lunes, 26 de abril de 2010

UN INTELECTUAL de Rafael Barrett

El doctor X es un intelectual. Hace veinte años, padeció una neurastenia decisiva. Desde que estuvo a punto de quedarse imbécil, a consecuencia de excesos mal desinfectados, X descubrió que tenía talento, y divulgó la noticia. Hoy se le ve robusto y colorado. Sus ojos grandes y redondos resplandecen de salud satisfecha. Como es doctor, ha ganado mucho dinero, y está muy ocupado en descansar. Afirma que la neurastenia ha dejado en él rastros siniestros, y es preciso acabarla de vencer. Se dedica pues a una ociosidad higiénica y prolongada. Cuando piensa uno en las obras que hubiera podido escribir, se maravilla uno: ¡Qué cabeza!

Ha publicado en vida tres folletos, hasta de sesenta y tres páginas el mayor, sin contar el índice de las materias contenidas: todos con advocaciones, dedicatorias, prefacios y advertencias, notas prolijas y márgenes de media vara. El uno es político, el segundo jurídico y el tercero histórico. Valen tanto uno como otros. X es enciclopédico y además miembro correspondiente de algunas academias del extranjero. La señora de X suspira: «le adoro al doctor, ¡es tan científico!»

El doctor X se hace enviar todos los libros importantes que aparecen en Europa. El idioma le es indiferente. Los anchos vapores de Mihanovich depositan cuidadosamente en el muelle, cada semana, pesadas cajas repletas de impresos. X se estremece de entusiasmo. Palpa, verifica, encuaderna y cataloga. La biblioteca alcanza ya a quince volúmenes. ¡Lástima que nadie los lea!

Entrad en el gabinete del doctor X y os sentiréis invadidos por el respeto que imponen los oratorios del saber. Altos y sombríos anaqueles, pegados al muro y acortinados de rojo, guardan intactos los tesoros de la moderna erudición. Ricos objetos relucen reposada y desdeñosamente en la penumbra de la pieza. Sentado en la mesa amplia y augusta, convenientemente cubierta de tomos y papeles, el doctor X medita. Os ha oído, se arranca generosamente a sus reflexiones, se digna sonreír, desata vuestra timidez, con amabilidad hidalga. Parece verdaderamente alguien.

Es muy visitado, porque además de los tratados de metafísica y de sociología le mandan de allá un té exquisito y un coñac auténtico. Ha aprendido muy bien cómo debe recibir un intelectual de primera clase, sobre todo cuando tiene dos estancias y suntuoso mobiliario. No se equivoca un momento. Se diría que nunca ha hecho otra cosa.

Varias cosas sorprenden cuando se le trata: la figura marcial, de hombros atléticos y bigotes fornidos. Cuerpo excelente para un labrador o para un sargento de caballería. El doctor os alarga la mano, y tembláis al adivinar el apretón formidable. Pero nada; el bloque de carne descansa inerte, entre vuestros dedos: un pedazo de lomo crudo. Después, los gestos lentos y ceremoniosos, que se hacen a sí mismos reverencias. Después la voz mesurada, morigerada, igualita. Pronuncia despacio, colocando en equilibrio las frases sobre la atmósfera. Comprende que la posteridad le escucha y no quiere pasar con erratas a la historia.

Después desea uno fijarse en lo que dice. Esto es difícil, y más difícil recordar lo que dice. ¿Dice algo? Quizá no. La conversación de X es una especie de solemne pantomima, acompañada en sordina por puro lujo.

A fuerza sin embargo de escarbar la memoria, saco a flote ciertos tópicos de X. Admiro la seguridad con que el doctor resuelve las más oscuras cuestiones. Para él ha encontrado el siglo XIX la clave de todos los enigmas. El materialismo de Buchner explica de un golpe los misterios que durante miles de años atormentaron a la humanidad. X compadece a los curas, a los espiritualistas, a los que sueñan todavía el más allá. ¡Pobres diablos! Debilidad de espíritu. El doctor suele también referir en largos períodos impecables y vacíos las diversas obras que proyecta escribir. Otras veces alude a los personajes que le fueron a ver durante la semana. Jamás menciona directamente sus nombres; los rodea de tinieblas. Así murmura: «donde está usted estuvo anteayer el señor secretario de la Dirección General de la Estadística», o si no, con más siglo aún: «vino a consultarme una persona que desempeñó trascendental papel en los sucesos políticos de fines del 89». En cuanto a lo que estos señores dijeron... discreción absoluta.

En una ocasión, en una sola, es cierto, vi al doctor X abandonar esa serenidad goethiana, tan propia de un alma superior. Estábamos tomando el famoso té. Una niña morena y humilde se acercó trayendo el famoso coñac en una bandeja, flanqueado de copas dimantinas. La criadita tropezó, y botella y copas se hicieron añicos. El doctor, olvidándose súbitamente quién era, se levantó y descargó su manaza de carretero en la morena carita de la niña asustada. Contemplé marcadas en sangre las cinco uñas de la zarpa, y comprendí que no sólo hay inteligencia en X, sino emociones naturales. Es un intelectual completo.

Publicado en "El Diario", Asunción, 22 de octubre de 1907

sábado, 17 de abril de 2010

UN DIOS QUE SE VA de Rafael Barrett

Pío X ha tenido una frase desgraciada. Ha dicho que los terremotos de Calabria y Sicilia son un castigo de Dios.

Nada más ortodoxo. Si no se mueve la hoja del árbol sin que Dios lo quiera, mal podrán venirse abajo las ciudades contra la voluntad divina. Pero nada más inoportuno. Esta época necesita otros dioses; quiere ser dirigida por la esperanza y el amor, no por el miedo.

Bastante divorciada está de nuestro siglo la Iglesia para que su jefe aumente el descrédito recordando tan anacrónicos dogmas. No son los espíritus positivistas a lo Littré, escépticos a lo Gourmont, materialistas a lo Haeckel, dilettanti a lo Renán los únicos que se apartan del catolicismo; son los espíritus religiosos. Hemos presenciado una reacción espiritualista dentro de la misma ciencia; Büchner es ahora una antigualla. Mientras la física evoluciona hacia lo imponderable, y la psicología nos hace sospechar la significación de lo subconsciente, una nueva escuela filosófica, que reúne sus diversas orientaciones bajo el nombre de pragmatismo y que cuenta con los más ilustres ingenios del mundo, refuta el determinismo mecánico, valiéndose de los procedimientos lógicos y experimentales de la cultura moderna. Todo estos "no ateos" vuelven la espalda al Vaticano, como se la vuelven los místicos desde Emerson y Whitman a Tolstoi, y las sectas recientes derivadas del puro cristianismo, para las cuales lo importante es la acción social, la eliminación del dolor. Es que no nos cabe ya en la cabeza que debamos aceptar el dolor, que lo debamos justificar, que lo suframos cobardemente como expiación de nuestras culpas. Nos hemos examinado y nos hemos absuelto. Somos inocentes y pretendemos ser menos infelices.

Dentro de la Iglesia vemos un culto idolátrico; el bajo pueblo ario no ha salido del paganismo. Existen docenas de Cristos diferentes, centenares de Vírgenes Marías distintas y una innumerable caterva de santos. Cada fiel adora su pedacito de madera pintada, y no hallaréis un templo sencillamente consagrado a Dios. Roma trafica con fetiches. Por encima de los magos y curanderos de sacristía están los gerentes, muchos de ellos hombres superiores que, incapacitados de hacer religión, hacen política. El catolicismo es un partido, una burocracia, que se sostiene aún merced a su maravillosa estructura. La Iglesia sucumbirá por falta de fe; nada prueba mejor su irreparable anemia espiritual que la nulidad vergonzosa de sus edificios actuales y de sus imágenes; su literatura presente está impregnada de esa nauseabunda dulzarronería de lo que empieza a pudrirse. Quedan algunos núcleos vitales; varios obispos católicos de Inglaterra, Alemania y Estados Unidos son de su tiempo, y la Inquisición los respeta, por no provocar cismas. Hay sacerdotes heroicos, como el padre Loisy, que se ríen de la cosmogonía del Génesis, y ¡cuántos no sueñan a semejanza del Froment de Zola y del "santo" de Fogazzaro, con una regeneración del catolicismo! Pobres almas extraviadas en el sagrado ministerio, sufren y callan, agarrotadas por los concilios, y no se atreven a tocar a la formidable vieja, que por mucho que chochee en su agonía es siempre la Madre.

¡Qué momento para desenterrar los pecados de Dios! Rechazamos a la persona todopoderosa e infinitamente buena, no por absurda, sino por inmoral. Lo infinitamente bueno no es capaz, no, de aplastar a los niños de Messina para vengarse de la política de Combes y Clemenceau. Si es bueno es impotente como nosotros, y si es Omnipotente es perverso. El Dios que atormenta a los animales y a las plantas no es Dios, es el Demonio. Hace seis centurias la catástrofe hubiera hablado en su gloria; hoy sirve para procesarlo. Le hicimos perfecto, y por lo tanto inmóvil, inmutable; nosotros, desdichados pecadores, avanzamos en el camino del bien, y dejamos atrás a nuestro Dios. Triste es decirlo, pues triste es también la muerte de los dioses: el Jehová pontificio se reduce a un vulgar homicida y la antropología italiana encontrará en él una ascendencia de epilépticos y de alcohólicos.

El papa estuvo torpe: nunca hubiera cometido tal error León XIII. Lo grave no es que se haya acusado a Dios de un crimen: lo grave es la infalibilidad de quien acusa.

Publicado en "La Razón", Montevideo, 10 de febrero de 1909.

domingo, 11 de abril de 2010

TORMENTO Y ASESINATO de Rafel Barrett

«Aquí no hay más Dios que yo», dice al nuevo peón una vez por todas el capataz. Y si no bastara el rebenque para demostrarlo, lo demostraría el revólver del mayordomo. En el yerbal no se habla, se pega.

Cuando en plena capital la policía tortura a los presos por «amor al arte», ¿creéis posible que no se torture al esclavo en la selva, donde no hay otro testigo que la naturaleza idiota, y donde las autoridades nacionales ofician de verdugo, puestas como están al servicio de la codicia más vil y más desenfrenada?

¡Camina, trajina, suda y sangra, carne maldita! ¿Qué importa que caigas extenuada y mueras como la vieja res a orilla del pantano? Eres barata y se te encuentra en todas partes. ¡Ay de ti si te rebelas, si te yergues en un espasmo de protesta! ¡Ay del asno que se olvida un momento de ser un asno!

Entonces, al hambre, a la fatiga, a la fiebre, al mortal desaliento se añadirá el azote, la tortura con su complicado y siniestro material. Conocíais la inquisición política y la inquisición religiosa. Conoced ahora la más infame, la inquisición del oro.

¿A qué mencionar los gritos y el cepo? Son clásicos en el paraguay, y no sé por qué no constituyen el emblema de la justicia, en vez de la inepta matrona de la espada de cartón y de la balanza falsa. En Yaguatirica se admira el célebre cepo de la empresa M. S. Un cepo menos costoso es el de lazo. También se usa mucho estirar a los peones, es decir atarles de los cuatro miembros muy abiertos. O bien se les cuelga de los pies a un árbol. El estaqueamiento es interesante: consiste en amarrar a la víctima de los tobillos y de las muñecas a cuatro estacas, con correas de cuero crudo, al sol. El cuero se encoge y corta el músculo; el cuerpo se descoyunta. Se ha llegado a estaquear a los peones sobre tacurús (nidos de termite blanca) a los que se ha prendido fuego.

¡Pluma mía, no tiembles, clávate hasta el mango! Pero los miserables que ejecuto no tienen sangre en las venas, sino pus, y el cirujano se llena de inmundicia.

Raro es que intente un peón escaparse. Esto exige una energía que están muy lejos de tener los degenerados del yerbal. Si el caso ocurre, los habilitados arman comisiones en las compañías (soldados de la nación) y cazan al fugitivo. Unos habilitados avisan a otros. La consigna es: «traerlo vivo o muerto».

¡Ah! ¡La alegre cacería humana en la selva! ¡Los chasques llevados a órdenes a los puestos vecinos!

«Anoche se me fugaron dos. Si salen por estos rumbos, métanle bala» (textual). El año pasado, en las Misiones Argentinas, asesinaron a siete obreros, uno de los cuales era un niño. En Punta Porá, cuando la comisaría da por fugado a un trabajador, «fugado» significa «degollado». Hace dos meses, el patrón D. C., habilitado de la Matte Larangeira, el cual había comprado la querida de un peón por 600 pesos, tuvo el disgusto de saber la huida de la hembra con su antiguo amante y un hermano de éste. D. C. los persiguió con gente armada de wínchester, y uno de los peones murió enseguida; el otro fue rematado a cuchillo. Se suele hacer fuego sin voz de alto. Las empresas sacrifican no solamente a los peones, sino a los demás ciudadanos que no las hacen el gusto. La Industrial Paraguaya, famosa en Tacurú-pucú por sus atrocidades, expulsó recientemente a las familias del pueblo para apoderarse de las expendedurías de caña, y habiéndose opuesto al señor E. R. lo hizo matar a la puerta de la habitación por la policía.

Todos estos crímenes quedan impunes. Ningún juez se ocupa de ellos, y si se ocupara sería igual. ¡Está comprado!

Espanta pensar en los asesinatos que la selva oculta. Las picadas están sembradas de cruces, la mitad de las cuales señala el sitio donde ha sucumbido un menor de edad. Muchas de esas cruces anónimas recuerdan una cacería terminada por un fusilamiento.

Y a pesar de las mil probabilidades contra una que el desertor (tal es la designación consagrada por el uso) tiene de perecer, el sueño del mártir de los yerbales es evadirse, ganar la frontera o los campos, la región libre que centellea a cincuenta, a cine, a ciento cincuenta leguas de distancia... Leguas de monte cerrado, de esteros, leguas que hay que cruzar desnudo, débil y trémulo, como una rata que los perros rastrean... El esclavo no duerme; agita sus pobres huesos sobre el ramaje sórdido que le sirve de cama, y agita las esperanzas locas en su cerebro dolorido. El silencio de la noche le invita. El poder formidable del oro que él mismo ha arrancado a la tierra le detiene. La empresa ha recobrado a desertores que después de cuatro años o cinco de ausencia se creían salvados. La Empresa es más fuerte que todo. ¿Para qué ir a la muerte? Mejor desfallecer poco a poco, perder gota a gota la savia de la vida, renunciar a ver ya nunca el valle en que se ha nacido... Al día siguiente el esclavo irá a la faena, y ofrecerá al empresario las ocho arrobas reglamentarias. ¡Ay,! para pretender huir de los yerbales es preciso ser un héroe o no estar en el sano juicio.

De este modo la opulenta canalla que triunfa en nuestros salones extermina bajo el yugo por millares a los paraguayos o los fusilan como a chacales del desierto, si buscan la libertad. Las generaciones de esclavos duran poco, pero los negreros se conservan bien. Es a los de arriba a quien acuso. Son ellos los verdaderos asesinos, y no los habilitados ni los capataces. Los responsables son los jefes de la banda, porque son los que menos riesgos corren y los que más lucran con el crimen.

Y he aquí lo queme falta: detallar el botín de la esclavitud, y mostrar entre quién y cómo se reparte.

Publicado en "El Diario", Asunción, 25 de junio de 1908.

miércoles, 7 de abril de 2010

TERROR de Rafael Barrett

No puedo abrir un diario sin encontrarlo salpicado de sangre. Los gubernistas de Nicaragua han fusilado a setecientos prisioneros, ante una multitud frenética fueron guillotinados en Valence tres hombres: «La sangre de los condenados corría por los rieles del tranvía hasta una distancia de cincuenta metros y la gente tenía los pies, húmedos de sangre». En los Estados Unidos siguen linchando negros. El último fue ahorcado, luego baleado, luego quemado: «antes de procederse a la incineración, la turba cortó la cabeza del negro, que fue clavada en la punta de un bastón y paseada por las calles; los manifestantes le sacaron el corazón y lo cortaron en pedazos menudos, que se repartieron como recuerdo». Ved después de las matanzas de Barcelona a Ferrer ejecutado; ved después de las matanzas del 1.º de mayo en Buenos Aires a Falcón dinamitado. Sangre... Máuser, horca., puñal, guillotina o bomba, ¿qué más da? Todos estos instrumentos me causan la misma tristeza; todos representan la misma desalentadora realidad, parecen distintos pero no lo son; complicado es el mecanismo del fusil moderno, y complicado el mecanismo legal que mueve las guillotinas y levanta las horcas, pero la esencia de ambos es hacer sangre, es dejar tras sí el trasto uniforme de la bestia humana. Yo quiero creer que somos mejores, que seremos mejores, que avanzamos, y no se avanza sin sangrar, sin desgarrarnos. Yo sé que a veces el esfuerzo se vuelve convulsivo, y hay que herir y hendir pronto, buscar el futuro y arrancarlo de las entrañas de su madre muerta. ¿Y si fuera mentira? ¿Si al llevar el ideal en los labios, lleváramos en las manos la venganza? ¿Si en lugar de ser cirujanos fuéramos asesinos? ¿Había luz en las conciencias de los que condenaron a Francisco Ferrer? ¿Había luz en la del anarquista que condenó a Falcón? Porque no es otro el problema. Necesitamos la luz. Necesitamos el profeta que diga: «matad», ya que no somos capaces de comprender la voz dulcísima que hace dos mil años nos dijo: «no matéis».

En las almas no hay luz. No hay sino terror. Es el terror quien mata. Jamás se apoderó de una sociedad un terror semejante al que como un sudario negro ha caído sobre la Argentina. Al primer estampido de la dinamita, este pueblo de republicanos ha gritado: «¡el zar tenía razón!». Mientras los jesuita del Salvador, con sus alumnos armados de carabinas, desfilaban ante el cadáver del coronel, la policía, imponiendo silencio a cinco millones de hombres libres, preparaba la caza al proletario. ¡Admirable ejemplo de la futilidad de las leyes! La constitución, prostituida en cada campaña electoral, fue declarada impotente para reprimir un delito común. Tres mil obreros fueron deportados o enviados a presidio. Las detenciones continúan. Si el autor del atentado no estuviera preso, no habrían quedado en Buenos Aires más que los que viven de sus rentas. El juez se contenta con tres mil cómplices. En la sombra espesa y muda que invade a la metrópoli, sólo se distinguen las garras del gendarme, protectores del dinero porteño. Los inmigrantes rusos son rechazados en la dársena. La Argentina, sentada sobre sus sacos de oro, ganados por el gringo, llora de ser tan hospitalaria. «¡Ingratos!» dice a los innumerables trabajadores que sudan en los campos, en los saladeros, en los talleres, en las fábricas y en los docks, enriqueciéndola sin límite. «¡Ingratos!» repite a los centenares de inocentes que manda al presidio. El terror tiene su lado cómico. Tiene también su alcance instructivo. En estos choques un país se vomita a sí propio; es el momento de estudiarlo. Estudiad, pues, la desesperación con que Buenos Aires defiende su bolsa del espectro anarquista; Buenos Aires, la ciudad-estómago, donde los tribunales han castigado con cuatro años de cárcel a un infeliz que había robado un dedal, y con seis a otro, que había sustraído un pantalón. Pero no es únicamente Buenos Aires, no; es la América Latina entera donde no hay más Biblia que el registro de la propiedad, donde la escuela honra el afán de lucro como una virtud y los padres predican a sus hijos la codicia. Ni siquiera imitáis ya a la América sajona. Allí nacen religiones nuevas, en tanto que vosotros no tenéis religión, puesto que os devora el clericalismo. Allí los millardarios intentan hacerse perdonar, y fundan establecimientos públicos. ¿Quién se avergüenza aquí de su fortuna, y ante quién se avergonzaría, si cuanto más rico más venerado se es? Locura es figurarse que un régimen de avaricia puede ser un régimen de paz; la avaricia es forma del odio como la rabia homicida; en ella se transmuta y de ella brota. Las persecuciones de hoy traerán las bombas de mañana, que traerán otras persecuciones y la sangre renueva el terror que hace verter más sangre.