domingo, 5 de septiembre de 2010

Las manos de Rafael Barret

Cesaron de ignorarse, y se movieron en busca una de otra, por entre las batistas agitadas, arrastrándose hacia el deseo, profecía venida de lo alto. Los dedos masculinos, temblando de angustia, alcanzaron, por fin, resbalaron en un débil tumulto de caricias inciertas como un aliento oprimido. La mano de la hembra, bajo aquella voluptuosidad insuperable, iba desdoblándose, encogiéndose, hasta cerrarse en el cáliz temprano de una magnolia.

De repente, el eterno grupo trágico: garra hambrienta, músculos velludos de pirata que estrujan un corazón arrancado, y confusas alas prisioneras.

La piel sutil de la muñeca frágil cede como un pétalo; los suaves dedos vencidos se abren, y en la palma tibia, pálida, húmeda aún, late la vida.

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