las personas, es pretender lo imposible. Por eso las polémicas, muy significativas como síntoma moral, son casi siempre estériles para la ciencia o el arte. Una mordaza es mucho más útil que la razón para tapar bocas. Al defender una tesis abstracta se suele defender la ambición propia o sencillamente el pan. No hay argumentos contra la vida.

Es cierto que existen asuntos prácticamente inatacables, y que una polémica sobre ellos puede provocarla tan sólo la ignorancia. En estos casos poco frecuentes resultan fijadas y explicadas nociones fundamentales, de adquisición provechosa para el vulgo. Al capítulo de las excepciones deben ir también las polémicas matemáticas. Quizá el hábito de definir con precisión las palabras, así como el uso uniforme del análisis, influyan en que tales contiendas sean fecundas. Poisson derrotó al partido de Lagrange; las opiniones de Abel triunfaron sobre las de Wronski, y de una reciente y ruidosa polémica surgió consagrado el nuevo concepto del transfinito. Los matemáticos, por otra parte, parecen gente apacible y sensata; algunos llevaron su plácida distracción hasta el extremo de asombrar a sus compañeros mismos. El bueno de Ampère tomaba las traseras de los coches de punto por sendos pizarrones. Sacaba la tiza del bolsillo y las cubría de cálculos indescifrables. Si el vehículo se ponía en movimiento, Ampère echaba a correr detrás de sus fórmulas ante el público estupefacto. Ampère no era polemista temible. Las rivalidades más rabiosas, según observa justamente Bourget, son -¿quién lo diría?- las rivalidades entre músicos.

Siempre que se trate de cuestiones directa o indirectamente sociales, sobre todo cuestiones de historia, de religión, de política, las polémicas no prueban nada sino el odio de los polemistas. Cada cual ve a su modo y habla a su manera. Hay para cada hombre un punto de vista y un lenguaje. Este lenguaje y este punto de vista, deformables continuamente, se falsean y desfiguran por la pasión. Lo que se evita a toda costa es un acuerdo. Se aborrece y se teme la verdad, que al establecer el hecho suprime a las personas. El ruido de las disputas no sube a las regiones de la ciencia y del arte verdaderos.

En cambio, las polémicas nos descubren el corazón y los nervios de un individuo, de una ciudad, de una nación entera. Lo discutido queda en la sombra. Los intereses de los discutidores salen a la luz del día. La polémica es siempre un precioso documento histórico.

He aquí por qué estudiamos hoy las herejías de los primeros siglos cristianos, aunque no nos quite el sueño la sustanciación del Verbo; he aquí por qué leemos apasionadamente las Provinciales, aunque nos hagan sonreír las teorías jansenistas; he aquí por qué se manoseará durante largo tiempo el asunto Dreyfus, aunque la inocencia real del judío no interese más que a las niñas románticas.

Es comprensible el ardor con que se declara la guerra a los grandes hombres, apenas asoman a lo lejos. El instinto social no se engaña. Traen con ellos lo desconocido, la fuerza incalculable que volcará los ídolos y arrancará las columnas. Los intereses amenazados se coligan, y rodean al coloso. Es pedante, es oscuro, es decadente. Se le sitia por hambre. El genio calla y produce. Siente que toda esa furia desencadenada es el eco de su energía interior. Se acostumbraba a los ataques como después se acostumbrará a la adulación, y los echa de menos cuando el odio y la envidia comienzan a ceder. Berlioz, al ser aplaudido por fin, duda amargamente de su talento; también exclamaba el orador pagano, al estallido de la ovación: «... ¿qué? ¿Has dejado escapar alguna necedad?».

Publicado en "El Diario", Asunción, 9 de junio de 1910.

viernes, 22 de enero de 2010

POETAS VENCIDOS de Rafael Barrett

Según las estadísticas de Novicow, enemigo burlón del socialismo, los nueve décimos de la humanidad no se nutren ni se visten lo bastante. Por cada homo sapiens bien alimentado, arropado y alojado, nueve padecen el hambre y el frío. Es un caso único, porque no conocemos ninguna especie en que haya nueve animales desollados por uno con pellejo. No producimos pan, tejidos y viviendas para quienes los necesitan, sino para los que tienen dinero, y sólo tienen lo indispensable aquellos a quienes les sobra algo. Se comprende que no se diviertan en este valle de lágrimas los que comenzaron por no poseer nada. Se ven reducidos a alquilar su carne y su conciencia, si pueden. Perdonémosles: ansían dar de comer a sus hijos; quizá no los aman lo suficiente para matarlos. Y los ricos ¿qué diablos han de hacer sino emplear toda su atención en conservar su oro, el supremo fetiche sin el cual la vida es entre nuestros hermanos un infierno?

En verdad que no es tiempo aún de que bajen a la tierra los poetas puros, un Tillier, un Guérin, un Herrera y Reissig. Es demencia, en las actuales circunstancias, ocuparse del ritmo. No hay ritmos entre nosotros, sino espasmos. ¿Música del Verbo, en medio de los aullidos de la desesperación y los resoplidos de la hartura? No nos traigáis ahora acentos armoniosos; sería el colmo de la disonancia. Ángeles, para visitar nuestra guarida, esperad a que haya partido la Bestia...

Empiece el poeta, el poeta «estricto» por disfrutar las rentas del Lord Byron; orne su torre de marfil y enciérrese en ella; tal vez así se haga tolerable su vocación. Pero el poeta sin fortuna está condenado. ¿Habrá mayor calamidad que el genio desprovisto de aptitudes industriales? Cuando aparece el delicioso monstruo, sus padres se consternan, las gentes se ríen de sus cabellos largos y de sus aires distraídos. Después, abandonado a sí mismo, el creador de belleza abriga la inaudita pretensión de vivir. ¡Vivir! Eso es fácil para los que venden cosas útiles, fideos, mujeres, votos. ¿Qué presentas en el mostrador social? ¿Belleza? ¿Belleza absoluta, tuya, el elixir de tu alma vibrante, belleza desnuda, belleza a secas? Es un artículo sin salida. La belleza se soporta, mas no se paga. Agradece, ¡oh poeta!, que te dejen morir en un rincón y no te lapiden los transeúntes.

Los miserables (nueve décimos del conjunto) te dirán: No te entendemos. ¿Quieres hacernos soñar? Háblanos de venganza. No; eres demasiado misterioso y demasiado apacible. Preferimos el alcohol.

Los satisfechos te dirán: No te entendemos. ¿Qué estilo es ése? ¿Por qué no escribes como todo el mundo? No nos hagas pensar, ¡Por Dios!, no estamos acostumbrados. Respeta nuestras digestiones. Más vale que olvides tus simbolismos, y prepares un folletín a lo Conan Doyle, una comedia de aparato a los Chantecler. ¿Te encoges de hombros? Conan Doyle cobra un peso por palabra. Rostand es académico y tú no te has desayunado hoy... Te protegeré, si me haces de cuando en cuando algún bombito...

Mallarmé, Villiers de L'Isle-Adam y Verlaine fundaron la poesía moderna. Mallarmé -¡favorito de la suerte!- daba lecciones de inglés. Villiers se resignaba a darlas de box, y se resintieron sus pulmones de las trompadas que recibía. Verlaine adoptó con placidez la vida de vagabundo, y compuso sus poemas en la taberna, en la cárcel y en el hospital. ¡Y son los gloriosos! Pero los que ni siquiera gozarán, como Bécquer, la fama póstuma, los niños que esconden bajo su raída carpeta de empleados el divino aleteo de su fantasía, deben pedir a la muerte el consuelo de no ver a la Bestia vomitar sobre las flores; deben elevar al destino la plegaria de Carlos Guérin:

«Mejor que una honra mediocre, concédeme -Dios justo, morir joven y con el alma ebria -De voluptuosidad, poderoso orgullo, y con la fe -De que habría sido grande si me hubierais hecho vivir...».

Publicado en "La Razón", Montevideo, 9 de abril de 1910.

sábado, 16 de enero de 2010

PIO X de Rafael Barrett

Es el suyo un pontificado movido. En poco tiempo hemos presenciado la campaña antimodernista -bastante justificada puesto que ante lo Eterno nada hay moderno, ni para Dios puede haber novedades-; la agarrada con Roosevelt, que a causa de ocurrírsele rechazar la audiencia condicional del Papa se ve ahora tratado por los católicos de Estados Unidos con una frialdad de mal agüero para las próximas elecciones; el alboroto que produjeron entre los protestantes alemanes a los desahogos sobre la reforma; las armagas consecuencias de la ruptura con el estado francés; el cuerpo a cuerpo con Canalejas; la revolución de Portugal... Y el último golpe es el que más duele; sin esperar el dictamen del Santo Oficio, Pío X ha revocado en sus funciones a monseñor Netto, patriarca de Lisboa, que se había adherido con excesiva celeridad al gobierno de Teófilo Braga, profesor y hereje.

En Francia el número de los niños que practican el culto romano disminuye sin cesar. El Papa, en una reciente encíclica, ha intentado volverlos al redil imponiéndoles la primera comunión a los siete años, en vez de los doce, resucitando así los métodos tradicionales de los antiguos concilios. La edad de la escuela laical y del taller socialista se va haciendo impermeable a ciertas ceremonias litúrgicas. Sólo dentro del hermético recinto de los seminarios se conservan hasta más allá de la adolescencia ejemplares humanos sensibles a los reactivos del altar. A los siete años comulgarán doble número de niños que a los doce -admitámoslo-; pero, ¿dejará huella en sus almas el sacramento? ¿Se sentirán ligados, comprometidos por él? Monseñor Chapon, obispo de Niza, lo duda; en cartas confidenciales, que han visto la luz merced a la indiscreción de un prelado, se lamenta del frívolo prosaísmo con que se administrará la Eucaristía a seres casi inconscientes. El escándalo de esta irreverencia ha sido grande, y el retiro de monseñor Chapon -a quien no salva la honestidad de su apellido-, es cuestión de semanas.

Por otra parte, una porción de sacerdotes, filólogos, entre los cuales se destaca el abate Loisy, estudian las sagradas escrituras con el rigor crítico de la ciencia contemporánea. Ninguno de ellos se acuerda de que la Biblia, según el Syllabus, es una taquigrafía tomada al Todopoderoso. Monseñor Duchese -elegido miembro de la Academia Francesa- se ha hecho culpable de una exégesis demasiado sensata y un jesuita le acusa ante el tribunal de la Inquisición. La disciplina del conocimiento y las fuerzas sociales se organizan, en toda su enorme plenitud, a espaldas del Vaticano. Mientras la Iglesia subsiste invariable, el mundo crece; el cataclismo es una lámpara que nos hemos olvidado de apagar al amanecer. Apenas perceptible, sigue ardiendo en medio del día, ella, que nos ha protegido en medio de la noche. El mundo no es ya una prolongación del templo. Lo grave es que no se opone al templo, sino que lo ignora; no dice cosas contrarias, sino que emplea un lenguaje diferente. La conciliación es absurda, fuera de lo inefable. Con buena voluntad, fabricaríamos un Dios seudo-científico, legislador de los átomos, pero no sería el de Pío X. El cólera no diezma hoy a los beduinos por ser musulmanes, a los mujiks por ser cismáticos, ni a los napolitanos por ser apostólicos, sino por ser ignorantes y puercos. El nuevo Dios no castiga tanto la falta de fe como la falta de higiene.

Se trata de defender al Dios viejo. La religión católica y todas las religiones se apoyan en un fondo real: el sentimiento de lo infinitamente misterioso. Este fondo es común a la ciencia, y los sabios de verdad son los que descubren, no más certidumbres, sino más misterio. El mejor fruto de la sabiduría es saber medir la profundidad de lo que no se sabe. Hay supersticiones de la ciencia como de la religión, y el librepensador de café, hermano gemelo del santo de sacristía, está convencido -¡infeliz!- de que el telégrafo Marconi y los aeroplanos ponen en el mayor ridículo a San Pablo, a San Francisco de Asís y Santa Teresa de Jesús, por eso, para el vulgo, que no puede más que pasar de una superstición a otra, el divorcio con el catolicismo es fatal. ¿Se retardaría tomando al misterio primitivo, al silencio ardiente de las primeras comunidades, hasta que se fuera obteniendo un idioma religioso que se adaptara a nuestra época? Pío X, lejos de continuar la política flexible de León XIII, se obstina en subrayar los dogmas menos dignos de excusa. Niega la sepultura cristiana a quien no haya confesado y comulgado, y lo curioso es que, dentro del dogma, se ingenia en asegurar los recursos pecuniarios de la Iglesia, permitiendo, por ejemplo, la cremación de los cadáveres, y favoreciendo a la compañía de Jesús, hábil banquera, la cual, después de la constitución Sacrorum antitistum, que prohibía diarios y revistas en seminarios y conventos, es obsequiada con el monopolio de esa misma prensa, gracias a un escrito pontifical. Está bien... pero, ¿porqué no dejar dormir -y morir- los dogmas anacrónicos, de los que nadie se ocupa, ni siquiera para refutarlos? ¿Acaso la Iglesia no se ha transformado, añadiéndolos, hasta en el siglo XIX, como el de la Inmaculada Concepción (1854) y el de la Inefabilidad (1870)? Que se transforme abandonando los más intolerables...

Pío X no lo entiende así. ¡Tipo dramático el de este Papa, remachando con furia los clavos que fijan el catolicismo a las edades muertas! Algunos cardenales obedecen de mala gana. Uno de ellos decía:

-Nuestro Santo padre peca sobre todo de una leve ceguera que le impide ver y juzgar con tino las tendencias de nuestro tiempo. ¡Ah! Quiera Dios abrirle los ojos... o cerrárselos -añadió dulcemente.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 3 de diciembre de 1910.

domingo, 10 de enero de 2010

PERROS de Rafael Barrett

El perro ha sido nuestro camarada en los malos días, nuestro aliado contra el exterior hostil, cuando nos refugiábamos en cavernas y vivíamos de la caza. Esta larga cohabitación, sin embargo, no explica del todo la profunda correspondencia entre el alma humana y el alma canina. Otros animales nos acompañaron también desde un pasado inmemorial. El gato es quizás el más doméstico, en el sentido estricto de la palabra; el favorito de Baudelaire fue dios, y amado de los profetas. No hace muchos años que los miembros de la academia de ciencias de París se preguntaron por qué, siempre que se suelta un gato en el aire, cae sobre sus patas. La sección de mecánica contestó satisfactoriamente, pero si el problema se hubiera presentado a la academia de las Inscripciones, acaso se habría respondido que Mahoma, para no molestar su gato dormido sobre su manga, se cortó la manga y se marchó. A su vuelta, acariciole tres veces el enarcado lomo, y desde entonces los gatos caen de pie. El gato es el amigo de los artistas y de los teólogos porque es raro, fantástico y bello; el perro es el amigo de las buenas gentes porque es honrado y familiar. Tan habituados estamos a la sublime mirada del perro, que se necesita un momento de reflexión para darse cuenta de lo maravilloso del fenómeno. En esos ojos de absoluta transparencia encontramos la seguridad de que hay en el universo un ser que siente con el hombre. Los demás ojos, ojos de bestias, ojos de flores, ojos de astros, conservan su misterio impenetrable. Son opacos símbolos, mientras que la mirada del perro, humilde y desnuda, es la única mirada que la naturaleza deja llegar directamente hasta nuestro corazón...

Y notad que no se trata de inteligencia. La hormiga, cuya inteligencia asusta, es incomunicable con nuestra especie. El mono, nuestro infortunado primo, es más inteligente que el perro, y tiene sobre él las ventajas del parentesco, de la semejanza física, de las aptitudes que le permiten imitar nuestros menores ademanes. Pues su mano, al tocar la nuestra, nos hace estremecer de repugnancia; en cambio, ¡con cuánta cordialidad estrechamos la pata torpe del perro! ¡Cómo entendemos el lenguaje de sus músculos! ¡Qué elocuente es su cola, hasta cuando se la rebana Alcibíades, convirtiéndola en un muñón que sigue moviéndose, y anunciando la alegre lealtad que tal vez no merecemos! El perro es una evidencia viva. En él todo habla, todo canta su fe en nosotros, todo resplandece de su ternura, y si en lamentables ocasiones se hace sucio, ridículo, obsceno, es a fuerza de ingenuidad y por horror a la coquetería y a los engaños del arte. Su robusto apetito le calumnia; su moral no está manchada por el interés. Perros hubo que murieron de hambre junto a las provisiones que se les había confiado, o de pena sobre la tumba de sus dueños.

¡Paz a las solteronas que levantan mausoleos a sus canes difuntos, o instituyen herederos a los que las sobreviven! ¡Paz a los protectores de animales, paz a los antiviviseccionistas! Comprendamos, recordando los ojos de nuestro perro, el cándido fanatismo que erigió una estatua en Londres al famoso Brown Terrier Dog, con la inscripción siguiente: «A la memoria del Brown Terrier Dog, asesinado en los laboratorios del Colegio de la Universidad en febrero de 1903, después de haber sufrido la vivisección durante más de dos meses, y de haber pasado de un vivisector a otro hasta que la muerte vino a aliviarle. En memoria también de los 232 perros vivisecados en el mismo lugar durante el año 1902. Hombres y mujeres de Inglaterra, ¿hasta cuándo subsistirán estas cosas?». Se acaba de trasladar la estatua a otro sitio; los estudiantes de medicina trataban continuamente de echarla al suelo, y la policía se cansó de gastar 700 libras anuales en custodiarla. ¡Paz a los estudiantes de medicina! Reconozcamos que sus argumentos son formidables. ¿Dónde está la verdad? La vida del espíritu reside en la duda. Acostumbrémonos a dudar sin perder el reposo, y disculpemos a los que aman a los perros más que a los hombres. La mayor parte de los hombres no son hermanos nuestros sino por la figura. Tienen -¡ay!- ojos de monos. Si Otelo hubiera visto una mirada de perro fiel en los ojos que le imploraban, no habría estrangulado a Desdémona. Aceptemos con una indulgente sonrisa la noticia que inserta el Daily Mail del último correo:

«Eduardo VII ha paseado esta mañana, acompañado del coronel Holford, caballerizo, y de su perro César».

Publicado en "La Razón", Montevideo, 13 de mayo de 1910.

lunes, 4 de enero de 2010

PATRIOTISMO de Rafael Barrett

La idea de patria ha perdido mucho de su virulencia. Los dioses, hace ya tiempo, se inclinaron al cosmopolitismo. Jesús fue mal hebreo. Se entendía con los gentiles, y hablaba de paz. Aseguraba que no era necesario ser judío para salvarse. La divinidad obraba así en defensa propia. Vinculada a sus tribus, fiadora de ellas y obligada a batirse a su lado, su situación era comprometida. El pueblo elegido recibía más palizas que ningún otro. Después de cada una, las explicaciones con Jehová se hacían penosas. Durante los siglos cristianos, en cambio, las naciones europeas no se destrozaban sin solicitar antes de un mismo Dios la victoria, y con la misma confianza. La Providencia ganaba siempre. Jugaba de banquero, no de punto; se había emancipado de las contingencias del patriotismo.

El hombre ha seguido un método análogo. Si algún consuelo inducimos de la evolución, tal como nos la imaginamos, es el de la eficacia creciente con que nos sustraemos a las contingencias del mundo. Entre las veleidades de la atmósfera y la tibieza uniforme de nuestro hogar hemos puesto un vidrio inteligente. Las tormentas no suelen estorbar la celeridad serena de nuestros viajes. Nuestra sangre de animales privilegiados nos da el ejemplo: haga frío o calor, se mantiene en sus treinta y siete. Bueno es, por no morir, adaptarse al medio externo: mejor es subsistir sin adaptarse, en la afirmación soberana de un destino propio. Hemos vuelto estas armas contra los mismos dioses, cuyo capricho nos hemos negado a padecer. No les hemos suprimido: les hemos delimitado. Les hemos cerrado la puerta.

Estamos ahora delimitando la naturaleza, pero no para librarnos de ella, sino para circunvenirla. No renunciemos a la finalidad. Antes era celeste. Hoy es terrestre, y pensamos cumplirla mediante la ciencia. Lo deseable nos parece lógico. No nos desanimemos. El patriotismo es un molde muy chico para nuestro futuro. Porque al delimitar la naturaleza nos homogeneizamos. El patriotismo es la división. No venceremos desunidos.

El dualismo, la oposición que es base de la vida, se va dibujando según perspectivas nuevas. Se polariza la humanidad, atenta a juntar sus esfuerzos. Quiere cautivar las energías naturales, y no es un grupo quien ha de conseguirlo. Ni una raza. ¡Ay de los que cultivan el patriotismo blanco! Los japoneses nos han convencido de que también los amarillos son hombres. Los que manejan con tanta habilidad los cañones pueden manejar igualmente aparatos de mayor trascendencia.

La especie humana frente al universo físico: he aquí el cuadro. La ciencia es indispensable. Todos somos sagrados para el porvenir.

Pero ¿qué es una ciencia nacional? Una mentira.

¿Conocéis la química francesa, la astronomía alemana? La máquina y la astronomía nos pertenecen a todos; han sido creadas por la humanidad, y para la unanimidad.

Si la ciencia no es una, no es ciencia. En esto se asemeja al amor. Y si la ciencia es el instrumento, el amor es el impulso. Separad la ciencia y el amor, y los destruís.

Todavía explotamos a los débiles. Mientras no los amemos y los levantemos hasta nuestra frente en un beso hermano, la ciencia está amenazada. Sólo una cosa matará a la ciencia, el odio. Estrangulemos el odio.

No: la ciencia se encargará de aniquilar al odio. Concluirá con el patriotismo porque lo específico del patriotismo es el odio.

Un patriotismo que no odia al extranjero no es patriotismo, es caridad. Y una caridad que se detiene en las fronteras no es más que odio.

Amad vuestra tierra, y también la ajena. Amad vuestros hijos y también los ajenos. Admirad los héroes de aquí y de allá. Y no admiréis los héroes asesinos, aunque sean de aquí.

Pero si no amáis sino lo vuestro, no amáis, odiáis. Y mientras odiéis estaréis privados de la ciencia, y frente a la realidad sombría no seréis más que miserables fantasmas.

Publicado en "El Diario", Asunción, 13 de mayo de 1908.